En el corazón del monstruo 37. EL BAILE TRIMESTRAL DE LA GOLSTADT #3
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37. EL BAILE TRIMESTRAL DE LA GOLSTADT #3

Antes de proponerme siquiera buscarlo, una mano atrapó la mía y me arrastró con ella a la oscuridad del pasillo. La poca luz que nos alcanzaba del salón y del exterior me permitió ver la silueta de Viktor, que avanzaba con paso tranquilo hacia algún lugar concreto.

—¿Adónde vamos? —susurré.

Él aminoró el paso hasta igualar el mío.

—A la biblioteca.

Miré alrededor, al pasillo vacío sin iluminar y a las puertas que salpicaban las paredes, todas abovedadas y majestuosas, aunque en menor medida que las del salón.

—¿Has estado aquí antes?

—Sí.

—¿Te he dicho alguna vez que no me gustan tus monosílabos?

Viktor no respondió, pero sonrió. Abrió una puerta y me internó en la estancia en silencio.

Cerró tras nosotros, dejándonos en una oscuridad casi absoluta.

La única luz que entraba en la biblioteca era a través de los visillos de dos ventanas que daban a la parte de atrás de Somerset House, vagamente iluminada.

Los brazos de Viktor me rodearon por detrás. Apoyó la mandíbula en mi hombro y me besó la mejilla.

Me di la vuelta y llevé las manos a su nuca.

—¿Quiere bailar conmigo, señorita Allen? —dijo Viktor sobre mis labios.

La música del salón apenas era un susurro en la lejanía, llegaban notas sueltas, las más agudas, pero, de alguna forma, podía intuir el resto, a pesar de haber escuchado pocas veces las baladas que sonaban en los eventos sociales.

No conocía los bailes y Viktor lo sabía.

Por eso, cuando asentí suavemente, se limitó a acercarme a él y a rodearme la cintura. Empezó a balancearse.

—Podrías enseñarme los pasos —dije.

Viktor apoyó su frente sobre la mía.

—Tendremos tiempo para eso —susurró—. Toda la vida, Marshel, si así lo quieres.

Arrugué el ceño.

—¿Toda la vida?

Viktor besó la comisura de mi boca.

—Toda. —Sus labios me rozaron la nariz—. Te entregaré mi vida entera. —La mejilla—. Cuando todo esto termine. —La mandíbula—. Será tuya, Marshel, durante el tiempo que me reste.

Se me cortó el aliento. Me estaba ofreciendo...

—Tú... —murmuré con apenas un hilo de voz— ¿me quieres?

Viktor alejó sus labios de mi cuello y me miró fijamente a los ojos. Me acarició despacio, contemplando cada rincón de mi rostro poco a poco, casi regodeándose. Respiró profundamente antes de responder.

—Sí, Marshel —dijo con una seguridad que me caldeó el corazón.

Sonreí, casi reí. Salté entonces a sus brazos y lo besé con desesperación. Toda mi realidad, la suya, toda la oscuridad que nos envolvía, todo podía esperar y superarse. Si él sentía lo mismo que yo, me aceptaría. Viktor me aceptaría.

Envolví su cadera con las piernas y lo devoré con la boca.

Viktor reaccionó al instante. Rodeados de un repentino calor asfixiante, en medio del choque de nuestras lenguas, me llevó contra una estantería y aprisionó mi cadera con la suya.

Cuando se frotó contra mí, una oleada de placer me sacudió de abajo arriba, una corriente que me tensó los músculos y me hizo apretarlo más contra mí.

Viktor me agarró de la nuca y separó un momento sus labios de los míos.

—Marshel...

—No me digas que no es correcto.

Lo callé con un beso. Aferré su labio de abajo con los dientes y me froté contra él, buscando de nuevo aquella sensación. Ahí estaba, otra vez. Cada vez que deslizaba mi entrepierna por aquella dureza me sacudía el mismo placer. Más. Quería más.

Viktor llevó las manos a mis nalgas y detuvo el movimiento.

—Me vas a matar, Marshel —dijo, agitado—. Así no.

Se llevó una de las manos a la boca y se quitó el guante con los dientes, que lanzó al suelo sin cuidado.

La colocó después sobre mi cintura y comenzó a descender por mi pierna.

Se internó bajo la falda y, con una caricia tormentosa, repasó el interior de mi muslo hacia arriba, hasta alcanzar el mismo punto que hacía un minuto rozaban sus pantalones.

Gemí ante el extraño tacto de sus dedos desnudos.

Él llevó su boca a la mía para alimentarse del placer que exhalaba con cada caricia.

Nuestras lenguas se perdieron la una en la otra, hasta que mis manos, sobre los hombros de Viktor, empezaron a crisparse ante el incremento de placer. Entonces él llevó su boca a mi cuello.

—Vamos, Marshel —susurró, deslizando los dedos en mi interior.

Y aquello fue suficiente para hacerme estallar.

Mordí el hombro de Viktor para acallar mi grito cuando un intenso placer detonó en mi interior.

Un espasmo hizo que me abrazara a él mientras la sensación recorría cada rincón de mi cuerpo, adueñándose de todos mis sentidos.

Vi azules entre la oscuridad, olí rosas entre las hojas de los libros, escuché piares entre la pastosa melodía del salón, palpé terciopelo en la piel de Viktor y degusté el sabor más dulce en sus besos.

Mi cuerpo se convirtió en gelatina cuando la sensación cesó, pero él no me soltó. Me llevó a una mesa y me sentó en ella sin apartarme el rostro de su pecho, donde descansaba con una sonrisa de felicidad.

—Yo también te quiero —susurré.

Y, entonces, se escuchó el primer grito.