En el corazón del monstruo 37. EL BAILE TRIMESTRAL DE LA GOLSTADT #2
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37. EL BAILE TRIMESTRAL DE LA GOLSTADT #2

Emily se encogió de hombros.

—Verás materializarse tu vestigio igual que él. Nos dará tiempo a correr.

Me crucé de brazos.

—¿Desde cuándo has dejado de pensar en el peligro?

—Estás enamorada. Estás feliz. No vas a vivir amargada y triste por miedo. Si todo se tuerce, lo afrontaremos.

Parpadeé.

—¿Enamorada?

—Sí. —Tiró de mí y cerró la puerta.

No me dio tiempo a rechistar. Cuando pisamos la calle, Edward estaba ya frente al edificio, con un tulipán en la mano. Se dirigió a Emily, que miró la flor con una ceja levantada.

—Estás muy guapa —dijo Edward.

Emily dudó.

—No... no me gustan las flores.

—Ya lo sé —respondió él. Me entregó la flor a mí con cortesía y se metió la mano en el bolsillo para sacar un Chelsea bun envuelto en papel basto. Cuando el olor dulce impregnó el aire, Emily miró de nuevo a Edward con las mejillas coloradas. Se le iluminaron los ojos al ver el bollo.

Cogió el Chelsea bun y besó la mejilla de Edward antes de subirse sin ayuda al carruaje. No pude evitar reírme mientras él se limitaba a sonreír.

—Tú también estás encantadora, Marshel —dijo, tendiéndome la mano como apoyo para subir por los estribos.

Le agradecí el cumplido, a pesar de que ya nos había visto en otras ocasiones con aquellos vestidos.

Emily y yo no disponíamos de ropa para eventos especiales, así que habíamos optado por llevar aquello que teníamos en mejores condiciones.

Ella, un vestido de muselina de algodón de corte imperio, de un color verde oliva sin adornos más allá del pequeño lazo de raso cosido en el centro.

Yo, uno de color marfil, también de corte imperio, que alguna vez fue más claro y brillante, pero que se había ido apagando con los lavados.

El lazo color hueso que me rodeaba por debajo del busto no estaba cosido, sino atado a la espalda con un nudo discreto que Emily había hecho.

Lo único que diferenciaba nuestros aspectos de los de la escuela eran los largos guantes que nos adornaban los brazos.

El viaje hasta allí fue tan corto como esperaba. Cuando entramos a la enorme plaza frente a Somerset House, Emily y yo nos asomamos por la ventanilla para admirar el lugar.

Todo estaba a rebosar de carruajes. La luz de los faroles iluminaba la noche más cuanto más nos acercábamos a la entrada, como si fuéramos los asistentes meros insectos atraídos por el calor y el brillo, todos adornados con los mejores trajes, dispuestos a destacar por encima de los demás.

Me sentí realmente satisfecha por los vestidos sencillos que habíamos escogido, lejos de tanta sofisticación.

Éramos estudiantes, al fin y al cabo, alquimistas que algún día seríamos reconocidos y respetados.

No era un evento exactamente social. O al menos así era como yo lo veía.

Pero cuando entramos al salón, cambié por completo de opinión.

Nunca había estado en bailes, pero aquello se parecía mucho a lo que describían en las novelas.

Emily y yo nos pegamos a la pared y nos hicimos con un rincón solitario mientras Edward se alejaba para conseguirnos unas copas.

—Huele a perfume caro —comentó Emily.

Miré alrededor. El salón era gigantesco y estaba ya lleno de gente.

Unos músicos tocaban en el centro melodías que invitaban a bailar sobre la aterciopelada alfombra de color buganvilla.

Del techo colgaban tres enormes lámparas de araña con todas las velas prendidas del mismo tamaño, seguramente por haber sido estrenadas aquella misma noche.

Las paredes eran de un blanco inmaculado.

Por mucho que traté de encontrarlo, no descubrí en ellas ni un solo roce o mancha, a pesar de encontrarse las mesas de comida sumamente pegadas a ellas para dejar sitio al espacio de baile.

Emily contempló las bandejas de bollos. Yo, sin embargo, dirigí la mirada a la puerta después de confirmar que Viktor aún no se encontraba en el salón.

—Aún no hay ningún profesor —dijo Emily.

«Estás enamorada».

¿Tan transparente era? ¿Tanto se notaba que lo buscaba a él y solo a él? ¿Tan sencillo era reconocer la emoción que me llevaba a comportarme así?

Tragué saliva. Amor. Sentía amor por Viktor.

Jamás pensé que alguien como yo pudiera sentir algo así, que dejar atrás el rencor y el odio tuviera como resultado la abismal diferencia entre aquellos monstruos y yo.

El perdón había sido la puerta que me había permitido escapar de la oscuridad.

Aquellos casi tres años de dolor no eran nada en comparación a la paz que gobernaba mi corazón.

Podía soportarlo. Podría soportar una vida entera dependiente de elixires solo por la vida que disfrutaba ahora.

—Está aquí.

Parpadeé y regresé al salón. Miré de nuevo hacia la puerta.

Viktor acababa de entrar con un colega de la Golstadt.

Reconocí al profesor Duncan, con su media melena recogida en la nuca y su estatura recortada.

Vestía más elegante que Viktor, que llevaba la ropa que podría llevar de paseo por Hyde Park. Sonreí sin poder evitarlo.

—¿A quién miráis con tanto interés? —preguntó Edward, tendiéndonos dos copas de vino.

—Ha llegado el doctor Frank —dijo Emily.

Edward siguió la dirección de nuestras miradas.

—Vaya. Tiene el mismo aspecto que un viandante cualquiera. —Resopló y dio un sorbo a la copa—. Podría haberse cambiado la chaqueta.

Emily se encogió de hombros y bebió también.

Yo empecé a tirar y a retorcer los dedos de uno de los guantes mientras seguía con la mirada a Viktor.

No parecía llevar encima ningún trozo de vestigio.

Los bolsillos parecían lisos, y en el chaleco dudaba que fuera a caberle alguno.

Respiré hondo mientras Edward trataba de sacarle los colores a Emily con cumplidos cada vez más bochornosos.

Lo hacía a propósito, por supuesto, para provocar en ella alguna reacción.

Me separé sin decir nada y me aproximé a una de las mesas para llevarme algo a la boca con la intención de dejarles algo de intimidad y para tratar de calmar mis nervios. Me coloqué bien el guante y paseé frente a las bandejas en busca de algo que me apeteciera. Choqué sin querer con alguien.

Charlotte.

Me mordí la lengua mientras maldecía por dentro.

—Mira por dónde vas, Viktoria —escupió.

Enderecé la espalda y fruncí el ceño.

—Mi nombre es Marshel.

Charlotte se inclinó sobre mí.

—¿Estás segura? —Sonrió—. Yo creo que te cambiaron el nombre en Hamburgo.

De pronto, levantó la cabeza y desapareció el color de sus mejillas.

—Buenas noches, doctor Frank —dijo precipitadamente una de las estudiantes que estaba a su lado.

Me di la vuelta y casi me estampé de lleno con el pecho de Viktor.

Cuando alcé los ojos para mirarle a la cara, me encontré con la expresión austera que gobernaba siempre su expresión en las clases.

Murmuró un «buenas noches» frío y me invitó a acompañarlo al otro lado del salón.

Lo seguí con torpeza entre la gente hasta que alcanzamos un lugar reservado.

—Siempre se mete en problemas, señorita Allen —dijo, dejando en una mesa cercana la copa que tenía en la mano.

—Usted me acaba de meter en uno mucho más gordo, doctor Frank —me quejé, mirando hacia atrás. Charlotte parloteaba con su grupo mientras nos dirigía miradas fugaces. Volví a mirarlo a él—. ¿No estaba hablando con el profesor Duncan?

—Sí. Lo estaba. —Avanzó hasta situarse a mi lado. Por un momento creí que se marcharía, pero se detuvo en línea con mis pies. Estaba tan cerca que su brazo acariciaba el mío—. Espera cinco minutos y sígueme.

Después, se alejó. Lo contemplé con incertidumbre. Caminaba por el salón como si no hubieran salido esas palabras de sus labios: saludó a colegas, se demoró hablando con alguno, y, después, salió por las puertas sin mirar atrás.

Yo repasé la estancia a mi alrededor y reculé poco a poco hasta la pared. Por ella me moví, evitando los ojos del grupo de Charlotte, y me deslicé con seguridad entre la gente hasta alcanzar las mismas puertas por donde Viktor había salido.