37. EL BAILE TRIMESTRAL DE LA GOLSTADT
E L BAILE TRIMESTRAL DE LA G OLSTADT
Emily permaneció callada. Estábamos tumbadas en mi cama, lavadas y cambiadas tras el viaje de regreso de la sala de operaciones, con la vista fija en una grieta del techo que parecía una constelación.
Le había narrado todo lo que había visto y, después, ella se había sumido en un pesado silencio que aún no se había atrevido a romper.
Los primeros rayos de sol ya se reflejaban en las jarras de cristal vacías cuando al fin habló.
—No eres un monstruo —dijo—. Naciste a raíz de una muerte, no fruto del deseo o del amor. Si el vestigio se crea en el nacimiento, el tuyo no podía ser bonito.
—Viktor ha visto eso.
—El doctor Frank no sabe que está ligado a ti.
—Lo sabrá si lo rastrea.
Emily giró la cabeza para mirarme.
—Le llevará tiempo. Podemos liberarte del vestigio antes.
Giré la cabeza yo también. Me mordí el carrillo por dentro.
—¿Cómo crees que lo está rastreando?
Emily volvió a mirar al techo y se empezó a dar palmaditas en las piernas.
—Estará siguiendo los pasos que disteis desde la sala de operaciones.
Me erguí sobre los codos.
—Dimos muchos pasos durante esos años, pero nos establecimos durante mucho tiempo en ciertas zonas. Todos juntos. —Terminé sentándome al borde de la cama—. Nos está... —Me levanté—. Nos está siguiendo a todos a la vez.
Y, entonces, de pronto y por primera vez en mucho tiempo, el dolor volvió a sacudirme como un látigo de metal afilado.
Me doblé hacia atrás con un chillido y caí de rodillas.
El látigo pareció transformarse en una daga que se clavó en mi columna vertebral y subió con agonía por mi espalda destrozándome músculos, huesos y pulmones.
Emily logró atraparme antes de que cayera al suelo como un saco y me golpeara la cabeza.
Me sentí sangrar por dentro, se me taponaron los oídos y me retorcí, incapaz de silenciar mi grito.
Las manos de Emily se separaron de mí para saltar al armario y abrir con premura la puerta y la caja que contenía los elixires.
Antes de ver cómo atrapaba uno de ellos, el dolor me cegó y, como si fuera una espada ardiendo, se internó desde la espalda por mi cuerpo para hacer arder órganos y tejidos.
Las lágrimas resbalaron por mis mejillas, pero los dedos de Emily interrumpieron su recorrido hasta la mandíbula, que atraparon con decisión para apoyarme el recipiente en los labios.
El líquido del elixir se internó en mi boca e inundó lengua y garganta. Tragué con desesperación.
La tensión se disipó, el dolor se convirtió poco a poco en un susurro y, tras un breve espasmo, desapareció por completo. Relajé el cuerpo en el suelo, dejando mis extremidades flácidas y débiles. Cuando abrí los ojos, descubrí a Emily sentada a mi lado, estudiándome.
—Tienes que volver a llevar un elixir siempre contigo —fue lo único que dijo.
Cuando coloqué la mano en el pomo de la puerta del laboratorio, sentí los dedos temblar. Aquella tarde habíamos tenido clase teórica, por lo que aún no había enfrentado a Viktor después de haber contemplado mi vestigio. No sabía si podría mirarle a los ojos.
Miré a ambos lados del pasillo y valoré la idea de recular. Pero Viktor abrió la puerta antes de que pudiera dar un paso atrás. Sus ojos se entrecerraron en cuanto me vieron. Cerró el libro que tenía entre las manos y apoyó el hombro en el marco de la puerta.
—Señorita Allen, ¿piensa entrar o prefiere quedarse aquí?
Di un paso al frente. Y otro más. Sentí la mirada de Viktor fija en mi espalda hasta que me alejé por completo del pasillo y él cerró la puerta.
Me di la vuelta. El ceño de Viktor se había fruncido ligeramente, y sentí que podía leerme la mente, que en este momento solo veía a la araña por todas partes.
—Qué ocurre —dijo, dejando el libro en una mesa cualquiera.
Me froté la frente hasta espantar el recuerdo.
—Me preguntaba... —dije— si iba a asistir al baile del final del trimestre.
Entre todas las verdades que podía haber escogido, no entendí por qué expresé esa en voz alta. Viktor se aproximó y ladeó la cabeza, tal vez tratando de discernir si era aquello lo primero que había pensado al verle.
—Sí —respondió finalmente, cuando sus piernas alcanzaron el vuelo de mi falda—. Ahora, ¿podemos empezar? —dijo. Estaba tan cerca de mí que sus rodillas habían encontrado mis piernas.
Me mordí el carrillo y dejé el morral en cualquier parte sin apartar la mirada de él.
—Quiero una clase de defensa —dije.
Viktor alzó la mano para recoger entre los dedos el colgante de Emily.
—El óxido no es infinito —dijo, casi más para él que para mí.
Se separó y se dirigió a un armario junto al escritorio.
Cuando abrió la puerta, me acerqué con curiosidad.
El interior estaba separado en estantes y columnas, creando decenas de huecos que se encontraban a rebosar de distintos tipos de piedras y elementos ordenados.
Con dedos precisos, cogió un trozo de metal y cerró el armario.
—¿Qué hace?
Viktor humedeció el metal con agua y lo dejó sobre el escritorio.
—Practicará con esto.
Dibujó entonces el símbolo de agua y aceleración en la superficie con el dedo pulgar, añadiendo un indicador de tiempo, y aguardó. Poco a poco, sobre el metal se fue creando una capa de óxido, como si fuera una gota de pintura rojiza sobre un pliego.
Miré a Viktor. Para que el metal se oxidara, eran necesarios agua y oxígeno.
Si había dibujado el símbolo de aceleración con el dedo, quería decir que el metal absorbería el oxígeno que él ingeriría, por lo que sería incapaz de respirar hasta que el proceso concluyera.
Pero Viktor no se había inmutado. De hecho, se alejó con calma durante el proceso para recoger el libro que había dejado abandonado y colocarlo en la estantería.
No compartía en absoluto mi preocupación por el tiempo y ni siquiera me di cuenta de cuándo había recuperado la respiración tras la finalización de la oxidación, porque actuó como si nunca le hubiera faltado.
Me dio el metal y, con el dedo índice, me alzó la mandíbula para darme un beso.
—Ese colgante lo usará en caso de emergencia —susurró—. Para practicar, fabricarás el escudo con el óxido de ese metal.
Dicho eso, me colocó en el centro del pasillo que separaba las dos hileras de mesas y aguardó.
Yo parpadeé.
—¿Lo hago ya?
Viktor se metió las manos en los bolsillos.
—Sería lo ideal, sí.
—¿Con qué me va a atacar?
—No la voy a atacar, señorita Allen. Quiero que practique el movimiento hasta que le salga de forma innata y sin pensar.
—¿Cómo sabré que funciona?
—Lo sabrá igual que lo supo en el barco antes de que intentara tocarla.
Recordé aquel momento, cómo se había condensado el aire, como si se hubiera convertido en algo más fuerte, más sólido.
Asentí y raspé con la uña el óxido para trazar el símbolo frente a mí.
Y, tal como había asegurado Viktor, la sensación del barco se repitió.
Supe al momento que, si algo trataba de impactar contra mí, aquella protección lo repelería.
Lo que no sabía era cuánta fuerza tendría que ejercer el atacante para romper aquella barrera.
¿Un monstruo sería capaz de atravesarla solo con su puño?
—Otra vez —dijo Viktor—. Más rápido.
Seguía observándome desde aquella distancia de tres pies, con su postura relajada y los ojos fijos en mis manos.
Repetí el símbolo. Una y otra vez. Hasta que la creación de la defensa empezó a calar en mí de forma que el movimiento se convirtió en algo tan instintivo como alzar un pie tras otro para subir las escaleras.
Me dejé caer en una silla, con el brazo agarrotado.
—Creo que ya lo tengo.
Viktor se arremangó y se aproximó para ponerse de cuclillas frente a mí. No pude evitar pasar la mano por su pelo. Él cruzó los brazos sobre mis muslos y me dedicó una sonrisa tierna. La amargura que casi siempre ensombrecía su voz y su mirada se desvanecía. Cada día que pasaba había más luz.
Una sospecha cruzó fugaz por mi mente, suficiente para tensar la mano que tenía entre su cabello. La aparté con cuidado.
—¿Has encontrado a los monstruos? —susurré.
—Estoy cerca —respondió simplemente en voz baja. Recogió mi mano y me besó los nudillos—. Nadie va a hacerte daño, Marshel. —Asentí y tragué saliva. Él se levantó y tiró de mí con suavidad para ponerme en pie y abrazarme—. Todo está a punto de terminar.
Yo hundí la frente en su pecho y rodeé su cintura con los brazos. Cerré los ojos con fuerza y guardé en un rincón el miedo que se apoderó de mí en aquel momento. Nada estaba a punto de terminar, sino de empezar.
Las clases concluyeron aquella semana. Edward, Emily y yo nos librábamos de los exámenes, puesto que no habíamos cursado aún los cuatro trimestres que correspondían al año académico.
Así que pudimos disfrutar de una semana libre, que Emily y yo dedicamos por completo al estudio del vestigio.
No descubrimos cómo hallar el lugar exacto del anclaje, a lo largo de toda la cicatriz, pero sí cómo poder verlo cada vez que se me antojaba, que no eran muchas.
Había tenido que arrancar un trozo de aquella asquerosa criatura y solidificarlo con hielo.
Ahora tenía a mi disposición una pequeña parte de tendón necrosado del tamaño de un dedo meñique que, cada vez que lo rascaba con la uña, revelaba al vestigio retorciéndose entre el humo.
Emily no podía ver nada, y yo le repetía una y mil veces que era mejor así.
Cuando llegó la noche del baile trimestral, me encontré de pronto en la puerta del apartamento dudando.
Edward nos estaba esperando abajo con el carruaje porque, a pesar de que vivíamos muy cerca de Somerset House, había preferido pasarse para ahorrarnos la caminata.
A Emily no le importó hacerle esperar un poco más; en cuanto me vio dudar, frenó el paso y aguardó.
—¿Y si Viktor cogió de cada vestigio una parte como yo? —murmuré—. ¿Y si las usa en el baile para asegurarse de que no hay allí ningún monstruo?
—Dudo que lo use estando contigo.
—¿Y cuando no esté?