En el corazón del monstruo 36. LA SALA DE OPERACIONES
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36. LA SALA DE OPERACIONES

L A SALA DE OPERACIONES

Sentí un cosquilleo, apenas perceptible, pero real. Me separé de golpe, como si me hubiera quemado, y me levanté precipitadamente. Emily se quedó sentada en la alfombra y me miró con curiosidad.

—¿Dolor o sensación? —preguntó.

Me alisé el camisón y me llevé la mano a la espalda.

—Sensación. —Me aclaré la garganta y traté de analizar el cosquilleo mientras movía los hombros para destensarme, incómoda.

La sensación era extraña, como si alguien estuviera tirando de hilos sueltos de una prenda vieja, siendo esta mi columna vertebral.

Un centenar de hilos a lo largo de mi espalda.

Pero era incapaz de discernir cuál de ellos era el principal, cuál desmoronaría todos los demás.

Intuía que allí radicaba la clave del anclaje del vestigio—.

Está ahí —afirmé—. En algún lugar de la cicatriz.

Emily asintió y se levantó.

—Tiene sentido.

Me di la vuelta y me dirigí a la cómoda. Abrí un cajón y rebusqué hasta encontrar los viejos pantalones que tantas veces me habían servido para librarme del peligro. Antes de que pudiera tirar de ellos para vestirme, la mano de Emily me aferró la muñeca.

—No sabes si estará el doctor Frank —dijo.

—No pienso esperar más.

Intenté zafarme de ella, pero era como tratar de liberarme de las fauces de una bestia. Me clavó las uñas.

—¡Emily!

Ella permaneció impasible, como si la mano que me estaba sosteniendo no le perteneciera.

—Si te ve allí, no habrá posibilidad de escape.

—Y si sigue mi rastro, tampoco.

Nos quedamos mirándonos. En sus ojos, abiertos y atentos, aprecié algo que no había visto antes, una fisura que me permitió contemplar por un breve instante su interior. Miedo. Emily sentía miedo.

Llevé mi mano a la suya, haciendo que el agarre se aflojara.

—Tendremos cuidado —dije.

Ella vaciló un momento, pero, después, me soltó.

Me permitió sacar la ropa antes de abrir su cajón para imitar mis pasos.

Los pantalones de Emily eran más nuevos y estaban menos desgastados.

Me habían pertenecido tiempo atrás, después de robarlos de una tintorería, y no habían sido muchas las veces que los había usado.

Se los había regalado unos meses después de conocernos, por su cumpleaños.

Ella los había cogido con dos dedos, tal vez tratando de buscarles alguna utilidad.

No sé qué habría visto en ellos, pero tardó poco en encogerse de hombros y guardárselos. No los había usado nunca.

—¿Por qué los aceptaste si jamás los has usado? —pregunté mientras me embutía en los míos. Salté para subírmelos.

—Porque eran un regalo.

—Podría haberte dado otra cosa.

Emily se abrochó los pantalones y se quitó el camisón para ponerse una camisa en su lugar.

—Supuse que había una necesidad de peso para que me dieras algo así —respondió—. No es un regalo común entre mujeres.

Cogió la lámpara de aceite mientras yo terminaba de arremeterme la camisa bajo los pantalones. Cuando estuve lista, me acerqué a la caja del dinero y saqué varios peniques.

—Necesitamos un cochero —dije.

Nos dirigimos por ello a Covent Garden, envueltas en nuestras capas.

Los faroles de las calles nos alumbraron el camino mientras avanzábamos entre la humedad de aquella noche.

El cielo encapotado no nos permitiría ver nada una vez alcanzáramos el campo.

Esperaba que la lámpara fuera suficiente para atravesar la explanada que separaba el camino de la casa.

En mis recuerdos, apenas distinguía el aspecto del terreno.

Recordaba el sonido de los pasos apresurados de los monstruos entre el barro mientras huían de la matanza de la sala de operaciones conmigo en brazos. Eso era todo. Barro y frío.

Cuando llegamos a Covent Garden, permití a Emily encargarse de escoger al cochero apropiado.

El primero no aceptó trasladarnos, tal vez presa de la inquietud y desconfianza de ver a dos jóvenes con pantalones dispuestas a recorrer casi veinte millas hasta algún lugar alejado de toda civilización.

El segundo, sin embargo, al ver los peniques que le ofrecíamos (casi el triple de lo que valía el trayecto), aceptó de buena gana sin hacer preguntas.

Lamenté perder las monedas, pero a Emily no pareció importarle. Subió al carruaje y se acomodó en el asiento con la lámpara entre las manos.

No hablamos durante todo el viaje. Los ojos de Emily se encontraban perdidos en el exterior mientras sus dedos repiqueteaban sobre el cristal de la lámpara a un ritmo acompasado.

Me mordí el carrillo por dentro. En el apartamento, me había sentido preparada y dispuesta a enfrentar cualquier obstáculo con tal de librarme del vestigio.

Ahora, sin embargo, empezaba a encontrarme nerviosa y con náuseas.

Emily, al contrario que yo, solo parecía tensa.

Miré por la ventanilla, aferrada con una mano a la cortina. La luz de la ciudad dio pronto paso a la oscuridad de la periferia, solo iluminada por los faroles del carruaje, y la estabilidad de los adoquines se transformó en la irregularidad de la tierra, haciendo que las náuseas aumentaran.

No sé cuántas horas pasaron hasta que tuve que dar la primera instrucción al cochero.

Me vi obligada a sacar la cabeza por la ventanilla más de una vez para hablarle, hasta que comencé a reconocer la zona, lejos ya de almacenes viejos y casas bajas.

Los bordes del camino comenzaron a llenarse de zarzas y espinos, y las parcelas agrícolas desaparecieron en favor de bosques de árboles pelados por el invierno.

Reconocí las ramas raquíticas retorcidas bajo el viento que tanto me habían aterrado en nuestra huida, al llegar a la enredadera de troncos.

Estaba allí, muy cerca. La casa se encontraba a la derecha, tras aquel bosque desnudo.

Ordené al cochero parar y salté al camino, sobre un montón de hojas secas.

Emily me imitó por el otro lado. Le dimos al cochero la mitad de los peniques acordados para que nos aguardara allí, y me dirigí sin vacilar a las zarzas para pasar por ellas mientras Emily prendía la lámpara de aceite con ayuda del hombre.

Hundí las botas en el barro antes de tratar de abrirme camino entre las espinas. La capa se me enganchó y me pinché las manos varias veces hasta que logré alcanzar el otro lado. Ayudé a Emily a seguirme, apartando de ella las ramas.

—No veo al doctor Frank haciendo estos malabares —comentó sin desestabilizarse.

Desenredé su capa de las zarzas cuando alcanzó el terreno que yo pisaba.

—Viktor llegó a caballo —respondí—. Seguramente no vino por el camino, sino por el campo.

—Viste al animal al salir.

—Sí.

—Y los monstruos no lo vieron. Si no, habrían matado al doctor igual que a los demás. —Se quedó pensando y, después, echó a andar. Yo la adelanté para guiar el paso—. No les dijiste nada. Nunca has sido como ellos.

Una corriente helada agitó nuestras capas y ralentizó nuestro avance.

Nos vimos obligadas a inclinarnos hacia delante para continuar.

Las botas pasaron de hundirse en el barro a romper escarcha, y las ramas, que antes se movían suavemente, empezaron a revolverse como si tuvieran vida propia. Parecían manos tratando de cazarnos.

Emily entrelazó nuestros dedos. Cuando la miré, encontré su vista merodeando por los alrededores sin agitación. Sus labios habían iniciado en silencio una cuenta de tres en tres. Comprendí que me había dado la mano como atención a mí y no a ella. Tragué saliva y la rodeé con fuerza sin detenerme.

Salimos de aquel pequeño bosque diez minutos después.

El campo se abrió entonces frente a nosotras como un abismo oscuro.

No se veía nada más allá de lo que alcanzaba a iluminar la lámpara.

Cuando di el primer paso, creí que pronto caeríamos en alguna sombra, pero la mano firme de Emily sostuvo mis temores y, por ello, proseguí, a pesar de que sentía el corazón golpearme la garganta como puños.

Me guie por instinto.

Recordaba que la casa no quedaba lejos, tal vez a media milla.

Si me había equivocado de dirección, no tardaríamos en saberlo.

Pero el camino se me hizo tan largo que pensé por un momento que debíamos corregir el paso hacia la derecha.

Por suerte, la lámpara alumbró la casa antes de que tomara la decisión.

No la recordaba así.

Las paredes estaban negras, como si se hubieran expuesto a algún fuego que no había logrado derribarlas.

El tejado carecía de varias tejas, dejando en algunas zonas las vigas de madera a la vista.

La puerta de la entrada estaba astillada, parte de ella en el suelo.

Aquel era el lugar por donde habíamos huido, ya que la casa carecía por completo de ventanas.

Solté la mano de Emily para colocarla en las bisagras oxidadas e interné una pierna en la casa pasando por encima del resto de puerta que quedaba aún en pie. Sentí a Emily detrás, imitando mis pasos.

El pasillo nos recibió con el siseo del viento, una corriente que nos atravesó como un fantasma desde la sala de operaciones hasta el rincón por donde acabábamos de entrar. Se me erizó la piel ante el serpenteo del aire gélido.

Emily levantó la lámpara para ver mejor. Las paredes tenían humedades y mostraban un aspecto amarillento. El suelo, cubierto de tablones rugosos, crujía a cada paso, como si fuera un monstruo sollozando. Olía a algo podrido y a madera mojada.

Señalé la estancia del fondo, cuya puerta estaba destrozada en el suelo, sin atreverme a hablar.

La mirada de Emily no se dirigió allí, sin embargo, sino a la estancia contigua, que permanecía cerrada con la puerta intacta.

No recordaba haberla visto al salir, pero tampoco me importaba lo que fuera que contuviera.

Solo estábamos en aquella casa por una razón.

Y, tan pronto como consiguiéramos nuestro objetivo, saldríamos de ella corriendo.

Nos aproximamos a la sala de operaciones y nos asomamos con cuidado.

No había allí nada ni nadie. Sentí que los hombros de Emily se relajaban al mismo tiempo que los míos.

Sin avisar, se adentró en la sala y colocó la lámpara en el suelo, en el amplio centro circular que estaba a otro nivel, levantado por tres escalones.

La luz hizo que se proyectaran sombras de lo más siniestras.

Yo aguardé un momento mientras contemplaba el lugar donde había abierto los ojos por primera vez.

La sala circular era gigantesca, mucho más de lo que recordaba.

Tenía las paredes llenas de carbón, igual que el suelo.

Por un momento, creí que vería algún rastro de los alquimistas que allí fallecieron, pero no había más que madera chamuscada llena de tierra y agua, proveniente del ventanal del techo, que carecía ya de cristal.

La ausencia del olor a quemado me hizo pensar que había pasado mucho tiempo desde que alguien, probablemente Viktor, se deshiciera de las pruebas de todo lo que había sucedido allí.

Quedaban, sin embargo, las camillas, apenas restos de sus estructuras de metal, sin rastro alguno de la máquina que nos había dado vida.

Algunas estaban tiradas, otras carecían de patas.

De la mía solo quedaba la superficie lisa donde mi cuerpo había descansado hasta despertar.

Entré a la sala con un nudo en la garganta y me agaché despacio para tocarla. Estaba helada.

—Es esta —susurré.

Sentí a Emily moverse a mi espalda y sus pasos aproximarse hasta que se situaron junto a mí. Me tendió el cuchillo serrado que había usado para hacerme los pequeños cortes en la piel.

Si hacía el símbolo únicamente en mi camilla, solo vería mi vestigio.

¿Lo habría hecho ya Viktor en cada una de las camillas?

Levanté la mía y la analicé. No había restos de sangre.

Tragué saliva y cogí torpemente el cuchillo sin mirar.

Casi se me resbaló de la mano cuando lo aproximé a mi pierna.

Los cortes que me había hecho Emily y el que pretendía hacerme yo se ocultarían tras las ropas para no tener que dar explicaciones.

Así que hinqué la rodilla derecha en el suelo y levanté la otra para arremangarme el pantalón.

Bajé la media con cuidado hasta que la liga alcanzó la bota y, entonces, deslicé la punta de la hoja por el lado izquierdo del gemelo.

Un hilo de sangre brotó como una lágrima para deslizarse por la piel hasta humedecer la media.

Recordé el símbolo que dibujó Teressa, el brote de una semilla unido al símbolo de la tierra. Y lo tracé con mi sangre. Pasaron cinco eternos segundos desde que alejé los dedos de la camilla hasta que algo comenzó a suceder.

Me caí de culo cuando el brote cobró vida.

Emily me preguntó qué ocurría, pero yo fui incapaz de responder.

La semilla se partió en dos y el brote creció hasta nacer de la superficie como si esta fuera tierra abonada.

Crecieron ramas y hojas y, después, el tallo se rompió y se alzó como si fuera un espíritu liberado de su cuerpo terrenal.

Las ramas se estrecharon hasta secarse y convertirse en algo parecido a tendones necrosados, las hojas se transformaron en niebla, y el tallo empezó a tomar la forma poco a poco de una columna vertebral maltrecha.

Del nacimiento de un tallo y hojas verdes y sanas, había crecido algo parecido a una enorme araña sin rostro.

Me llevé la mano a la boca.

—¿Marshel?

Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta acariciarme los dedos.

—Quiero... quiero salir de aquí —fue lo único que pude decir. Después, el vestigio se retorció sobre sí mismo hasta desaparecer entre la niebla que habían sido las hojas y, con él, la sangre de la camilla.

Emily me levantó por las axilas sin preguntar.

Me cogió de la mano y atrapó la lámpara.

Las sombras que proyectaban las camillas se movieron al mismo tiempo que nosotras.

Y supe, de alguna forma, que Viktor ya había estado allí, que había contemplado lo mismo que yo: la única hembra que habían creado era igual de monstruo que los demás.