35. CUANDO ESTOY CON ÉL #2
—De acuerdo —respondí precipitadamente. Me aclaré la garganta—. ¿Tampoco un beso?
Viktor se acercó y me alzó con un dedo la barbilla para posar después los labios sobre los míos. Solo un segundo. Tuve que contenerme para no volver a atraparle la nuca.
—Un beso —dijo—. Hasta mañana, señorita Allen.
Sonreí y, con una fugaz reverencia, me despedí.
—Hasta mañana, doctor Frank.
No hubo un solo día en todas aquellas últimas semanas del trimestre que no me besara.
Al entrar y antes de salir del laboratorio, como saludo y como despedida.
También en ocasiones, mientras trabajaba en los experimentos que practicaba, cuando se acercaba para revisar mi progreso, me depositaba un beso en la sien o en la cabeza.
Incluso, a veces, si estaba de buen humor, me acariciaba con los labios el hueco entre mi cuello y mi hombro.
Llegada la segunda semana, había perdido por completo el interés en las prácticas.
Mientras Emily planeaba nuestro viaje a la casa de mi nacimiento e investigaba la forma de hallar el anclaje del vestigio, yo me deleitaba con la cercanía de Viktor sin prestar apenas atención a su instrucción.
Emily me había advertido que no era una idea inteligente pasar tanto tiempo con él, y yo sabía que tenía razón.
—¿Qué se te pasa por la cabeza cuando estás con él? —me preguntó una noche mientras llevaba a cabo un intento de localizar el anclaje del vestigio.
—¿No sería más fácil si primero lo hacemos visible?
—Sí.
Estábamos sentadas en la vieja alfombra del apartamento mientras ella me hacía pequeños cortes en distintas zonas de la piel con un cuchillo serrado porque «en un libro se indicaba que los vestigios reaccionaban al peligro» y tenía esperanza de que, si cortaba en la zona apropiada, yo podría sentir algo. Algo diferente a las demás.
Me removí, inquieta, sobre la deshilachada tela ocre y busqué su mirada, que en ese momento se encontraba clavada en mi hombro, donde había deslizado el cuchillo una vez más de forma superficial.
Me aclaré la garganta.
—¿Por qué no vamos entonces a la sala de operaciones primero? —pregunté. No respondió. Yo insistí—. ¿Emily?
—Es peligroso.
Arrugué el ceño. Y, después, me invadió una extraña sensación de abandono.
—Puedo... puedo ir yo sola si tú no...
Emily me miró, haciéndome callar al instante. Sus ojos mostraban confusión.
—¿Por qué quieres ir sola?
—Has dicho que es peligroso.
—Para ti. —Llevó los ojos a la vela que iluminaba la estancia, que había empezado a tintinear por la entrada de aire a través de algún resquicio de la ventana cerrada—.
Has desviado la pregunta. —Se levantó del suelo con gracilidad y se dirigió a mi espalda.
La sentí acomodarse en la alfombra de nuevo—.
¿Puedo? —preguntó antes de colocar las manos en la tela de mi camisón.
Yo tragué saliva. Emily no me había vuelto a ver la espalda desde la noche que me descubrió, y sabía lo delicado que era eso para mí—. Podemos dejarlo aquí.
Negué con la cabeza y aproximé un poco la espalda a sus manos para invitarla a continuar.
Ella no dudó. Con cuidado, fue enrollando la tela del camisón hacia arriba, exponiendo las dos cicatrices.
Me pidió que lo sostuviera arriba y yo acerqué la mano al hombro para mantener allí la tela enrollada. Me temblaron los dedos al rodearla.
—El doctor Frank —dijo Emily mientras acercaba el cuchillo a la mitad de mi espalda, donde ambas líneas rosadas se cruzaban. El filo me pareció más frío en la piel de la columna vertebral que en cualquier otra zona—. ¿Qué te ocurre cuando estás con él? —me preguntó de nuevo.
Supe que intentaba distraerme antes de hacerme el corte. Mi mente se centró en eso, en Viktor. Y aquella sensación se enredó de pronto con un recuerdo.
Había sucedido casi tres años atrás, un mes después de que los monstruos y yo saliéramos de la sala de operaciones.
Recordaba vagamente el lugar donde nos encontrábamos, a las afueras de una pequeña aldea al este de Londres, en una cabaña cerca del Támesis.
Olía a humedad y a hierba fresca. También a hierro oxidado y a algo putrefacto.
Era de noche y hacía frío. La única ropa que llevaba era una camisola interior y unas botas que me quedaban grandes, sin medias, lo que había provocado que me salieran terribles heridas en los pies tras tanto tiempo caminando.
Aquella había sido la primera vez que había intentado escapar de un destino que no deseaba.
Recordaba a los monstruos hablar. Cada día, cada hora. Se alimentaban del odio, del sufrimiento por el desgarrador dolor que nos asaltaba en ocasiones. Hablaban de la crueldad con la que tratarían a su creador cuando lo encontraran. Todo lo que los envolvía era oscuridad.
Había aguardado a que se durmieran, a que la noche se convirtiera en una negrura solo teñida de luz por una media luna.
Había salido de la cabaña descalza, recibiendo con placer el abrazo helado del páramo, y, después, había echado a correr.
Con cada zancada, había sentido como si una pesada cadena aferrada por la cintura y ceñida con rigidez se abriera un poco, como si ese hierro se astillara, se convirtiera en paja, y, finalmente, echara a volar hacia el cielo, impulsado por el viento, hasta hacerme libre.
Y, en aquella carrera, por primera vez, había sido dueña de algo, de una decisión, de un paso, de un camino, de una vida.
Aquel páramo había sido una puerta a mi interior, me había permitido conocer mis deseos, mis límites, mi capacidad y mi fuerza.
Hasta que los monstruos me habían atrapado de nuevo.
Emily hizo el corte. Yo respondí:
—Cuando estoy con él, siento que estoy en una pradera sin nada alrededor —susurré con una sonrisa.
Y, entonces, algo cambió en mi piel.