35. CUANDO ESTOY CON ÉL
C UANDO ESTOY CON ÉL
El regreso a las clases de laboratorio con Viktor fue extraño y, en cierta medida, incómodo.
Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no llamarlo por su nombre ni tutearlo y para tratarlo como profesor en lugar de alguien cercano (por decirlo de alguna manera).
Me esforcé por ello en pensar más en la conversación con la doctora Green y el posterior análisis de Emily en casa que en la clase y, particularmente, en él.
Mientras Emily se comía el bollo que habíamos adquirido en Covent Garden, había enumerado con un orden y detalle escrupuloso los pasos que debíamos dar.
En primer lugar, debíamos visitar cuanto antes la sala de operaciones de la casa donde me habían dado vida, teniendo la precaución de no encontrarnos con Viktor si este decidía por una cruel casualidad del destino ir en el mismo momento que nosotras.
En segundo lugar, debíamos estudiar la manera de hallar en mí el anclaje del vestigio (Emily tenía varias ideas de por dónde empezar).
Y, en tercer lugar, debíamos averiguar cómo arrancarlo de mi cuerpo, algo que parecía más difícil que encontrarlo.
—Se necesita frío —escuché decir de pronto a Emily.
Mi mente regresó al laboratorio. Viktor la estaba mirando.
Tenía una tiza en la mano y había dibujado un símbolo conocido en la pizarra.
Por el contexto de los utensilios y minerales que teníamos sobre la mesa, unido a aquel símbolo de traspaso que debíamos emplear, deduje que la práctica de hoy trataba de invisibilizar mediante las propiedades del agua alguna de las piedras que teníamos frente a nosotras.
Emily y yo ya nos habíamos entretenido antes con aquel símbolo en nuestra etapa en el museo.
Habíamos traspasado las propiedades del acero a una piedra común y, después, habíamos probado a romperla.
Había sido interesante. En ese caso, se había requerido calor.
Ahora, Emily parecía bastante segura de que se necesitaba frío. Y, en mi opinión, no estaba equivocada.
—¿Por qué? —preguntó Viktor, alentándola a explayarse.
Supuse que Emily simplemente había respondido a una cuestión previa, probablemente por inercia, y no pretendía añadir nada más. Tardó por ello en responder.
—Es más sencillo si el agua tiene una consistencia parecida a aquello a lo que se le quiere transmitir la propiedad de transparencia —dijo—. Es más fácil si se convierte en hielo —añadió, tal vez por si alguien no la había comprendido.
Viktor se limitó a asentir casi de forma imperceptible y repasó entonces a sus estudiantes con la mirada.
—Que todas las mesas tengan encima una roca transparente cuando termine la clase —exigió. Después, dejó la tiza junto a la pizarra y tomó asiento frente al escritorio.
Un murmullo cobró vida entonces entre los puestos del laboratorio.
Empezaron a tintinear pipetas, a pasarse pliegos y a removerse sillas.
Yo me encontré actuando casi por instinto, como si mis manos recordaran sin necesidad de usar el cerebro cada uno de los pasos que habían dado con anterioridad para llevar a cabo aquel experimento.
Mientras mis ojos contemplaban a Viktor, que en ese momento se hallaba inmerso en la lectura de unos pergaminos, mis dedos tomaron el recipiente de agua para volcar un poco en una bandeja y dibujar con ella el símbolo del frío, un sencillo copo de nieve dentro del símbolo del agua, con tres líneas cruzadas en un mismo punto y con cada vértice dividido en tres salientes.
Sentí cómo ascendía de golpe la temperatura de mi mano y bajaba como compensación la del agua de la bandeja hasta congelarse casi al instante.
Emily me cogió la mano y la metió en el recipiente de agua antes de que saliera ardiendo. Casi chillé. El agua regresó entonces a su temperatura corriente y se volvió líquida.
—Cuando miras a ese hombre, te vuelves tonta —dijo como simple apreciación.
—Gracias.
Solté una exhalación mientras Emily imitaba mis pasos, pero, en lugar de usar sus propios dedos, empleó la mecha de una vela. Esta se prendió y el agua se congeló de nuevo. Dejó la vela en el candelero y me miró.
—Ahora tú.
Saqué la mano del agua y me la sequé en la falda.
Cogí entonces un trozo de aquel hielo y dibujé el símbolo del traspaso de propiedad sobre la roca.
Como solo necesitaba la transparencia, añadí una cruz en el centro.
La cruz indicaba color, la raya vertical el olor y la raya horizontal la superficie (suave, áspera, rugosa, blanda, dura, peluda, etcétera).
La roca se transparentó tres segundos después de separar el hielo de ella. Este, a cambio, se opacó.
Apoyé la barbilla en la mano y admiré el trozo de piedra con la otra. Ahora parecía un trozo de cristal.
—Debes de haber aprendido mucho en el congreso —dijo una voz envenenada a nuestra espalda.
Emily y yo nos dimos la vuelta al unísono. Dos chicas nos miraban tras una mesa llena de piedras rotas o agrietadas envueltas en vapor. Si no me equivocaba, sus nombres eran Anna y Charlotte. Fui a responder, pero Emily fue más rápida.
—Teníais que cambiar el estado del agua a sólido, no a gaseoso —dijo, ignorando el comentario.
—No tenemos la ayuda de la tutelada del doctor Frank —dijo Anna.
—La tutelada del doctor Frank casi sale ardiendo —respondí—. Emily es la que ha cambiado el estado del agua.
Charlotte frunció el ceño.
—No debería haberte elegido a ti —escupió.
—Señorita Abbott, señorita Allen —dijo la voz de Viktor. Charlotte dio un respingo y nosotras nos giramos para mirarlo. Él había levantado los ojos de su lectura y nos contemplaba ahora con severidad—. Si han terminado el trabajo, salgan del laboratorio.
Emily se encogió de hombros y recogió su cuaderno y su morral.
Yo la imité, aunque con más torpeza. A nuestro paso por el pasillo que atravesaba las dos hileras de mesas, vi a Edward mirando a Anna y a Charlotte y, después, a Viktor.
Pareció estar a punto de decir algo, pero después contempló a Emily, su despreocupación, y la tensión de sus hombros desapareció. Se centró de nuevo en su práctica.
Antes de salir del laboratorio, no pude evitar dirigir la mirada al escritorio. Viktor dibujó una fugaz sonrisa sin levantar la mirada del pergamino antes de que Emily cerrara la puerta. Supe al instante que estaba totalmente dedicada a mí.
Llamé dos veces a la puerta mientras miraba alrededor con ansiedad. No quería que nadie me juzgara por visitar al doctor Frank, no deseaba que me miraran con celos y que fuera el centro de envidias. Pero tampoco deseaba abandonar la escuela sin verlo y hablar con él.
Así que cuando la voz de Viktor me invitó a pasar a su despacho, abrí la puerta y me interné en él sin dudar.
No me esperaba en absoluto que me tomara de la mano y me llevara junto a una estantería, lejos del ventanal que daba a la calle, para acunarme la mejilla y hablarme con los labios casi pegados a los míos.
—Marshel. ¿Qué haces aquí?
Abracé su mano con la mía.
—Quería verte.
Sus ojos se encendieron.
—No deberías llamar a mi despacho, mucho menos entrar. He visto lo sucedido en el laboratorio.
Por eso nos había echado; para alejarme de ese veneno.
Llevé la mano a su nuca y hundí los dedos en su pelo. Acerqué más mi boca hasta que su aliento se entrelazó con el mío.
—No me importa. —Me puse de puntillas—. No me importa en absoluto.
Uní nuestros labios. Las manos de Viktor se afianzaron entonces en mi cintura para llevarme contra la estantería y encerrarme entre el olor de los libros y el suyo.
Bajó los dedos hasta el final de mi espalda y yo me perdí en la caricia de su lengua, en mi respiración acelerada, en el murmullo distante del mundo ajeno a nuestro encuentro y entre las sombras que proyectaban los objetos que obstaculizaban la luz entrante de la ventana cuando cerré los ojos. No veía. Solo sentía.
Viktor me atrapó el labio de abajo entre los suyos mientras una de sus manos se aferraba a la parte alta de mi falda.
Mis dedos se movieron solos por su cintura hasta internarse poco a poco bajo su chaleco, bajo su camisa, que saqué casi sin aliento de entre sus pantalones.
Necesitaba sentirlo más cerca, notar su piel contra la mía.
Cuando las yemas de mis dedos alcanzaron al fin su destino, me invadió un calor que jamás había sentido.
Mis mejillas se enrojecieron, y la delicadeza con la que las manos de Viktor se enredaban en mi vestido se transformó.
Me aprisionó con fuerza mientras me invadía la boca con la lengua y colocó una pierna entre las mías mientras su cadera se hundía en mi cintura.
El roce de su muslo logró acariciarme con un fuego enloquecedor.
Algo empezó a palpitar entre mis piernas, algo que hizo que las abriera más.
Gemí y me aferré al cuerpo de Viktor con la sensación de que podría caer en cualquier momento.
Su piel, cálida, se erizó. Bajo mis dedos, su abdomen firme me hizo reparar en otra dureza proveniente de su cuerpo.
Pero en cuanto me percaté de ella, Viktor separó su cuerpo del mío y se apoyó en los estantes con las manos, a ambos lados de mi cuello.
Respiró hondo con la frente sobre la mía, negando con la cabeza.
Separé los dedos de su abdomen y me los llevé a la parte baja del vientre.
—Tienes que marcharte, Marshel.
Tragué saliva.
—He venido por las clases particulares —murmuré.
Viktor resopló. Terminó de separarse de mí por completo y me contempló durante un tiempo que me pareció eterno, mientras se colocaba de nuevo con precisión la camisa bajo los pantalones y se estiraba el chaleco.
Todo rastro de mi descarado comportamiento desapareció, a excepción de sus labios, que aún estaban rojos.
Se llevó el pulgar a ellos y perfiló el de abajo, casi como si se relamiera los restos que habían dejado los míos.
—Si vuelves a pisar el laboratorio a solas conmigo —dijo—, no permitiré que vuelva a suceder esto.