34. LA DOCTORA TERESSA GREEN
L A DOCTORA T ERESSA G REEN
—Entiendo que huías de la lluvia —respondió Emily a la pregunta que me había hecho Viktor.
Nos habíamos reunido con ella y Edward unos minutos después y marchado en carruaje a una cafetería de Mayfair.
Viktor seguía preocupado por cómo me había visto correr con espanto «como si me siguiera el mismo diablo», algo que no iba muy desencaminado.
Supongo que Emily había intuido algo de lo sucedido, porque no me permitió revelar absolutamente nada.
—No le gusta la lluvia —añadió. Y dio un sorbo a su té.
Edward carraspeó y miró a Viktor. Parecía sumamente incómodo ante su presencia.
—Doctor... Frank, ¿qué tal fue el congreso? —preguntó.
Viktor nos miró a Emily y a mí un momento antes de responder con la sequedad que lo caracterizaba.
—Bien.
—¿Veremos algo de eso en el laboratorio?
—No —respondió, e hizo una pausa tan larga que creí que no diría más.
Pero, después de dar un sorbo al té, se explicó—.
En los congresos se ven demostraciones de alquimia avanzada.
En el primer año no se hacen experimentos de ese tipo.
Tendrán que completar los cuatro trimestres para poder empezar a ver algo más interesante en el segundo año.
—El primer año es aburrido —dijo Emily, mirando por la ventana—. ¿Por qué imparte usted un trimestre en él si tiene tanto conocimiento?
Le di una patada por debajo de la mesa, provocando en ella una mirada de desconcierto. Edward tuvo que ocultar una media sonrisa ante la impertinente pregunta.
—Porque la base de la alquimia es difícil de explicar —respondió Viktor—. La mayoría del profesorado estira la cuerda más de lo que debería.
—También imparte un trimestre del último año —destacó Edward, con admiración.
Viktor lo miró con intensidad, haciendo que Edward se aclarara la garganta. Después, el doctor dio un último sorbo a la taza y se levantó del asiento. Inclinó la cabeza brevemente como despedida.
—Que tengan buena tarde —dijo.
Me miró una última vez y se esfumó después de acercarse a la barra y saldar la cuenta de los tés.
—Lo has espantado, Edward —comentó Emily como si hablara del cielo encapotado o de la interrupción de la lluvia.
—Sí, me he dado cuenta. —Se rascó la nuca—. Qué modesto.
—Te incomoda —dijo Emily—. ¿Por qué?
Edward se frotó el mentón y dejó caer despacio la espalda en el respaldo de la silla. Respondió con cuidado, como si estuviera midiendo las palabras.
—Es inteligente, un poco más mayor y sabio. —Vaciló—. Siento que me está evaluando constantemente.
—Dudo que seas tan importante como para que te preste semejante atención —sentenció Emily.
Edward sonrió.
—Sí. Tal vez tengas razón.
No alargamos mucho más aquella reunión. Cuando Edward nos dejó en la puerta de casa y se alejó con el carruaje, Emily me cogió de la muñeca y me arrastró hasta nuestro apartamento. Me sorprendió su fuerza o mi debilidad. Cuando llegamos, cerró la puerta y me miró.
—Iremos mañana a ver a la doctora Green.
—No sabes lo que ha pasado.
Se quitó la ropa sin pudor y se dirigió al barreño para asearse, ignorándome.
Apenas se ocultó tras el biombo mientras metía los pies y se acercaba el cubo de agua.
Cogió la pastilla de jabón, la hundió en él hasta hacer espuma y empezó después a frotarse.
Me situé en otro punto junto al biombo para darle la intimidad que ella rechazaba.
—Ha aparecido uno de sus monstruos —le expliqué—. No sabes lo que me ha dicho.
—Sé que has estado a punto de confesarle todo al doctor Frank.
—Están planeando algo y son una amenaza. Tengo que prevenirle.
Emily retiró el biombo para mirarme.
—Iremos a ver a la doctora Green —dijo, cambiando la pastilla de jabón de una mano a otra de forma constante, pero pausada, dándole una vuelta con los dedos antes de pasarla a la otra mano—.
Si no hay solución, te acompañaré a relatarle todo al doctor Frank.
Si la hay, te quitas de encima el vestigio y el dolor y le previenes como víctima de sus monstruos, que te han atacado, no como parte de su creación.
—¿Puedes taparte?
Se contempló un momento el cuerpo, lleno de espuma.
—¿Te molesta? —me preguntó con un tono más curioso que atento a mi incomodidad.
—Sí.
—No puedo bañarme vestida.
—Pero sí detrás del biombo. —Llevé la mano a él y cubrí la escena con un tirón seco—. Siempre haces lo mismo.
Ella guardó silencio un momento. Y, después, respondió con practicidad:
—Hueles a estiércol.
La Royal Institution se encontraba en Mayfair, en Albemarle Street.
Decidimos salir el lunes a primera hora de la mañana para evitar el gentío, pero aun así tardamos a pie casi media hora en llegar.
Fue necesario atravesar St. Martin’s Lane, bastante concurrida ya, para llegar a Coventry y, seguidamente, Piccadilly.
Caminar por esa gran avenida hasta llegar a Albemarle fue desagradable.
Todo estaba lleno de carruajes y de aristócratas deseando ser vistos a pesar del mal tiempo que arrastraba Londres desde que se ocultara el sol el sábado.
Emily observaba todo con una atención pulcra.
Yo, en cambio, me deleitaba con los olores, a pesar del pesado y lento avance.
Tabaco y perfume fino. Aquello era lo que más destacaba.
—¿Crees que aquí habrá los mismos bollos que en Covent Garden? —dijo Emily, mirando las panaderías.
—Creo que serán mejores.
—Quiero un Chelsea bun .
Se habían agotado el domingo y no habíamos comprado aquella mañana. Edward no nos había visitado, así que tampoco habíamos sido bendecidas por alguna cesta a rebosar. Le prometí a Emily que compraríamos dos a la vuelta. Ella aceleró entonces el paso.
Cuando llegamos a Albemarle no tuvimos que preguntar por la Royal Institution: una fachada de estilo neoclásico llamó al instante nuestra atención al final de la calle.
Estaba cubierta por columnas que parecían sostener en lo alto del todo las enormes letras que conformaban el nombre del edificio «The Royal Institution of Great Britain».
Entre ellas, había grandes ventanas separadas de forma simétrica.
El edificio no era ostentoso, pero sí resultaba imponente.
El interior me impresionó más, a pesar de encontrarlo muy parecido a la Golstadt.
Los techos eran altos y las paredes estaban cubiertas por completo de estanterías con libros, vitrinas con instrumentos, y retratos de grandes científicos.
Unas anchas escaleras de mármol llevaban al piso superior, iluminadas por la luz del exterior.
Había tantas puertas a nuestro alrededor que no supe adónde dirigirme.
Escuché a Emily preguntar por la doctora Green, un susurro entre el reverencial silencio que cubría el interior de la Royal Institution.
A pesar de haber muchos visitantes, no se escuchaba más que el pasar de las hojas de algún libro, el tintineo lejano del cristal de alguna pipeta o frasco y la voz amortiguada de las conferencias de algún salón.
—Está ocupada, debemos esperarla en su despacho —susurró Emily en mi oído, y comenzó a caminar sin titubeo hacia la parte de atrás.
Yo la seguí de cerca observando todo a nuestro alrededor.
Encontré bustos de alquimistas en una sección concreta del piso bajo, rodeados de libros de aquella temática y símbolos alquímicos elementales.
Entre todos aquellos bustos, estaba el de la doctora Green.
Y, junto a ella, con aquella mirada familiar, se encontraba el de Viktor.
Estuve tentada de acercarme para admirarlo de cerca, pero me contuve.
El paso de Emily era rápido y no parecía preocupada por si la seguía o no.
Recorrió dos pasillos y, finalmente, se detuvo en una puerta que quedaba en frente de un gran ventanal.
Al lado de esta, se podía leer en un pequeño cartel el nombre de «Doctora Teressa Green».
—¿Qué vamos a decirle? —le pregunté.
—Le preguntaremos por el trabajo del profesor Petrov. Y por el suyo.
—El Azoth me da igual, no voy a traspasarle mi dolor a otro ser vivo.
—Tal vez se pueda compartir.
—¿Qué?
Emily empezó a dar palmaditas en sus piernas y se distrajo con un pájaro que se posó en la ventana.
—Si el dolor se puede compartir —dijo mientras se inclinaba hacia delante para verlo más de cerca—, entonces puedes sufrir la mitad.
Parpadeé, y de pronto comprendí lo que pretendía.
—No pienso compartir mi dolor contigo.
Ella ladeó la cabeza. El pájaro echó a volar hacia la rama de un árbol.
—¿Por qué no? —preguntó. Se dio la vuelta y me encaró. Sus ojos mostraban un interés simple, como si realmente quisiera saber cuál era el problema de aquella idea.
—Porque no voy a entregarte un dolor que no tienes, Emily.
—Pero somos amigas.
—Emily. No. Tú no tienes ni idea de cómo es. Aunque el dolor sea la mitad, seguirá siendo insufrible.
—Podemos probar.
Abrí la boca para volver a negarme, pero una voz conocida me interrumpió.
—Señorita Marshel Allen —dijo.
Emily y yo nos giramos al unísono. La doctora Green se acercaba apoyada en su bastón con paso medido. Llevaba un vestido elegante de chaqueta, todo verde esmeralda, y el pelo blanco recogido en la nuca de forma sencilla. Tenía el mismo aspecto que en Hamburgo.
—Doctora Green —saludé—. Ella es mi amiga Emily Abbott.
—Un placer, señorita Abbott. —Colocó la mano en el pomo de la puerta y abrió—. Adelante.
Nos internamos en la estancia, iluminada por varias lámparas de aceite prendidas y repartidas por las mesas.
El lugar no era un despacho al uso, más bien una fusión entre laboratorio, sala de lectura, rincón de escritura y zona para el té.
Emily y yo aguardamos en el centro mientras la doctora cerraba y nos invitaba a acomodarnos en los sillones de ese último lugar.
Olía a vela y a tinta, a papel quemado, a ácido y a sal.
La mesa de la zona de laboratorio estaba colocada con pulcritud, con los tubos de ensayo, frascos y utensilios ordenados a pesar de encontrarse claramente en uso.
Algo burbujeaba en el fondo de una campana de cristal.
La doctora tapó el contenido con un corcho y, después, se dirigió a nosotras.
Me revolví en el asiento, incómoda, cuando ella ocupó el tercero, frente a ambas. Un olor a hierbabuena flotó de pronto en el aire. Emily se quedó mirando el bastón, que la doctora dejó apoyado en el brazo del sillón.
—Esperaba que tardara más en visitarme —dijo la doctora—. Apenas acabo de llegar de Hamburgo y ya me está esperando.
—Sí... Lo cierto es que vengo por algo en particular.
—Eso tiene más sentido. —Sonrió—. ¿Puedo ofrecerles té?
—No... Yo...
—Es algo urgente —intervino Emily.
La doctora la miró con interés. Yo quise darle un codazo.
—Entonces no hay tiempo que perder —dijo. Después, me miró—. ¿De qué se trata?
—¿Conoce los estudios del profesor Petrov?
—Sí, los conozco.
—¿Sobre los vestigios de los seres vivos?
La doctora ladeó la cabeza.
—Sí.
—¿Sabe cómo transmutar el vestigio en algo tangible? —volvió a intervenir Emily.
La doctora guardó silencio un momento. Nos miró a una y a otra con un interés más vivo.
—Sí. —Una pausa—. ¿Puedo saber qué valor tiene eso para ustedes dos?
—No.
Emily. Quise pellizcarle el brazo, pero la reacción amable de la doctora me detuvo.
Asintió con naturalidad, como si comprendiera que no le debíamos ninguna explicación y que dejábamos a su elección ayudarnos o no bajo esa condición.
Y, bueno, lo cierto era que no iba a proporcionarnos un arma letal para el mundo.
Cogió el bastón y se valió de él para levantarse del asiento con esfuerzo. Emily y yo la seguimos con la mirada mientras se dirigía a su escritorio. Tomó un pliego con cuidado y mojó una pluma en tinta. Después, dibujó algo en el papel.
—Se van a adentrar en un terreno algo inexplorado, señoritas —dijo, mientras dejaba la pluma con suavidad de nuevo en su sitio y doblaba el pliego.
Regresó entonces tras sus pasos hacia nosotras—.
Desconozco lo que pretenden hacer dando forma a algo tan delicado, pero deben llevar precaución.
—Me tendió el pliego—. Este es el símbolo de transmutación para el vestigio.
Lo cogí y lo llevé a mi regazo.
—Gracias, doctora Green.
Ella me miró con agudeza. De no haber estado segura de que era imposible, habría jurado que lo sabía, que conocía mi naturaleza, que sospechaba lo que pretendía hacer.
Tragué saliva.
—Debe saber —me dijo— que para transmutar el vestigio que todos llevamos con nosotros deberá ir a su lugar de nacimiento, señorita Allen.
Y solo aquella persona que use el símbolo será capaz de verlo.
—Se acercó un poco más, obligándome a levantar la cabeza—.
También debe saber que si deseara de alguna forma...
tocar el vestigio, deberá hacerlo desde su cuerpo.
Y no es tan sencillo como cree. Primero tendrá que saber dónde lo tiene anclado, algo que no es visible a simple vista.
Arrugué el ceño.
—¿No se puede... —me aclaré la garganta— tocar en cualquier otro lugar?
—No.
—¿Y cómo sabrá dónde lo tiene enganchado? —preguntó Emily.
La doctora Green la miró.
—Eso lo desconozco —respondió—. El profesor Petrov solo experimentó con el vestigio para rastrearlo, no para tocarlo.
—¿Hay que hacer algo más aparte de dibujar el símbolo?
—Si lo único que quiere es transmutar el vestigio en algo tangible, solo necesita la sangre del ser vivo al que pertenezca. El rastreo, sin embargo, requiere de otras habilidades.
Me incliné hacia delante con curiosidad.
—¿Qué tipo de habilidades?
—Conocer el arte de fusionar símbolos sin romperlos y el empleo de sentidos de olfato y tacto como fuente de conexión y desconexión con el hilo y de la naturaleza como impulso.
Emily empezó a dar palmaditas en sus piernas. Yo parpadeé.
—No sabía que la alquimia necesitara en ciertos casos de todo eso —dije.
—Lo necesita para todo aquello que escapa del plano terrenal. El mundo es más de lo que vemos a simple vista, señorita Allen. Los seres vivos son energía. —Dio un pequeño golpe con el bastón—. Ahora, si no tienen más preguntas, debo continuar con mi trabajo.
Emily quiso interrumpirla, seguramente para cuestionarle sobre el Azoth, pero me precipité a rodearle la muñeca con la mano y a levantarla bruscamente del asiento. Nos despedimos con respeto y salimos por la puerta mientras yo guardaba el pliego en el retículo.
—Esto va a ser complejo —murmuré, cortando la incipiente queja de Emily por mi reacción. Miré hacia atrás un instante, hacia el despacho—. ¿Crees que sabe lo que quiero hacer? Creo que cada vez que decía «tocar» se refería a «romper».
—Sí. Probablemente —respondió Emily. Después, se quedó pensando—. Creo que el olor a hierbabuena era una alucinación —dijo.
—¿Y qué?
Se encogió de hombros y echó a caminar.