33. EL SEGUNDO MONSTRUO DE VIKTOR FRANK
E L S EGUNDO M ONSTRUO DE V IKTOR F RANK
Aquella noche soñé con el experimento Demiurgo, con Petrov y con la doctora Teressa Green.
Del primero dependía la comprensión de mi existencia y la posibilidad de arrancarme el dolor que tanto me destrozaba; del segundo, mi extinción; y de la tercera, tal vez ambas cosas.
Emily había dicho que podríamos averiguar mediante estudios cómo hacer del vestigio algo tangible, pero lo cierto era que el profesor Petrov había tardado años en lograr identificar el vestigio para poder realizar el experimento con el ave.
Dudaba mucho que, sin ayuda, pudiéramos dar con la solución antes que Viktor conmigo.
Tal vez la doctora Green podía ser un punto de partida.
Cuando llegó el sábado, le hablé a Emily de la doctora, que había coincidido con ella en el congreso y me había invitado a visitarla en la Royal Institution. Quise explicarle quién era, pero ella se anticipó.
—Logró destilar Azoth de Vitalidad y capturarlo fuera del contenedor hace once años. —Dio un sorbo sonoro al té que acababa de servirnos. Mi taza ardía. A ella no pareció importarle—. Es mejor opción que el robo.
Puse los ojos en blanco.
—Acepto que entrar al despacho de Viktor por la noche no fue la mejor idea. —Me acerqué la taza a los labios y soplé—. ¿Me acompañarás cuando decida visitarla?
Eran las ocho de la mañana y Emily llevaba despierta ya al menos cuarenta y cinco minutos, cuando le había abierto la ventana a Prometeo y le había dado una miga de bollo.
Parecía no haber dormido en absoluto. De hecho, ahora que me fijaba, parecía no haber dormido en absoluto durante bastante tiempo.
En cualquier otro momento, habría dado por hecho que vendría, pero aquella mañana parecía realmente exhausta.
—Sí.
—¿Estás bien?
—Prometeo hizo caca en mi almohada tres días antes de que regresarais. He tenido que cambiarla. La nueva está dura.
—Oh. ¿Quieres la mía?
—Sí. —Me miró—. Si no te importa.
Quise preguntarle que por qué simplemente no la había lavado, pero guardé silencio.
Hacía tiempo que había dejado de intentar comprender a Emily.
Ahora solo la aceptaba y quería. Y su bienestar me hacía feliz.
Así que me dirigí a las camas y cambié las almohadas mientras ella se terminaba el último Chelsea bun .
Cuando regresé a la mesa vi que había dejado la mitad en mi platito del té. Sonreí.
—¿Qué sientes por el doctor Frank? —me preguntó.
La pregunta me pilló desprevenida. Me quedé pensando.
—Es una sensación diferente a cualquier otra. Cuando le veo, el corazón se me acelera, me entran unas ganas inmensas de sonreír, y siento los brazos tensos, como si quisieran llegar hasta Viktor cuanto antes para enredarse en él. —Me incliné hacia ella—. ¿Te pasa lo mismo con Edward?
Ella colocó la tetera de forma que el asa estuviera en paralelo con el de su taza.
—No. No es como lo que tú describes —respondió—. Pero me gusta estar cerca. Me calma. Y a veces me hace reír. Mucho. Pienso en él por las noches. No... no me gustaría separarme de él y no volver a verlo. —Me miró—. Y eso significa algo.
—Sí. Significa algo.
Asintió y miró el reloj de pared.
—Llegará en una hora. Vamos a salir por Hyde Park, aprovechando el día soleado. Ven con nosotros.
—¿No molestaré?
—Siempre vamos con una dama de compañía. Prefiero que seas tú.
Acepté al instante. Cuando Edward llegó, ya estábamos más que preparadas.
Nos habíamos vestido con la máxima elegancia que nos podíamos permitir.
Hyde Park estaba lleno de la alta sociedad londinense —aunque no tanto como en primavera o verano— y lo más probable era que destacáramos por nuestros atuendos humildes.
Pero no era la primera vez que Emily paseaba por allí, y, si a ella no le importaba, a mí tampoco.
Nos pusimos unos vestidos de día de muselina de corte imperio con unos chales grandes de lana del mismo color austero que los lazos que rodeaban nuestras cinturas a la altura del corte, bajo el busto.
Emily se recogió el pelo, yo lo dejé suelto, con los mechones de delante recogidos hacia atrás.
Cogimos unos manguitos para el frío y un paraguas por si llovía.
A pesar de que el día fuera soleado, podía estropearse en un instante.
Cuando Edward llegó, me sorprendió verlo ataviado con la misma humildad que nosotras, sin cravat ni chaleco, con una camisa color marfil, guantes de cuero, pantalones de sarga y abrigo largo de corte sencillo sin bordados.
Inclinó la cabeza como saludo y besó la mano de Emily, quien aceptó el gesto con un suave rubor.
Después, nos ayudó a ambas a subir al carruaje.
—No sabía que habías regresado ya del viaje, Marshel —dijo cuando nos pusimos en marcha. Había un manto en cada lado, así que yo me cubrí con uno y Emily y él con el otro. Edward se aseguró de que ella quedara bien cubierta—. Creí que tardaríais al menos dos días más.
Cuando Edward terminó de afianzar el manto, Emily, con una lentitud medida, apoyó la cabeza en su hombro. Él no se movió.
—Hemos tenido algún problema en el congreso —respondí—. Al Consejo no le gustó mi presencia. Según el doctor Frank, no les gusta lo que no es habitual.
—Ya veo. ¿Te gustaron las exposiciones de los alquimistas?
—Sí. Mucho.
Les narré todo lo que había visto, aunque Emily ya supiera la mayor parte por mis cartas y las conversaciones desde que había llegado de Hamburgo. A Edward le fascinó cada una de las demostraciones y exprimió todos mis recuerdos hasta sacar de ellos cada detalle.
—Interesante —dijo finalmente.
Hablamos de otros temas durante el resto del trayecto.
Después, olí Hyde Park antes incluso de verlo.
El contraste con la ciudad era claro y, a pesar de que debía de ser mucho más agradable en primavera, encontré reconfortante el olor a madera húmeda.
Abrí la cortinilla, dando paso a un viento frío que hizo que me cruzara el chal por el pecho y lo asegurara bien.
Me asomé por la ventanilla. El camino de tierra estaba lleno de charcos que reflejaban la luz del sol.
Los árboles, desnudos, parecían manos esqueléticas saliendo de la tierra en busca de aire.
Había gente paseando, a pesar del barro y del frío.
Aquello me satisfizo. No solo yo disfrutaba de la cara desagradable del mundo.
Me sentí más humana entonces, menos extraña.
Me permití cerrar los ojos un instante, con la barbilla apoyada en la mano, mientras los olores iban modificándose a medida que nos acercábamos al lago Serpentine.
La madera húmeda fue dando paso a algo más mineral, y en el aire empezó a flotar un leve aroma a vegetación estancada y limo.
Cuando abrí los ojos de nuevo, nos encontrábamos ya frente a él.
Se me antojó una enorme mancha de pintura azul que parecía haber caído sin querer del cielo para ir a parar al medio de aquel cuadro gris.
El sol se reflejaba como una perla en la superficie.
Me bajé del carruaje en cuanto se detuvo, sin esperar a que Edward me ayudara.
Salté y corrí hacia la orilla. Más allá, había un pequeño muelle donde varias barquitas esperaban a ser ocupadas para un agradable paseo.
Solo dos trazaban en aquel momento líneas dispersas por las aguas del Serpentine.
A los remos, los hombres las desplazaban mientras conversaban con las damas a las que, supuse, estaban cortejando.
Otras damas, las de compañía, permanecían en silencio mirando a cualquier parte.
—Quédate —dijo Emily mientras Edward iba a hablar con el barquero—. Sé que te incomoda la idea de estar con nosotros sola en una de esas barquitas. Quédate aquí.
Alcé los ojos para mirarla.
—No deberíais estar solos.
Ella se encogió de hombros como respuesta y se aproximó a Edward, que me miró mientras Emily le decía algo.
No pareció importarle lo más mínimo la decisión de disfrutar solos del paseo, porque se encogió de hombros como ella y la ayudó a subir a la barca sin rechistar.
Esta se tambaleó bajo su peso, más aún cuando Edward se unió a ella.
Temí por un momento que volcaran, pero Emily no se inmutó.
Miró las ondas que creaba el movimiento y se asomó para tocar una de ellas.
El barquero se quedó mirando a la pareja con el ceño fruncido mientras contaba las monedas y ellos se alejaban.
Decidí tomar entonces aquella libertad repentina para pasear conmigo misma por los alrededores.
Varios ojos se volvieron hacia mí mientras caminaba sin compañía, pero sus juicios no podían importarme menos.
Medité durante aquellos minutos sobre todo lo vivido y sobre todas las incertidumbres de mi futuro.
No me percaté por ello de los caminos que seguí, y me vi de pronto perdida cuando quise regresar al lago.
Solo necesitaba preguntar, puesto que el Serpentine era una de las atracciones principales del parque, pero no había en esa zona ni una sola persona.
Eché la mirada al cielo cuando una gota me salpicó la frente. Las pocas nubes grises que se habían aproximado por el norte estaban ya emborronando el azul de aquel día de Londres.
De pronto, un crujido de ramas entre los árboles hizo que diera un respingo.
Entrecerré los ojos y miré más allá. La luz del sol se había ocultado, ensombreciendo las zonas entre los grandes robles de aquella parte del parque. No podía ver más que penumbra. Pero podía apreciar movimiento, aunque no tuviera detalle.
Di un paso atrás. La figura difusa que se aproximaba entre los troncos era grande y robusta.
No fue necesario que lo viera del todo para saber de qué se trataba.
Viktor había acabado con dos monstruos, aquel que años atrás había atacado a Kraus y el que me había atacado a mí.
Pero aún quedábamos cinco. Y si uno de ellos se encontraba allí... quizá no era el único.
Di otro paso atrás. Y otro más. Pero cuando el Segundo Monstruo de Viktor Frank salió de entre la oscuridad, me quedé paralizada en el sitio.
Este era más grande que el Sexto, aunque su rostro se asemejaba más al de un humano corriente, habiendo unido la cabeza al completo con el resto del cuerpo.
Este, sin embargo, sí mostraba deformidad.
Con un hombro más alto que otro, un brazo más largo y el pecho completamente salido hacia afuera, como si sus órganos fueran mucho más grandes que su contenedor.
—Has ido demasiado lejos —gruñó.
Tragué saliva. Los ojos del Segundo me miraban con desaprobación, con asco y hostilidad. Recordaba que en el pasado había confiado en mí para limpiar sus heridas, que me había traído alimento, que nos habíamos valido el uno del otro.
—Yo no he hecho nada.
—Hiciste que mataran al Sexto.
Alcé el mentón.
—Él se lo buscó —respondí—. Me atacó.
Dio un paso hacia mí. Yo uno hacia atrás. Que hubiéramos confiado el uno en el otro tiempo atrás no significaba ya nada. Ni para él ni para mí.
—Has dejado que se metieran en tu mente, que olvidaras quién eres —dijo. Su voz era amenazadora, casi podía sentir el hormigueo de sus manos dispuestas a destruirme. Iba a saltar a por mí. En cualquier momento.
—Sé quién soy gracias a ellos.
—¿Gracias a Emily? —se jactó.
El nombre de Emily en sus labios hizo que se encendiera algo dentro de mí. Me vi de pronto dando un paso al frente con los puños apretados.
—Ni se os ocurra acercaros a ella.
El Segundo sonrió de forma casi demoniaca.
—No nos interesa ella, pequeño monstruo —respondió—. Hemos descubierto algo mucho más interesante.
Arrugué el ceño, confusa.
—¿Qué?
—Os vimos al regresar de Londres. Os vimos al llegar a tu casa.
Agité la cabeza. ¿Vernos? Era imposible. Nadie podría haber visto nuestro acercamiento en el carruaje.
—No sé qué visteis, pero...
Dio otro paso adelante, interrumpiendo mis palabras.
—Llevamos siendo testigos del comportamiento humano desde hace casi tres años —dijo—. Sabemos cómo te mira Viktor Frank. Sabemos qué significa. Y sabemos lo que sería capaz de hacer por ti.
—No sé a qué te refieres.
El Segundo volvió a sonreír.
—Entonces eres una ilusa.
Saltó a por mí.
Logré esquivarlo a duras penas. Sentí cómo sus dedos por poco alcanzaban mi chal antes de echar a correr. Me recogí la falda y agradecí en silencio haber sido creada con este tamaño. Era más ágil que el Segundo y, por ello, más rápida, a pesar de tener las piernas más cortas.
Pisé charcos y me empapé las medias, sentía resbalarme el agua estancada por los tobillos, pero no me detuve.
La presencia del monstruo era pesada, sus pasos, sólidos y fuertes.
Miré hacia atrás cuando dejé de sentirlo.
Se había detenido y se alejaba sin apartar los ojos de mí, de nuevo hacia los robles.
Miré alrededor. Estaba segura de que había más monstruos allí. Podía sentirlos cerca. ¿Estaba rodeada?
Corrí de nuevo, sin apartar la mirada de mi espalda, cuando el chispeo dio paso a una lluvia fina. Entonces choqué de frente con un cuerpo y a punto estuve de caer. Levanté los brazos, preparada para defenderme.
—Marshel. Marshel. —Me sacudió hasta que dejé de revolverme, sin aliento. Me di cuenta entonces de que la persona que me sujetaba no era ningún monstruo—. ¿Qué ocurre?
Parpadeé, confusa, con el corazón en la garganta.
—¿Viktor?
Oteó los alrededores. Yo enredé las manos en su chaleco.
—Estabas huyendo. —Me miró—. ¿Qué ha pasado?
Giré la cabeza para mirar atrás. No había rastro de ningún monstruo.
Solo estábamos él y yo, y el murmullo de otras personas, de otros carruajes muy cerca de allí.
Supe entonces que los monstruos tramaban algo, y que para ello no querían testigos.
Eran una amenaza, ahora más que nunca, los monstruos de Viktor eran una amenaza.
Alcé los ojos hacia los suyos. Dudé. Tenía que decírselo, avisarle. Tenía...
—Estás temblando.
Se quitó el abrigo y me lo colocó sobre los hombros.
—¿Qué haces aquí? —murmuré.
Él señaló con la mirada hacia un árbol. Arriba, en una de las ramas más expuestas a la lluvia, descansaba Prometeo.
—Ya sé cómo seguir el vestigio.
Y, entonces, el ave echó a volar.