32. NO PUEDES DECIR LA VERDAD
N O PUEDES DECIR LA VERDAD
El día de llegada a Londres fue una tortura.
Me levanté con un terrible dolor de cabeza y unas náuseas tan desagradables como el movimiento del barco.
Agradecí enormemente el momento en el que atracó, casi llegada la noche, mientras Viktor se aseguraba de que bebiera una cantidad desorbitada de agua.
La ciudad nos dio la bienvenida con un cielo encapotado y una amenaza de lluvia que, en aquellos momentos, me habría venido estupendamente.
—No tengo sed —dije. Aun así, bebí de la cantimplora.
—No es para aliviar la sed, sino tu estado —me dijo, aguardando a que prepararan la rampa de bajada con el reloj de bolsillo en la mano. La calidez de la noche anterior había menguado, arropada por su habitual compostura—. Mejorarás más rápido.
Guardó el reloj y me ofreció el brazo para ayudarme a bajar cuando todo estuvo dispuesto.
Después, recorrimos el muelle igual que habíamos hecho a la ida.
A pesar de mi aspecto deplorable, me encontré feliz por pisar de nuevo suelo inglés.
Había añorado Londres, y hasta ese momento no me había dado cuenta de cuánto.
Estaba deseando encontrarme con Emily, narrarle todo acerca del viaje, a pesar de haberle escrito ya la mayor parte de lo sucedido en cartas.
—Pararemos primero en tu casa —dijo Viktor antes de ayudarme a subir al carruaje donde estaban ya trasladando nuestros baúles.
Ocupé el asiento en dirección al sentido de la marcha.
Él se sentó en el opuesto y cerró las cortinillas.
Me besó antes de que pudiera llegar siquiera a pensar en por qué nos estaba ocultando del mundo.
Enterré las manos en su pelo mientras mis labios se impregnaban del sabor de los suyos.
Los dedos de Viktor se afianzaron en mi cintura mientras, arrodillado a mis pies, me acercaba aún más a su cuerpo.
Abrí las piernas para darle todo el acceso posible a mi boca.
Me mordió el labio y, después, acarició con los suyos cada espacio de mi mandíbula para terminar adorando mi cuello.
Me sostuve en sus brazos para no desfallecer ante el cúmulo de sensaciones.
Viktor olía a tinta y a algo más dulce que casi podía saborear.
Sus manos despertaban todas las terminaciones de mi cuerpo, que rogaba más.
Cuando me aproximé casi al borde del asiento, algo duro se instaló entre mis piernas, haciendo que ardiera.
Presioné con la cadera, casi por instinto, y Viktor se apretó más contra mí.
Alguien llamó de pronto a la portezuela, haciendo que se separara de mí lo suficiente para recobrar el sentido. Yo, en cambio, di un respingo.
—Doctor Frank, ya están los baúles cargados.
Viktor fijó sus ojos en los míos mientras yo trataba de recuperar el aliento. Paseó su pulgar por mis labios. Su nuez subió y bajó.
—Diríjase a Russel Street —respondió.
El cochero no dijo más. Viktor apoyó su frente en la mía cuando el carruaje empezó a moverse.
—¿Por qué me has besado? —susurré, aún con las manos enredadas en su nuca.
—Porque no sé cuándo voy a poder volver a hacerlo.
Cerré los ojos y volví a unir nuestros labios.
Un acelerón hizo que Viktor tuviera que apoyar la mano en mi respaldo, junto a mi cabeza.
Después, un frenazo me llevó a sus brazos.
Me reí mientras trataba de recuperar el equilibrio, pero Viktor pareció decidir que estaba mejor allí, casi a horcajadas sobre sus piernas, y me sostuvo en esa posición abrazando mi cuerpo por la parte baja de mi espalda.
—Acabaré con todo pronto, Marshel —dijo sobre mis labios—. Y seré libre para que podamos caminar del brazo a la luz del día.
Yo no respondí. En su lugar, tragué saliva y asentí mientras acariciaba su mejilla, recorriendo la parte baja del pómulo, hasta la patilla.
Me gustaba la aspereza de su piel, el calor que transmitía y la familiaridad con la que parecía recibirme.
Su mejilla se apoyaba en mi mano en cuanto la aproximaba, como si fuera un imán.
—Podría... ayudarte —dije, porque, tal vez, si estaba presente en su progreso, podría alargar aquello. Podría alargar su rostro frente al mío sin miedo ni rechazo, sus besos apasionados, sus abrazos incondicionales. Podría...
—Esta lucha es mía, Marshel.
Dudé.
—Pero... los beneficios también son míos —probé.
Viktor sonrió sobre mis labios.
—No es negociable —respondió, sin embargo.
—¿Ni un poquito?
—No voy a ponerte en peligro.
Incliné la cabeza hacia un lado.
—Sé defenderme. Tú me enseñaste.
—Marshel, te dio el guante en el pecho cada una de las veces que te lo lancé.
—Porque no me prevenías —dije, indignada.
—De eso se trata.
Resoplé y dejé caer la frente sobre su hombro. Y allí me acomodé. Me acurruqué, con el rostro hundido en el hueco entre su cuello y su hombro, mientras sus dedos dibujaban figuras abstractas en mi espalda.
—Podríamos quedarnos aquí eternamente —propuse—. Dando vueltas por Londres de forma indefinida.
—Dudo que te satisficiera una vida tan limitada.
—¿Por qué no?
—Porque tienes un hambre voraz del mundo, Marshel. Eres inteligente, emocional, todo te cautiva. He conocido a pocas personas como tú a lo largo de mi vida. Casi todos se conforman, pero tú siempre quieres más.
Recoloqué la cabeza para alzar los ojos y mirarlo sin separarme de él.
—El mundo tiene mucho que ofrecer.
—Sí. Así es.
Me enderecé un poco. Un movimiento brusco del carruaje obligó a Viktor a apoyar las manos en mis piernas para que no me desestabilizara. Aún me dolía la cabeza por la bebida, pero allí, junto a él, me sentía casi recuperada.
Traté de no pensar en el contacto inapropiado mientras buscaba las palabras que hasta hacía un momento iba a reproducir, pero no las hallé. En su lugar, me encontré deseando por algún motivo que esas manos estuvieran debajo de mi falda, aferrándose a mi piel desnuda.
Me aclaré la garganta y Viktor retiró las manos con cuidado, como si acabara de dejar una figura de porcelana al borde de una mesa.
—¿Qué te apasiona, Marshel? —me preguntó de pronto.
Yo dudé. La respuesta más sencilla habría sido la alquimia. Pero él no quería escuchar eso. Él ya sabía aquello. Lo que Viktor deseaba era conocer más, tal vez todo. Y yo me encontré de pronto deseando lo mismo. Conocía los fantasmas de Viktor, pero no sus anhelos y sus entretenimientos.
—La lectura. La que tiene que ver con el mundo y su funcionamiento. —Me mordí el labio y empecé a jugar con su cravat —. ¿Cómo puede una oruga convertirse en mariposa? —musité, casi más para mí que para él.
Viktor me colocó un mechón detrás de la oreja.
—El mundo es fascinante —dijo.
—¿Y a ti? —pregunté—. ¿Qué te gusta a ti?
Él llevó la vista a la ventana, a pesar de que la cortinilla no dejara ver nada.
—Me gustaba escribir —respondió—. Memorias, pensamientos.
—¿Y ya no te gusta?
Me miró, en silencio durante un largo momento. Después, me acarició la mejilla.
—No. Ya no —dijo.
—¿Por qué?
—Porque ya no hay memorias ni pensamientos que merezcan la pena recordar.
Todo cuanto conozco y disfruto está nublado por la existencia de esos monstruos.
—Cubrió mi mano, que tenía en su cravat , con la suya—.
Si pienso en volcar en el papel un suceso feliz, este se va oscureciendo después con cada palabra añadida hasta terminar convertido en pesadumbre.
—Fijó sus ojos en los míos—. Antes habría hablado de ti, de tus expresiones inquietas, de tu determinación y de tu fuego interior.
Habría analizado cada detalle de ti, tratando de averiguar qué es lo que te hace tan especial.
Ahora solo hay muerte. —Acarició con el pulgar mi garganta—.
El recuerdo del monstruo tratando de ahogarte.
Respiré hondo.
—Estoy bien.
—No lo estarías si yo no hubiera aparecido esa noche, Marshel.
Tragué saliva.
—Vas a liberarte de la carga, Viktor —le aseguré con un nudo en la garganta—. Todo va a salir bien —añadí mientras volvía a hundir mi rostro en su cuello, evitando así su mirada.
Él apoyó su mejilla en mi cabeza y me abrazó. No dijo nada más en todo lo que restó de trayecto, y yo tampoco.
Viktor me ayudó a bajar del carruaje y permaneció un momento más de lo necesario con mi mano entre la suya mientras el cochero bajaba mi baúl.
—Te veré la semana que viene —susurró.
—¿Hasta entonces no te incorporarás a la escuela?
Viktor miró hacia el cochero que se disponía a trasladar el baúl hasta mi habitación. Estaba en aquel momento arrastrándolo por los adoquines.
Devolvió la atención a mí mientras liberaba al fin mi mano.
—No. Estos días estudiaré los apuntes de Petrov. Regresaré al laboratorio el lunes.
Mi corazón se quejó, y no supe distinguir el por qué. ¿Por su ausencia? ¿O por el peligro que suponía para mí? Agité la cabeza y asentí, llevándome el retículo al regazo para retorcerlo.
—Y, por favor —añadió después—, no salgas de noche, Marshel.
—No lo haré.
—Ya no estamos en Hamburgo.
—Ya lo sé.
—Y si ves algo extraño...
—Viktor. —Puse la mano en su pecho, pero la retiré al momento—. No va a ocurrirme nada.
Él apretó la mandíbula y dio un último apretón a mi mano.
Después, yo me alejé hacia la puerta y él se subió al carruaje.
Sentí entonces que algo se despegaba de mí, algo tan fuerte que me vi obligada a volverme, en busca de aquello que había dejado atrás.
Pero Viktor ya estaba dentro, con las cortinillas echadas.
Lo imaginé mirando su reloj y moviendo su rodilla con impaciencia, necesitando tal vez llegar cuanto antes para empezar a analizar ese experimento.
Tragué saliva y entré. Subí las escaleras con agilidad, pasando de largo al cochero.
Antes de llegar arriba, sin embargo, me forcé a dejar a un lado la prisa para ofrecerle ayuda, pero él no la aceptó, así que continué subiendo hasta llegar a la puerta del apartamento.
Abrí el retículo y busqué la llave, pero, antes de que pudiera encontrarla, la puerta se abrió de par en par y alguien tiró de mí para estrellarme contra su pecho y abrazarme.
Por un momento, creí que se trataba de otra persona.
Emily rara vez mostraba cariño y pocas veces me había abrazado en el tiempo que llevábamos compartiendo.
Pero su pelo olía a Chelsea bun y a hogar.
Calor, seguridad, amor. Dejé caer el retículo y me abracé a ella con fuerza.
—Te he echado tanto de menos —dije, inhalando su aroma.
Ella me separó de su cuerpo después de un último apretón como respuesta y me analizó de un vistazo.
—Estás bien —dijo con alivio.
—Sí —dije mientras me dejaba caer en el borde de los pies de mi cama. Se sentó a mi lado—. Tengo que contarte algo.
El cochero apareció entonces con el baúl sin aliento.
Me levanté rápidamente y le ofrecí un vaso de agua y un penique.
El primero lo rechazó, pero el segundo lo aceptó con gratitud.
Después de entregárselo de nuestra caja de monedas, se marchó, cerrando la puerta tras él. Yo me quedé de pie junto a la cómoda.
Emily me miró fijamente, aguardando.
—Viktor ha conseguido la herramienta para encontrarme —dije—. A mí y a todos sus monstruos.
—¿Qué herramienta?
—Se trata de un experimento que realizó hace tiempo su colega Petrov.
—Me mordí el carrillo por dentro—. Al parecer, todo ser vivo crea un vestigio en el momento en el que nace que puede rastrearse.
Cuando Viktor comprenda cómo transmutar ese vestigio en algo visible o tangible, le será fácil hallarnos siguiendo el rastro desde la sala de operaciones.
Emily ladeó la cabeza.
—Y si es posible convertir el vestigio en algo tangible, ¿no se podrá romper?
Abrí la boca para responder, pero la cerré inmediatamente después.
—Eso... —terminé diciendo— es algo que no había pensado.
Emily empezó a dar palmaditas en sus piernas. El mismo ritmo constante de siempre. El familiar sonido me caldeó el pecho, haciendo que regresara a su lado y me sentara de nuevo.
—Podría...
—La última vez que intentaste robar al doctor Frank, casi te descubre —me interrumpió, adivinando mis pensamientos.
Me aclaré la garganta.
—Tal vez, si le dijera la verdad...
Emily me miró. Las manos dejaron de moverse.
—Estás con él.
—No exactamente.
Parpadeó. No dijo nada durante lo que me pareció una eternidad. Se levantó después de la cama y se sentó en la silla mientras cogía un Chelsea bun de una cesta. Le quitó un trocito y se lo metió en la boca. Masticó con parsimonia.
—Tiene sentido —dijo cuando tragó.
—¿El qué?
—Vosotros.
—¿Por qué?
—A él le falta algo, tú tienes demasiado. Pero que no carezca de sentido, no quiere decir que sea buena idea. Es una idea pésima, peligrosa y absurda. —Mordió el bollo de nuevo—. No puedes decirle la verdad al doctor Frank —determinó—. ¿Has visto algo de las notas de Petrov?
—No.
—Hay que averiguar cómo romper el vestigio.
Me revolví en el colchón.
—¿Y cómo vamos a hacer eso?
Emily se encogió de hombros.
—Igual que hemos hecho siempre: leyendo —dijo. Yo asentí con energía—. Pero lo haremos mañana por la mañana. Hoy estoy cansada, y tú pareces un cadáver.
Solté una risa breve y me levanté para abrazarla. Ella se quedó quieta un segundo, luego dio una palmada suave en mi espalda.
—Tienes miga en el pelo —murmuró. Y terminó de comerse el bollo.