31. ASFIXIADA
A SFIXIADA
Me dejé caer en el viejo colchón del camarote, exhausta.
Durante el tiempo que había tardado West en aparecer, Viktor me había obligado a defenderme de su guante una y otra vez.
Permanecía impasible, frente a mí, hasta que lo lanzaba sin previo aviso y ladeaba la cabeza con desaprobación cuando este impactaba contra mi vestido.
No había conseguido evitarlo. Ni una sola vez.
Mi mente había estado ocupada girando alrededor del atormentado doctor Frank que había conocido por primera vez, de la letalidad que lo caracterizaba, con pistola o con alquimia, y del peligro que se cernía sobre mí.
¿Cuánto tiempo necesitaría estudiar alguien como él un experimento para llevarlo a cabo con éxito?
Tal vez le bastaba solo con leerlo. Y, entonces, cuando empleara la alquimia en la maldita sala de operaciones donde todo había comenzado, alguno de aquellos vestigios le terminaría llevando hasta mí.
Solo era cuestión de tiempo.
«En Londres. Le confesaré todo al llegar a Londres».
Me repetí lo mismo tantas veces que no me percaté siquiera de que el barco había empezado a moverse.
West había dicho que zarparíamos en cuanto recuperara el sentido, puesto que los tripulantes y los pasajeros nos encontrábamos allí y la carga ya estaba asegurada en la bodega, así que supuse que ya había abandonado el estado de embriaguez, tal vez con ayuda de Viktor.
Me erguí sobre los codos y fijé los ojos en una mancha en la pared con la forma de un conejo con un cuchillo clavado en el cuello. Respiré hondo y me levanté para salir a cubierta.
Allí pasé la mayor parte de los días que duró la travesía hasta Londres.
El interior me asfixiaba, y estar con Viktor era casi una tortura.
Que me mirara a los ojos con afecto me hacía sentir mezquina y egoísta.
Así que decidí casi sin ser consciente que lo evitaría cuanto pudiera.
Pero Viktor me había llegado a conocer en estos dos meses, y, cuando el sol ya alcanzaba el horizonte el segundo día, se colocó junto a mí mientras contemplaba el atardecer en proa y me preguntó qué necesitaba.
—Solo... pensar —respondí.
La sombra de Viktor parecía darle la mano a la mía a nuestras espaldas. Cuando lo miré, su rostro se mostraba sereno mientras admiraba el horizonte.
—¿Quieres que te deje sola? —preguntó.
Tragué saliva.
—No. —Aparté la mirada de él y me abracé a mí misma.
—Puedo escucharte, Marshel —dijo—. Si necesitas hablar, puedo estar aquí para ti.
Cerré los ojos e inhalé el olor salado de la brisa marina que llegaba desde el norte.
—Hamburgo ha sido... intenso. —Viktor no dijo nada, dejó que siguiera hablando—. He aprendido mucho, me siento agradecida por la oportunidad de asistir al Congreso de Alquimia, a pesar de todo lo sucedido con el Consejo, y el profesor Kraus ha sido muy amable y cercano. Pero...
«Pero voy a arruinarlo todo».
«Pero faltan pocos días para que te propongas matarme».
«Pero no quiero que nada cambie».
—Pero deseas que todo vuelva a la normalidad en Londres —dijo Viktor. Giré la cabeza y lo miré—. Comprendería que no quisieras seguir conmigo de esa forma, Marshel. No es una situación justa.
—Viktor...
Recorté la distancia entre nuestras manos y estreché la suya con la mía. Él tardó tanto en responder que pensé que me rechazaría con recato por las dichosas normas sociales, pero, entonces, envolvió mis dedos con los suyos y me acarició la palma de la mano con el pulgar.
Sonreí.
—Esto no es correcto —me burlé.
—No. No lo es. —Apretó más mis dedos sin siquiera mirar alrededor para ver si alguien nos estaba prestando atención—. ¿Quieres contarme qué ocurre?
Tragué saliva y asentí.
—En Londres.
—De acuerdo. —Besó mi mano—. Cuando te sientas preparada, estaré aquí para ti.
Volvió a mirar hacia el horizonte, hacia el sol ya sumergido entre las aguas.
No le importaba lo que fuera a decirle, grave o inocente, delicado o sencillo, estaría para mí.
Encontré de pronto en sus palabras un brillo de aquella esperanza que, sin querer, Kraus había instalado en mí en Hamburgo.
«Conozco a Frank, tiene verdadero interés en ti».
Él pensaba que Viktor lo entendería, que, si se lo contaba, lo aceptaría.
Enderecé la espalda y respiré hondo. Fuera lo que fuera a venir, me sentí de pronto dispuesta y preparada a enfrentarlo. Pero primero... primero abrazaría a Emily.
West nos invitó a cenar en cubierta la última noche previa a la llegada a Londres.
Al parecer, en cada viaje, la tripulación hacía un festejo por la vuelta a casa sin percances ni pérdidas.
Yo opinaba que aún quedaban horas en las que podría suceder alguna desgracia, sobre todo viendo la cantidad de nubes negras que se aproximaban desde el este, tratando de cazarnos.
Viktor me aconsejó que no dijera eso durante la comida, a ninguno de los presentes.
Retiró una de las sillas de la mesa y me invitó a sentarme. Ocupé el lugar junto al capitán, que se encontraba en pie, hablando con un hombre de la tripulación. Viktor se sentó al otro lado.
—No va a alcanzarnos —me susurró cuando eché un vistazo hacia atrás. Un relámpago iluminó las nubes.
Miré a Viktor.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque el viento sopla desde el sur. Arrastrará la tormenta al norte.
—Así es —dijo la voz del capitán, centrando ya la atención en nosotros. Tomó asiento y alzó su copa de vino—. Por que todas las travesías sean como esta.
Brindamos a favor de eso. Yo me bebí el vino de un trago, nerviosa, dejando boquiabierto a West antes de soltar una sonora carcajada. Me llevé la mano a la boca para evitar escupirlo. Estaba terriblemente ácido.
—¡Más vino para esta joven! —pidió—. Me cae usted bien, señorita Allen.
Abrí la boca para negarme, pero el tripulante ya estaba bajando la botella antes de que pudiera quejarme. Viktor, sin embargo, actuó con habilidad. Le sostuvo la mano al joven y retiró mi copa de su lugar para dejarla a un lado.
—Traiga agua —le pidió mientras colocaba su pie junto al mío bajo la mesa.
Exhalé, aliviada y reconfortada por su cercanía. Que Viktor supiera leerme de esa forma hacía las cosas más fáciles.
Hablamos durante la noche sobre el congreso, sobre Hamburgo y sobre el deseo de regresar a casa.
Mientras, los hombres de West habían empezado a tocar.
Con dos violines, una concertina y una flauta, la cubierta se llenó de música.
Las botas golpeaban el suelo, haciendo que los tablones de madera temblaran.
Varios daban palmas y otros bailaban de forma improvisada.
Yo me quedé mirándolos fascinada. Sabía lo que era la libertad, pero solo ahora la había comprendido.
El mundo se movía por normas. La libertad, en sociedad, era una mentira.
Pero en aquel lugar, lejos de ojos juiciosos, no importaba nada.
Estábamos en medio del mar, con la luna como único testigo.
Esos hombres no se preocupaban por estudiar los comportamientos de unos y otros, sino por su propia diversión.
Me levanté de la mesa sin pedir permiso y me dirigí al grupo de músicos. Solo miré atrás una vez. Viktor continuaba conversando con West y ninguno de los dos parecía haberse molestado por mi repentina marcha.
Enfoqué mi atención de nuevo en la tripulación. Sonreí sin poder evitarlo. Reían, bebían y se tropezaban al bailar. Empecé a dar palmas para unirme al festejo. Uno de los jóvenes se acercó a mí al poco rato.
—Señorita Allen —dijo, tendiéndome un vaso. Yo lo cogí y olfateé el contenido. Olía a alcohol, pero encontré algo más, un toque dulce diferente—. Los chicos y yo le invitamos a un trago.
—¿Qué es?
—Pruébelo.
Lo probé. Sabía igual que olía. Por un momento, estuve tentada de devolvérselo. Pero el sabor final que restaba en la lengua hizo que me lo quedara.
—Está... bueno.
—Claro que sí. ¿Quiere bailar?
Miré al grupo que se movía en la cubierta.
—No sé bailar esto. —Di otro sorbo al licor—. La verdad es que me entretiene más verles a ustedes.
El joven se encogió de hombros y regresó junto a los demás.
Yo me arrimé más a los músicos mientras disfrutaba del espectáculo y bebía.
Me reí con las ocurrencias de algunos de los hombres que se acercaron a hablar conmigo y me divertí enormemente con ellos.
El muchacho que tocaba la concertina quiso enseñarme algún movimiento, pero desistió con una carcajada al minuto al comprobar que rompía por completo el concierto.
Poco a poco empecé a sentirme más ligera, más desinhibida y menos preocupada por no saber bailar. Di un sorbo más largo al licor e hice amago de unirme a los hombres, pero la mano de Viktor envolvió mi brazo antes de que pudiera dar un paso.
Olió el contenido del vaso y lo dejó a un lado. Intenté recuperarlo, pero no me dejó.
—Vamos, señorita —dijo—. Creo que ya está bien por hoy.
Yo arrugué el ceño.
—No, pero... —respondí, arrastrando las palabras. Mi ceño se arrugó aún más al verme indispuesta para hablar. Después, me reí—. ¿Qué me... pasa?
Viktor sonrió mientras me acompañaba del brazo al interior del barco. Yo trastabillé con mis propios pies.
—Has bebido más de la cuenta —dijo. Cuando volví a trastabillar, decidió recogerme y llevarme en brazos.
Estaba tan guapo cuando sonreía... Se lo dije. De hecho, juraría que se lo repetí unas diez veces antes de que me echara sobre la cama con cuidado. Él ignoró cada uno de los halagos, guardó silencio y me arropó, como si mis palabras no tuvieran validez al encontrarme ebria.
Enredé las manos en su camisa para que no se fuera.
—Viktor... —dije.
Él me contestó, para mi sorpresa, y se sentó en la cama. Me acarició la mejilla.
—¿Te encuentras bien?
Me revolví, sintiéndome de pronto asfixiada. El corpiño. Era el corpiño.
—Me molesta... —me quejé, tratando de deshacerme de él—. ¿Me... me ayudas?
Viktor detuvo mis manos torpes, que buscaban desesperadas la manera de librarme del ahogo.
Me ayudó a incorporarme con suavidad hasta que estuve de nuevo de pie.
El espacio era reducido, pero encontró la manera de moverse sin molestias.
Llevó una rodilla al suelo y alzó la mirada, pidiendo permiso.
Yo coloqué las manos en sus hombros para sujetarme y asentí, con una extraña naturalidad.
Lo primero que hizo fue quitarme las botas.
Me cogió el pie con cuidado y deshizo los nudos de los cordones.
Después, tiró de una bota y la dejó a un lado.
Seguidamente, procedió con la otra, hasta que mis pies descansaron libres sobre el suelo, solo cubiertos por las medias.
Se levantó después lentamente para asegurarse de que mis manos siguieran apoyadas en él y no cayera.
Su nuez subió y bajó antes de comenzar a deshacerse con cuidado de la parte de arriba.
Llevó los dedos a las ataduras del corpiño, pidiendo de nuevo permiso.
Y podría habérmelo pedido cien veces que las cien habría hecho lo mismo: asentir, expectante, y contemplarlo.
Sus manos fueron ágiles para deshacerse de los lazos.
Cuando tiró una última vez, el corpiño se abrió y él me lo quitó con delicadeza, exponiendo mi torso cubierto por la fina camisola de manga larga interior.
La expresión de su rostro cambió. Por un instante, todo en él se convirtió en hambre.
Su torso inclinado sobre el mío, sus ojos, incapaces de permanecer estáticos sobre un único lugar de mi cuerpo, sus manos, a una intención de tocar la piel descubierta de un cuello demasiado amplio.
Sus labios se abrieron y soltó una exhalación que pareció más un intento de liberación de la emoción que en ese momeno lo inundaba por dentro y que nublaba su mente.
Se me tensaron los dedos sobre sus hombros.
Él apretó la mandíbula y, tras otra exhalación, más larga aún que la anterior, me liberó de la falda, que cayó delicadamente hasta mis pies.
Cerró los ojos con fuerza y colocó la frente sobre la mía.
Sus manos buscaron sostenerse en mi cintura.
Sentí en ellas el peso de una lucha interna.
Casi podía escucharlo, la sensatez del doctor Frank contra la pasión que atraía a Viktor hacia mi cuerpo.
Por un momento, sus dedos se aferraron a mi camisola y un paso al frente hizo que me encontrara de pronto con su cintura sobre mi vientre.
Busqué sus labios sin poder evitarlo. Pero apenas alcancé a rozarlo.
—Marshel —dijo con el esfuerzo de quien carga un pesado baúl. Evitó que lo besara sin separarse ni un dedo de mí. Inhaló y exhaló—, estás ebria. —Sacudió la cabeza, tratando de aclararse la mente—. Vamos —me dijo, dando un par de pasos para acercarme a la cama.
Quiso que me echara, pero yo me aferré a su cuello.
—No quiero dormir... —susurré despacio sobre sus labios.
Él me colocó el pulgar en la barbilla para evitar que me aproximara más.
—Estás ebria —repitió—. No voy a aprovecharme de tu condición —añadió.
Y con cada palabra, para mi desgracia, sus ojos recuperaron lucidez, sus manos, sensatez, y su cuerpo, solidez. Besó mi nariz y me obligó a recular. Trastabillé con la cama y no pude evitar sentarme.
—Estoy bien —respondí con voz quejicosa.
Viktor me acarició la mejilla y sonrió.
—Recuéstate, vamos.
—Quédate.
—Me quedaré hasta que te duermas.
Asentí y me tumbé. Metí los pies entre las sábanas y Viktor terminó de cubrirme entera con la manta.
Traté de deshacerme de la trenza que tenía enredada en la nuca, haciendo que un repentino mareo me arrastrara casi fuera de la cama.
Me entró un ataque de risa cuando Viktor logró sostenerme antes de que rodara.
Me llevé la mano a la boca, tratando de detenerlo, pero me resultó imposible.
La carcajada salió con fuerza, libre y feliz.
Para mi sorpresa, contagié a Viktor. Primero, una sonrisa mucho más amplia de las que había contemplado hasta ahora.
Después, una risa divertida, con la que me soltó el cabello con una delicadeza y suavidad que contrastaban con el movimiento de sus hombros mientras reía.
—Esto es horrible —me quejé sin poder parar de reír.
Él me acarició la cabeza.
—Cierra los ojos.
Los cerré. Viktor continuó paseando sus dedos por mi cabello, relajando mis extremidades, mi cuello y mi sonrisa. Me hice un ovillo y respiré hondo.
—Me gusta... que me acaricies —musité.
Él besó mi sien.
—A mí también —respondió.
Y, poco después, me quedé dormida.