30. EL VESTIGIO DE LA VIDA
E L VESTIGIO DE LA VIDA
La llegada al Northwind fue confusa. El capitán West aún no estaba disponible (según escuché entre bultos y barriles, estaba tomándose una última jarra a salud de la Confederación Germánica, puesto que no regresaría en una temporada), y nadie parecía saber qué hacer con nuestra llegada.
Un hombre de la tripulación terminó por tomar el mando ante la mirada autoritaria de Viktor y nos guio a bordo, hacia los camarotes que habíamos ocupado en el viaje de ida.
Pero el doctor decidió que íbamos a esperar al capitán en el comedor.
El joven no se atrevió a contradecirlo y, tras mirarnos a uno y a otro, salió de la estancia con paso torpe.
—Creo que ya tienen de qué hablar durante la travesía —dije, dejándome caer en una silla.
Viktor se aproximó a las ventanas para contemplar el Elba y los barcos que se balanceaban en sus aguas.
—West tardará —dijo, más para sí mismo que para mí.
—¿Cómo lo sabes?
—Habíamos quedado a la una. —Miró su reloj un momento y lo volvió a guardar inmediatamente después.
—¿Y qué haremos hasta entonces? Faltan cuatro horas.
—Cuando sepa que estamos aquí, regresará. Pero me temo que esperará un poco a que se le pase la embriaguez.
Empezó a quitarse los guantes con cuidado mientras comenzaba a caminar hacia mí.
No sé por qué sentí una incipiente necesidad de levantarme.
Me aferré a la silla cuando franqueó la mesa, como si estuviera a punto de caer por la borda, sin quitarle los ojos de encima.
Sus movimientos, precisos, se deshacían de cada dedo de los guantes con un tirón suave, robando en cada ocasión un latido a mi corazón.
Cuando llegó a mi silla, ya tenía ambos guantes en una mano y yo estaba absolutamente fuera de mí sin tener idea de por qué.
Alzó una ceja.
—Marshel, si me sigues mirando así, voy a tener que cerrar esa puerta.
—¿Qué?
Se metió los guantes en el bolsillo y me rodeó la muñeca con la mano para levantarme con suavidad. Trastabillé con sus botas y acabé encima de su pecho.
—Vamos a estudiar —me dijo mientras pasaba el reverso del dedo por mi mejilla y aseguraba mi cuerpo junto al suyo con la otra mano—. ¿Recuerdas la defensa del presidente cuando nos enfrentamos en la sede?
—¿El de la máscara de metal?
Me recogió un mechón para colocármelo detrás de la oreja.
—Sí.
Asentí despacio mientras el tacto de su dedo pesaba sobre el hueco entre el lóbulo y el cuello. Quería que bajara, que me acariciara, pero me mantuve estática.
—Recuerdo que repelió el fuego —dije—, pero no el símbolo que utilizó.
—Está bien. —Acarició la comisura de mi boca—.
Vamos a hacer un experimento y necesito que prestes atención.
Espero que nunca tengas que utilizar la alquimia como defensa, pero llegado este punto...
—Me miró a los ojos mientras me alzaba el mentón con suavidad.
Su mirada era penetrante y turbadora—. Necesito que sepas cómo defenderte del Consejo —dijo.
Yo asentí—. Dime, Marshel —susurró—, ¿cómo crearías una pantalla protectora?
Tragué saliva y pensé mientras los brazos de Viktor me liberaban y despejaban con ello la mente.
Pensé en lo que necesitaría, la sustancia para el trazo y el símbolo.
La sustancia sería la que equilibraría la transmutación: el aire acogería la solidez de lo que empleara.
Pero Viktor había usado como tinte su propia sangre para crear fuego...
—No emplearás la sangre para el trazo —dijo Viktor, intuyendo mis pensamientos. Se apoyó en la mesa y se cruzó de brazos—. Piensa, Marshel.
Me mordí el carrillo por dentro y empecé a jugar con un lazo de mi vestido.
El símbolo que debía emplear sin duda era el del aire, pero ¿cómo? Marcando dos veces los lados del triángulo, o quizá la línea horizontal que lo cruza, le daría robustez, pero no sabía si sería suficiente.
—Creo que tengo una idea —dije.
Viktor me invitó a proceder. Yo me quedé quieta.
—No sé con qué hacer el trazo —confesé—. ¿Cómo lo hizo el consejero?
—No pienses en él. Los consejeros tienen capacidades que el Símbolo del Consejo les otorga. Con la máscara, pueden emplear fórmulas que no requieran una tinta especial.
—Entonces...
—Entonces, debes pensar en algo que puedas tener contigo en cualquier momento.
—¿Un frasco con agua?
Viktor alzó una ceja.
—Marshel, dudo que lleves un frasco de agua en todo momento. Y, aunque así fuera, dudo que tuvieras la velocidad suficiente como para abrir el tapón y humedecerte los dedos para defenderte antes de que te asestaran un golpe.
—La sangre...
—No. Ya te lo he dicho, no usarás sangre. Es peligroso.
Resoplé, impaciente. Entonces, se me ocurrió algo.
—Vale —dije—. Vale. Creo que voy a probar.
Viktor cogió uno de sus guantes y aguardó mi actuación. Dudé un segundo. Entonces, me pasé el pulgar entre los labios y, con la saliva, tracé en el aire el símbolo que había meditado. Viktor me lanzó sin fuerza el guante al pecho, y este rebotó antes de que se estrellara contra mi vestido. Sonrió.
—No está mal. —Yo alcé la barbilla con orgullo y dibujé una sonrisa triunfal.
Él se aproximó—. Ahora, repítelo —dijo, quedándose a una distancia que alguien ajeno a nosotros calificaría de indecorosa.
Yo, sin embargo, la encontré demasiado grande.
Quise dar un paso al frente para llegar hasta él, pero la expresión de Viktor dejaba claro que su petición era inflexible.
Se llevó la mano al mentón y esperó a que repitiera el movimiento.
Yo lo hice. Y él atravesó entonces el espacio con la mano para colocarla sobre mi hombro. Como si no hubiera ni una sola barrera. Me atrajo hacia él y enredó el dedo en un mechón de mi cabello.
—Marshel —dijo—, la saliva está compuesta por agua en un noventa y nueve por ciento.
—Mis manos buscaron inquietas un lugar donde apoyarse mientras mi cuerpo dejaba de responder.
Terminaron por colocarse sobre el chaleco de Viktor—.
Si la usas para crear una protección, estarás otorgando al aire solidez a partir de ella.
—Pasó el dedo pulgar por mis labios, entre ellos, hasta humedecérselo—.
Y un objeto pesado puede atravesar el agua.
Asentí, dispersa.
—No... no lo había pensado.
Mis manos se enredaron más en su chaleco, haciendo que su pecho se aproximara.
Podía oler el aroma de su cuello, a madera; podía sentir la aspereza de su barba en mi nariz.
Apoyé los labios en su garganta sin poder evitarlo.
Sentí que su nuez subía y bajaba. Y, entonces, sus manos me llevaron hacia la pared para encerrarme entre su cuerpo y ella.
Quise besarlo, pero no me lo permitió. Su aliento bañó la comisura de mi boca cuando habló.
—Inténtalo de nuevo.
Bajé las manos por su chaleco para llevarlas a su cintura, bajo el frac. Me sostuve en ella con fuerza.
—Viktor.
—Marshel. Inténtalo.
Apenas era capaz de pensar. Pero el incentivo era tan dulce.
Apoyé la cabeza en la pared y cerré los ojos, tratando de alejarme de mi condición.
El cuerpo de Viktor ardía sobre el mío. Aflojé el agarre de su cintura y dibujé en mi mente el símbolo.
El trazo debía hacerlo con algo que fortaleciera más la protección.
Algo que tuviera siempre conmigo. Me llevé la mano al colgante de Emily.
El óxido, la reacción química del metal con el oxígeno.
Es una capa sobre la superficie, capaz de corroer algo tan duro.
Podría valer. La herrumbre podría ser una tinta perfecta para el trazo.
Abrí los ojos y rasqué con la uña el colgante.
Viktor apartó su cuerpo del mío y ladeó la cabeza, expectante.
Dibujé el símbolo en el aire. Sentí cómo el ambiente se condensaba de pronto frente a mí.
Él también pareció sentirlo, porque contempló el aire a mi alrededor como si realmente pudiera ver el escudo.
Acercó con lentitud una mano a mi rostro, pero se detuvo de golpe, como si algo hubiera atrapado su muñeca para impedirle continuar.
La sonrisa que se extendió por sus labios me llenó el pecho de orgullo. La protección desapareció, y la mano de Viktor siguió su curso para acoger mi mejilla.
—Señorita Allen —susurró—, cuando quiere, es usted muy creativa.
Me puse de puntillas y lo besé. Mis brazos rodearon su cuello y Viktor respondió.
Hundí las manos en su cabello mientras su lengua invadía mi boca.
Abrí más los labios, enredé los dedos en su pelo, pegué mi cuerpo al suyo.
Más. Quería más. Quería todo cuanto pudiera ofrecerme.
La piel de todo mi cuerpo se erizó, la cima de mis pechos se tensó hasta casi rozar el dolor, el hueco entre mis piernas ardió, invitándome a abrirlas.
Eché hacia atrás la cabeza, falta de aire.
Viktor abandonó mis labios para deslizarse por mi mandíbula hasta el cuello, que atrapó con sus dientes, un pequeño pellizco que sentí por todas partes.
Temblé y me aferré a sus hombros. Un gemido trepó por mi garganta y a punto estuve de expulsarlo con sonoridad, pero él regresó a mis labios de nuevo para acallarlo.
Los selló con un beso suave, que replicó con calma por mi nariz, mi mejilla y mi frente, donde permaneció en silencio.
Respiré hondo y me abracé a su cintura, abriéndome hueco en su regazo. Él me acogió con solidez. Y allí, entre sus brazos, me sentí segura y extrañamente completa, como si hubiera encajado en mi corazón un fragmento de mí que hasta ahora había ignorado que me faltara.
Levanté la mirada. Los ojos de Viktor parecieron perderse en los míos. Me acunó la mejilla con la mano y me contempló.
—Eres una alquimista brillante, Marshel.
Acomodé el rostro en su mano.
—Eso es porque tengo un buen profesor.
Viktor sonrió. Después, dedicó una mirada fugaz a la puerta del comedor y me liberó con suavidad. Me colocó un mechón de cabello detrás de la oreja, perfiló mis labios con el pulgar, y se estiró el frac.
Entonces, llamaron a la puerta.
—Doctor Frank —dijo la voz del tripulante que nos había acompañado hasta allí—. ¿Está ahí dentro con... —carraspeó— con la señorita Allen?
Viktor respondió sin apartar la mirada de mí.
—Pase.
El joven abrió la puerta y se asomó con recato. Titubeó.
—Quería comunicarle que uno de los muchachos ha ido a buscar al capitán y le ha dicho que estará de vuelta en una hora.
Viktor lo miró de soslayo.
—Bien —se limitó a responder.
El joven asintió y volvió a cerrar la puerta. Yo fruncí el ceño, inquieta.
—¿Ya no importa que nos vean juntos y solos? —pregunté.
—A nadie de la tripulación le interesan nuestros asuntos.
—Me acarició la barbilla con el reverso del dedo índice—.
El congreso es diferente. Si hablan, puede correrse el rumor.
Te perjudicaría en el mundo de la alquimia, y también en el mío si llegara a oídos de esos monstruos.
—Tragué saliva—. Los hombres de West, sin embargo, no hablarán.
Esos monstruos... Abrí la boca con intención de decir algo sobre ellos, o sobre mí, o sobre cualquier cosa menos eso, pero me encontré de pronto ahogada. Viktor se aproximó, cauto.
—Marshel, podemos salir a cubierta si no te encuentras cómoda aquí.
Negué con la cabeza.
—Estoy bien. No me importa. —Me alisé el vestido y traté por todos los medios de no mirarlo a los ojos. Me aclaré la garganta—. ¿Qué pasará en Londres?
—Las clases particulares siguen en pie si quieres continuarlas.
—Sentí cómo se aproximaba un poco más. Alcé la mirada, topándome con una expresión precavida—.
Nuestra relación, sin embargo, no traspasará el laboratorio.
Tengo intención de perseguir el rastro de los monstruos desde el primer momento que pisemos Londres.
Petrov me ha proporcionado indicaciones en el mensaje que me ha enviado esta mañana, y confío que con ellas pueda terminar con todo.
—Volvió a fijar sus ojos en mí. Yo me había ido encogiendo con cada palabra pronunciada desde el nombre de Petrov, pero Viktor no pareció percatarse de mi incipiente angustia—. Entonces, las cosas cambiarán.
Traté de controlar la respiración antes de hablar. Llevé las manos a la espalda para retorcerme los dedos con desesperación.
—¿Qué indicaciones te ha proporcionado? —logré preguntar sin que me temblara la voz.
—Un nuevo enfoque. En lugar de localizar, seguir el rastro —dijo—.
Petrov hizo un experimento hace un año. En él, demostraba la existencia de un vestigio que cada ser vivo creaba desde el momento de su nacimiento, cada uno con una forma diferente.
El experimento lo hizo a lo largo de seis meses, desde que erosionó el huevo de un vencejo hasta que el ave migró.
El vestigio tenía la forma de una pequeña criatura de líneas finas que podía seguirse en todo su recorrido.
—Sentí las piernas flaquear—. Sé dónde comenzó todo.
Sé por dónde han pasado, las veces que he estado a punto de cazar a alguno.
—Entonces...
—Entonces, estudiaré el informe del experimento de Petrov.
Y, después, los buscaré. Los monstruos continúan en Londres; no será complicado rastrearlos.
—Besó mi frente—. Ahora, enséñame de nuevo ese trazo en el aire.
—Cogió el guante que me había tirado previamente—.
La seguridad está en la velocidad. Demuéstrame lo que eres capaz de hacer, Marshel.