29. UNA DICHA FUGAZ
U NA DICHA FUGAZ
Supe hacia dónde estaba siendo arrastrada en cuanto sentí el tirón.
Temblé en cada fragmento de segundo que duró el viaje, con la mente circulando en torno a la palabra «tortura».
Viktor me había dicho que dijera la verdad si se proponían herirme.
Pero pensar siquiera en perjudicarlo me resultaba repugnante.
Resolví, antes de que la sala circular se materializara a mi alrededor, que respondería a las preguntas que me fuera posible, pero a ninguna más.
Así que tragué saliva y junté una mano con otra para sostenerme de alguna forma, dispuesta a enfrentar lo que me esperara.
Las cinco figuras enmascaradas me miraron al unísono en cuanto mis pies tocaron suelo firme. Aquel que presidía la mesa se levantó de su asiento. Me sentí completamente expuesta, y aquella sensación no me gustó en absoluto.
—Bienvenida de nuevo, señorita Allen —dijo.
La ventana que había estallado durante el fugaz enfrentamiento de Viktor con él ya estaba reparada. El ambiente volvía a ser denso. Estaba segura de que me habían encerrado.
Respiré hondo.
—Me han secuestrado —respondí—. No creo que sea bienvenida.
A pesar de que la máscara le ocultaba por completo el rostro, pude intuir de alguna forma una sonrisa tras ella.
—«Secuestrar» es una palabra demasiado grave. Digamos que la hemos tomado prestada. —Extendió una mano—. Por favor, tome asiento.
Me di la vuelta. Una silla muy próxima a la pared esperaba a ser ocupada.
Volví a mirarlo.
—Prefiero quedarme de pie.
Devolvió la mano a la mesa y la entrelazó con la otra.
—Como desee.
Otro de los integrantes del Consejo se inclinó hacia delante.
—Es usted una estudiante del doctor Frank —dijo sin preámbulos—. ¿Cuánto tiempo lleva en su clase?
Pensé un momento antes de responder, pero no vi problema en contestar con sinceridad. Así que eso hice.
—Un par de meses —dije.
—¿Y ha sido capaz en tan poco tiempo de llamar su atención como alquimista?
Tragué saliva. No lo había visto venir.
—Llevo estudiando de forma autodidacta más tiempo.
—¿Cuánto tiempo? —intervino otro.
Me retorcí los dedos. ¿Debería responder? ¿Iban a usar la respuesta en contra de Viktor de nuevo?
—¿Por qué importa todo esto? —terminé diciendo.
—La alquimia no es para todo el mundo, señorita Allen.
Me sequé las manos de sudor en el vestido.
—Y si deciden que no es para mí, ¿qué harán? —pregunté con cuidado—. ¿Me encerrarán para que no pueda aprender por mí misma?
El Consejo guardó silencio. Sabía que acababa de adentrarme en un terreno peligroso. Aun así, continué. La voz escapó entre mis labios como un hilo resquebrajado que trataba de sostener una carga muy pesada.
—No quieren evaluarme por eso.
El que presidía la mesa pareció tensarse. Sus hombros se alzaron un poco y su postura se tornó rígida. Me dio la sensación de que se impacientaba. Eso hizo que me encogiera.
—No conoce al doctor Frank desde hace dos meses —dijo.
—En persona, sí —me apresuré a responder.
—¿Y previamente?
—Le conocía como... como científico. Es un renombrado alquimista. Todo el mundo le conoce.
—Si le conocía desde mucho antes, debe de conocer también sus experimentos —intervino el más próximo a mí. Su voz era más tranquila y pacífica que la de sus compañeros—. Díganos, ¿sabe qué es Prometeo?
—¿Por qué...?
—Conteste.
Apreté los dientes.
—Sí.
—¿Y sabe que el doctor Frank replicó su experimento cambiando el material y el resultado?
Quise mentir. Quise gritar que aquella afirmación era una falacia sin fundamentos. Lamenté no poder hacerlo y me pregunté por primera vez si Viktor nos había creado con esa condición a propósito. Me retorcí los dedos y alcé el mentón.
—No pienso decir una palabra más.
—¿Formó parte del experimento, señorita Allen? ¿Ayudó al doctor Frank a crear vida?
—Me gustaría marcharme de aquí.
El presidente de la mesa se levantó de su asiento.
—El doctor Frank ha cometido un delito —dijo. Su voz era afilada, la amenaza era clara—. Dudo que quiera formar parte de ello. Dudo que quiera obtener el mismo castigo que le espera a él.
Escuchar la amenaza hacia Viktor me inundó de un valor que no había hecho acto de presencia desde el inicio del interrogatorio. Di un paso hacia delante y apreté los puños.
—Y yo dudo que vayan a aplicar algún castigo —dije—. El doctor Frank no es un alquimista cualquiera. No pueden hacerle lo que quieran sin tener pruebas de ese delito del que hablan.
De pronto, el suelo tembló. Me vi obligada a sujetarme a la silla sobre la que me había negado a sentarme para no caer. El Consejo no se inmutó, como si estuviera esperándolo.
—Las molestias que se toma el doctor Frank por usted son inquietantes —dijo el presidente, casi hastiado—. Resulta cuanto menos sospechoso que quiera protegerle a toda costa de nosotros. ¿Quizá para que guarde sus secretos?
La estancia volvió a sacudirse. Viktor estaba tratando de atravesar el muro intangible que habían levantado a nuestro alrededor.
—Piense lo que le dé la gana.
El Consejo guardó silencio. Después, uno de ellos se levantó y se dirigió hacia mí.
No pude evitar recular. El hombre me agarró del brazo y yo pensé que en cuestión de segundos tendría la cabeza metida en agua para obligarme a hablar.
Pero, en lugar de eso, el hombre se inclinó sobre mí y me habló, con la máscara rozándome la nariz:
—Dígale al doctor Frank que volveremos a vernos las caras.
Y, entonces, me empujó. Cuando mi trasero dio en la silla, me encontré de pronto cayendo al suelo de la Akademie donde se habían encontrado mis pies antes de que el Consejo decidiera secuestrarme.
Una mano apareció en mi campo de visión, tendida para ayudarme a incorporarme.
Me pareció curioso que pudiera reconocer los dedos de Viktor sin necesidad de mirarlo a él.
Coloqué la mano sobre la suya y tiró de mí con suavidad.
Sus ojos estaban empañados por una ira y preocupación que no había contemplado hasta el momento.
—¿Te encuentras bien? —dijo.
Miré alrededor. La señora Bauer era la única que se encontraba en el rellano con nosotros.
—Sí.
Él asintió.
—Nos vamos.
Empezó a caminar con la mano apoyada en mi espalda, invitándome a seguirlo. Yo miré a la señora Bauer. Después, a la puerta del salón de actos, que permanecía cerrada.
—¿Adónde?
—Al barco. Aguardaremos allí a que zarpe de regreso a Londres. Ha sido un error traerte al congreso.
—¿En Londres no tienen jurisdicción?
—Sí. Pero su sede está en Hamburgo. No les resultará tan sencillo molestarnos.
Tragué saliva y asentí. Cuando salimos de la Akademie, nos encontramos a Kraus junto a un carruaje, aguardando nuestra llegada. Su expresión era amarga mientras conversaba en alemán con el cochero. Cuando nos vio salir, abrió inmediatamente la puerta.
—Trataré de obtener una vista con el Supremo —dijo—. Le explicaré la situación.
—¿Supremo?
Viktor me ayudó a subir al carruaje mientras me respondía.
—Es la persona que tiene máxima autoridad, por encima del Consejo. Interviene únicamente en asuntos complejos o cuando el Consejo está en desacuerdo con algo. —Miró a Kraus—. Escríbeme.
Él asintió. Cuando ambos estuvimos en el carruaje, uno frente al otro, se apoyó un instante en la ventanilla y me miró.
—Señorita Allen, ha sido un placer conocerla. —Sonrió—. Cuídese.
Dicho eso, se separó del carruaje, junto con la señora Bauer, y nosotros nos alejamos por las calles adoquinadas, rumbo al muelle.
Mientras Viktor miraba su reloj de bolsillo, yo contemplé por última vez Hamburgo.
No había visitado de la ciudad más que la villa de Kraus, la Akademie y el Gasthaus donde había probado el eintopf .
Me encontré lamentando haber perdido la oportunidad de conocer algo más allá de Londres, pero me tranquilizó pensar que dejaba atrás a un amigo al que poder visitar en un futuro, tal vez, de nuevo, de la mano de Viktor.
Lo miré. Se encontraba frente a mí, en sentido contrario a la marcha. Su gesto era serio, pero su bota, rozando mi zapato a propósito, me instaba calma. A pesar de la complicada situación, estaba conmigo, me concedía atención y cuidaba mi tranquilidad.
Me incliné hacia delante.
—Estarás bien —dije.
—No temo por mí —respondió al instante sin mirarme—. No me gusta que estés en el ojo del huracán. El Consejo no tenía derecho a sacarte de la Akademie.
—No me han hecho nada. Ni siquiera me han amenazado para que hable.
Me miró.
—Me llevan persiguiendo casi tres años —dijo—. Esta es la primera vez que creen haber encontrado un hilo suelto. No lo dejarán pasar fácilmente, Marshel. Volverán a molestarte. —Guardó el reloj y se estiró el frac—. No debería haberte dejado marchar sola del salón. No dejaré que te toquen de nuevo.
—Viktor. No tengo miedo.
—No comprendes la gravedad de la situación.
—Comprendo que será menos grave en Londres.
Exhaló con amargura y se apretó el tabique nasal con dos dedos.
Yo me atreví a moverme. Abandoné mi asiento y ocupé el hueco a su lado.
Él no se inmutó. Dejé que mi mano se deslizara sola hacia la suya enguantada mientras admiraba de nuevo las calles de Hamburgo por la ventanilla.
Los dedos de Viktor rodearon los míos con calidez antes de alzarlos hacia sus labios para depositar un beso sobre ellos.
Sonreí y suspiré. Su determinación por protegerme me llenaba de sosiego, hasta que recordaba que yo era uno de aquellos monstruos que él había jurado destruir.
Cerré los ojos ante el pensamiento amargo y eché hacia atrás la cabeza.
En Londres. Se lo diría en Londres. Y, hasta entonces, absorbería de él cada grano de cercanía y atención que me dedicase, cada beso y cada caricia.
Si iba a perderlo, al menos me llevaría conmigo aquella dicha fugaz.