28. AYUDA
A YUDA
Di tantas vueltas en mi dormitorio que acabé mareada y agotada. Pero no pensaba dormirme sin respuestas. ¿Qué hacía allí Kraus? ¿Me delataría? ¿Qué pensaría de mí?
Me senté en la cama y me volví a levantar.
Miré en dirección al dormitorio de Viktor, tentada de ir a verlo, de confesarle mis actos antes de que Kraus pudiera relatarle lo que había visto, de darle alguna explicación, la que fuera.
Pero me quedé quieta. Hundí el rostro entre las manos y volví a dejarme caer en el colchón.
Desesperación. Una emoción horrible, agonizante.
Necesitaba gritar, hacer algo, lo que fuera, para desprenderme de ella.
Me levanté. Y, por fin, llamaron a la puerta.
—Marshel —susurró la voz de Kraus—. Reúnase conmigo en el despacho.
Se marchó antes de que pudiera responder.
Sabía que estaba despierta, por supuesto.
Tragué saliva y esperé. Me temblaron las manos cuando sostuvieron el pomo de la puerta para abrir y salir al pasillo.
Temía tanto el momento de enfrentarme a la verdad que más de una vez estuve a punto de regresar corriendo al dormitorio.
Pero mis actos habían sido graves y Kraus tenía derecho a saber a quién tenía hospedada en su casa.
Así que, con el corazón agarrotado, bajé las escaleras y me dirigí al despacho mientras buscaba alguna explicación que me permitiera ocultar los motivos reales por los que había asaltado a Petrov.
Pero no hubo cabida a esa oportunidad, porque el saludo de Kraus en cuanto entré al despacho y cerré tras de mí fue imposible de evadir:
—Sé quién eres.
El suelo pareció inclinarse, pero los ojos de Kraus lo enderezaron casi al momento. No parecían repelerme. De hecho, se mostraban comprensivos. Abrí la boca para decir algo, pero él se apoyó en el escritorio y volvió a hablar.
—Lo sospeché casi al conocerte. Me sorprende que Frank no haya sido capaz de verlo.
—Sonrió—. Verás, la vida que se crea con alquimia es diferente a la que nace de forma natural.
Prometeo era un pájaro peculiar, no solo por su aspecto, sino por su comportamiento, por el extraño aura que lo envolvía.
Miraba al mundo con cuidado, como si este fuera capaz de arrebatarle la vida que le había dado.
Y así era. Si el equilibrio que te ha dado la vida se rompe, entonces tú desapareces.
Y eso es lo que pretende hacer Frank con sus monstruos.
—Suspiró—. Tuve la mala suerte de cruzarme una vez con uno de ellos, hace alrededor de dos años.
—Se bajó el cuello de la camisa, exponiendo varias cicatrices—.
Trató de matarme. Con una sola mano. Hundió los dedos en mi carne como si fuera un bollo recién salido del horno.
Frank me contó todo el tema del experimento Demiurgo después de quitármelo de encima y matarlo.
Matarlo. Viktor había matado a otro monstruo antes. ¿A cuál de ellos? Me encontré deseando desesperadamente que fuera el Primero.
Tragué saliva, sin atreverme a preguntar por su aspecto.
—Lo siento.
—Lo sé. —Volvió a sonreír—. Y sé que sientes lo sucedido con Petrov.
—Yo no quería. Lo prometo —me apresuré a decir—. Pero él...
—Él iba a darle a Frank la herramienta para descubrirte.
—Se acercó un paso a mí—. Tus instintos de supervivencia son mayores que los nuestros simplemente porque tu vida tiene mayor riesgo de quebrarse.
—Fijó sus ojos en mí con seguridad—. Marshel, compartes decenas de cosas con esos monstruos. Pero no eres uno de ellos.
Me retorcí los dedos.
—¿Él está bien? —me atreví a preguntar.
—Sí. No te recordará. Transmutar recuerdos se me da realmente bien. —Sonrió—. Tengo varios que dar a cambio que no me sirven para nada.
Asentí y luego, una duda hizo que mis hombros se tensaran.
—Si sospechabas lo que era... ¿por qué experimentaste con el Símbolo del Retorno en la casa? ¿Por qué expusiste ese experimento en el congreso?
—Oh, para confirmarlo, por supuesto. No te apures, no soy retorcido.
Sabía que por la noche solo te escocería un poco, y me daría oportunidad de averiguar si realmente tenías alguna cicatriz.
Cuando encontré la ropa de cama en el barreño, no me cupo duda.
Sobre el congreso, ya me había encargado de protegerte.
La señora Bauer preparó el interior de tu ropa interior con ungüentos para que se adhirieran a tu piel y, dondequiera que estuvieran tus cicatrices, estas no pudieran abrirse.
Negué con la cabeza y me froté la frente.
—¿Cómo sabías que había ido a ver a Petrov? —pregunté.
—Te seguí.
Arrugué el ceño.
—Pero estabas en la bibl...
Me callé al instante y me puse inevitablemente colorada. Kraus alzó una ceja.
—¿Biblioteca?
Me mordí el labio y me encogí.
—Lo... lo siento.
En lugar de enfadarse, la expresión del profesor, para mi sorpresa, se tornó juguetona.
—Así que la pequeña Marshel ha estado haciendo cosas indebidas detrás de las puertas —dijo.
Negué frenéticamente con la cabeza.
—Solo... sentí curiosidad. Y... no esperaba... —Retorcí la tela del vestido—. Lo siento mucho, de verdad.
—Curiosidad —repitió—. ¿Tan evidentes hemos sido?
—No.
Kraus se inclinó hacia delante y sonrió.
—La curiosidad siempre viene impulsada por algo.
Me mordisqueé el pulgar.
—¿El doctor Frank lo sabe?
—Sí.
De pronto, la puerta se abrió. Por un momento, mi cuerpo se tensó, pensando que sería Viktor. Pero cuando me di la vuelta, descubrí a Anthony.
—Señor, disculpe, creí que estaba solo.
Kraus sonrió.
—No hace falta fingir, Anthony. La señorita Allen lo sabe todo. —Dio unos golpecitos en su pierna con gesto travieso—. Ven, no seas tímido.
Anthony se limitó a poner los ojos en blanco y se dio la vuelta.
—Te espero en la cama —dijo—. Buenas noches, señorita Allen.
Después, cerró la puerta, y volvió a dejarnos a solas. Kraus me miró.
—¿Por dónde íbamos? Ah, sí. No te seguí. Esperaba que hicieras alguna tontería, así que me trasladé directamente a casa del profesor para aguardarte en cuanto saliste por la puerta. El aire es un carruaje más rápido cuando conoces la forma de fusionarte con él con la alquimia.
Hundí la cabeza entre los hombros con una larga exhalación.
—¿Se lo vas a decir a Viktor?
Kraus se levantó del asiento.
—No —dijo—. Pero tú sí deberías. Si lo descubre, Marshel, va a ser mucho peor. Conozco a Frank, tiene verdadero interés en ti. Algo, por supuesto, que se negará a hacer público hasta que esté seguro de que no corres peligro.
—No lo entenderá.
—No lo entenderá si se lo escondes. La verdad siempre se descubre. Más tarde o más temprano. —Comenzó a alejarse hacia la puerta—. Petrov no le mostrará ningún símbolo porque no asistirá al congreso. Vuestro barco zarpará antes de que Frank tenga oportunidad de visitarlo.
El alivio que sentí fue instantáneo. Me golpeó con tal fuerza que a punto estuve de echarme a llorar.
—Marshel —dijo, por último, antes de abrir la puerta—, puede que hayas nacido de una forma diferente, pero eres tan humana como nosotros. Mereces una vida larga y feliz. No lo olvides nunca.
Respiré hondo y, cuando abandonó la estancia, entonces sí, me eché a llorar.
Decirle a Viktor que era una de sus creaciones no iba a ser tarea fácil.
Pero Kraus tenía razón. Tarde o temprano lo descubriría y sería peor.
Darle vueltas a aquella tarea y los remordimientos de mi actuación de aquella noche tuvo como consecuencia un ataque de dolor tormentoso.
No dormí en absoluto y, cuando amaneció, tuve que obligarme a bajar al comedor a desayunar para que no surgieran preguntas.
Viktor y Kraus ya estaban allí.
—Señorita Allen —me saludaron ambos al unísono.
—¿Qué tal ha dormido? ¿Ha descansado bien? —me preguntó Kraus con tono burlón.
Le dediqué una sonrisa tensa.
—Sí, gracias.
Viktor retiró una silla para que me sentara a su lado. Su estado era distante y pensativo. Parecía estar lejos, muy lejos de allí. En sus ojos había un grado de tormento mayor al acostumbrado.
—¿Doctor Frank? —dije—. ¿Está bien?
Tomó asiento después de mí.
—Ha llegado un mensajero hace media hora —respondió—. El profesor Petrov no podrá atenderme. Está indispuesto y no asistirá al congreso.
Aquello fue lo único que dijo en todo el desayuno.
Kraus, sin embargo, charló como si le hubieran dado cuerda. Se rio, parloteó sobre algún químico y el peloteo hacia él, y tarareó una canción que me sonaba y no sabía de qué. Logró con ello que no pensara en lo sucedido la noche anterior.
Cuando salimos hacia el congreso por última vez, encontré que nuestros baúles ya estaban preparados en el vestíbulo para ser trasladados al barco. Debían de haber recogido mis cosas mientras desayunábamos. Agradecí no haber sacado la caja de elixires del baúl en ningún momento.
La llegada a la Akademie fue tensa. Viktor se encontraba apático, pero eso no impidió que Stone y Meyer se acercaran a saludar, haciendo el ambiente completamente incómodo.
Con el primero, Viktor sostuvo un formalismo que rozaba lo antipático.
Con el segundo, Kraus tuvo que intervenir para que no le partiera la cara.
—Doctor Frank —susurré, una vez nos apartamos a una esquina—. Podemos irnos si lo necesita.
La señora Bauer se mantuvo a nuestro lado; Kraus, sin embargo, permaneció junto a Meyer con una sonrisa que dudaba mucho que reflejara el tono de su conversación. No entendía alemán, pero podría jurar que lo estaba amenazando de alguna forma.
—Kraus no debería meterse —dijo.
—¿Por qué no?
—Meyer tiene poder. Podría hundirlo si quisiera.
—Creo que a Kraus le importa un pimiento —dije—, probablemente lo mismo que le importaría a usted de estar en su lugar.
Viktor descendió la mirada para fijarla en la mía. Su gesto serio se suavizó.
—Espera demasiadas cosas buenas de mí, señorita Allen. Y le he dado infinidad de motivos para lo contrario.
Apreté los labios.
—¿De verdad?
Viktor repasó el entorno de forma fugaz.
La marea de científicos se arremolinaba alrededor de la puerta de entrada al salón de actos.
Nadie parecía prestarnos atención, ni siquiera Kraus y Meyer, que seguían hablando como si se estuvieran intercambiando halagos.
Se atrevió por ello a acariciarme la mano con el reverso de sus dedos.
—Lamento mucho no poder darte todo lo que mereces —susurró.
Dudé.
—Viktor... —musité—. Tengo que decirte algo. Si pudiéramos hablar luego, yo...
—Señorita Allen —me interrumpió la voz de la doctora Teressa Green. Di un brinco como si me hubiera pillado haciendo algo indecente. Ella sonrió y miró a Viktor—. Doctor Frank. Tengo entendido que es su último día en el congreso.
—Así es, doctora Green —respondió él con calma.
—Señorita —se dirigió después a mí—, me gustaría tener la oportunidad de conversar con usted. Venga a visitarme a la Royal Institution algún día en Londres. Estaré por allí en una semana.
Antes de que pudiera responder, la doctora se dio la vuelta y se alejó. No necesitó abrirse paso entre la multitud, puesto que todos allí le cedieron espacio como si se tratara de una reina.
—La doctora Green es maestra de química en la RI —me explicó Viktor.
—¿Y qué querrá de mí?
—Eso tendrá que averiguarlo usted, señorita Allen —respondió.
La gente había empezado a moverse para entrar al salón de actos y habíamos sido rodeados por varios cuerpos.
Había oídos por todas partes—. Yo no rechazaría una invitación de la doctora Green.
Es una mujer inteligente y sin ningún tipo de filtro.
Me recuerda bastante a usted y a su falta a las normas sociales.
—Respeto las normas sociales que tienen sentido.
—Créame, señorita Allen —me susurró en el oído mientras aguardábamos a que se despejara la entrada—, no respeta ninguna, tengan sentido o no. —Me mordí el labio, tratando de aguantar una sonrisa. Él volvió a hablar—. Por cierto, ¿qué quería decirme antes?
Mi corazón brincó. Por suerte, Kraus apareció para librarme de un incipiente tartamudeo.
—¿Vamos? —dijo.
Viktor no insistió y yo me dejé llevar. Ocupamos los mismos asientos que los días anteriores, pero encontré que Viktor se posicionaba más cerca de mí.
Durante cada experimento, me explicaba lo necesario para comprenderlo.
Yo trataba de prestar atención a sus palabras, pero mi concentración se desviaba hacia las sensaciones que despertaba su aliento sobre mi mejilla.
Viktor pareció darse cuenta de lo cerca que estaba cuando un escalofrío me recorrió la espalda y me agitó la respiración.
Se alejó de mí, sin embargo, con suavidad, como si sus movimientos no fueran premeditados, sino algo natural.
Lo único que me hizo pensar lo contrario fue la contracción de los dedos de su mano derecha, que formaron un puño sobre su muslo.
Cuando el primer experimento concluyó, sentí la necesidad de salir del salón para respirar. La señora Bauer me siguió, pero Viktor se quedó. Supongo que creyó que sería demasiado descarado que, después de haber estado una hora pegado a mí, saliera conmigo de allí.
Dejé caer la espalda en la pared y me acaricié la mejilla. Por un momento, había estado a punto de dejarla caer sobre sus labios.
Me froté las manos y me retorcí los dedos. Pensé en mi obligación de sincerarme, de perder aquello que me entregaba tantas sensaciones placenteras. Y pensé en mis actos contra Petrov, la maldad con la que había actuado solo por mi beneficio. Podría haberlo matado.
Me apreté las sienes. Tenía que arrancar de mí esa oscuridad.
Apoyé la cabeza en la pared y cerré los ojos. Podría sincerarme allí, en Hamburgo, quizá en presencia de Kraus para evitar que Viktor saltara a por mí. O podría hacerlo en Londres, en mi hogar, para que, en caso de morir, al menos lo hiciera en la ciudad que amaba, después de despedirme de Emily.
—Señorita Marshel Allen —dijo una voz desconocida frente a mí.
Abrí los ojos demasiado tarde.
La oscuridad ya había caído y no me dio tiempo a alarmarme siquiera. Algo tiró de mí y desaparecí de la Akademie bajo el eco lejano del grito de la señora Bauer, un « hilfe! » borroso que, por algún motivo, supe interpretar. Ayuda. Estaba pidiendo ayuda.