27. CORRE Y NO MIRES ATRÁS #2
Encaré la casa, que estaba adosada a otra.
En ninguna de ellas había ni una sola luz prendida.
Eso me facilitaría las cosas. Me aproximé a la puerta y analicé la cerradura.
La alquimia tenía infinidad de utilidades, pero ninguna facilitaba la apertura de una puerta, a menos que no importase el resultado y aceptaras que acabara deshecha en el suelo como si fuera líquido.
Me llevé la mano a la cabeza para quitarme una horquilla del recogido, casi de forma instintiva. Y entonces recordé que tenía la melena suelta. Se me quedó la mano suspendida en el aire.
«Maldita sea».
Volví a observar la casa. Las ventanas de la parte delantera estaban cerradas a cal y canto.
Bordeé las paredes, buscando una vulnerabilidad, y me encontré con que, en el lateral, pegada al nivel del suelo, apenas a un palmo de los adoquines, había una estrecha ventana alargada que daba al sótano.
El cristal estaba sucio, cubierto por una película de polvo, y no se podía apreciar nada del interior.
Me agaché y tanteé el marco con los dedos.
No estaba cerrado. Empujé un poco hacia dentro y el cristal cedió, dándome paso como una boca abierta.
Dudé y miré alrededor. Después, me arrodillé y apoyé una mano en el suelo húmedo.
El barro caló la falda del vestido mientras me acercaba y agachaba para empezar a internarme.
Metí primero el brazo para abrirme paso, el hombro y la cabeza.
El sótano era oscuro, pero la luz de los faroles iluminaba en parte el espacio desde otra ventana gemela a la que yo estaba atravesando.
Contemplé cajas y barriles y una colección de vinos que ocupaba una pared al completo.
Metí una pierna y, después, poco a poco, me fui dejando caer. Aterricé con un golpe sordo sobre una superficie de piedra, levantando una nube de polvo, que se quedó suspendida en el aire, motitas apenas visibles en los tenues haces de luz que se adentraban por las ventanas.
Respiré hondo y me quité la capa, que abandoné en un rincón junto con el retículo. Después, me recogí el vestido y me dirigí a la puerta del sótano.
La casa estaba en silencio, y era tan sencilla como prometía el exterior.
Recorrí el piso inferior con cuidado bajo la suave luz de los faroles que llegaba del exterior.
Solo contenía un salón biblioteca y un comedor recatado con una puerta que daba acceso a la pequeña cocina.
Las escaleras que conducían al piso superior eran estrechas y estaban pegadas a la pared lisa.
Subí despacio, con el corazón en la garganta.
¿Qué iba a hacer? Cuanto más me aproximaba a aquella planta, más confusa estaba y más me percataba de la gravedad de mis actos.
Había salido a hurtadillas por la noche, me había subido sola a un carruaje en Hamburgo, una ciudad completamente desconocida, a merced de un hombre cualquiera, y me había colado en una casa.
Me detuve en el rellano. El piso superior constaba de tres puertas que apenas podía apreciar: el pasillo era corto y carecía de ventanas.
Miré hacia las escaleras. La tenue luz de los faroles que había dejado atrás parecía impaciente, como si deseara que regresara cuanto antes y me alejara de la oscuridad.
Me llevé los dedos a los labios, presa del súbito recuerdo de los besos recientes.
Viktor. Estaba allí por Viktor. Apreté los dientes y me obligué a dar un paso al frente.
Cogí el primer pomo y lo giré. La puerta estaba cerrada con llave.
Acerqué el oído, pero no escuché nada en el interior, así que me dirigí a la siguiente puerta, casi a tientas, y abrí.
En aquella ocasión, la puerta cedió, dando paso a la luz de una vela casi consumida, que iluminó mi asalto con claridad.
Me sentí cazada como una ladrona y a punto estuve de salir corriendo.
Pero, entonces, descubrí una figura recostada sobre la cama.
Era un hombre de la edad de Viktor y Kraus.
Reculé torpemente hasta salir de allí y cerré.
Entonces, una voz dijo algo en ruso a mi espalda.
Di un respingo y me giré. Aquel que me encaraba no podía ser otro más que Petrov.
Tras la luz de la lámpara de gas con la que me señalaba de forma casi amenazadora, había un hombre que, en otros tiempos, debía de haber sido imponente.
Ahora, sin embargo, a pesar de esos ojos oscuros que me contemplaban como un depredador, su aspecto parecía cansado, y su mano temblaba mientras sostenía la lámpara.
—Lo... lo siento.
Dio un paso hacia mí.
—¿Quién es usted? —exigió saber con un marcado acento.
Miré a mi alrededor, buscando una ayuda que jamás llegaría. La primera opción que pasó por mi cabeza fue huir, pero, antes de que pudiera llevarla a cabo, mi mente se retorció para anclarme a aquel suelo.
—Soy una estudiante de alquimia —me atreví a decir, colocando con recato el pie derecho hacia atrás, preparado para correr, en caso de ser necesario—. Quería hablar con usted.
Petrov me miró de arriba abajo. Su mirada se afiló.
—Tú no eres una estudiante de alquimia. —Me cogió del brazo con fuerza tan rápido que fui incapaz de reaccionar—. Tú eres una ladrona.
Tiró de mí con violencia para llevarme a la planta baja. Yo traté de liberarme.
—¡No soy una ladrona!
No respondió, me arrastró sin ningún cuidado hacia el salón.
Supe al instante que lo que pretendía era avisar a las fuerzas de la ley, cualesquiera que existieran en Hamburgo.
Podría haberme expulsado simplemente de la casa.
Pero no lo hizo. Me dejó junto a las estanterías con rudeza y se dispuso a condensar el aire a mi alrededor para encerrarme con un símbolo.
Yo entré en pánico. Había sobrevivido cerca de tres años con esfuerzo, y todo aquello podría terminar en un momento. Mi vida, mis anhelos, mis proyectos.
No lo pensé.
Cogí la lámpara que había dejado en una mesita y la estallé contra su cabeza, haciendo que cayera al suelo, completamente inerte.
Me arrepentí al instante. Mientras mi mano aflojaba el agarre, haciendo que la lámpara cayera y se hiciera trizas contra el suelo, mis ojos se quedaron fijos en el hilo de sangre que empezó a brotar de la cabeza de Petrov.
Mis pies retrocedieron solos hacia la salida.
Pero fui incapaz de atravesar la puerta.
Me miré las manos, temblando. ¿Qué había hecho?
Un monstruo. Yo era... era un monstruo. Igual que los demás.
Una mano se colocó sobre mi hombro. Antes de que pudiera gritar, el rostro de Kraus apareció en mi campo de visión y me instó a que guardara silencio.
—¿Qué...? —fue lo único que acerté a decir.
No me hizo ningún caso. Se agachó junto a Petrov y estudió su estado. Después, me miró.
—Marshel —dijo. El tono risueño habitual había desaparecido de su voz en favor de una gravedad oprimente—. Vete de aquí.
—Pero...
—Yo me ocuparé, y luego hablaremos. Ahora, corre. Sal de aquí y no mires atrás.
No me lo tuvo que decir dos veces. Cuando un sonido en la planta superior pareció indicar que Vogelmann había despertado, me recogí el vestido, me dirigí al sótano para recuperar mis cosas, y deshice mis pasos para regresar al lugar seguro de donde había venido.