27. CORRE Y NO MIRES ATRÁS
C ORRE Y NO MIRES ATRÁS
Viktor se marchó de mi dormitorio después de que yo me asegurara de que no había nadie en el pasillo.
Me dio un último beso, apenas una caricia fugaz de sus labios sobre los míos, y desapareció entre la penumbra del pasillo.
Me quedé aguardando, con la puerta entreabierta, a escuchar el sonido de la suya al cerrarse y, cuando estuve segura de que ya no saldría, me escabullí de nuevo de mi dormitorio con el candelero en la mano para bajar al despacho de Kraus.
Mis movimientos carecían por completo de duda, como si mi cuerpo se hubiera propuesto colaborar para mantener a su lado la presencia de Viktor, y me llevó por ello por los pasillos como un guía.
Me detenía cuando escuchaba pasos, me hacía retroceder, me corregía el ritmo, y así continuó hasta que alcancé la puerta oportuna.
El silencio no era profundo. El servicio aún trabajaba, y estaba segura de que Kraus todavía no se había retirado a su dormitorio.
Estaba en algún lugar de la casa, y solo podía rezar por que no se hubiese encerrado en su despacho.
Respiré hondo y golpeé la puerta dos veces con los nudillos. Silencio.
Me atreví a abrir.
El despacho estaba oscuro y parecía vacío. Me deslicé al interior con cuidado y eché un último vistazo al pasillo para comprobar que nadie fuera testigo de mi asalto. Después, cerré.
Iluminé el lugar de forma cauta, como si, a pesar de encontrarme sola y encerrada, pudieran ver mis movimientos o escuchar mis pasos.
Sentía una presencia más aparte de la mía, pero, por mucho que paseé la vela por cada esquina, no vi nada.
Asocié la sensación a mi situación comprometedora y me puse a trabajar.
Dejé la vela en el escritorio para dirigirme en primer lugar a los papeles y las cartas que yacían sobre él.
El correo era abundante y me llevó al menos cinco minutos revisar cada remitente. No había rastro de Petrov.
Abrí seguidamente los cajones. Otra pila de cartas se encontraba anudada.
Liberé el cordón y empecé a leer de nuevo los nombres de los remites.
Encontré cartas de científicos que había conocido en el congreso, incluso una de Meyer que me esforcé enormemente por no leer, ya que Kraus había decidido ignorarla y el sello estaba intacto.
Me senté en la silla, nerviosa. No había ni rastro de Petrov. Empecé a morderme el carrillo por dentro y a toquetearme el colgante con una incipiente desesperación. Entonces, una idea iluminó la oscuridad en la que me estaba sumiendo. Quizá alguien del congreso le había hablado a Kraus de él.
Empecé a abrir las cartas que tenían el sello ya roto de aquellos cuyos nombres conocía, pero no fue hasta una remitida por Viktor cuando encontré lo que buscaba.
Hablaba de su llegada el día anterior al inicio del congreso y de sus intenciones de encontrarse con Petrov para conocer el símbolo de localización que le había traído por el camino de la amargura durante tanto tiempo.
La carta estaba fechada un mes atrás. La siguiente parecía responder a otra enviada por Kraus.
Viktor le hablaba de que llegaría a su casa conmigo («mi estudiante Marshel Allen»), y le contestaba a alguna pregunta que debería de haberle hecho Kraus en su carta.
Por el contexto, comprendí que quería saber si Petrov necesitaría alojamiento.
«Sobre el profesor, no te apures. Se instalará en casa de Vogelmann».
Vogelmann.
Rebusqué entre el resto de las cartas hasta encontrar aquel apellido. Matthias Vogelmann. Se encontraba en Rotherbaum. ¿Dónde estaba eso?
Me levanté de la silla y traté de dejar todo como estaba, excepto la carta remitida por Vogelmann, en la que aparecía su dirección. Aquella la mantuve conmigo en todo momento, mientras salía a escondidas del despacho de Kraus en dirección a mi dormitorio.
No pude evitar detenerme, sin embargo, cuando pasé junto a la puerta entreabierta de la biblioteca y escuché voces. Kraus y Anthony estaban charlando en el idioma natal del último.
—No creo que sea prudente que vayas —le decía Anthony con voz autoritaria.
Un sillón desplazándose me indicó que alguno de ellos lo había desocupado.
—¿Cuándo he hecho yo algo prudente? —respondió Kraus con sorna.
Anthony exhaló con hastío.
—Madura, Heinrich.
Unos pasos se dirigieron a la puerta. Yo reculé, alarmada. Pero se detuvieron abruptamente.
—Vamos, ven aquí —dijo la voz de Kraus—, no seas cascarrabias.
—Eres realmente agotador.
—¿Sí? —Se escuchó un beso—. Podría agotarte de otras formas —susurró de forma traviesa.
—¿Te importaría, por favor, volver a abrocharte el botón?
Agité la cabeza y me alejé, de pronto invadida por la culpabilidad. No debería haber roto su privacidad. Comprendí que hablaban en inglés para evitar oídos curiosos de la servidumbre, que solo entendía el alemán. No habían pensado en que yo pudiera inmiscuirme en sus asuntos.
Me dirigí a las escaleras con prisa mientras mi mente saltaba de ellos a la carta y de la carta a ellos.
Por alguna razón, había intuido cierta cercanía entre ambos desde el inicio, una extraña y diferente.
Pero no había pensado que pudieran estar relacionados de forma romántica.
Sin embargo, no me sorprendió, y me satisfizo más de lo que esperaba, como si tuviera sentido.
Kraus, con su jovialidad, y Anthony, con su formalismo. Encajaban de alguna manera irónica.
Sonreí sin poder evitarlo antes de que mis pensamientos se oscurecieran de nuevo al recordar por qué estaba allí.
Alcancé mi dormitorio con la respiración agitada. Me calcé unas botas, me abrigué con una capa y cogí mi retículo con un par de monedas de plata que me había cambiado Viktor por peniques. Me escabullí finalmente por la puerta del servicio al frío de la noche de Hamburgo.
Necesitaba un transporte.
Metí la carta en el retículo y salí a las calles vacías en busca de un carruaje.
El suelo empedrado resbalaba cuanto más me aproximaba al canal, el silencio era casi absoluto.
Solo el viento gélido, golpeando los cristales de las casas, era capaz de romperlo.
Más allá, el rugido del metal de algún farol balanceándose y el goteo del agua de las canaletas me perseguía con más recato.
Traté de orientarme por el recorrido que habíamos seguido con el carruaje en todos nuestros trayectos. Tuve que detenerme en un par de ocasiones para pensar. La noche era diferente, más confusa y llena de rincones y esquinas que parecían desaparecer con la luz del día.
Conseguí al fin apreciar algo más entre el murmullo de sonidos de la noche tras atravesar otras dos calles. Había sido un solo golpe, el del metal de una herradura. Suficiente para que respirara con alivio.
Me envolví más en la capa y seguí el trazo de aquel eco. Entonces, voces aisladas comenzaron a llenar la noche, junto con el arrastre de bultos y relinchos. Estaba llegando.
Me detuve justo antes de exponerme y me asomé por la esquina para analizar la escena.
Había tres carruajes, y otros dos más apartados.
Uno de los cocheros fumaba en pipa bajo la sombra de un tejadillo, sin quitarles ojo a sus caballos.
Parecía solo y aburrido, pero distaba mucho de la condición ebria del hombre que acariciaba el hocico del caballo de otro carruaje.
Amarré con fuerza el retículo y miré a un lado y a otro de la calle.
El riesgo era absurdo. Tal vez me robara, y todo por tratar de llegar a una casa a la que no sabría cómo acceder y donde me sería casi imposible encontrar a Petrov.
¿Cuántas habitaciones habría? ¿Cómo saber quién era él si nunca le había visto?
Mi única pista era que se trataba de un hombre de cerca de sesenta años.
Agité la cabeza y eché a andar. Me pegué a la pared y me acerqué al cochero. Su primera reacción fue ocultar la pipa a su espalda, a saber por qué razón. Pero cuando logró distinguirme entre la oscuridad pareció respirar con alivio y volvió a sacar la pipa. Me dijo algo en alemán.
—Disculpe, yo no... no sé alemán.
Él levantó la mirada, dejando la pipa suspendida a una intención de sus labios, y alzó una ceja. Yo saqué la carta con las manos temblorosas y señalé la dirección. Después, le mostré una de las monedas de plata.
El hombre miró ambos objetos y alzó aún más la ceja. Fijó los ojos en mí lo que me pareció una eternidad antes de buscar algo a mi espalda.
—¿Sola? —dijo torpemente con un acento marcado.
Dudé y asentí.
El hombre suspiró, tomó la moneda, y negó con la cabeza, como si pensara tal vez que yo había huido de casa y no se pudiera creer que estuviera siendo capaz de aceptar colaborar en mi travesura.
Me guio en silencio hasta el carruaje y me abrió la puerta.
Traté de no pensar en absoluto durante todo el trayecto hasta allí.
Solo me fijé en las calles y traté de memorizar el camino, por si tuviera que regresar sola, por si algo no saliera bien.
Di un respingo cuando el coche se detuvo al cabo de unos minutos.
Me bajé antes de que el cochero pudiera ayudarme.
Cuando pisé el suelo, el hombre me señaló una casa que hacía esquina con la calle perpendicular a la que se había detenido.
Era una casa sencilla, totalmente contraria al hogar de Kraus.
Tenía dos pisos, y cada uno parecía entrar en su comedor cómodamente, así de pequeña era.
No me costaría trabajo entrar a la fuerza.
Miré al cochero y le mostré la otra moneda. Después, le pedí que me aguardara allí de la forma más clara que pude. Él asintió y sacó su pipa. Cuando apoyó la espalda en el carruaje, comprendí que había entendido mi petición.