En el corazón del monstruo 26. UNA CERTEZA INSTINTIVA #2
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26. UNA CERTEZA INSTINTIVA #2

Su mirada se encendió aún más si cabía, apretó la mandíbula y su nuez subió y bajó.

La mano que sostenía la mía tiró de mí con cuidado.

Sentí entonces cómo la otra se deslizaba junto a mi cintura para llegar hasta el pomo de la puerta y abrir sin un solo titubeo.

Me obligó a dar un par de pasos hacia atrás, hasta que ambos nos internamos en el dormitorio.

Después, cerró. Me quitó el candelero con suavidad y lo dejó sobre la cómoda antes de volver a encararme.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Le rodeé el cuello con los brazos y apreté los labios contra los suyos, presa de una necesidad hasta hacía poco desconocida para mí.

Pensé en el día siguiente, pensé en que, en unas horas, podría estar entre sus brazos por un motivo completamente diferente, para morir en lugar de para vivir. Y dejé por ello que mi cuerpo hablara.

Viktor me rodeó la cintura y me atrajo hacia él, hasta que nos alineamos y encajamos.

Me abrazó, deslizando una mano hasta la parte alta de mi espalda y la otra hasta la parte más baja, asegurándome contra él.

Abrió la boca, como si quisiera devorarme.

Deslizó su lengua por mis labios, se internó entre ellos y acarició la mía, un roce que sentí en mi vientre, más abajo.

Apreté mi cadera contra la suya sin poder evitarlo, como si un hilo invisible tirara de mí con fuerza tratando de engancharme de alguna forma a él.

Viktor me separó un poco de su cuerpo, liberándose con cuidado de mis brazos, sin aliento.

—Marshel. —Cerró los ojos con fuerza mientras colocaba la frente sobre la mía. Parecía estar conteniéndose, tratando de recuperar el control—. No voy a traspasar otro límite más.

Parpadeé, confusa, aún con el sabor de su lengua impregnado en la mía.

—¿Límite? —susurré, humedeciéndome los labios—. ¿Qué... límite?

Él deslizó con lentitud su mano a lo largo de mi brazo hasta alcanzar la altura de mi cadera. Aproximó después el pulgar hasta rozar la parte baja de mi vientre, a un palmo de mi cicatriz. Temblé ante el contacto y, de nuevo, mi cadera trató de aproximarse, pero Viktor la mantuvo fija en su lugar.

—El deseo... —susurró sobre mis labios. Atrapó el de abajo entre los suyos como si estuviera degustando un dulce. Yo gemí. Su boca paseó por la comisura de mi boca, por mi mejilla, hasta el lóbulo de mi oreja—. No sabes cuánto te deseo. —Sentí su aliento en mi cuello, erizándome la piel.

Me encontré de pronto entumecida, los dedos de las manos me cosquilleaban, los labios me ardían.

—¿Deseo? —murmuré mientras los labios de Viktor, abiertos, saboreaban la piel de un punto entre mi cuello y la mandíbula.

Quería moverme, quería acercarme, pero las manos de Viktor eran como dos bloques sólidos que me impedían rozar su cuerpo.

Y no podía concentrarme en nada más que en el mundo de sensaciones en el que me había introducido.

Él alejó los labios de mi piel para devolverlos a los míos.

—No debería tocarte... —dijo, negando con la cabeza, casi más para él que para mí—. No debería permitirlo.

Respiré hondo. Me puse de puntillas y apreté más los labios contra los suyos, deshaciéndome del tortuoso roce.

—Viktor... —Enredé las manos en su camisa—. Necesito...

—Ya lo sé —me cortó, llevándome hacia la pared para encerrarme entre su cuerpo y ella—. Ya lo sé.

Volvió a besarme. Volvió a internar su lengua en mi boca, acariciando cada rincón, lamiendo la mía mientras su mano perfilaba mi cintura y abrazaba mi espalda, tan abajo que podía sentir dos dedos acariciando el principio de mis nalgas.

El vestido era tan fino que lo sentía todo.

Cuando su mano se convirtió en un puño, enredando en él mi falda, el bajo se deslizó hacia arriba por mi pierna, haciendo que la levantara por instinto y apoyara la rodilla en la parte alta de su pierna.

Viktor gimió y se apretó contra mí. Algo duro se instaló entre mis piernas, inundándolas de calor.

Se alejó al instante.

—No.

Tragué saliva, con la respiración completamente desbocada. Me llevé una mano al vientre mientras con la otra trataba de colocarme el vestido. Me sentí de pronto avergonzada. Una sensación extraña se despertó entre mis piernas, un pálpito continuo que clamaba mi atención. Agité la cabeza.

—Lo siento —dije precipitadamente—. No sé qué me ha pasado. Yo no... no quería...

Viktor se pasó la mano por el pelo. Miró un momento al techo, recuperando poco a poco la calma, y se alisó la camisa.

—Eres demasiado inocente, Marshel —dijo. Y dibujó una preciosa sonrisa cuando sus ojos se encontraron de nuevo con los míos. No pude evitar sonreír yo también.

Se acercó de nuevo y me acarició la mano derecha, que tomó después entre las suyas para aproximarla a sus labios y besarme los dedos.

—Cuando sonríes, Marshel, iluminas mi mundo entero —susurró.

Yo me mordí el labio y, mientras dejaba caer mi frente sobre su pecho, exhalé con una extraña felicidad.

Recordé la primera vez que había probado un currant bun .

Recordaba haber sentido placer y gozo, dichosa por poder saborear algo tan sencillo pero delicioso al paladar.

Recordaba a Emily con la nariz llena de azúcar y a mí llorando por ser incapaz de detener la risa.

Lo que me hacía sentir Viktor era mucho más que aquello.

Y me negaba a perderlo.

Algo oscuro oprimió mi pecho, una seguridad primitiva que alejó de mis principios la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto. Solo quedó en mi interior una certeza instintiva: Dimitri Petrov no iba a arrebatarme aquello. Y para ello sería capaz de cualquier cosa.