En el corazón del monstruo 26. UNA CERTEZA INSTINTIVA
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26. UNA CERTEZA INSTINTIVA

U NA CERTEZA INSTINTIVA

Viktor me habló de su colega Dimitri Petrov durante la comida, Profesor Extraordinario de la Escuela de Medicina y Cirugía de San Petersburgo, un hombre cercano a los sesenta años, respetado y valorado tanto en el mundo de la física como en el de la química.

Había quedado con él al día siguiente, el único día que asistiría al congreso.

El profesor Petrov sería el que le mostraría el símbolo de localización.

Y era esencial que lo hiciera en persona, puesto que requería cierto ritual.

No logré terminarme el estofado ante aquella noticia.

El estómago se me revolvió y a punto estuve de vomitar en el trayecto de vuelta a la casa de Kraus.

Podía sentir la muerte respirando sobre mi nuca, letal e inevitable.

Mañana sería el último día que pasaríamos en Hamburgo antes de regresar a Londres, y lo más probable era que yo no realizara el viaje de vuelta.

Miré a Viktor mientras solicitaba al servicio una infusión de jengibre para mí, ya en casa de Kraus, y me pregunté si de verdad sería capaz de clavarme esa jeringa y destruir mi cuerpo.

Cuando sus ojos me miraron, mi interior me gritó que era imposible; que era imposible que aquel brillo de atención, de preocupación y de dedicación se oscureciese con aversión.

—Lamento que le haya sentado tan mal el guiso, señorita Allen —me dijo, ofreciéndome su brazo para ayudarme a subir las escaleras y acompañarme al dormitorio—. De haberlo sabido, no habría insistido en que lo probara.

—El eintopf es inofensivo, Frank —intervino Kraus, que nos había recibido al llegar.

Subía detrás de nosotros con paso tan ágil que terminó por adelantarnos y esperarnos en lo alto de las escaleras—.

Debió de impresionarle Meyer. ¿No es así, señorita Allen?

¿Se le indigestó ese imbécil? —preguntó con tono burlón.

—No... —respondí. Me sentía pálida y débil. Mi mente iba y venía entre opciones. Tenía que regresar a Londres. O quedarme y explicarme. O escribirle una carta y despedirme, desaparecer en algún lugar recóndito, quizá en el Polo Norte.

—Tal vez no debí hablarle de Petrov —dijo Viktor. Me tensé. Sabía que lo decía porque creía que yo temía a los monstruos desde el encuentro que presenció con el Sexto aquella noche. Pero, aun así, no pude evitar temblar. Recé en silencio por que no me preguntara.

—¿Vas a verlo mañana? —le preguntó Kraus.

—Sí. Así es.

Llegamos al pasillo y caminé por inercia mientras Viktor intercambiaba otras palabras con nuestro anfitrión. No escuché nada. Las paredes parecían cerrarse a mi alrededor y el techo descender hasta rozarme la parte alta de la cabeza. Respiré hondo. Aún tenía tiempo para pensar.

Cuando llegué a la puerta, me liberé de Viktor y, con una rápida disculpa, me interné en el dormitorio y me dejé caer al suelo.

Pensé que llegaría el dolor en algún momento, resultado del pánico, de la ansiedad y de la desesperación.

Pero no lo hizo. Me llevé la mano al pecho y respiré de nuevo.

Un sudor frío se deslizó por mi cuello, se internó entre la tela del vestido y me recorrió la espalda.

Cuando me toqué la parte alta de la cicatriz, descubrí mis dedos manchados del tizne del experimento de Kraus.

Exhalé, agotada. Aquella mañana me había salvado por los pelos, pero ¿podría hacer lo mismo al día siguiente?

Me levanté y me liberé del vestido y del corpiño, dejando únicamente la camisola interior.

Después, me apoyé en el tocador y me contemplé.

Me pregunté con angustia si, de haberme creado con deformidades, habría sido igual de noble.

Tal vez, al no poder tratar con la sociedad por mi aspecto, me habría hundido en el mismo pozo oscuro en el que se encontraban los demás.

Pero el Cuarto y el Primero habían sido diseñados con la misma pulcritud que yo y, aun así, habían decidido bucear en las mismas aguas de venganza que el resto de los monstruos de Viktor.

Exhalé, cansada, y me desenredé el pelo hasta que no quedó entre los mechones ni una horquilla. Entonces, llamaron a la puerta.

—Señorita Allen, ¿se encuentra mejor? —dijo la voz de Viktor—. Le traigo la infusión que ha pedido.

Tragué saliva y me puse la bata. Abrí la puerta un poco. La mirada de Viktor viajó directa a un espacio concreto de mi hombro, casi descubierto. Me recoloqué la bata, aturdida por su mirada, y extendí la mano para coger la taza.

—Gracias. Yo... —Me llevé la infusión al regazo—. Estoy mejor.

Él asintió.

—Quédese aquí mañana. Volveré a medio día y partiremos a Londres después de almorzar.

Quería negarme, pero no había razón. Así que callé mientras mi mente empezaba a trazar las líneas de un plan que aún era incapaz de distinguir.

Viktor me deseó un buen descanso y se alejó por el pasillo.

Una parte de mí quiso detenerlo, pero otra, una más instintiva, me obligó a regresar al interior y cerrar la puerta de nuevo.

Quizá quedarme era lo mejor.

Me senté en la cama, con la taza entre las manos, y pensé.

Sin duda, Petrov debía de haber avisado a Viktor sobre cuándo se verían.

Quizá esa carta se encontraba en su dormitorio.

O tal vez Kraus había intercambiado también correspondencia con el profesor y esta se encontraba en su despacho.

Sea como fuere, en algún lugar, debía de haber una dirección acerca de dónde se alojaría Petrov en Hamburgo o dónde se había alojado en otras ocasiones.

Si lo encontraba, si le visitaba antes de su marcha al congreso, podría convencerlo tal vez de que no compartiese su conocimiento con Viktor. Quizá podría evitarlo.

Dejé la taza en el tocador después de dar un par de sorbos y me aovillé en la cama con la mirada fija en el cielo que se extendía como un manto gris tras la ventana.

Aguardé lo que me pareció una eternidad hasta que al fin llamaron a la puerta para anunciarme que ya estaba lista la cena.

Pedí a la empleada que me disculpara con los hombres y me puse un vestido sencillo de corte imperio.

Después, me senté en el taburete frente al tocador y esperé.

Me levanté cuando consideré que ya debían de estar sentados a la mesa, y, cargada solo con una vela en un brillante candelero, salí descalza para dirigirme a hurtadillas al dormitorio que ocupaba Viktor.

El pasillo de esa parte de la casa estaba vacío y en completo silencio. Mis pisadas resonaban por ello como tambores. La llama de la vela temblaba, y en más de un paso temí que se me cayera a la moqueta y la prendiera fuego.

Me detuve al llegar a la puerta de Viktor y traté de calmarme antes de atreverme a entrar.

Sentía la respiración tan acelerada como las noches malas de Londres, cuando había tenido que correr en zigzag a lo largo de decenas de manzanas por las calles embarradas para huir de los vigilantes.

Había sufrido, había llorado, había gritado, pero había sobrevivido. Y tenía que volver a hacerlo.

Llevé la mano al pomo y abrí con cuidado.

La puerta se movió con sigilo, como si me ofreciera el interior en secreto.

Me atreví a dar un paso e iluminé el espacio con la vela.

El dormitorio estaba vacío en todos los sentidos.

Viktor no estaba, y su baúl se encontraba ya cerrado y preparado para trasladarlo mañana.

La ropa que usaría al día siguiente estaba doblada y dispuesta sobre la cómoda.

No había allí nada más que indicase que el dormitorio había estado ocupado.

Tragué saliva y di otro paso para internarme por completo en la habitación.

Cerré a mi espalda y me dirigí al escritorio.

Sobre la mesa había un pergamino en blanco, los cajones, vacíos.

La correspondencia que tuviera debía de estar ya en el baúl.

Me arrodillé frente a él y traté de abrirlo, pero estaba cerrado con candado.

Maldije por lo bajo y sopesé la idea de usar la alquimia para manipularlo, pero solo me venía a la mente un símbolo para fundir el metal, algo que me delataría al instante.

Me levanté y di una patada de frustración mientras toqueteaba nerviosa el colgante de Emily. Tendría que visitar el despacho de Kraus.

Volví sobre mis pasos y abrí con precaución. Me asomé y, cuando estuve segura de que no había nadie, salí al pasillo y cerré la puerta. Corrí hacia mi dormitorio de nuevo y, justo cuando estaba a punto de entrar en él, la voz de Viktor hizo que diera un respingo.

—Marshel.

Me volví, con la mano en el pecho. Viktor estudió mi aspecto desde el pelo caótico hasta mis pies desnudos. Alzó vagamente una ceja, una pregunta silenciosa que no respondí. Dio un paso hacia mí.

—Veo que te encuentras mejor.

Miró hacia la oscuridad del pasillo que acababa de abandonar. Yo trastabillé hasta que mi espalda dio con la puerta. ¿Por qué no estaba cenando con Kraus?

—Sí.

Dio otro paso más. La sombra que proyectaba con la luz que venía de la planta baja me rozó los pies.

—¿Me estabas buscando? —preguntó.

Yo me quedé callada. Él miró hacia atrás y, cuando comprobó que no había nadie, terminó de acortar la distancia que nos separaba.

Se me cortó la respiración. Mis pies se empinaron sin que me diese cuenta.

El candelero se tambaleó entre mis dedos.

Viktor alzó la mano y rodeó la mía para asegurarlo.

Una emoción casi primitiva se apoderó entonces de mí hasta el punto de desear saltar a sus brazos sin importarme nada ni nadie.

Los ojos de Viktor parecieron arder de pronto, como si fuese capaz de leerme, y sus dedos se afianzaron más sobre los míos. Se me olvidó dónde estaba y por qué.

—Me... me gustaría besarte —susurré sin apenas voz.