25. LA TORTURA NO ES ILEGAL #2
Me quedé callada mientras su mirada se perdía entre los viandantes, con una repentina sospecha que se internó entre mis pensamientos como aguja e hilo tratando de enredarse entre ellos. Me aclaré la garganta y me atreví a preguntar con un susurro:
—¿Cree que yo le delataría, doctor Frank?
Él me miró.
—No —dijo con seguridad—. Ese es precisamente el problema.
Me removí en el asiento, incómoda.
—¿Qué quiere decir?
Se inclinó hacia mí con tanto ímpetu que pensé por un momento que me cogería por los hombros y me zarandearía con frustración.
—El Consejo pregunta una vez —dijo—. Si cree que la respuesta es una mentira, se limita después a sacar la verdad a la fuerza.
—¿Con tortura? Eso... eso es ilegal.
—La ley es diferente en los casos relacionados con la alquimia. —Agitó la cabeza y miró de nuevo por la ventanilla—. No comprende el problema, señorita Allen.
Empecé a ponerme nerviosa.
—¿Y si... me arrestan? ¿Y si no está usted?
—No la dejaré sola.
—En Londres sí.
—Entonces dirá lo que sabe —respondió sin mirarme, con el tono de quien está cansado de caminar varias yardas sin llegar a ningún destino.
Me quedé callada un momento. El miedo por verme envuelta en una situación así hacía que el corazón me aporreara el pecho, desesperado por huir.
La cicatriz me palpitaba, casi preparada para desgarrarse si aquello llegaba a suceder.
Sin embargo, encontré que algo más profundo, más cálido, sería capaz de amortiguar los golpes en mis costillas y aliviar, de alguna forma, el dolor punzante de la herida abierta llegado el momento.
Supe en ese instante que por Viktor Frank podría soportar una tormenta.
—No pienso decir nada —comprendí.
Él apretó la mandíbula.
—Discutiremos esto en otro momento.
Podríamos discutirlo las veces que quisiera. Mi respuesta seguiría siendo la misma.
Llegamos al restaurante unos minutos después.
El gesto de Viktor se había transformado hasta adoptar una expresión taciturna que invitaba a todo menos a hablar.
Sus ojos mostraban irritación y preocupación, afectando incluso a la pobre señora Bauer, que se quedó tres pasos por detrás, pero parecían luchar verdaderamente por manifestar amabilidad cuando se fijaban en mí.
Entramos por la puerta guiados por un hombre de mediana edad elegantemente ataviado que nos llevó a los tres a una mesa apartada junto a la pared.
El lugar demostraba distinción por donde quiera que miraras, pero lo que más llamó mi atención fue el paisaje que se hallaba tras los cristales de los amplios ventanales que iluminaban el lugar.
El agua del canal se deslizaba con lentitud, reflejando el mundo como si fuera la puerta a otro paralelo.
Algunas embarcaciones rompían aquella imagen, dejando a su paso ondas suaves que terminaban deshaciéndose, como si nunca hubieran existido.
Por algún motivo, me sentí en consonancia con ellas, pero de forma inversa, como si yo fuera aquellas ondas, naciendo de la más absoluta nada.
—Frank.
Parpadeé y regresé al salón. Un hombre se había presentado junto a nuestra mesa, haciendo que Viktor se levantara.
El saludo que le dirigió al desconocido fue frío y cortante, casi como si quisiera espantarlo.
El hombre, sin embargo, expuso una sonrisa que pretendía ser gentil, aunque más parecía cargada de veneno.
Era alto y su espalda se encontraba ligeramente encorvada, igual de torcida que sus maneras de dirigirse a Viktor, pero, de alguna manera, lograba transmitir elegancia.
Me miró de una forma que no me gustó.
—Usted debe de ser la señorita Allen —dijo, tendiéndome la mano.
Viktor se movió con calma y se colocó entre él y yo, casi como si no lo hubiera planeado, como si hubiera sido por accidente, antes de que yo pudiera responder a su saludo.
—Doctor Meyer —dijo—, si no quiere armar un escándalo, le aconsejo que ocupe su mesa ya.
Meyer. Wilhelm Meyer. Kraus me había recomendado no acercarme a ese hombre.
Apartó sus ojos de mí y enfocó la mirada en Viktor. En ella había una oscuridad escalofriante, pero a Viktor no pareció afectarle ni lo más mínimo. Permaneció estoico, a pesar de su reciente amenaza, como si esas palabras no hubieran salido de él.
Meyer sonrió.
—Me alegro de verte, Frank, aunque no lo creas. Eres un científico brillante y siempre es un gusto saludarte —dijo. Su voz parecía el siseo de una serpiente—. Es una pena que sigas cometiendo errores —añadió, dedicándome una mirada fugaz.
Viktor se movió, pero yo fui más rápida. Antes de que pudiera hacer una estupidez, me levanté de la silla y enredé la mano en la parte de atrás de su frac.
—Doctor Frank —dije.
Su mandíbula se tensó, pero no hizo nada más. Meyer, satisfecho con lo conseguido, se dio la vuelta y se alejó hasta una mesa donde lo esperaban cuatro comensales.
Yo relajé los dedos y dejé caer la mano.
—¿Por qué ha dicho eso? —pregunté.
Viktor me miró y me señaló la silla para que volviera a tomar asiento. Después, ocupó el suyo. Se apretó el puente de la nariz con cansancio antes de responder.
—Meyer se encontraba esperándome en mi laboratorio aquella noche —dijo—. Cuando regresé de la sala de operaciones después de llevar a cabo el experimento Demiurgo, él supo que había sucedido algo.
Tragué saliva.
—¿Conocía el experimento?
—No. Pero sospechaba que estaba incumpliendo la ley. Por supuesto, estaba deseando pillarme.
—¿Fue él quien le habló al Consejo sobre ello?
Viktor lo miró. Se había sentado dándonos la espalda.
—No me cabe duda. —Respiró hondo y me miró—. Ahora, vamos a disfrutar del eintopf .