En el corazón del monstruo 25. LA TORTURA NO ES ILEGAL
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25. LA TORTURA NO ES ILEGAL

L A TORTURA NO ES ILEGAL

Fueron apenas tres segundos y, después, la sensación desapareció.

Con recato, me llevé los dedos al interior del cuello del vestido, a la cicatriz, para descubrir con alivio que seguía cerrada y sana, pero ya no había rastro de suciedad.

Sentí una descarga tan grande de angustia que no pude evitar echarme a reír.

El tizne había desaparecido de mi ropa también.

Una fase. Había retornado una fase. La cicatriz debía de estar tan impecable como tres segundos antes.

Viktor me miró ante mi repentina diversión.

Las cabezas de los alquimistas se fueron volviendo una a una hacia mí como si hubiera enloquecido.

Los ojos de Viktor me contemplaron primero con sorpresa y, poco a poco, su expresión fue cambiando para dar paso a una emoción similar a la mía.

Mi risa era tan fresca y sincera que empecé a contagiarlo.

Su estado estoico se convirtió en algo más vivo, llegando a dibujar incluso una sonrisa preciosa y llena de luz.

Otro en algún otro lugar del salón empezó a reír también. Y después otro, y otro.

El salón se transformó en ruidos de risas, exclamaciones de sorpresa y murmullos incesantes sobre lo sucedido.

La mayoría de las personas sentirían quizá algún cambio en su ropa interior, o tal vez una peluca, si es que había alguna, se había deshecho.

El salón de actos también había cambiado, la pintura de las paredes se había corroído, los asientos se habían desanclado del suelo, la moqueta parecía haber sido despedazada por ratones.

Mis razones para reír eran otras, pero se mezclaban como una más entre la multitud.

Viktor se inclinó hacia mí.

—Es la primera vez que la escucho reír, señorita Allen —dijo.

Yo me llevé los dedos a la boca, tratando de calmarme.

—No he podido evitarlo.

Me removí en el asiento. Sentía mi túnica interior y mis medias como marañas de hilos sin tejer, sumamente incómodos. Pensé en la señora Bauer y en la suerte que tenía de haberse quedado fuera.

—Tampoco le había visto sonreír así nunca, doctor Frank.

—Me ha contagiado usted.

Apreté los labios. Podría vender mi alma al diablo si con ello consiguiera que aquella expresión risueña permaneciera siempre en sus ojos.

Y él parecía pensar lo mismo: su mirada se intensificó y se clavó en mis labios, que aún tenían la huella de la risa que había liberado.

Casi parecía desear devorarla, y yo podría haber saltado en aquel mismo instante a sus brazos.

Su mano, apoyada en su asiento, se cerró sobre sí misma con fuerza.

Su mandíbula se tensó. Su nuez subió y bajó.

Abrí la boca, no sé exactamente por qué ni con qué intención, y aquello pareció entregar a Viktor la fuerza suficiente como para liberarse de lo que fuera que estaba a punto de arrastrarnos a la imprudencia.

Giró la cabeza y devolvió su atención a Kraus.

Una voluntad para la que yo necesité todo el minuto que dio el profesor para recuperar el tizne de nuestras ropas y el aspecto glorioso del salón de actos.

Cuando la demostración concluyó, Kraus dispuso todo para el siguiente científico y se dirigió a nosotros, que habíamos terminado más lejos el uno del otro de lo que al menos yo había pretendido.

—Joven Stone, ¿me permite? —dijo Kraus, invitándole a liberar aquel asiento que había sido suyo el día anterior. Stone podría haberse negado, pero habría llamado la atención por negarle algo a un profesor de aquella talla.

—Claro —dijo, por tanto, y con el gesto contrariado, se alejó para ocupar otro lugar.

Kraus se desplomó en el asiento junto a Viktor.

—¿Le ha gustado, señorita Allen? —me preguntó.

—Me ha sorprendido su investigación. Jamás habría pensado que el material con el que se crea la fórmula alquímica pudiera tener una capacidad así de amplificación.

Kraus expuso la tiza y la miró.

—Puede que ya se lo haya dicho Frank, pero el material lo es todo.

—Me tendió el trozo de amonio aglutinado con resina.

Yo lo cogí con cuidado. Estaba suave al tacto y cálido—.

La sal de amonio calcinada actúa como vector de expansión.

La tiza libera esa sal y reacciona con el aire.

El amonio actúa como transporte, llevando el símbolo a cada rincón del salón cerrado.

—¿Cómo se les ocurren estas cosas? —pregunté, admirando la tiza entre mis dedos.

—Conociendo bien los elementos de la naturaleza —respondió—.

Nunca sale a la primera, por supuesto. Ya ha escuchado que estuve a punto de darme por vencido después de usar toda clase de combinaciones para la tiza.

—Se inclinó hacia mí, casi cayendo en el regazo de Viktor—.

Probé hasta con polvo de coral seco, pensando que su origen marino lo haría sensible a la vibración del aire, que lo seguiría como si fuera una marea más.

—Sonrió y continuó con tono burlón—. Lo único que logré fue dejar humedades rosas por todo mi despacho.

Frank envió por aquella época varias cartas con olor a mar cuando se quedaba en casa.

—Sí. Gracias, Kraus.

El aludido soltó una carcajada. Yo le tendí la tiza para devolvérsela, pero me dijo que me la ofrecía como regalo por haber sido testigo de su hazaña, algo que ocuparía durante largo tiempo las revistas de ciencia. Viktor sonrió ante la verborrea engreída de su amigo.

Después, comenzaron el resto de las demostraciones de la primera mitad de la mañana.

De vez en cuando Kraus y él intercambiaban alguna opinión que yo escuchaba encantada.

Me sentí afortunada de poder presenciar todo aquello y me juré a mí misma que haría todo lo posible por traer a Emily en la próxima ocasión.

Cuando acabaron las demostraciones, la multitud se dirigió a otro salón. Viktor decidió, sin embargo, no formar parte de la reunión.

—Me gustaría enseñarle Hamburgo a la señorita Allen —le dijo a Kraus.

—Y no te fías del Consejo.

—Y no me fío del Consejo.

—Ya veo. —Kraus me sonrió—. Señorita Allen, la veré en casa. No deje que Frank la convenza de que Hamburgo tiene peor carácter que Londres. Le aseguro que la gente es más cercana.

—Le creo, profesor.

Me subí al carruaje emocionada. La expectativa de pasar tiempo con Viktor me hacía sentir más viva que nunca.

La garganta se me cerraba por el deseo de reír y mi piel se volvía sensible al contacto, como si deseara acoger cuanto antes los dedos de Viktor.

Entendía que la presencia de la señora Bauer hacía aquello algo improbable, pero a mi cuerpo no le importaba.

Viktor se sentó frente a mí y, con un zapato, rozó el mío. La señora Bauer, a mi lado, dirigió la mirada al exterior, quizá para darnos toda la privacidad que le era posible.

Viktor dio dos golpes en el techo y el carruaje comenzó a moverse.

—¿Adónde vamos?

—Primero, a comer. Después, ya veremos.

—¿Cree de verdad que el Consejo habría vuelto a molestarnos?

Viktor se acarició la barbilla.

—Prefiero prevenir.

—¿No sabe quiénes pueden ser?

—Sospecho de algunos, pero no tengo ninguna certeza.

Me acerqué un poco, intrigada.

—¿Cómo los eligen? —pregunté—. Es decir, ¿cómo han llegado hasta ahí esas personas?

—Cuando se formó el Consejo por primera vez, se hizo a votación —respondió—. Cada uno de esos científicos escogidos seleccionó a su sucesor escribiendo su nombre en una carta cerrada con su sello. A su muerte, la carta llegaba a esta persona junto con su máscara. Y así ha sido hasta día de hoy.

—Me cuesta creer que ni siquiera se lo hayan confesado a un amigo o familiar.

—Una vez tomas la decisión de llevar la máscara, una fórmula de alquimia grabada en ella contiene el secreto. No importa si lo has revelado antes, durante o después. Las palabras se deshacen en el aire, la tinta se evapora y los recuerdos se emborronan —me explicó.

—Entonces, ¿existe la opción de negarte?

—Sí. Si te nombran sucesor, puedes rechazarlo, tachando tu nombre y poniendo otro en su lugar. La nueva carta con la máscara llegará a esa nueva persona y tú no recordarás nada.

—¿Cómo han conseguido mantener viva esa fórmula tanto tiempo? ¿A nadie se le ha ocurrido tratar de sabotearla?

—¿Por qué iban a querer sabotearla?

—Tienen demasiado poder.

—Sí —respondió—. Y gracias a eso, la alquimia se controla, señorita Allen.

Merezco ser perseguido y condenado por lo que hice, aunque no me entusiasme la idea.

Los delitos deben castigarse. Si no, el mundo se hundiría bajo el peso de la alquimia y su poder.

La existencia del Consejo es necesaria, y el secreto de los integrantes, también.

Se evitan con ello chantajes y sobornos.

—¿Y si alguien es inocente, pero han decidido condenarlo?

—Raras veces condenan sin pruebas.

—Pero pueden .

—Sí. Pueden. —Se inclinó y apoyó los antebrazos en las piernas—. Señorita Allen —dijo con el tono de quien sospecha que va a ser testigo de un asesinato—, no piense en hacer ninguna absurdidad.

—No iba...

—No —me cortó con rotundidad—. Porque tratar de atentar contra el Símbolo del Consejo está castigado con la muerte.

—Un castigo demasiado severo.

—Señorita Allen.

—No voy a tratar de hacer nada. —Resoplé—. Solo pienso que no debería ser así.

Viktor no respondió. Sabía que estaba en parte de acuerdo conmigo, pero él era más práctico: las sombras llegaban más rápido a los delitos que un alguacil cuestionando a un sospechoso de frente.

Era imposible esconder tus actos a un fantasma.

Incluso a Viktor lo habían cazado, a pesar de no quedar de aquella sala de operaciones más testigo de lo ocurrido que él mismo.

Y los monstruos. Pero dudaba que estos fueran a exponerse y arriesgarse a ser perseguidos.

—¿Dónde vamos a comer?

—Cerca de la villa de Kraus, en un Gasthaus próximo al canal Alsterfleet.

—¿Qué es un Gasthaus?

—Un restaurante. Quiero que pruebe el eintopf . Es un guiso tradicional alemán.