En el corazón del monstruo 24. LA DEMOSTRACIÓN DEL PROFESOR KRAUS
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24. LA DEMOSTRACIÓN DEL PROFESOR KRAUS

L A DEMOSTRACIÓN DEL PROFESOR K RAUS

Cuando terminé de vestirme, tuve claro que el problema de haber venido a Hamburgo era mayor de lo que en un principio creía.

No solo estaba en riesgo que Viktor descubriera quién era yo con ayuda de su colega y el dichoso símbolo de localización, sino que, además, había comprobado que algún tipo de reacción desconocida podía hacer que se me abriera la espalda, literalmente, y que empezara a sangrar.

Por no hablar del Consejo y su manía persecutoria, que buscaba una prueba del delito del doctor Frank.

Una prueba que habían tenido delante de sus narices.

No estaba a salvo. De ninguna manera.

Y, sin embargo, cuando me reuní con Viktor en el hall , su mirada me abrazó de tal manera que me sentí más a salvo que si estuviera en Londres a seiscientas millas de allí.

—Señorita Allen —dijo, tendiéndome la mano para ayudarme a bajar los últimos escalones—. ¿Está preparada para el segundo día del congreso?

Me apoyé en sus dedos como si fueran más un sostén que un gesto amable nada funcional. Si él se dio cuenta, no dijo nada.

—¿Qué veremos hoy? —le pregunté cuando pisé el mármol.

—A mí —dijo Kraus a nuestra espalda. Tenía la mirada iluminada por la ilusión propia de un niño y la picardía de un adulto descarado.

Lo único que llevaba consigo era una tiza que lanzaba al aire de forma distraída.

Anthony lo seguía por detrás con su abrigo—.

Espero que esté preparada para contemplar la alquimia en todo su esplendor.

Miré a Viktor con una pregunta silenciosa.

—El profesor Kraus tiene una habilidad particular que le encanta demostrar —me explicó, con la voz de quien ha repetido la misma historia decenas de veces.

Arrugué el ceño.

—¿Qué habilidad?

Kraus me dedicó una sonrisa torcida.

—Vamos a amplificar la potencia de la alquimia, señorita Allen —dijo, guiñándome un ojo.

Yo miré la tiza, que se alzaba en ese momento. El movimiento pareció ralentizarse de pronto mientras comprendía el significado de sus palabras. Seguí la tiza casi en trance, bloqueada por una sospecha, hasta que cayó de nuevo a su mano. Hablé sin ser apenas consciente:

—¿Estuvo practicando anoche, profesor Kraus? —susurré.

—No pensará que iba a presentarme en la Akademie sin haber asegurado el conocimiento.

—No. Claro.

Forcé una sonrisa como bien pude y me dejé guiar hacia el carruaje que ya nos esperaba en el exterior. Cuando estuvimos acomodados, me removí en mi propio asiento, intranquila. No pude evitar preguntar otra vez por la demostración de Kraus.

—Y... ¿qué experimento potenciará exactamente? —dije, alisándome la falda del vestido varias veces.

—El Retorno —respondió. Tuve que entrelazar las manos para no enredarlas con una fuerza desesperada en la falda—.

Es de lo más sencillo y, aun así, visual.

Por supuesto, solo será una fase. No queremos que la ropa se convierta en hilos ni la piel de animal de algún abrigo en tejido muerto.

—Rio—. Se preparará a los asistentes, manchando sus trajes con un poco de tizne antes de entrar al salón de actos y asegurándonos de que ninguno haya sufrido en algún momento de su vida una fractura o lesión interna. Eso es algo que no podríamos salvar.

Tragué saliva.

—Y... ¿no es arriesgado? —dije—. Podría afectar a los viandantes próximos a la Akademie.

—No se apure, señorita Allen. Solo afectará a todo aquel que se encuentre en el salón.

Miré a Viktor, que contemplaba la calle en silencio. Me aclaré la garganta y me atreví a lanzar un comentario para tantear la situación:

—¿No cree que es interesante, doctor Frank? Podría usarlo contra sus monstruos.

Él respondió distraído:

—No los mataría. La alquimia tiene sus límites en lo que a muerte y vida se refiere.

Para quitar vida, es necesario emplear el cuerpo físico de la víctima.

Si no fuera así, cualquier loco podría acabar con la vida en la tierra.

—Me miró—. La naturaleza es astuta, señorita Allen.

El Retorno amplificado solo abriría las cicatrices que unen cada parte, y, como cualquier herida, se volverían a curar después.

Con el experimento de Kraus ni siquiera durarían un minuto abiertas. Hará una demostración temporal.

Dicho todo aquello, volvió a mirar por la ventanilla.

Yo guardé silencio. No podía entrar en el salón.

No podía decir que tenía una cicatriz, no podía mentir, no podía...

Traté de respirar hondo y guardar la calma.

Me concentré en el traqueteo irregular del carruaje, en el sonido del agua de los charcos salpicando la calzada cuando las ruedas pasaban por encima, en el murmullo constante de la gente y en el repiqueteo incesante de las herraduras de los caballos sobre los adoquines mientras nos transportaban a trote por las calles de Hamburgo.

Miré por la ventanilla hacia el cielo oscuro de mediados de otoño.

El gris parecía absorber todo el color de la ciudad.

No había verdes, lilas ni celestes. Las mujeres vestían en tonos marrones, los hombres, con negros y marinos.

Ni siquiera el tapizado rojo de los asientos del carruaje tenía color.

El terciopelo no era más que un granate sin vida. Todo estaba muerto.

Cerré la cortina y mantuve la mirada fija en las manos entrelazadas con fuerza mientras Kraus abría una conversación con Viktor cada uno hablando en su lengua natal.

Decidí regresar al problema que se me había presentado.

Librarme de aquello sin una mentira iba a ser complejo. Sopesé la idea de salir corriendo en cuanto el carruaje se detuviera, pero las explicaciones que tendría que dar más tarde serían peores que mentir previamente.

Me mordí el labio para no llorar ni chillar.

El carruaje se detuvo. Mi instinto de supervivencia me gritaba que huyera.

Pero cuando Viktor me tendió la mano para ayudarme a bajar, yo la tomé como una inconsciente.

En sus ojos no había peligro. No me sentía un ratón frente a un depredador, sino algo de valor que proteger.

Su mirada se mostraba atenta y cálida conmigo, a pesar de dirigirse de forma taciturna a todo el que se detenía a saludarlo una vez entramos en la Akademie.

Sus respuestas secas y su tono frío se disolvieron cuando se quedó a solas conmigo y la señora Bauer, que permanecía a un par de pies discretos. Kraus nos había dejado y se había adelantado para prepararlo todo.

—Está inquieta por algo, señorita Allen —dijo Viktor.

—No estoy inquieta. —No. Lo que sentía era pavor. Me aclaré la garganta—. Hay muchos alquimistas con demostraciones interesantes —dije—. Pero no veo nada que no pueda hacerlo otro de peor o mejor forma. ¿Por qué exponen sus experimentos?

—Las demostraciones conllevan una investigación previa.

No demuestran solo su capacidad de hacerlo, sino que es posible hacerlo.

Los científicos siempre buscan nuevas formas de reinventar la alquimia.

Nadie antes había pensado en potenciar las fórmulas hasta que Kraus comenzó a investigar esa posibilidad y halló la forma de aplicarlas masivamente.

Es sumamente útil para quien necesite realizar alguna tarea que tenga que replicar después.

Con el descubrimiento de Kraus podrá ahorrar tiempo.

—Ya veo.

Se detuvo. Yo interrumpí mi paso de forma abrupta y lo miré. Viktor repasó con los ojos el espacio y, después, me habló en voz baja.

—Marshel, ¿seguro que no hay ningún problema?

Me mordí el carrillo por dentro. Su mirada me acunaba y acariciaba, me calmaba de una manera sobrecogedora.

Tal vez no pasaría nada si se lo contaba.

Tal vez me seguiría mirando así, como si fuera capaz de arrancar de raíz por mí cualquier inquietud y malestar que me atormentara por muy profunda que estuviera internada en la tierra, como si pudiera interponerse entre una fiera y yo. Tal vez...

—Viktor...

—Doctor Frank, señorita Allen.

La voz del joven Stone interrumpió mis palabras. Viktor apretó la mandíbula y dirigió al intruso una mirada de aversión.

—Disculpen, ¿interrumpo algo?

Sonrió. Y supe a ciencia cierta que lo había hecho a propósito.

Este caballero no se parecía a su abuelo.

Ni mucho menos. Comprendí entonces que lo que me había dicho Viktor el día anterior era cierto: a Stone no le interesaba hacer amigos; le interesaba mi relación con el doctor Frank.

¿De verdad buscaba hundirme solo por haber venido como estudiante invitada por él mismo? ¿Tan terrible era la envidia?

—¿Qué quiere, Stone? —preguntó Viktor con una voz cargada de hastío.

—Me gustaría unirme a ustedes en la demostración de su amigo. Creo que puedo aprender de sus comentarios, doctor Frank.

—No habrá comentarios —espetó. Después, me miró—. Señorita Allen —dijo, invitándome a continuar andando.

Yo obedecí. Decidí no dedicarle ni una sola mirada a Stone.

Viktor no le volvió a dirigir la palabra y ambos nos alejamos por el pasillo en dirección al salón.

Lo noté, sin embargo, muy cerca, como si se propusiera seguirnos hasta los mismísimos asientos.

Me sentí repentinamente enfurecida, y a un paso estuve de darme la vuelta y rugirle.

Viktor, por el contrario, parecía relajado.

Tal vez Stone lo desquiciaba tanto como a mí, pero sabía guardar sus emociones si la situación lo requería.

Y parecía claro que mostrar irritación en aquel momento era un claro signo de culpabilidad.

Así que me tragué el enfado y seguí caminando, con el paso acelerado para no perder el suyo.

Pero solo cuando alcanzamos las puertas del salón pude desligarme por completo del problema que suponía Stone para centrarme únicamente en el incipiente terror que iba a vivir allí dentro.

Un hombre de servicio se encontraba a un lado, marcando de tizne las ropas, sombreros, abrigos, etcétera, de los asistentes. Algunos se habían quedado a las puertas, lamentando un esguince por la caída de un caballo u otras lesiones que les imposibilitaban la entrada a la demostración.

Podría decirle a Viktor que había sufrido una fractura en algún momento, o que me encontraba enferma desde esta mañana y no había querido preocuparlo.

Podría excusarme de una decena de formas.

Pero no tenía aquella capacidad. La mentira era un lujo del que yo carecía.

Podría ser algo positivo desde el punto de vista moral, pero lo cierto era que me hacía complicada la existencia.

Me dejé tiznar el vestido y los zapatos. Pensé en la ropa interior, pero supongo que Kraus permitiría que los asistentes aguardaran a que todo regresara a la normalidad antes de salir del salón.

Viktor me permitió el paso en primer lugar, y me guio después hacia los mismos asientos que habíamos ocupado el día anterior. Yo lo seguía como si fuera una extensión de él, sin pensar, bloqueada por el miedo y la incertidumbre. ¿Qué pasaría cuando empezara a sangrar?

Trastabillé con uno de los asientos y por poco caí sobre Viktor. Logré sostenerme en el respaldo de uno antes de chocar con su espalda.

Cuando Viktor me permitió pasar en primer lugar hasta mi asiento, me temblaban las manos y me castañeteaban los dientes, como si la temperatura del salón hubiera descendido de golpe hasta rozar el invierno nevado de Londres. Me senté al borde del asiento, cayendo por poco al suelo.

Sabía que Viktor me estaba mirando. Sabía que sus pensamientos giraban en torno a mi extraño comportamiento.

Podía sentir sus ojos clavados en mí, su cuerpo inclinado suavemente hacia el mío, como si quisiera que supiera que estaba ahí si lo necesitaba, a mi disposición.

No iba a volver a cuestionarme por mi estado, de eso estaba segura.

Y no haría falta. No en cuanto Kraus activara el símbolo.

El salón se fue llenando poco a poco, un goteo que más bien parecía la arena de un reloj vital a punto de llegar al final.

Por cada persona que entraba, por cada asiento que se ocupaba, un grano caía, vaciándolo de tiempo.

Tragué saliva y miré hacia Kraus, que ya tenía todo dispuesto, retorciéndome los dedos de las manos.

Cuando regresé la vista al salón, ya casi se había completado el aforo.

Me llevé la mano al borde del vestido, al comienzo de mi espalda, pero inmediatamente después corregí el gesto y miré de reojo a Viktor.

Parecía concentrado en sus propios pensamientos.

Con el codo sobre el respaldo, muy cerca del mío, y el tobillo cruzado sobre su rodilla, la imagen que proyectaba era segura y relajada.

Ni siquiera Stone, que se había sentado a su lado, parecía sacarlo de dondequiera que se hallara su mente.

Las puertas se cerraron de golpe, haciendo que diera un respingo.

Me hundí en el asiento hasta que di con la nuca en el respaldo, en el extremo más alejado de Viktor. Si empezaba a sangrar, tal vez podría ocultarlo momentáneamente, allí, entre la penumbra de la zona de los asientos del salón de actos. Hasta que se cerrara la herida de nuevo. Y luego...

Kraus comenzó a hablar. Empezó a exponer su investigación, la teoría, y, después, la práctica. Seguí el trazo de la tiza con agonía, como si, en lugar de estar pintando una espiral en la pizarra estuviera envolviendo mi cuello con una soga.

Y, entonces, antes de que pudiera terminar el último trazo, una idea me alcanzó como una flecha. Deslicé los dedos sobre el tizne del vestido y me ensucié la cicatriz en el mismo momento que Kraus activaba la fórmula.

Un tirón en mi nuca casi hizo que chillara.