23. UNA TRANSMUTACIÓN CONVERTIDA EN SANGRE #2
Entonces recordé el Símbolo del Retorno.
Eso era lo que necesitaba. Pero había que usarlo con precaución.
El Símbolo del Retorno devolvía el material a su forma original.
Si las sábanas eran de algodón, las desharían hasta convertirlas en meros hilos, por lo que necesitaba añadir una marca para que retornara al momento oportuno.
Un estado. Solo necesitaba deshacer un estado.
Así que, después de frotar el jabón hasta hacer espuma, dibujé en la superficie del agua el símbolo, añadí también el del tejido para especificar el material a tratar y, a su lado, el número uno romano.
Después, hundí la mano izquierda en el agua y, con ella, el símbolo hecho con espuma.
Entre el jabón, la sangre pareció vibrar.
La fórmula estaba usándola como compensación.
—Si me necesita, estaré aguardándola aquí mismo.
Me mordí la lengua para no responderle con un agradecimiento, pues la sentía entumecida y torpe mientras contemplaba con impaciencia las telas.
Fueron dos segundos eternos. Entonces, la sangre comenzó a liberarse del camisón, las sábanas y la almohada con lentitud, tiñendo el agua hasta hacerla parecer vino.
Liberé una exhalación de alivio tan larga que sentí los pulmones exprimidos hasta casi tocarse una pared con otra.
Me levanté del suelo con el esfuerzo de quien pasa días en la misma postura, débil y exhausta, y me envolví en una bata de seda negra que me resultó más pesada y fría que el invierno en el cuartucho.
Me dirigí a la puerta, dubitativa, y giré despacio la llave. Abrí apenas lo suficiente para ver y ser vista.
Encontré a Viktor mirando su reloj de bolsillo, lúcido, como si llevara tiempo vestido y atareado.
La señora Bauer se encontraba a su lado, con las manos entrelazadas en su regazo.
Nada más abrir, ambos rostros se alzaron para mirarme.
Viktor dijo algo en alemán que hizo que la señora Bauer se perdiese por el pasillo.
Después, se acercó, con una única arruga en su ceño como muestra de preocupación.
—Estás enferma.
Tardé un momento en responder, perdida por un instante en el movimiento de sus labios. Casi podía sentirlos de nuevo contra los míos. Me ruboricé sin poder evitarlo y agité la cabeza, cerrando un poco la puerta para evitar exponer el color de mis mejillas.
—Solo... —me pasé la mano por el pelo— me he mareado al levantarme—. Me aclaré la garganta—. Estaré bien.
Viktor se acercó un paso más, hasta que cubrió por completo el pasillo con su cuerpo y dejé de poder ver otra cosa que no fuera él. No me creía.
—Si es por lo que sucedió anoche —susurró, mirándome los labios—, lamento muchísimo mi atrevimiento, Marshel.
—Yo no —respondí demasiado rápido.
Me di cuenta entonces de que tenía la mano tan aferrada al picaporte que se me habían puesto los nudillos más pálidos de lo que tenía ya la propia piel.
No me atreví a aflojar el agarre, temiendo que los dedos se tomaran el atrevimiento de aferrar a Viktor del cravat y arrastrarle al interior del dormitorio.
Así que, con una mano en el picaporte y la otra sosteniendo la lazada de la bata, tragué saliva y contemplé el rostro dubitativo de Viktor.
Era la primera vez que veía en él una clara inseguridad, pero verdaderamente no parecía tener idea de cómo proceder.
La profundidad de sus ojos mostraba un enredo de posibilidades, y su cuerpo se encontraba a una intención de perderse en el mío.
Nos habíamos inclinado el uno hacia el otro sin ser conscientes.
Casi respiraba el aire que Viktor expulsaba.
La mano que tenía enredada en la lazada de la bata pasó a enredarse en su chaleco. Viktor colocó la mano sobre la mía, y unió nuestras frentes con suavidad, haciendo que la puerta se abriera más.
—¿Es esto lo que quieres, Marshel?
Asentí. Y, entonces, Viktor dio un paso atrás.
No entendí su reacción, hasta que escuché unos pasos aproximarse por el pasillo.
Me recoloqué la bata y el pelo torpemente, como si acabase de cometer un delito y tuviera que fingir inocencia.
Viktor, por el contrario, permaneció sereno, igual que la noche anterior.
No sabía de dónde había sacado tanto estoicismo, pero era urgente que me transmitiera esa habilidad si yo pretendía que sus labios estuvieran pegados a los míos varias horas al día.
Inclinó suavemente la cabeza hacia mí.
—Señorita Allen —se despidió.
Una pequeña arruga en la comisura de su boca fue lo único que me confirmó que había comprendido mis deseos y que estaba dispuesto a contentarlos. Cuando la señora Bauer entró en escena, él ya se alejaba por el pasillo en dirección a las escaleras.
La dejé pasar, sumida en una extraña nube de felicidad. Hasta que la señora Bauer emitió un extraño ruidito antes de pronunciar un cuidadoso «¿miss?» a mi espalda.
Recordé de pronto lo que había dentro del dormitorio.
Cerré corriendo y me dirigí inquieta a la mujer, que contemplaba el barreño. No fue necesario, sin embargo, que explicara nada. Me señaló el vientre, intuyendo que se trataba de la menstruación y procedió a llevarse el barreño sin aguardar una respuesta.
Yo lo seguí con la mirada mientras el agua teñida de sangre se balanceaba en su interior.
Me pasé las manos por la cara. La cicatriz estaba curada.
Ambas, espalda y cintura, llevaban siendo apenas un hilo rosado desde hacía casi dos años.
Y, sin embargo, la primera se había abierto, igual que lo habían hecho las del Sexto Monstruo hasta convertirse en trozos inservibles de carne.
Me acerqué al tocador y me bajé un poco el cuello de la bata para mirarme la parte alta de la espalda.
Toqué con los dedos aquella línea suave e imprecisa.
Lo único que podía haber hecho que se abriera era la alquimia.
Si alguien en esta casa había hecho alguna transmutación durante la noche, esta me había afectado de alguna forma. Necesitaba saber qué había sucedido.
No esperé a que la señora Bauer regresara. Me quité la bata y me empecé a vestir.