En el corazón del monstruo 23. UNA TRANSMUTACIÓN CONVERTIDA EN SANGRE
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23. UNA TRANSMUTACIÓN CONVERTIDA EN SANGRE

U NA TRANSMUTACIÓN CONVERTIDA EN SANGRE

La primera reacción de Viktor ante el contacto fue alejar su rostro del mío.

Pensé que lo había espantado, pero lo que vi en sus ojos distaba mucho del miedo.

Me contempló como si fuera la respuesta a su pesar, la luz del oscuro mundo en el que llevaba sumido mucho tiempo.

Viktor Frank me miró con una intensidad que inundó de calor mis mejillas.

Y, después, volvió a unir nuestros labios con un hambre voraz.

Con una mano envolvió mi mejilla y con la otra, mi cintura.

Me llevó tras la puerta, que aún permanecía abierta, en un rincón oculto al resto del mundo.

Mi cuerpo respondió. Me puse de puntillas y me abracé a su cuello mientras abría la boca para recibir la caricia de su lengua contra la mía.

Sabía a licor dulce, tan en consonancia a su beso que creí por un momento que me fallarían las piernas ante cada estímulo.

Todo era nuevo, todo era poco. Quería fundirme con él, besarlo hasta saciarme.

Su lengua me provocó un escalofrío. Gemí sin poder evitarlo.

Y, entonces, Viktor se separó con suavidad de mí de nuevo, apenas un poco, sin que sus labios dejaran de rozar los míos. Parecía tan exhausto como yo.

—No... —susurró.

Su pecho subía y bajaba erráticamente mientras sus dedos dibujaban líneas imprecisas en mi cintura. Me acarició la comisura de la boca con el pulgar de la mano que me acunaba la mejilla. Y, después, llevó los labios a mi frente en un suave recorrido por mi piel.

—No puedo ofrecerte nada, Marshel. No por ahora —se lamentó.

Mis manos descendieron por su pecho para aferrarse a su camisa.

—Ya lo sé. No me importa —susurré, sin aliento—. Quiero que me beses otra vez.

Lo sabía. Sabía por qué no podía, por qué no quería. Sus creaciones estaban sueltas y amenazaban todo a su alrededor.

Viktor apartó los labios de mi frente y me miró. Su cuerpo seguía caldeando el mío. La mano que tenía en mi cintura se deslizó hacia mi espalda. Los dedos que antes me acunaban la mejilla ahora llevaban un mechón de mi cabello tras la oreja.

—Bésame otra vez, Viktor —repetí.

Y él me besó. En esta ocasión, el beso fue más medido, como si quisiera conocer con precisión cada uno de los rincones de mi boca.

Su mano se hundió en mi cadera, su cuerpo se apretó contra el mío.

Yo me perdí en todas las sensaciones que despertó en mi interior.

La parte baja de mi vientre estaba en llamas.

Quería más. ¿Qué más podía darme? Mi cuerpo parecía insatisfecho de alguna manera que no llegaba a comprender.

Trastabillé con la estantería que quedaba a nuestro lado, haciendo que los libros se tambalearan y que uno cayera al suelo. Viktor se aferró a un estante mientras profundizaba el beso y, entonces, escuché unos pasos acercándose.

Él reaccionó antes que yo. Se separó de golpe y ambos nos quedamos quietos.

Yo, fuera de mí. Él, con una calma que envidié por completo.

El único signo que delataba que había formado parte de una escena inapropiada era el cuello de la camisa que yo había tenido la poca vergüenza de descolocar.

Yo, por el contrario, sentía los labios hinchados, la respiración acelerada y las mejillas rojas.

Viktor se llevó el dedo a los labios, instándome silencio.

Los pasos avanzaron por el pasillo con familiaridad, con la única compañía de lo que parecía la luz de una vela.

Se colocó la camisa, alisó las mangas de mi camisón y, tras dedicarme una fugaz caricia en la mejilla con el dorso del dedo, franqueó la puerta, cogió la lámpara de la mesita, y me miró una última vez con la mandíbula apretada antes de cerrar y dejarme sumida en la oscuridad.

La voz de Kraus llegó entonces a mis oídos, amortiguada por la pared. Le dijo algo a Viktor en alemán que obtuvo como respuesta un monosílabo seco. Después, los pasos de ambos se alejaron y yo apoyé la espalda en la puerta tras una larga exhalación, aún con el corazón desbocado.

Me llevé la mano a los labios. Nunca me habían besado.

Estaba pisando un terreno peligroso. Estaba acercándome demasiado.

Pero me resultaba imposible escapar. Me aproximé a la ventana cuando empecé a acostumbrarse a la oscuridad, y contemplé el cielo estrellado.

Viktor Frank era una maraña de pasadizos y laberintos que escondían garras capaces de destruirme de las formas más dolorosas, y yo, como una estúpida, estaba segura de que al final, lejos de todo aquel peligro que él suponía para mí, hallaría un arco celestial tras el que podría descansar en paz, a su lado, sin amenazas.

Ilusa.

Me cogí un mechón de pelo y empecé a amasarlo como si pudiera dar forma a una decisión.

Podría dejarlo estar, podría ignorar lo sucedido, ignorarle a él y centrarme en el conocimiento que estaba aportándome el congreso.

Podría regresar a Londres, abandonar la academia y la ciudad y mudarme al campo para disfrutar mi vida.

Podría hacer decenas de cosas para alejarme de Viktor Frank.

Pero ninguna de ellas me hacía feliz. Estaba dispuesta a hacer peligrar mi existencia por compartir mi tiempo con la persona que estaba decidida a destruirme.

¿Cómo podía anteponerlo a él por encima de mi bienestar?

¿En qué se basaba aquella decisión tan distante al instinto de supervivencia?

Volví a llevarme la mano a los labios. Una emoción fina, afilada como la hoja de un cuchillo recién estrenado, empezó a revolverse en mi interior, sesgando a su paso cualquier signo de duda.

Había algo en mí dispuesto a defender lo que fuera que estuviera sintiendo.

Partió por la mitad vacilaciones, destripó miedos, amenazó decisiones y escudó el recuerdo del sabor de los labios de Viktor como si fuera la joya más valiosa.

Regresé a mi dormitorio aquella noche con la necesidad opresiva de contarle todo aquello a Emily. Pero, tras encender una vela y sentarme frente al tocador, no fui capaz de revelarle ni uno solo de mis pensamientos e inquietudes.

Cuando la señora Bauer llamó a la mañana siguiente a la puerta de mi dormitorio, yo sentía que no había dormido en absoluto. El cuello me sudaba y, tras incorporarme y sentarme al borde de la cama, me sentí mareada y agotada.

Me levanté despacio, diciéndole a la mujer que esperase un momento, aunque sabía que no iba a entenderme, y me acerqué a la mesita que contenía la jarra con agua y un vaso.

Mientras bebía, dirigí la mirada a mi reflejo en el cristal del tocador.

Lo primero que vi fue una tez gris y enfermiza que no había visto hasta entonces.

Lo segundo, un hilo colorado a un lado del cuello.

Me giré un poco para ver qué era y, si mi piel estaba antes gris, se tornó pálida al momento.

Tenía el cuello empapado en sangre. Me llevé la mano a la nuca con urgencia mientras sentía la habitación inclinarse, y, abandonando el vaso y trastabillando con la mesa, me acerqué al cristal para analizarme más de cerca.

Descubrí con espanto que parte de la cicatriz se me había abierto.

Se me cortó la respiración. Y la señora Bauer volvió a llamar.

—No...

Corrí hacia la puerta. Con dedos torpes, cerré con llave.

Me temblaban las manos, y la sangre, aunque seca, ahora que la había visto, pesaba como plomo.

Me dirigí al barreño, ahogada en náuseas, y traté de limpiarme la herida lo mejor que pude.

La cicatriz se me había abierto durante la noche, pero, al palparme bien, me di cuenta de que se había vuelto a cerrar en algún momento.

Yo, que pensaba que estaba nadando en sudor, en realidad nadaba en sangre.

Me quité el camisón, teñido de rojo, igual que las sábanas, e hice una bola con él para abrazarlo con desesperación.

¿Qué podía hacer? El corazón me latía en las sienes y, por mucho que miraba a mi alrededor, no encontraba una vía de escape a aquella situación.

La señora Bauer llamó otra vez y dijo algo en alemán.

Después, escuché sus pasos alejarse. Iba a avisar a alguien.

Seguro que sería a Viktor. Empecé a pasear por el dormitorio, con las uñas hundidas entre los dientes.

Terminé por echar el camisón al barreño y por arrancar las sábanas de la cama y la almohada para hundirlas también en agua.

Un símbolo. Necesitaba un símbolo. Diría que lo había echado todo a lavar porque estaba menstruando.

Pero primero necesitaba borrar la sangre del cuello del camisón, de la almohada y de los bordes de la sábana.

Cogí el jabón y clavé las uñas en él sin dejar de pensar mientras caía de rodillas junto al barreño.

Había decenas de símbolos de aceleración. Conocía el de solidez, el de evaporación, el de fusión, incluso el de reproducción. Pero para lavar... ¿qué se usaba para lavar? Siempre había empleado las manos, siempre había frotado. Emily y yo nunca habíamos usado la alquimia para lavar la ropa.

Sentí la urgente necesidad de echarme a llorar.

«Piensa, maldita sea, Marshel».

Llamaron a la puerta. La voz de Viktor sonó preocupada cuando habló.

—Señorita Allen, ¿se encuentra bien?

Tragué saliva, respiré hondo. El jabón apenas era capaz de mantenerse estable entre mis manos.

—Sí. Solo... necesito un momento.