22. AL DIABLO LAS NORMAS SOCIALES #2
No dormí. El sonido del viento era molesto y la cama me resultó más incómoda que el día anterior.
El dormitorio, con toda su amplitud, se me antojó minúsculo.
Terminé levantándome para encender la lámpara y escribir a Emily bajo aquella tenue luz.
Le narré todo lo sucedido aquel día sin saltarme un solo detalle.
Le hablé de la capacidad de Viktor de usar la alquimia como si fuera un ser de otro planeta, del Consejo y de su persecución al doctor, de los experimentos que se habían expuesto en el congreso.
Y de mis miedos. Tras desearme buenas noches y marcharse, me había percatado de la verdadera razón por la que no le había abierto la puerta a Viktor.
No había sido por sentir aún la cicatriz viva; había sido por temor a él.
Si llegaba el momento de tener que defenderme, después de contemplar aquella demostración de poder con el fuego, tenía claro que no iba a salir viva del enfrentamiento.
Si Viktor descubría quién era, estaba definitivamente muerta.
Hundí el rostro entre las manos con cansancio. Tendría que haber seguido el consejo de Emily y haberme quedado en Londres, lejos de él.
Me levanté y me dirigí a la puerta con la lámpara.
Necesitaba caminar y pensar. Cuando salí al pasillo, la señora Bauer no estaba.
Ni ella ni ninguna otra persona. Arrugué el ceño ante aquel rincón vacío.
Tal vez Viktor me había dado tregua, quizá por el desagradable suceso.
Tal vez no quería que tuviera algo que me incomodara también en aquella casa.
Sonreí con cansancio y me recoloqué la lámpara para asirla mejor.
Miré a ambos lados del pasillo, indecisa, y terminé bajando las escaleras para dirigirme a uno de los salones pequeños en busca de algún libro.
Los tramos de suelo que estaban desprovistos de alfombra helaban mis pies desnudos.
Caminé con paso rápido hasta que alcancé la cálida moqueta que cubría el pasillo de las habitaciones del lado este del piso bajo.
Me fui asomando en cada una, en busca de alguna cálida.
Pero antes de que pudiera encontrarla, la voz de Viktor me golpeó en la espalda como la picadura de una avispa.
Di un respingo y me volví cuando me preguntó qué hacía allí.
Sus ojos parecían agotados, y su aspecto distaba mucho de la elegancia que lo había caracterizado durante el congreso.
Llevaba una camisa suelta arremangada, dejando al descubierto la herida del antebrazo, que alguien había suturado y limpiado, y unos pantalones anchos.
Su figura seguía siendo recta y serena, pero parecía más... humano.
—No... no puedo dormir —respondí con un hilo de voz—. Buscaba algo para leer.
Mi mente gritaba peligro, pero mi cuerpo respondía a otras señales.
Respondía a su paso cuidado, su cercanía amable y la calidez con la que envolvió mi mano y retiró de la otra la lámpara para guiarme por el pasillo.
Me dejé llevar, como si fuera inevitable, como si solo existiese aquella posibilidad y la negación no formara parte de mi vocabulario.
—Kraus tiene una pequeña biblioteca que no suele visitar —dijo.
Y continuó hablando de temáticas y cosas nada relevantes para mí en aquel momento.
Solo podía admirar su perfil y sentir sus dedos sobre mi piel.
Cuando abrió una puerta y me invitó a pasar a mí primero, no tenía ni idea de qué era todo aquello que me había estado contando.
Recé por que no preguntara y me interné en la biblioteca ya libre de su contacto.
La tenue luz de la lámpara iluminó un espacio sencillo.
Dos únicas estanterías cubrían las paredes haciendo esquina y un sillón abrigado por una manta de terciopelo parecía aguardar con impaciencia a un lector junto a la ventana.
Al lado, una mesita, quizá para el té, quizá para una vela.
Mis pies descansaban sobre una moqueta de lana marrón.
Cuando me di la vuelta, encontré a Viktor mirándome.
—¿Necesitas algo más? —me preguntó en voz baja mientras dejaba la lámpara en la mesita.
Me alisé el camisón y me abracé para frotarme los brazos.
—¿Por qué estás tú despierto?
Él miró hacia la ventana, hacia la oscuridad de los jardines.
El cristal devolvía el reflejo de nuestros cuerpos encarados, iluminados por la luz cálida de la lámpara, pero Viktor no parecía reparar en ellos, sino en la noche.
Yo, sin embargo, no pude evitar compararnos.
El cabello negro me caía hasta el final de la espalda, enredado y caótico, y el camisón, largo hasta debajo de las rodillas, era demasiado grande para mi pequeño cuerpo.
Viktor, por el contrario, a pesar de su pelo revuelto y las ropas anchas, resultaba imponente.
Era alto y ancho de hombros, fuerte, y parecía inquebrantable.
—Tengo demasiado en que pensar —respondió, cansado.
Tragué saliva y me acerqué. Sus ojos parecían igual de atormentados que la primera vez que lo vi en la taberna. Había llegado a ver luz en ellos, pero ahora... ahora solo había algo taciturno en sus profundidades.
—No sabía que pudieras emplear así la alquimia —dije, tratando de espantar por un momento sus fantasmas.
Él parpadeó y me miró.
—La sangre es el mayor sacrificio que puedes entregar. Si sabes emplearla bien, la naturaleza te dará lo que le pidas. —Se acercó a mí despacio y me mostró el cordón negro que llevaba siempre en la muñeca—. Observa con atención.
Cogí su brazo con cuidado y me incliné para ver más de cerca. Acaricié el cordón, en busca de algo. Allí, entre los hilos que lo conformaban, había un alfiler.
—Así creaste el fuego —comprendí.
Se había pinchado. Sabiendo dónde se encontraba el alfiler, solo necesitaba llevar el dedo de la mano contraria allí y presionar una vez para emplearlo como tinta. Había teñido el aire con su sangre de una forma tan delicada como efectiva.
—Pero entonces —susurré—, ¿por qué no se emplea siempre la sangre en la alquimia?
—Porque la sangre oscurece la transmutación. Y puede traer consecuencias a largo plazo, como corroerte por dentro. Por eso a Kraus no le gusta que la utilice. —Se pasó la mano por el pelo—. Además, es ilegal.
Volví a posar la mirada en la pulsera y a pasar el dedo pulgar por el cordón.
La piel de Viktor se sentía suave y cálida.
No pude evitar deslizar el dedo más abajo, acariciar la línea con la que daba comienzo la palma de su mano.
Entonces, esta se movió rápido, y, con un giro, atrapó mi muñeca y me atrajo hacia él. Me quedé sin respiración.
—No debería estar aquí —dijo, más para sí mismo que para mí. Aun así, no se movió. Casi le rocé el pecho con la barbilla cuando alcé la cabeza para mirarlo.
—No... —respondí con un hilo de voz.
Su mirada parecía torturada. Su mandíbula, sumamente tensa. Coloqué la mano con cuidado sobre su pecho, sobre su respiración, sobre su corazón, que latía al mismo ritmo que el mío. Y, entonces, el brillo de sus ojos cambió. Dio un paso hacia delante, haciendo que yo reculara hasta la estantería.
Su aliento se mezcló con el mío. Sus dedos me acunaron la mejilla.
—No debería estar aquí —repitió, acariciándome con el pulgar el labio de abajo—. No es correcto...
Sentí cómo el corazón se me detenía un momento. Y, después, se me nubló la mente por completo.
—Al diablo las normas sociales —susurré con hambre.
Silencié lo que fuera a decir uniendo mis labios con los suyos.