22. AL DIABLO LAS NORMAS SOCIALES
A L DIABLO LAS NORMAS SOCIALES
No estábamos en la Akademie. Cuando Viktor me guio hacia el exterior por un pasillo tan angosto como oscuro, nos encontramos de pronto con un páramo negro desde donde apenas se apreciaba a lo lejos la luz difusa de Hamburgo.
Estábamos a las afueras, y había caído la noche.
Atrás dejábamos un edificio estrecho y alto.
Las paredes de ladrillo negro estaban cubiertas por una capa de enredaderas que parecían tratar de volcar la construcción.
Los cristales, casi opacos, empañaban el interior.
Tuve que pegar la cabeza a la nuca para alcanzar a ver el tejado a dos aguas que, en lugar de servir como techo para el edificio, se me antojaba más una mano que luchaba para hundirlo.
Viktor me colocó el frac sobre los hombros. Me di cuenta entonces de que estaba temblando.
—Ven —me dijo, tomándome de la mano, y caminamos en silencio hasta alcanzar una distancia prudente del edificio del Consejo. Entonces Viktor me indicó que permaneciera quieta mientras, con una piedra, se hacía un corte en el antebrazo sin inmutarse, como si aquello fuera algo corriente.
—¡¿Qué haces?! —exclamé.
Él no me permitió acercarme. Dibujó un amplio círculo a mi alrededor con la piedra humedecida en sangre. Dentro de él, a mis pies, hizo el símbolo básico del aire y, en su interior, el retazo de un hogar a base de espirales, que representaban el retorno.
Entró en el círculo conmigo y, con suavidad, colocó su mano en mi cintura, bajo el frac, sobre mi cicatriz.
Me quedé sin aliento cuando, poco a poco, sus dedos fueron deslizándose hacia mi espalda y, una vez allí, me atrajeron hacia su cuerpo.
Sus ojos, vagamente iluminados por la luna despejada, me contemplaron con una expresión indescifrable.
—Te llevaré a casa —susurró.
Yo asentí. Me aferré a su chaleco y él tiró la piedra fuera del círculo.
Aseguró su otra mano también sobre mi espalda y no permitió que me separara de él ni un palmo cuando, de pronto, la misma fuerza que nos había arrastrado a la sede del Consejo tiró de mí para llevarme a otro lugar.
De no haber sido por el peso sólido de las manos de Viktor, me habría perdido en mi propio cuerpo, incapaz de sentir ni una sola extremidad.
Pero, entonces, un destello vibró, y volví a sentir pies, manos, piel y corazón. Pisé suelo y me embriagó un baño de calor. El salón de Kraus se dibujó a nuestro alrededor, al principio como un espejismo; después, como un lugar real.
—No sé por qué intuía que llegaríais por la ventana.
Kraus nos miraba desde el sillón, con una mueca divertida y curiosa tras una taza de té. Anthony se encontraba próximo a él, bajando el brazo para acomodarlo tras su espalda, como si lo hubiera tenido apoyado un segundo antes en el respaldo del sillón.
Viktor miró al profesor con el gesto contraído con desagrado.
Me liberó, dejando dos huellas heladas en mi cintura, y encaró a su amigo mientras se llevaba la mano al cuello para arrancarse el cravat .
Cubrió la herida que se había hecho con la piedra y apretó la tela con un fuerte nudo después de darle varias vueltas alrededor del brazo.
—Al Consejo no le ha gustado la presencia de la señorita Allen. Regresaremos a Londres antes de lo previsto.
—El Consejo puede besar mi culo alemán. —Sonrió—. No deberías haberlo hecho —añadió, señalando la sangre.
Viktor se arremangó con cuidado.
—No me han dejado opción —respondió mientras se dirigía a una bandeja llena de licores y se servía un dedo de uno en particular en un vaso corto de vidrio.
—Lo dudo mucho.
—Nos habían encerrado —intervine.
Kraus se inclinó hacia delante para dejar la taza en una mesita y apoyó los antebrazos en las piernas. Me contempló con inquietud. A mí y al frac de Viktor.
—Una molestia demasiado grande por una joven estudiante. —Miró a Viktor—. ¿Frank?
Él bebió un trago y, con una mano en el bolsillo, admiró el fuego de la chimenea antes de responder.
—Creen que alguien más sobrevivió aquella noche —respondió, estoico—. Buscan un testigo para condenar mis actos. Sin testigos, no hay delito.
Se me erizó la piel del cuerpo.
—Y piensan que la señorita Allen podría ser una de las alquimistas que formó parte del experimento.
—Kraus se levantó del asiento y se estiró con cansancio.
Le dedicó una sonrisa a Viktor mientras se servía también una copa.
Yo traté de no temblar ante el asunto de la conversación—.
Qué retorcidos. ¿Cómo pueden pensar algo así de una joven inocente?
Solo es la primera vez que alguien te acompaña bajo tu protección y cuidado.
¿Quién se va a imaginar que la razón podría ser que quizá guarda un secreto tuyo que debes asegurar?
Viktor alzó una ceja brevemente con un aire molesto ante la ironía de Kraus, lo que provocó que este soltara una carcajada. Vi a Anthony poner los ojos en blanco antes de retirarse a un lugar más reservado, cerca de la puerta.
—¿Alguien sobrevivió? —me atreví a preguntar en voz baja, temiendo que el tono delatara mi miedo.
Los dos me miraron.
—No —dijo Viktor—. Ni uno solo de los alquimistas salió vivo de esa sala.
Me pasé las manos por el vestido, secando el sudor acumulado, y me quité el frac de Viktor, que Anthony recogió con amabilidad.
—¿Y entonces por qué piensan eso?
Viktor dejó el vaso en la mesita de los licores.
—Porque fui yo quien soltó el rumor —respondió—. Sabía que esos monstruos buscarían matarme igual que a los demás. Si yo era el único, no tardarían en darme caza después de arrebatarme todo cuanto quisiera. Siendo dos, no estarían todos sus esfuerzos puestos en mí.
Parpadeé. Jamás me habían hablado los monstruos de aquella otra persona.
Pero, ahora, conversaciones del pasado comenzaban a cobrar un sentido del que en aquel momento carecían.
Casi podía escucharlos discutir sobre la forma de morir de cada alquimista.
Insistían en las gargantas arrancadas, los cráneos aplastados, dudaban y se enfurecían.
Por aquel entonces había creído que solo se recreaban en la masacre.
Ahora comprendía que trataban de recordar si los habían matado de verdad o cabía la posibilidad de que alguno hubiera sobrevivido.
Tras conversar sobre aquello, habían llegado a la conclusión de que era imposible que alguien hubiera salido vivo de allí.
El recuerdo de las muertes, de la sangre y del olor de aquella noche hizo que me encogiera.
—Creo... creo que iré a descansar.
Viktor dio un paso hacia mí, pero no le di tiempo ni a preguntar ni a acercarse.
Salí por la puerta con un sabor agrio en la lengua.
Me recogí la falda del vestido y corrí por las escaleras hacia mi dormitorio, con una incipiente sensación de malestar.
La señora Bauer, que aguardaba a las puertas, pareció respirar con alivio al verme.
Le dediqué una única mirada amable y me interné en la habitación con urgencia.
Un gemido trepó entonces por mi garganta casi desesperado antes de que el dolor me hiciera doblarme por la mitad.
Chillé en silencio, ahogada, mientras sentía el desgarro recorriéndome la columna vertebral, trepando desde abajo, atravesando cada espacio entre los huesos como si los estuviera arrancando uno a uno.
La respiración se me volvió errática, caí al suelo y traté de ver algo entre las lágrimas. El elixir. Necesitaba el elixir.
—Señorita Allen.
Viktor. No...
Otro desgarro. Me llevé la mano a la boca para amortiguar el grito de dolor.
Ardía, la piel de mi espalda ardía y la sentía abrirse como las páginas de un libro.
Me arrastré a trompicones hasta el baúl.
El mundo se estrechó y se llenó de puntos negros.
Palpé la superficie de la ropa, busqué entre las telas, bajo ellas. La caja.
Con torpeza y urgencia agarré un frasco.
—Señorita Allen, ¿está bien?
Me lo llevé a los labios y bebí. El líquido me recorrió la garganta y el interior hasta llegar a la cicatriz, donde se posó con amabilidad para calmar todo el dolor.
Me dejé caer al suelo y cerré los ojos, exhausta, bajo un sudor frío, y con la ácida sensación de ser solo carne ensamblada en lugar de un ser humano.
Pero dentro de aquella oscuridad, una luz oscilaba con suavidad, deslizándose frente a mí como las olas del mar.
Me di cuenta entonces de que la señora Bauer había dejado una lámpara de aceite en el tocador, prendida para mi llegada.
—Señorita Allen, hábleme.
Parpadeé y me incorporé con esfuerzo. Coloqué apresuradamente la caja dentro del baúl y tiré el frasco al interior de cualquier forma antes de cerrarlo. Después, me alisé el vestido, me limpié el sudor de la frente y me acerqué debilitada a la puerta. Me aclaré la garganta antes de hablar.
—¿Qué desea, doctor Frank?
—Parecía espantada cuando ha salido del salón. Quiero saber si se encuentra bien.
Apoyé la frente en la madera y respiré hondo.
—Sí.
Casi pude escucharlo dudar.
—¿Por qué ha salido corriendo?
Tragué saliva.
—No me gusta hablar de sus monstruos.
—Le aseguro que no volverán a hacerle daño.
El recuerdo del disparo resonó como un eco por todo el dormitorio. Viktor me había salvado de morir asfixiada por su sexta creación. Después, la había desintegrado con una de las jeringas que tenía destinadas para cada monstruo, sin saber que tenía frente a él a otra de ellos.
—Eso no puede asegurármelo.
Lo sentí de pronto más cerca de la puerta.
Pensé que trataría de abrir o que insistiría, pero nada de eso sucedió.
Guardó silencio lo que pareció una eternidad, y lo imaginé igual que a mí, con la frente apoyada, los ojos cerrados y rezando por poder atravesar la madera y abrazarme a él.
Pero la cicatriz aún palpitaba. No me atreví a moverme.
Y él, finalmente, me deseó buenas noches y se marchó.