21. FUEGO EN LA OSCURIDAD #2
Sentí el cuerpo de Viktor rodear el mío. Quise hablar, pero no pude. Él tomó una de mis manos con la suya y empezó a trazar líneas en la palma. Al principio pensé que solo trataba de calmarme. Luego me percaté de que estaba trazando un símbolo.
«No te muevas».
Di un respingo al escuchar su voz en mi cabeza mientras trazaba el símbolo una y otra vez, una y otra vez, sin despegar la yema de su dedo de mi piel.
Me percaté de que se trataba del símbolo de conexión.
Como no tenía tinta a mano, debía trazarlo constantemente para que se mantuviera activo.
El símbolo de conexión era uno de los más sencillos por un motivo: no necesitabas nada.
El equilibrio radicaba en poder escuchar los pensamientos del otro igual que el otro podía escuchar los tuyos.
Solo se requería que fuera uno de los interlocutores quien trazara el símbolo.
Muchas personas se lo marcaban en la piel de forma indefinida para nunca romper la conexión.
«¿Qué está ocurriendo? —pregunté mientras un repentino temor arañaba mi nuca—. ¿Son los monstruos?».
Sentí un pellizco en la piel de la espalda. Tuve que tragarme la súplica para que no me golpeara el dolor en aquel momento; Viktor podía escuchar todo lo que pasaba por mi cabeza.
«No —respondió—. Es el Consejo».
Silencio. Solo había silencio.
«¿Cómo lo sabes?».
«No es la primera vez que entran sin llamar para asegurarse de que se esté siguiendo la ley en el congreso».
«¿Y es necesaria tanta teatralidad?».
«Nadie sabe quiénes son, y debe seguir siendo así. Revisarán lo que les plazca y, después, se marcharán bajo el mismo silencio con el que han venido».
«Pero... si nadie lo sabe, podría ser cualquier persona de este salón».
«Sí. Ni siquiera se conocen entre ellos mismos».
Me arrimé más a él, hasta que mi mejilla dio con su pecho. Viktor no se apartó, y aquello me dio más miedo que si lo hubiera hecho.
«¿De qué me proteges?».
«Al Consejo no le gustan las novedades».
Apenas terminé de escuchar la última palabra cuando sentí que una fuerza intangible tiraba de mí hacia atrás.
Pero la mano de Viktor fue más rápida. Antes de que ese extraño tirón pudiera apartarme de él, me agarró de la muñeca y me llevó a su espalda.
La oscuridad se levantó de golpe, casi enfurecida, robándome el aliento.
Ya no estábamos en el salón, sino en una pequeña sala de juntas cubierta por una penumbra rojiza.
La única luz que iluminaba el espacio provenía de una ventana alta cubierta por una cortina del color de la sangre que proyectaba una sombra pesada y fría.
Era una sala circular, sin adornos, con una única mesa de madera negra ovalada en el centro, pulida hasta brillar aun sin luz.
Alrededor de ella, cinco sillas altas y rectas estaban ocupadas por lo que deduje que era el Consejo.
Viktor no me soltó la muñeca y no permitió que se viera más que un cuarto de mi cuerpo, situado tras él.
Me asomé, sin embargo, con una curiosidad punzante.
Los cinco integrantes del Consejo parecían pertenecer más a una secta que a un órgano de la alquimia.
Todos estaban cubiertos por capas negras y máscaras que ocultaban por completo su rostro, cada una distinta de las demás.
La que más llamó mi atención fue una de metal reluciente con los símbolos esenciales alquímicos grabados con fuego.
La persona que estaba tras esa máscara, presidiendo la mesa, fue la primera en hablar con una voz modulada.
—¿Quién es la chica?
La pregunta iba dirigida a Viktor, así que me limité a escuchar.
—Es una estudiante de la Golstadt —respondió.
A pesar de encontrarse frente al poder de aquellas personas, su voz sonó casi autoritaria.
No le daban miedo, ni siquiera le provocaban respeto, o, al menos, eso parecía.
Comprendí que, si ya se había saltado la ley una vez con el experimento Demiurgo, poco le debía de haber importado nunca el Consejo, mucho menos ahora.
—Su nombre.
—No creo que sea necesario —dijo con sequedad—. Está bajo mi protección. Yo respondo por ella.
—Eso, doctor Frank —intervino otra voz, igual de modulada, pero menos firme. La máscara de aquel desconocido, a la derecha del primero, era gris, lisa como la porcelana—, no nos aporta tranquilidad.
—Su nombre —insistió el otro.
Casi pude sentir cómo Viktor sopesaba las opciones que tenía delante.
No comprendía por qué tenía tanta aversión a responder aquella simple cuestión, pero los motivos debían de ser lo suficientemente pesados como para que se planteara incluso echarme de allí: las yemas de sus dedos me acariciaron la muñeca, comenzando a trazar el símbolo del aire.
Aquel era la base para transmutar un sólido en algo volátil y poder transportarlo.
Pero, de pronto, interrumpió el trazo y me liberó.
—Su nombre es Marshel Allen —respondió—. Se quedará en el congreso hasta dentro de dos días, cuando regresaremos a Londres.
—Desconocemos sus aptitudes.
—Anulad el cierre.
Por eso se había interrumpido. Miré a nuestro alrededor.
Nos habían encerrado allí de alguna forma que era incapaz de apreciar.
Viktor se había dado cuenta. ¿Cómo? Me acerqué más a él si es que eso era posible, y mi falda abrazó sus piernas.
Sentí una garra recorrerme la nuca hacia abajo, una caricia de advertencia.
«Ahora no. Por favor, ahora no, endemoniado dolor».
Me retorcí los dedos y cerré los ojos con fuerza tras la espalda de Viktor.
—No haremos tal cosa hasta que no se exponga —dijo otra voz—. Señorita Allen, haga el favor de dar un paso al frente.
Viktor cubrió más mi cuerpo.
—No me gusta repetir las cosas —dijo. Su voz vibró con una amenaza que nunca había escuchado—. Anulad el cierre.
El integrante que presidía la mesa se levantó. Y algo en el ambiente cambió.
Viktor me empujó hacia la pared, haciendo que cayera al suelo, mientras, en el aire, trazaba con la mano con precisión el símbolo del fuego al mismo tiempo que el consejero se deslizaba hacia un lado para valerse de otro símbolo como protección.
El impacto del fuego contra la barrera intangible que había levantado el integrante del Consejo fue tan brutal que el cristal de la ventana estalló y el techo tembló.
El resto del grupo no se inmutó. Yo, sin embargo, me arrinconé en una esquina.
Jamás había visto nada parecido. Una transmutación instantánea, el aire convertido en otro elemento, destinado a la lucha.
El fuego de Viktor resultaba hipnótico mientras revoloteaba alrededor de su mano, dejando a su paso una estela gris.
Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero su cuerpo permanecía imperturbable, su respiración, controlada, su paso, cuidado.
Parecía la sombra de la muerte, deseando deleitarse con un alma podrida.
El silencio estaba roto por el crepitar del fuego y por la respiración agitada del consejero. Intentaba mostrar la misma serenidad que Viktor, pero su cuerpo lo delataba. No podía enfrentarse a él, y no quería.
Alzó la mano y la deslizó por el aire como si quisiera espantar una mosca molesta. Viktor cerró su puño y deshizo el fuego. Después, me cogió del brazo y me ayudó a levantarme.
—Gracias —fue lo único que dijo antes de salir por la puerta.