21. FUEGO EN LA OSCURIDAD
F UEGO EN LA OSCURIDAD
Cuando el magíster acabó el experimento, vinieron otros.
Todos me resultaron extraordinarios. Estuve atenta a cada uno de ellos para ver si podría emplear algo para mi elixir, pero, a pesar de encontrar en ellos otras utilidades que desconocía (defensa y ataque en la lucha, algo que podría servirme en un futuro lamentablemente próximo), no hallé en ninguno nada de valor para mi dolor.
Cuando terminaron, cerca de la hora del almuerzo, el salón empezó a vaciarse. Nosotros fuimos de los primeros en salir, y comprendí entonces que quizá Viktor había seleccionado aquellos asientos a propósito. Nos dirigimos con la multitud a un nuevo recinto.
Yo caminaba expectante mientras Kraus me explicaba la cantidad de comida que servirían en diferentes bandejas a lo largo y ancho de aquel nuevo salón, más grande incluso que el que acabábamos de abandonar.
Viktor, por su parte, caminaba saludando por inercia y con claro desinterés a todo aquel que se dirigía a él y, para mi sorpresa, aun siendo así de antipático, las adulaciones le llovían igual.
Me pregunté qué era lo que Viktor Frank tenía de especial como para que las personas lo admirasen y apreciasen a pesar de todos sus defectos sociales.
Luego me di cuenta de que yo era una de aquellas personas y me sentí francamente descontenta conmigo misma.
Decidí ignorarlo el resto del día para que no me fastidiara el congreso.
Así que, una vez llegamos a un rincón junto a una mesa, le di la espalda y admiré el lugar.
Todo el salón estaba forrado. Las paredes, llenas de tapices relacionados de una forma u otra con la alquimia; el suelo, inundado por una moqueta granate que amortiguaba los pasos de la multitud; y el techo, cubierto por una capa del mismo color que la moqueta.
Los ventanales eran enormes y llenaban de luz la estancia sin necesidad de prender ni una sola lámpara.
Olía a comida, pero también aprecié, entre aquellos aromas a embutidos, algo más artificial, tal vez incienso.
—Señorita Allen.
La voz de Luke Stone hizo que me volviera. Se había quitado el sombrero, dejando al descubierto un cabello castaño escrupulosamente peinado hacia atrás.
—Señor Stone.
—Está usted muy sola. ¿Me permite acompañarle?
Me di cuenta en ese momento de que me había alejado de la mesa mientras admiraba el salón. No había rastro ni de Viktor ni de Kraus, solo de la señora Bauer, que parecía abrumada por el ambiente.
—Claro —respondí mientras me encaminaba hacia una zona menos concurrida para el bienestar de la pobre mujer.
—Dígame —me dijo Luke mientras seguía mi paso a mi lado—, ¿lleva mucho tiempo estudiando en la escuela de Londres?
—No. Solo un par de meses. —Sonreí—. Pero ha sido tiempo suficiente para comprobar que su abuelo es un profesor excelente.
—Sí. Sí que lo es. Él me lo enseñó todo, ¿sabe?
Se alegró mucho cuando me interesé por la materia.
Mi padre es un hombre de letras, e ignoró por completo a mi abuelo cuando quiso enseñarle.
Yo, sin embargo, le escuchaba siempre, desde muy pequeño, maravillado por las cosas que podía hacer.
—Guardó silencio un instante—. ¿Cómo se decidió usted a estudiar alquimia?
—Digamos que nací por y para ello.
—¿Así que no tuvo que ver ningún familiar en su interés?
—No. Me causaba curiosidad simplemente. Así que empecé a leer sobre ello. —De repente, tuve una idea—. Me surgen todavía, sin embargo, muchas dudas, sobre todo en cuestiones medicinales.
Nos detuvimos junto a uno de los ventanales. La señora Bauer pareció suspirar aliviada mientras se pasaba con recato la mano por la frente húmeda de sudor.
—Dígame. Quizá pueda ayudarle —respondió Luke con predisposición.
—Tengo entendido que, para prevenir los dolores de una enfermedad, es necesario inducírselos a otro ser vivo —dije—. ¿No habría otra manera?
—Me temo que no. ¿De qué enfermedad se trata?
Suspiré.
—De algo permanente, por desgracia.
Definitivamente, la única opción que quedaba era destilar Azoth y emplearlo contra alguien que mereciera sufrir lo que yo sufría. Aquel pensamiento me llevó a Teressa Green. Quizá podría buscarla y preguntarle.
Alcé la mirada y repasé el salón, pero me crucé antes con los ojos de Viktor que con ella.
Para mi sorpresa, estaban fijos en mí, a pesar de encontrarse en un grupo reducido de personas que parecían deseosas de obtener su atención.
Sentí las mejillas arder ante aquella mirada tan profunda.
Retiró entonces los ojos de mí para dar un sorbo a su copa y centró de nuevo la atención en aquel que estaba hablando en ese momento.
Su mirada parecía deslizarse por el rostro del alquimista como si buscara un hueco para escapar.
Daba la impresión de estar realmente atrapado en una conversación que no le interesaba en absoluto.
Terminó sucumbiendo a la necesidad de desechar a su interlocutor con toda la cortesía que fue capaz.
—¿Sabe? —dijo Luke de pronto, arrastrándome de vuelta a mi lugar, lejos de Viktor. Parpadeé, por un momento aturdida—. Dicen que es la primera vez que alguien acompaña al doctor y al profesor en el Congreso de Alquimia de Hamburgo. Debe de ser usted muy buena estudiante.
Cambié el peso de un pie a otro y estiré las comisuras de los labios, forzando una sonrisa que no me apetecía dibujar.
Sus palabras contenían un pesado matiz receloso que parecía censurarme por algún motivo.
Había hablado con amabilidad, me había tratado con amabilidad, y, sin embargo, esas últimas palabras estaban teñidas de otra emoción amarga.
—Supongo que sí —respondí.
—¿Cuánto tiempo hace que conoce al doctor Frank?
Me froté las manos, repentinamente nerviosa. ¿Estaba siendo juzgada?
—Un par de meses.
—Ha debido de impresionarle mucho si ha decidido traerle con él.
—Yo... no lo sé. Eso debería preguntárselo a él.
Luke sonrió. Pero su sonrisa parecía una cárcel en la que estaba encerrado todo aquello que quería decir y no podía.
Quise preguntar, pero el brazo de la señora Bauer hizo contacto con mi espalda e interrumpió mis intenciones.
Luke me dedicó una última mirada a mí y otra dirigida a Viktor, inclinó su cabeza y se alejó.
Fruncí el ceño y me giré hacia la señora Bauer, que observaba el paso del joven con gesto severo.
—¿Qué acaba de pasar? —pregunté, confusa.
Ella me miró y pareció percatarse entonces de lo cerca que se encontraba, porque se separó al momento y dijo algo en alemán con los ojos fijos en el suelo.
Supuse que sería una disculpa, pero no me dio tiempo a decir nada.
Viktor se acercó con una pequeña arruga en su frente que cuestionaba decenas de cosas y, a la vez, ninguna.
Le habló en alemán a la señora Bauer, quien respondió con monosílabos para, después, alejarse un par de pasos y darnos privacidad.
—¿Qué le has dicho? —susurré.
Viktor dirigió la mirada hacia el lugar por donde había desaparecido Luke.
—¿Qué te ha dicho Stone? —dijo sin mirarme.
—Estábamos hablando de alquimia.
—La señora Bauer opina que no estaba empleando un tono amigable.
Alcé una ceja.
—Dudo que la señora Bauer haya dicho todo eso con dos palabras.
Viktor me miró al fin.
—No. Lo he dicho yo y ella lo ha confirmado. Qué hablabas con Stone.
Me encogí de hombros.
—Me ha dicho que nunca os había acompañado ningún estudiante en el Congreso de Alquimia de Hamburgo, ni a ti ni a Kraus.
—Y qué le has respondido.
—¿Por qué importa tanto?
Viktor respiró hondo y me miró con tanta intensidad que hizo que me encogiera. Se dirigió a la señora Bauer después y le habló al oído. Ella asintió y se quedó mirándome como si esperara algo de mí.
—Regresas a casa de Kraus —dictaminó Viktor con una inclinación de cabeza como gesto de despedida, y se giró para marcharse.
Mi mano adquirió entonces vida propia y se enredó en su muñeca. Apenas había tocado su piel cuando Viktor se deshizo de mi contacto. Un segundo. Solo sentí su calidez un segundo. Después se volvió hacia mí con el ceño tan fruncido que parecía a punto de estallarle en los ojos.
—Por Dios, Marshel, no vuelvas a hacer algo así —dijo, y me arrastró consigo hacia un rincón con tanta delicadeza y naturalidad que no me di cuenta de que nos movíamos hacia el amparo de una columna hasta que se fusionaron nuestras sombras con ella—.
Tienes que entender algo —dijo con seriedad—: en este congreso hay personas importantes e influyentes.
Si quieres labrarte un futuro como alquimista, no seas necia.
La gente puede hablar, y con una sola palabra, pueden hundir tu reputación para lo que te queda de vida.
—No lo entiendo.
Viktor suspiró y miró a nuestro alrededor. Nadie parecía prestarnos atención.
—Marshel —dijo con suavidad—, si alguien te pregunta sobre las razones por las que te he traído al congreso, remítelos a mí y corta la conversación —me pidió—.
Las envidias son corrosivas y no dudarán en soltar un rumor sobre nosotros.
Eres una estudiante brillante, y mereces estar aquí por eso, no por...
—¿Por...?
Guardó silencio. Tensó la mandíbula y cerró los ojos en un esfuerzo por contener algún otro tipo de reacción.
De haber sido una tetera, probablemente habría esperado que empezara a echar humo.
Pero Viktor era demasiado correcto y pulcro.
Se alisó el chaleco, respiró y abrió los ojos de nuevo, esta vez con un aire distinto.
Si antes me había hablado con suavidad, ahora su tono salió rotundo e inevitable:
—Regresa a casa.
Y, entonces, algo sucedió. Primero fue un olor ácido, un hilo que serpenteó desde mi nariz hasta la garganta, algo cítrico y desagradable.
Después fue la oscuridad. Como un telón, cayó sobre el salón, opacando la luz de las ventanas.
El silencio se hizo con el lugar como si fuera una bestia capaz de tragarse cada voz.