En el corazón del monstruo 20. EL CONGRESO #2
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20. EL CONGRESO #2

El salón de actos no era impresionante por su estética, como el hall , sino por su tamaño.

Cinco filas de cien asientos cada una (así parecía indicarlo la numeración de los respaldos) dibujaban una semicircunferencia que encaraba el escenario, más abajo.

Las filas estaban dispuestas en escalones, y unas escaleras atravesaban todas ellas por la mitad hasta el punto más bajo del salón.

Nos dirigimos a la penúltima, donde se encontraba Viktor con una postura relajada y la mirada fija en la mesa que contenía, al parecer, todos los utensilios con los que el magíster Étienne Vallois realizaría la demostración de apertura del congreso.

Había una jarra de agua, varios frascos con líquidos de distintas tonalidades, algún mineral, y toda clase de pipetas, campanas de cristal, tubos, etcétera.

Sentí una incipiente curiosidad por saber qué haría.

Viktor y Kraus habían comentado que el magíster empleaba los símbolos de forma diferente y estaba deseando presenciar cómo.

Cuando alcanzamos nuestros asientos, Viktor nos ignoró deliberadamente. Así que yo decidí sentarme a su lado con la misma deliberación. Kraus tomó asiento junto a mí, y la señora Bauer junto a él.

Me incliné hacia Viktor cuando los cuatro estuvimos acomodados.

—Doctor Frank —susurré.

—Señorita Allen —respondió. Tenía las manos cruzadas en el regazo, y aprecié en ellas una tensión repentina ante mi cercanía. No me miró, sin embargo.

—¿Puedo saber por qué está tan arisco? —dije con una sonrisa.

Él pareció hacer un gran esfuerzo por no girar el cuello en mi dirección.

Se pasó la mano por la barbilla y, por un pequeño instante, pensé que respondería, pero finalmente decidió seguir guardando silencio.

Yo sentí un pinchazo de frustración en el pecho.

Traté de controlarme, pero lo cierto era que lidiar con emociones con las que no estaba acostumbrada resultaba francamente difícil.

Abrí la boca para mandarlo al diablo, pero la repentina presencia de alguien frente a nosotros me distrajo.

Era un joven de la edad de Emily, con una sonrisa encantadora y unos ojos azules llenos de expectación.

Si hubiera tenido que apostar, lo habría hecho a que era un estudiante como yo.

—Hola, profesor Kraus —dijo, y después miró a Viktor—.

Usted es el doctor Frank, ¿verdad? Es un gusto conocerle —saludó con una voz jovial.

Su actitud eliminó de golpe mi enfado y me contagió de la misma ilusión que emanaba—.

Soy Luke Stone, el nieto del profesor Stone. Da clases en la Golstadt en Londres.

—Oh, sí, es mi profesor —respondí antes de que cualquiera de mis acompañantes pudiera devolverle el saludo como correspondía. Al instante supe que no debería haberlo hecho. Las normas sociales eran un fastidio.

El joven pareció aturdido por mi respuesta. Vi de soslayo cómo Viktor se llevaba los dedos al tabique nasal mientras Kraus emitía una suave risa y se levantaba de su asiento.

—Luke —dijo—. Permíteme presentarte a la señorita Allen.

Sonreí avergonzada mientras me levantaba. Aunque el que pareció avergonzarse de pronto fue él. Sus mejillas se pusieron coloradas y se inclinó torpemente ante mí. Tanto, que por poco se le cae el sombrero. Viktor se levantó, haciendo que Luke se enderezara de golpe y apartara de mí su atención.

—Un gusto, joven Stone —dijo con voz monótona. No parecía sentir gusto en absoluto—. Su abuelo es un gran colega y mejor alquimista. —Aquello, sin embargo, pareció expresarlo con sinceridad.

Luke sonrió. Me miró una vez más y, después, se sentó delante de mí. Viktor le clavó la mirada en la nuca.

Poco a poco, los asistentes fueron ocupando el resto del salón.

Varias personas se acercaron a saludar, y yo me ceñí, esta vez sí, a las normas en cada una de las ocasiones.

Me presentaron a tanta gente que se me olvidaron los nombres de todos.

Solo recordé uno, el de una mujer mayor con un peinado impecable que caminaba ayudada por un bastón, una de las pocas que había en el congreso.

La doctora Teressa Green. El respeto que mostraron tanto Viktor como Kraus por ella hizo que me causara una gran impresión.

Kraus me explicó después que aquella mujer había sido una de las pocas en conseguir capturar el Azoth de Vitalidad fuera de su contenedor.

Lo había eliminado un minuto después para evitar que la sustancia cayera en manos indebidas.

Cuando el salón estuvo lleno, cerraron los ventanales que iluminaban la parte de atrás y mantuvieron únicamente los más cercanos al escenario. Quedamos así en una especie de penumbra discreta.

Sentí de pronto la pierna de Viktor hacer contacto con la mía. Se me tensó todo el cuerpo. Pero él no reaccionó. No parecía ser consciente de que estaba rozando algo más que mi falda. Tragué saliva e intenté concentrarme en el magíster, que acababa de subir al escenario.

El discurso de apertura se me hizo eterno, pero cuando el experimento comenzó, no pude evitar inclinarme hacia delante para ver mejor.

Por lo que pude apreciar, el magíster pretendía cambiar de color el agua.

Yo había hecho un experimento parecido con Viktor en el laboratorio.

Me sentí francamente decepcionada. Dejé caer la espalda en el respaldo y me crucé de brazos.

—Marshel —susurró Viktor en mi oído. Se me erizó la piel del cuello—. Presta atención. El magíster no va a realizar una transmutación corriente.

Lo miré, aturdida por su repentina cercanía.

Volví a inclinarme hacia delante y a prestar atención.

El magíster llamó entonces a cinco voluntarios.

Dibujó en sus manos con claridad una línea al primero, un círculo al segundo, una cruz al tercero, un cuadrado al cuarto y un triángulo al quinto.

Después, en el interior del símbolo del agua, incluyó los cinco con los que había marcado a los voluntarios, además de otro que no supe identificar y que, supuse, sería el encargado de transmutar.

Introdujo seguidamente un poco de agua en una cavidad cuadrada de cristal, y la calentó con un mechero de alcohol.

El agua se evaporó poco a poco y comenzó a ascender por un tubo hasta llegar a una campana de cristal, donde se tornó líquida de nuevo sin variar el aspecto. Fruncí el ceño.

Estaba a punto de preguntar qué acababa de pasar cuando el magíster les solicitó a los voluntarios que escribieran en un pliego de qué tonalidad veían el agua.

Me quedé estupefacta.

El primero había indicado esmeralda. Cuando el magíster buscó entre las piedras y levantó la esmeralda, mostró que bajo ella había una línea pintada.

Con el segundo pasó lo mismo. Había visto un tono azulado, y el cuarzo azul tenía pintado un círculo.

Cada uno de los cinco voluntarios estaba viendo en el agua el color del mineral que el magíster había querido que vieran.

Estaba fascinada. La alquimia podía personalizarse. Los símbolos podían hacerse personales.