En el corazón del monstruo 20. EL CONGRESO
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20. EL CONGRESO

E L CONGRESO

Aquella noche no cené. Y no lo hice por no desear encontrarme con Viktor.

No cené porque dudaba que fuera a digerir cualquier alimento tras la extraña escena que había vivido momentos antes.

Le di vueltas en la cama una y otra vez, me acaricié los labios, tratando de rememorar aquel roce que aún ardía.

Pero cuanto más intentaba revivir aquel instante, más surrealista me parecía.

Resultaba imposible pensar siquiera en que él se hubiera atrevido a besarme, o al menos a intentarlo.

Más imposible aún que hubiera querido hacerlo.

No descansé absolutamente nada. Cuando llegó el alba, parecía que no hubiera dormido ni siquiera una hora. Me sentí agotada, torpe al levantarme y casi desorientada. Cuando la señora Bauer llamó a mi puerta, agradecí por primera vez su existencia desde que me la presentaran el día anterior.

Abrí corriendo y la invité a entrar. Necesitaba su ayuda para prepararme.

Se lo solicité con señales imprecisas que entendió al instante y, gracias a su eficiencia, pude estar vestida y peinada para el desayuno.

Me había puesto un vestido sencillo de manga larga de un tono marrón apagado y recogido el pelo en un moño bajo.

No estaba despampanante, ni mucho menos, pero no fue aquello lo que me hizo dudar antes de entrar al comedor.

Tragué saliva. ¿Cómo debía saludar a Viktor?

¿Como si no hubiera ocurrido nada? Habíamos tenido un acercamiento, y yo me había descubierto a mí misma anhelando más.

Pero Viktor me había apartado de él después como si quemara.

Las preguntas brotaban por ello ahora como setas: ¿había sido yo la que se había aproximado a sus labios?

¿Estaba equivocada? ¿Tenía yo la culpa? Quizá él jamás había pensado en hacer algo así y yo...

—Señorita, espero que haya dormido bien.

El profesor Kraus apareció con una espléndida sonrisa. Detrás de él, Anthony se desviaba hacia lo que supuse que serían las estancias del servicio. Me dedicó una inclinación de cabeza cortés.

—Buenos días, señorita Allen —dijo antes de desaparecer por el pasillo.

Kraus, sin prestarle la más mínima atención a su mayordomo, me abrió la puerta del comedor para que pasara.

Encontré a Viktor mirando por una ventana al jardín de atrás, una pequeña extensión verde tan pobre en adornos como el de delante. Allí, sin embargo, no había olmos. Ni nada. Estaba tan vacío como él.

—Viktor —saludó Kraus.

—Heinrich —respondió mientras se daba la vuelta.

Después me miró—. Señorita Allen —dijo. Su mandíbula se tensó y apretó los labios un instante.

Su rostro me pareció de pronto una robusta casa armada con unas puertas pesadas cerradas con cuidado, pero decididas a no dejar pasar ni el silbido del viento.

Comprendí que Viktor no permitiría que echara ningún vistazo a su interior.

Fuera lo que fuera que pensara de lo sucedido anoche, estaba decidido a guardárselo para él.

No abrí la boca durante el desayuno. Me limité a escuchar a los alquimistas hablar sobre la materia, sin aportar nada. Solo en una ocasión Kraus quiso incluirme en la conversación, pero la austeridad de Viktor me confundía cada vez más.

Me levanté antes de terminarme el té y decidí esperarles ya preparada con mi bandolera de estudiante en un banco del recibidor para marcharnos a la Akademie.

La pobre señora Bauer permaneció de pie a mi lado de forma rígida.

No me había dicho nada sobre mi extraña aparición de ayer fuera del dormitorio.

Aunque tampoco es que pudiera quejarse, yo no habría entendido nada.

Toqué un lado del banco para que se sentara, pero ella negó con la cabeza cortésmente y se mantuvo en la misma posición. Emitió, sin embargo, una discreta sonrisa que me hizo sonreír a mí también.

Anthony dobló la esquina en ese momento. Cuando me vio, corrigió la dirección que llevaba a la biblioteca y se acercó a mí.

—Señorita Allen, ¿necesita algo?

Negué con la cabeza.

—Estoy esperando.

—¿Lleva aquí mucho tiempo? —Encogí los hombros. Él puso los ojos en blanco—. Iré a buscar al profesor Kraus.

Regresó un minuto después con él, que se unió a mí con una disculpa y mucho entusiasmo. Viktor, sin embargo, lo hizo con acritud.

Salimos al jardín, al camino de tierra, y nos montamos en el carruaje, que ya nos estaba esperando.

Kraus me tendió la mano para ayudarme a subir, e, inmediatamente después, Viktor me siguió para ocupar el asiento a mi lado.

Kraus quedó por ello en diagonal a mí. Se sentó con una extraña sonrisa, que dirigió al doctor cargada de un significado que no pude comprender.

Le dijo algo en alemán, un comentario que hizo que Viktor abriera la cortinilla del carruaje con un movimiento seco y lo ignorara deliberadamente.

Aquello, por algún motivo, provocó una carcajada en Kraus.

Miré a la señora Bauer, tratando de entender qué acababa de suceder, y la descubrí alternando la mirada entre Viktor y yo con curiosidad. Cuando me vio frunciendo el ceño, ella fijó rápidamente los ojos en sus pies.

Me crucé de brazos, sintiéndome absolutamente excluida.

El trayecto sucedió la mayor parte en silencio. Viktor parecía decidido a ignorarnos y Kraus me habló en un par de ocasiones para decirme que el mundo de la alquimia era traicionero, que había envidias y rivalidades, y que no debía, bajo ningún concepto, aceptar la charla de un tal Wilhelm Meyer.

—¿Por qué no? —pregunté, intrigada.

—Es un cínico y un manipulador —respondió—. Y normalmente habla de asuntos que ni él mismo conoce.

—¿Qué asuntos?

Kraus dirigió una breve mirada a Viktor. Él parecía concentrado en las calles de Hamburgo, pero tenía el semblante tenso.

—Cree que tiene derecho a opinar sobre experimentos de otros, de los que no ha sido testigo —dijo.

Se alisó el frac y se quitó el sombrero para pasarse la mano por el cabello.

Parecía indignado—. Simplemente —continuó, colocándose el sombrero de nuevo—, si se dirige a usted, señorita Allen, discúlpese y retírese de su presencia.

Parpadeé, confusa, pero asentí.

—De acuerdo.

Llegamos a la Akademie quince minutos después.

Se trataba de un edificio imponente de fachada de mármol gris.

Su extensión podía ocupar sin duda quince casas adosadas.

Tenía tres puertas de entrada, una de ellas principal, de enormes dimensiones, en el centro, y las otras dos en el ala oeste y el ala este correspondientemente.

Estas, aunque eran más pequeñas, no dejaban de ser igualmente extraordinarias.

Las tres estaban salvaguardadas cada una por dos columnas de piedra blanca adornadas con todo tipo de elementos que reunían artes de literatura y pintura, conocimientos de física y matemáticas, y ciencias místicas como la alquimia.

Los detalles estaban cincelados de forma que unos se unían con otros con delicadeza, como si fueran un todo.

—Creí que la Akademie solo albergaba ciencia —dije cuando pude admirar más de cerca las líneas. Había hecho que los tres se detuvieran para esperar a que terminara de estudiar los grabados. Había centrado los ojos en los libros, pergaminos, cuadros y pinceles.

—La ciencia no existiría si no supiéramos escribir, señorita Allen —dijo Kraus, dirigiendo la mirada hacia los mismos grabados que miraba yo—. Y la alquimia tampoco sin el arte.

Enderecé la espalda.

—Nunca lo había pensado.

Kraus sonrió y me invitó a continuar caminando. La puerta principal estaba abierta al público.

Aguanté una exhalación de asombro al entrar.

El hall , todo de mármol, era despampanante.

Un elegante tono gris recorría paredes y suelo, pero el techo circular era una obra de arte.

Reconocidos científicos y artistas de la historia estaban retratados de forma minuciosa en una escena campestre.

Estoy segura de que, de alguna forma, narraban una historia.

Pero el paso ininterrumpido de Viktor hacia las grandes puertas del ala norte no me permitieron contemplarlo como merecía.

Caminé con paso rápido, tratando de seguirle el ritmo, pero al ver que Kraus lo dejaba alejarse, reduje la velocidad para caminar al paso de este. La señora Bauer pareció agradecerlo a mi espalda con una prolongada exhalación.

—¿Qué le pasa al doctor? —le pregunté a Kraus.

—Conociéndolo, diría que está meditando sobre algo.

—¿Y medita a esa velocidad?

—Oh, no, señorita. Lo que quiere es quitarse de encima nuestra presencia.

«Fantástico».

Atravesé las puertas de entrada al ala norte con los dientes rechinando. Pero el enfado se vio obligado a retirarse a un lado cuando tuve que detenerme en seco para no chocar con la multitud. Esa parte de la Akademie estaba abarrotada.

—Mire, por allí está el salón de actos —me dijo Kraus, señalando a algún lugar a la derecha.

—No veo nada.

—Oh. Claro —dijo, como si se acabara de dar cuenta de mi tamaño—. ¿Me permite? —preguntó seguidamente, ofreciéndome su brazo para que yo pudiera engancharme a él.

Y así lo hice. Miré hacia atrás para asegurarme de que la señora Bauer pudiera seguir nuestro paso, y empezamos a abrir camino.

Kraus saludó a bastante gente mientras avanzábamos entre la multitud.

La mayoría, alemanes, pero también a dos ingleses y un francés.

Me pregunté entre presentación y presentación dónde estaría Viktor, pero no hallé respuesta hasta que no entramos al salón, que solo estaba ocupado por el momento por una pobre docena de personas, incluido él.

Podría haber parecido mucho si se encontraran dentro de mi casa en Londres, pero ese espacio debía de contener al menos quinientos asientos.