En el corazón del monstruo 19. LE HA DADO ESQUINAZO #2
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19. LE HA DADO ESQUINAZO #2

—¿Y en qué consistirá? —pregunté tras dar un sorbo al consomé de ternera.

—El magíster Étienne Vallois hará una demostración de apertura —respondió Viktor, tal vez tanteándome—. Tendrá lugar en el ala norte de la Akademie der Wissenschaften —la Academia de Ciencias— a las nueve de la mañana.

—¿Una demostración de qué tipo?

—El magíster es conocido por sus estudios sobre transmutación de líquidos —respondió Kraus—. Apostaría a que hará algo llamativo visualmente en lugar de interesante académicamente. —Kraus se inclinó hacia mí y me susurró—. Es un teatrero —dijo y me guiñó un ojo. Yo me reí.

Viktor carraspeó de forma sonora, haciendo que Kraus recuperara la postura.

—El magíster trabaja con agua —me explicó—. Todo lo que haga con ella, teatrero o no, lo encontrará interesante, señorita Allen. El uso que hace de los símbolos es algo diferente a lo que está habituada a ver.

—¿Eso qué quiere decir?

—Lo verá mañana —se precipitó a decir Kraus—. No avancemos acontecimientos. Si no, no disfrutará de la experiencia. Y, la verdad, me gustaría que la disfrutara al máximo. —Me sonrió—. La etapa de estudiante es fascinante.

Seguimos conversando durante la comida sobre la dinámica que tendría el congreso el resto de los días.

La clausura parecía consistir en un evento social con música de violines, bandejas de comida y disfrute entre colegas de alquimia.

Me preocupé por cuál de mis sencillos vestidos me pondría para el acontecimiento, pareciendo este tan formal.

Me mordisqueé la uña del pulgar y pensé en revisarlos todos al día siguiente.

Cuando nos sirvieron el ganso asado, la conversación menguó, y, durante el postre, prácticamente desapareció para poder degustarlo a gusto. Manzanas al horno rellenas de nueces, pasas y miel. Sin duda echaría de menos todos aquellos sabores al regresar a Londres.

—Disculpen —dije, levantándome al terminar mi plato. Ambos me imitaron—. Me retiro a mi dormitorio para descansar del viaje.

Asintieron y volvieron a sentarse cuando ya alcanzaba la puerta.

Sentí la mirada de Viktor clavada en mi espalda.

Cuando cerré tras de mí, me recogí la falda y eché a correr escaleras arriba con la pobre señora Bauer tratando de seguir mi paso.

Pero me tragué la lástima y no me detuve hasta alcanzar el dormitorio.

Me encerré en él y descansé un momento la espalda en la puerta.

No había hecho nada parecido antes a lo que me proponía hacer en aquel momento, pero siempre había una primera vez.

Me acerqué al baúl y rebusqué en él mis viejos pantalones y el gabán negro.

Preparé las ropas en la cama y cogí un libro cualquiera antes de echarme un rato a esperar.

Aún faltaba para la puesta de sol y, probablemente, me llamarían para la cena antes. Pero yo ya no estaría allí.

Me quedé dormida al poco rato, con el libro en el regazo. Cuando desperté, lo hice sobresaltada. La luz del día se había tornado rojiza y se había levantado viento, que empujaba de cuando en cuando los cristales, lo que había hecho que saliera de mi sueño.

Me levanté corriendo y me desvestí apresuradamente, dejando solo sobre mí la camisola.

Me puse los pantalones, me abrigué con el gabán, y me dirigí al balcón.

Resultaba una imprudencia pretender bajar por el olmo hasta el jardín y pasear después por las calles de Hamburgo a esas horas sin conocer la ciudad.

Pero supongo que se trataba de alguna forma de un acto de rebeldía.

No estaba acostumbrada a sentir ese tipo de emociones desagradables y tal vez buscaba calmarlas de la peor forma posible.

Sin cabeza. Y, dado que no había allí ningún monstruo, no tenía constancia de ningún peligro que pudiera retenerme.

El frío del atardecer me caló los huesos cuando pisé el exterior.

Me metí la camisola por debajo de los pantalones y me hundí más en el abrigo.

Me asomé para mirar al suelo. No me encontraba a una gran altura, pero sí la suficiente como para romperme una pierna.

Estudié el olmo. Las ramas parecían algo delicadas, pero el tronco principal era grueso y robusto.

Pasé una pierna por la baranda y me quedé ahí un momento, a horcajadas, valorando la idea.

Agité seguidamente la cabeza y pasé la otra pierna, quedándome sentada, muy cerca del árbol.

Me aproximé más y más, hasta que las ramas me envolvieron las piernas.

Después, con una mano aferrada a la baranda, me separé poco a poco del balcón para alcanzar una de las ramas más fuertes que encontré.

Y, sin pensar, salté. Me amarré al tronco con fuerza mientras clavaba las botas en la corteza, buscando sostenerme de alguna manera.

Tuve que contener las ganas de reír con energía cuando me di cuenta de que había conseguido liberarme del dormitorio.

La emoción y la felicidad me inundaron, haciendo que me dejara caer poco a poco, impaciente, por el tronco, hasta pisar el suelo.

Después, salí corriendo hacia las verjas.

Pero unos brazos me agarraron por detrás antes de que pudiera alcanzarlas, y me llevaron en volandas hasta la sombra del olmo que acababa de dejar atrás.

—Me aseguraste que no le darías esquinazo a la señora Bauer —susurró la voz de Viktor en mi oído—. Pero se lo has dado, Marshel.

Se me erizó la piel del cuello.

—¿Cómo lo has sabido? —gruñí, frustrada.

—Esperaba que salieras por la puerta de servicio.

Forcejeé para liberarme de sus brazos. Él me soltó y yo lo encaré. Me observaba con interés, de pies a cabeza.

—¿De dónde has sacado esas ropas?

—Tuve unos inicios difíciles.

Me recoloqué el gabán y me dirigí al tronco del olmo.

—¿Qué haces, Marshel? —dijo con voz cansada.

—Regresar a mi dormitorio.

—¿Y se puede saber por qué no entras por la puerta? —preguntó. Yo volví la cabeza iracunda mientras me abrazaba al árbol. Mi gesto pareció iluminarlo—. No quieres que la señora Bauer se entere de lo que has hecho —comprendió.

—Déjame en paz.

Salté y traté de moverme hacia arriba, pero, naturalmente, era más complejo que dejarse caer. Apenas avancé tres dedos en el eterno silencio que se hizo entre Viktor y yo.

—La señora Bauer no está contigo para vigilarte —insistió con voz monótona—. No se sentirá mal si regresas a tu dormitorio como una persona normal. Probablemente lo tomará como una travesura.

Seguí subiendo en silencio. Empecé a encontrarle el truco poco a poco. La fuerza debía ejercerla en los pies, no en los brazos. Me impulsé más hasta alcanzar una rama. Y luego otra. El ascenso se hizo más sencillo así. Hasta que una rama crujió y perdí el equilibrio.

No me dio tiempo siquiera a gritar. Cuando quise darme cuenta, ya estaba cayendo y Viktor recogiéndome entre sus brazos. Me quedé sin aliento. Su rostro, cerca del mío, pareció imperturbable. Comprendí que había estado esperando mi caída desde el primer momento.

—¿Quieres volver a intentarlo? —susurró.

Sentí su aliento en los labios, algo que me aturdió por completo.

Sus manos rodeaban mi cadera y mis piernas y yo era incapaz de moverme.

Sentía el peso de su piel sobre la mía, cálido, agradable.

Mi mano se movió de pronto como si tuviera vida propia, atraída por él.

Desde mi regazo, se aproximó con suavidad a la camisa desabotonada de Viktor, y trepó despacio por su pecho.

Sus ojos se encendieron ante la lenta caricia y sus manos se tensaron.

Mis dedos llegaron hasta la piel de su cuello.

La encontré suave y, después, áspera por la barba incipiente.

Dos texturas agradables, a pesar de ser opuestas.

Viktor me acercó más a su cuerpo y colocó su frente sobre la mía.

Se me subió el corazón a la garganta cuando sus labios rozaron los míos.

El contacto fue tan fugaz que me encogió el pecho.

Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera comprender lo sucedido.

Me temblaron las manos y se me aflojaron las piernas.

Viktor me dejó en el suelo casi al instante y me separó de él.

De no haber sido por el árbol, no habría podido sostenerme en pie.

—No —dijo.

Yo parpadeé, totalmente confusa, incapaz de controlar mi respiración. Di un pequeño traspiés hacia atrás, haciendo que la corteza áspera del olmo me raspara las yemas de los dedos.

—¿Qué? —fue lo único que alcancé a decir.

—No puedo.

Y, para mi desgracia, después de esa concisa respuesta, su rostro apagó toda expresión. La obstinación cubrió como un velo los ojos de Viktor, y este, sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se encaminó a la entrada de la casa, dejándome sola en el jardín.