19. LE HA DADO ESQUINAZO
L E HA DADO ESQUINAZO
La villa burguesa del profesor Kraus, el colega de Viktor, era casi idéntica a todas las que perfilaban por igual el canal que bordeaba el lago Alster.
Sólida, de líneas rectas, con una fachada de piedra clara y el tejado oscuro a dos aguas.
El jardín era pequeño, comparado con la entrada a la casa de campo de Edward, pero suficiente para albergar tres olmos plantados de forma aleatoria sobre un césped que olía a humedad.
Confieso que no me gustó en absoluto, pero el interior me pareció agradable. No estaba recargado con objetos caros, sino con cosas de utilidad.
El mayordomo, un hombre algo mayor que Viktor, nos recibió con amabilidad.
—Buenos días, doctor Frank, bienvenido de nuevo a Hamburgo. El profesor le espera en el salón —dijo en un inglés perfecto mientras recogía su abrigo.
Me fijé en sus dedos enguantados, finos y elegantes, en sus patillas recortadas con pulcritud, y en su perfil definido y perfecto. Todo en él desprendía disciplina y excelencia. Parecía tallado por un artista metódico.
Viktor inclinó la cabeza y se adelantó. El mayordomo me miró.
—Usted debe de ser la señorita Allen. —Recogió mi capa—. Mi nombre es Anthony, y estoy a su servicio para lo que necesite.
—Gracias, Anthony. —Me froté los brazos para adecuarme a la temperatura de la casa—. ¿No es usted de aquí?
—No, señorita. —Caminó para acompañarme al salón. La mujer de servicio que había venido con nosotros en el carruaje se internó por otro pasillo—. Me crie en Northampton.
—¿Y cómo fue a parar aquí?
—El profesor Kraus me ofreció empleo —respondió—. Él solía ir a la ciudad cuatro veces al año con su familia. Mis padres fabricaban calzado para los suyos.
Extendió una mano para invitarme a entrar al salón. Las puertas estaban entreabiertas y podía escuchar las voces de Viktor y otro hombre hablando en alemán. Me atreví a entrar despacio, casi pidiendo permiso, pero la puerta se abrió de golpe, haciendo que diera un respingo.
Anthony resopló a mi espalda ante la brusquedad de su señor.
—Señorita Allen —dijo el que debía de ser el profesor Kraus—, es un verdadero placer. —Me tomó la mano e inclinó la cabeza con cortesía.
Debía de tener la edad de Viktor e imaginé que, tal vez, habían estudiado juntos.
Pero no podían ser más diferentes. La frialdad de uno parecía compensarse con la cercanía del otro.
Los dos eran guapos a su manera, pero la calidez de Kraus, envuelta en ese cabello rubio y unos amables ojos verdes, la verdad, debía de hacerlo más atractivo para las mujeres. Para mí, sin embargo, Viktor...
—Anthony —dijo entonces el doctor, interrumpiendo mis pensamientos—, ¿puedes mostrarle a la señorita Allen cuál será su dormitorio?
El aludido asintió.
—Sí, doctor Frank —respondió mientras dejaba nuestros abrigos a una mujer del servicio—. Acompáñeme.
El cochero apareció a tiempo con mi baúl para seguirnos.
La segunda planta estaba más vacía que la primera, si cabía.
No había un solo cuadro ni un solo adorno más allá de los candelabros que salpicaban cada varios pasos las paredes sin ninguna vela encendida aún.
La luz que iluminaba el pasillo venía de una ventana abierta al final.
El resto eran todo puertas cerradas a un lado y a otro.
Anthony abrió una y me cedió el paso. Permití que el cochero metiera primero el baúl y lo dejara en un rincón antes de entrar yo. Cuando lo hice, Anthony me recordó que podía disponer de su servicio cuando lo deseara y, después, cerró la puerta, dejándome a solas en aquel lugar desconocido.
Di un par de pasos hacia el centro del enorme dormitorio.
Lo único que llamó mi atención, aparte de la gran cama que gobernaba el espacio, fue el amplio balcón donde reposaba la copa de uno de los olmos.
Salí al frío de Hamburgo y observé la ciudad que alcanzaba a ver desde allí, respirando la humedad del jardín.
Me encontraba en una ciudad nueva, muy lejos de Londres y de los monstruos que allí acechaban.
A pesar del peligro que suponía el colega de Viktor, que le proporcionaría la fórmula para hallar a sus creaciones, me sentí por primera vez a salvo.
Y, tal vez por ello, me invadió de pronto una extraña felicidad.
Aquello hizo que entrara de nuevo corriendo para escribir a Emily con emoción.
Me senté en el tocador con una pluma y uno de los pliegos que me había llevado de Londres y comencé a narrarle todo.
Cuando terminé, doblé la carta y salí del dormitorio con la intención de buscar a Anthony para saber cómo podía enviarla. Di un sobresalto en cuanto pisé el pasillo: la señora Bauer se encontraba junto a la puerta sin moverse.
—¿Qué hace aquí? —le pregunté—. ¿Me está vigilando?
Obviamente, no me respondió.
Me dirigí al piso de abajo para buscar a Viktor y Kraus y pedirles explicaciones a ellos.
Los encontré en la biblioteca, después de buscar en varios salones, sentados a una mesa mientras revisaban algunos libros.
De pronto, me quedé paralizada por una sospecha.
¿Era este el hombre que conocía el símbolo del hallazgo?
Entré a la biblioteca sin pedir permiso, seguida de los pasos de la señora Bauer, algo que sorprendió a Kraus, y que hizo llevar a Viktor los dedos a su tabique nasal. Entendí que una intrusión así no era apropiada. No me importó.
—¿Usted es el hombre que conoce el símbolo del hallazgo? —pregunté.
Kraus me miró con confusión. Viktor se levantó de su asiento.
—No. No es él —respondió, y se acercó a mí—. Señorita Allen, ¿necesita algo? —De pronto, como si hubiese reparado en algo, se inclinó ligeramente hacia mí para hablarme más en confidencia—. ¿Estás bien, Marshel?
Asentí con torpeza, olvidando por un momento dónde estaba.
Viktor se encontraba tan cerca de mí que me fue imposible no inhalar su aroma, dulce y fresco.
Me descubrí analizando, casi sin ser consciente, unos rasgos que nunca me había atrevido a admirar tan de cerca.
Los pómulos marcados por la luz del exterior, la mandíbula fuerte y tensa, la fina línea que perfilaba sus labios, la curva sutil de su nariz, y la frente ensombrecida por un par de mechones marrones.
Había, además, una dureza en cada gesto, que, de alguna forma, se aliviaba al mirarme. ¿Eran acaso imaginaciones mías?
—Supongo que busca cómo enviar esa carta —intervino el profesor. Di un respingo y salí de la ensoñación. Lo miré y él me sonrió con amabilidad—. Si me la facilita, le pondré el sello y Anthony la enviará junto con mi correspondencia.
Yo asentí con agradecimiento y se la entregué. Después, salió de la biblioteca.
Viktor dio entonces un paso atrás y se pasó la mano por la sombra de la barba que ya empezaba a asomar. No se la había rasurado desde hacía dos días. Me descubrí pensando con vergüenza que le quedaba mejor así.
—No puedes entrar de esa forma, Marshel —dijo en cuanto Kraus abandonó el lugar.
Tragué saliva y agité la cabeza, deshaciéndome de la intrusiva imagen de mis dedos acariciando su mandíbula.
—¿Por qué está pegada a mí esa mujer? —pregunté, señalándola. Se hallaba en ese momento con las manos entrelazadas, junto a la pared—. No tiene sentido que esté de pie en la puerta de mi dormitorio. Parece mi carcelera.
Viktor respiró hondo.
—No es... —Se presionó los ojos con cansancio—. Estás en una casa con dos hombres.
—Soy una invitada.
—Y por eso necesitas una dama de compañía.
Me crucé de brazos.
—¿Y qué pasa con sus comidas o con su descanso?
—Se cambiará por una compañera en esos momentos.
—Así que voy a estar asfixiada hasta que regresemos a Londres.
Viktor tensó la mandíbula.
—¿Por qué lo haces tan difícil? Tener una dama de compañía es un privilegio.
—Para mí es un castigo. No tengo libertad.
—Tienes la misma libertad que en Londres. La única diferencia es que alguien está a tu lado.
—Vigilándome.
—Por el amor de Dios, Marshel.
—¿Y si quiero perderme por las calles de Hamburgo, respirar la vida de la ciudad, estar en paz conmigo misma?
—No va a estar pegada a ti. La señora Bauer caminará varios pasos por detrás. —Emitió una larga exhalación y colocó su mano en mi brazo—. Marshel, sé que no estás acostumbrada, pero te facilitará tu estancia aquí, te ayudará con lo que necesites y te cuidará.
—Si ni siquiera habla mi idioma, ¿con qué demonios me va a ayudar?
La puerta se abrió de repente y Viktor y yo nos alejamos el uno del otro de forma brusca. El profesor Kraus nos miró a uno y a otro con la ceja alzada y con un atisbo de sonrisa que prefirió guardarse para sí mismo ante la mirada hostil de Viktor.
—Si escribe otra carta, señorita Allen —me dijo—, no dude en entregármela.
Me alisé el vestido y forcé una sonrisa. Sin decir nada, salí de allí aguantando la tentación de cerrar de un portazo.
Lo único que pude destacar positivamente de aquella discusión fueron dos cosas.
La primera, que Viktor era un ser humano normal y que su austeridad se evaporaba cuando le sacaba de quicio.
La segunda, que nunca había sentido una emoción tan intensa como el enfado que cargaba en aquel momento sobre mis hombros.
Eso me alegró de alguna forma confusa dentro de la ira.
Desde que había despertado en aquel lugar frío, mi único deseo había sido descubrir todo del mundo.
Y las emociones eran lo que más ansiaba conocer.
Poder sentirlo todo me recordaba que estaba viva.
Así que disfruté del enfado, me deleité con él, y dejé que calara hasta lo más hondo, hasta que se tejió en mi mente una idea tan absurda como liberadora, a la que decidí dar forma por la tarde.
La comida tuvo lugar en el amplio comedor del lado este de la casa. Me senté a la mesa con una calma que pareció llamar la atención de Viktor. Sin duda, no esperaba, tras la discusión, que lo saludara con tanta amabilidad. Creo que fue en ese momento cuando comenzó a sospechar.
—Mañana será el primer encuentro del congreso —dijo Kraus.