En el corazón del monstruo 18. UNA COMPAÑÍA INDESEADA
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18. UNA COMPAÑÍA INDESEADA

U NA COMPAÑÍA INDESEADA

Los tres primeros días pasaron sin mucho alboroto.

Una vez alcanzamos el mar del Norte, todo se volvió monótono.

Tomé como hábito pasear por cubierta al menos tres veces al día, acompañábamos al capitán en todas sus comidas, y Viktor pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su camarote.

Tal como había dicho, no parecía gustarle en absoluto navegar.

Y, tal como lo había vaticinado, yo sí lo estaba disfrutando desde el primer minuto.

Apenas lo vi a solas. Solo una vez, cuando decidió acompañarme en uno de los paseos, pero no habló más que unas pocas palabras y después volvió a retirarse a su camarote.

Aquello me entristecía. De alguna forma, disfrutar de él en privado se había convertido en una necesidad asfixiante.

No quería que me afectara así, pero no tenía remedio.

Renuncié, sin embargo, a la idea de obtener de él más atención hasta pisar tierra firme.

Por otro lado, a pesar de desear llegar a Hamburgo para que Viktor recuperara la serenidad, lejos del mar, yo empezaba a aterrorizarme.

Llegar supondría el encuentro del doctor con ese colega que le ayudaría a localizar a sus monstruos.

Por mucho que le daba vueltas, no veía la forma de evitarlo.

¿Qué podría hacer yo durante siete largos días para desviar su atención de algo tan importante para él?

¿Enfermar? ¿Romperme un brazo? ¿Rompérselo a él?

Cada vez que paseaba por cubierta, enumeraba en mi mente varias opciones, cada una más absurda que la anterior. Llegado el cuarto día, decidí abandonarme a la suerte e improvisar sobre la marcha.

Esa noche, después de cenar, me acomodé en mi camarote más en paz.

Hasta que la luz de un relámpago iluminó el espacio con un halo blanco antes de que un estruendo hiciera temblar la llama de la lámpara de aceite que tenía prendida en el suelo.

La paz se disipó al momento para dar lugar al miedo.

El barco se zarandeó, primero con suavidad, luego, con violencia.

Se me agarrotó el cuerpo y las manos, que se aferraron a las sábanas por inercia.

Otra luz, otro estruendo, otro zarandeo.

Me aovillé y cerré los ojos con fuerza. Me coloqué la almohada encima de la cabeza para amortiguar el sonido de los truenos. Empecé a temblar.

Cada vez que escuchaba el estruendo era como si volviera a sentir la quemazón de los alambres en el cerebro, el dolor punzante de mi nacimiento.

«Que pare. Por favor, que pare».

Pero no se detuvo. Y lo único que pude hacer, mientras los relámpagos se sincronizaban con los truenos, avisándonos así de que teníamos la tormenta encima, fue aferrarme a la almohada entre gemidos.

Entonces, llamaron a la puerta.

—Señorita Allen.

Erguí la cabeza.

—¿Viktor?

—¿Se encuentra bien? Le he traído lúpulo. Por la tormenta.

Su voz me produjo un alivio instantáneo dentro del pánico. Me levanté corriendo de la cama y abrí la puerta para tirar de él hacia el interior. Después, sin pensar, me abracé a su cuerpo con fuerza, sin importarme volcar el contenido que llevaba en un vaso de vidrio.

Lo cierto es que por un momento pensé que se separaría de mí y saldría de mi camarote alegando que sería un escándalo si alguien lo descubría allí.

Pero no lo hizo. De hecho, no hizo absolutamente nada.

Se quedó ahí, quieto como una estatua, mientras yo lo usaba para sostenerme, igual que había hecho yo aquella ocasión cuando se sinceró sobre su culpa cerca del Támesis. Supongo que pensó que me lo debía.

De cualquier forma, lo agradecí en silencio. La respiración se me fue sosegando y el cuerpo dejó de temblarme. Entonces, para mi sorpresa, los brazos de Viktor me rodearon.

—No durará —me aseguró.

Eché hacia atrás la cabeza y lo miré.

—¿Cómo lo sabes? —musité.

Él bajó la mirada.

—No lo sé —confesó—. Pero, sinceramente, no se me ocurre qué otra cosa decir para calmar tu miedo.

Yo fui a responder con un agradecimiento, de alguna forma sarcástico, pero otro estruendo volvió a tensarme y hundí el rostro en el pecho de Viktor. Él me pasó la mano por el cabello enredado, con delicadeza, apaciguando mis temores.

—Una tormenta me hirió —susurré.

Él no respondió. Continuó acariciándome, como si fuera un animal al que tuviera que amansar.

Cuando la tormenta pareció empezar a alejarse, Viktor me separó suavemente de su cuerpo.

Me aferré a su vestimenta. Me di cuenta entonces de que estábamos ambos con la ropa de dormir.

Él, con una camisa suelta y unos pantalones amplios.

Yo, con un camisón de manga larga que se extendía hasta mitad de las espinillas.

Me invitó a caminar hacia la cama sin fijarse en mi atuendo.

—Vamos, Marshel, recuéstate.

Me llevó hasta el colchón, esquivando con una irritante sencillez el baúl, y me ayudó a tumbarme. Yo me hice un ovillo mientras él me echaba la manta por encima. Después, se sentó en el baúl y dejó el vaso de vidrio en el suelo.

—¿Por qué has venido a verme? —dije.

Él frunció el ceño de forma fugaz, como si no hubiera comprendido la pregunta.

—Estaba con West cuando ha comenzado la tormenta. —Miró el vaso—. Creí que necesitarías algo para conciliar el sueño.

Sonreí, pero inmediatamente después me acurruqué entre las mantas cuando en la lejanía se escuchó otro trueno. Me cubrí hasta la nariz.

—Eres mejor de lo que aparentas —dije cuando se apagó el sonido—. O de lo que crees.

Viktor suspiró y, para mi sorpresa, sonrió de pronto de forma fugaz. Se pasó la mano por la nuca antes de responder con cansancio.

—No me considero un hombre bueno, Marshel —confesó.

—Has pensado en mi bienestar.

Negó con la cabeza mientras colocaba parte de una de las mantas que me arropaban. Sentí su tacto cerca del costado.

—Eso no está relacionado con mi bondad. —Apartó las manos de mí para entrelazarlas, y, con los brazos apoyados en las piernas, me miró—. Si fuera bueno, si tuviera conciencia real, ni siquiera habría llamado a tu puerta. Mi acercamiento solo puede traerte problemas.

—¿Qué quieres decir?

Suspiró.

—No puedo permitirme tener amistades cercanas o personas que me importen, Marshel.

—¿Por qué no?

—Porque esos monstruos buscan herirme, y quizá pongan el ojo en aquellos que pueden provocarme sufrimiento —respondió—.

Por eso interrumpí las clases particulares.

Aquella noche cuando salimos de la taberna, sabía que uno de ellos había sido testigo de nuestro tiempo en el Lion.

Creí que debía poner al instante distancia para que apartaran sus ojos de ti.

—Se pasó la mano por el pelo—. He aprendido a vivir en soledad, no necesito la cercanía de nadie.

—Eso es triste.

—No. No lo es.

—Todo el mundo necesita afecto.

—Yo no tengo ese derecho. —Se levantó del baúl—. Al menos no hasta que acabe con todo. —Se aclaró la garganta—. Me voy. Descansa, Marshel. Mañana llegaremos a Hamburgo. Será un día largo.

Asentí y le deseé buenas noches. Él apretó la mandíbula y, después, abrió la puerta y se perdió finalmente por el pasillo.

Divisamos el puerto de Hamburgo a las once de la mañana.

Si la noche había sido turbia y oscura, el día había amanecido cubierto de un azul que pocas veces había visto.

Las tres nubes que navegaban por el cielo eran blancas, lejos del gris lluvioso de Londres.

No pude evitar expandir mis labios en una ancha sonrisa, a pesar de que el frío era más pesado y penetrante.

—Sus ojos brillan, señorita Allen —dijo el capitán West con diversión, que se encontraba al timón. Yo había subido las escaleras para ver desde popa el paisaje y me había posicionado a pocos pasos de él.

—Es la primera vez que viajo. Nunca había visto todo tan despejado.

No. Definitivamente. Era como otro mundo para mí, colorido y musical.

Mientras nos adentrábamos en el río Elba no podía parar de mirar alrededor.

Las casas parecían más claras, sin la oscuridad del hollín que caracterizaba las paredes de los edificios que bordeaban el Támesis, el olor del río era más dulce que salado, más turquesa que marrón, y el bullicio sonaba más armonioso y no tan basto.

Aunque quizá era solo mi impresión, sugestionada por la emoción de pisar otro lugar.

Pensé en Emily, en lo que me hubiera gustado compartir con ella aquella experiencia.

Tal vez habría propuesto que nos quedáramos.

Deseé poder llegar cuanto antes para poder escribirle la primera carta.

Todo iba bien, le diría, y le narraría lo sucedido en la travesía y nuestra llegada.

Le hablaría de Hamburgo, me extendería hasta quedarme satisfecha.

No tardamos en alcanzar el puerto. Aquel sí me pareció un calco del de Londres.

Supuse que, al fin y al cabo, todos debían de tener el mismo aspecto, con sus grúas elevando cargamentos y el bullicio de descarga de los barcos y de carros que iban y venían.

Aunque el sol le proporcionaba cierto grado de júbilo.

El capitán ordenó la maniobra de atraque y varios cabos fueron lanzados desde cubierta hacia el muelle para que los estibadores los atasen a los norayes, haciendo girar el barco con suavidad, poco a poco, hasta aproximarnos por completo al muelle de madera.

Los siguientes minutos fueron algo caóticos.

Yo me moví por inercia, siguiendo a unos y a otros, mientras buscaba con la mirada a Viktor, pero no lo hallé por ninguna parte.

Cuando me guiaron al carruaje que nos esperaba fuera del puerto, me encontré de pronto sola y desamparada.

Ocupé un asiento, confusa, y aguardé lo que me pareció una eternidad.

En un momento determinado, el cochero ayudó a subir a una mujer al carruaje.

Debía de tener unos cuarenta años. Por su aspecto pulcro pero humilde, supuse que se trataba de una mujer de servicio.

Me saludó con respeto y mantuvo la cabeza gacha y las manos entrelazadas en su regazo.

—Disculpe, ¿quién es usted? —pregunté.

La mujer me miró y frunció el ceño. No hablaba mi idioma. Estupendo.

Me eché hacia atrás, inquieta, y empecé a toquetearme el colgante. Estaba a punto de salir del carruaje cuando Viktor hizo al fin su aparición. Gritó al cochero algo en alemán y nos empezamos a mover.

—Señorita Allen —me dijo después—, esta mujer es la señora Greta Bauer, la acompañará en todo momento. Puede que en Londres no le importe moverse sola, pero en el congreso las apariencias importan, y una señorita no puede estar con un hombre sin compañía.

—Pero... no habla nuestro idioma.

—No necesitará hablar con ella. Solo será su sombra.

—Eso es injusto. Se aburrirá.

—Para eso le pagan.

Fruncí el ceño.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

—A Neustadt —dijo sin prestarme atención. Miraba por la ventana, pensativo.

—¿Dónde está eso?

—Cerca. No tardaremos más de treinta minutos.

—¿Y dónde nos alojaremos allí?

—En casa de un amigo que también asistirá al congreso.

—¿Qué tipo de casa?

—Una villa.

—¿Y esta mujer es del servicio de ese amigo?

—Sí.

—¿Ha sido idea de él o suya ponerme a esta mujer como compañera?

Finalmente, me miró. Guardó silencio un momento, y, después, se inclinó hacia mí.

—¿Le interesa de verdad o está tratando de provocarme con tanta pregunta?

Apreté los labios para sostener una sonrisa.

—Me interesa de verdad.

Él sonrió. Un gesto demasiado breve.

—Fue idea mía —respondió—. No puedo permitir que la vean llegar conmigo sola.

—Qué absurdo. He viajado con usted sola.

—Eso nadie lo sabe más que la tripulación, usted y yo. Para la burguesía, ha venido acompañada con una dama que ha regresado a Londres después para atender otras obligaciones, y que volverá para acompañarla de vuelta dentro de unos días.

—Esa historia no se la creerá nadie.

—Me basta con que lo crean las personas oportunas durante el tiempo que estemos aquí. —Volvió a inclinarse hacia mí—. Y ni se le ocurra darle esquinazo.

—¿Por quién me toma?

Él se acarició el mentón.

—No estoy seguro —respondió—, pero, por algún motivo, la veo capaz. —Recostó la espalda de nuevo en el asiento—. Así que no haga ninguna estupidez. ¿Me ha entendido?

—Sí. Le he entendido.

—Bien. Ahora, guarde silencio, necesito pensar —dijo.

Y yo, por toda respuesta, volví a cruzar los brazos y cerré la boca el resto del trayecto.