En el corazón del monstruo 17. CUALQUIERA DIRÍA QUE NO ES HUMANA
36%

17. CUALQUIERA DIRÍA QUE NO ES HUMANA

C UALQUIERA DIRÍA QUE NO ES HUMANA

El barco zarpó unos minutos después. Y lo supe por estar mirando por la ventana de mi camarote, ya que apenas aprecié el movimiento ni entendí lo que decían allí afuera sobre las velas.

Me habían traído el baúl hacía media hora y, tal como había esperado, ocupaba la mayor parte del suelo junto a la cama. Ese trasto gobernaba mi dormitorio.

Suspiré y decidí pasar en mi cuarto el máximo tiempo posible, lejos de la presencia de Viktor.

Temía que pudiera darse cuenta de mi estado neurótico.

Sus palabras giraban y giraban a mi alrededor como perros hambrientos.

Estaba en peligro. No debería haber aceptado venir a este viaje.

Pero allí estaba, sin nada que me protegiera, con mi supervivencia dependiendo de mis propias manos.

—Señorita Allen.

Llamaron a la puerta. La voz era desconocida, así que supuse que era un tripulante más de la embarcación. Hablé sin abrir.

—¿Sí?

—El capitán y el doctor me han enviado a buscarla para el almuerzo —respondió la voz.

Resoplé. Bien. No podía negarme. Estaba segura de que atraería la atención de Viktor si me negaba a acudir por encontrarme mal. Él vendría a verme y...

El dolor me sacudió de pronto con tanta fuerza que caí de rodillas sin poder evitarlo.

Me quedé sin aliento. Apreté los labios para no chillar mientras sentía el terrible ardor de un hierro candente arañándome la espalda.

Casi podía oler la piel quemada. La sensación no era real, pero me asfixiaba como si lo fuera.

Gateé como pude hacia el baúl y, mientras las mejillas se me inundaban de lágrimas y mi garganta gemía, busqué desesperada uno de los frascos de elixir.

—¿Señorita Allen?

El hierro parecía haberse detenido al final de mi columna vertebral.

Sentí que comenzaba a hundirse, abriendo un agujero, atravesando piel y carne hasta alcanzar hueso.

Me llevé la mano a la boca y me mordí el puño, ahogando un grito.

Cerré los ojos con fuerza mientras con la otra mano seguía buscando en el baúl.

Encontré al fin un frasco. Abrí los ojos y me deshice del tapón con urgencia. Bebí parte del contenido con un único trago y me dejé caer después al suelo, exhausta.

El dolor remitió casi al instante. Respiré hondo y me limpié las lágrimas.

—Voy —dije con la voz poco clara. Carraspeé y volví a hablar—. Deme un momento.

Me levanté con esfuerzo, ayudada por el baúl, y me contemplé un instante en el espejo.

Me recoloqué el modesto moño trenzado en la nuca y eliminé por completo el rastro de lágrimas en aquel rostro de pronto demacrado.

Tenía los ojos rojos, pero eso no podía solucionarlo. Me alisé el vestido y abrí la puerta.

—Bien. Vamos.

El tripulante asintió sin prestarme mucha atención y me guio hacia el pequeño comedor mientras yo me abanicaba con la mano.

Empezaba a sospechar que los ataques de dolor se debían a un estado de nervios alterado últimamente relacionado con Viktor.

Agité la cabeza para dejar de pensar en ello mientras el tripulante llamaba una vez a la puerta.

Alguien nos abrió desde dentro. Encontré al doctor sentado a la mesa leyendo un libro, pero ni rastro del capitán.

—Salga de aquí —le dijo al hombre que me había abierto, sin levantar la vista de su lectura.

Él se marchó sin rechistar, cerrando la puerta a su vez.

Tragué saliva. Aquello no era una encerrona. Estaba a salvo. Me repetí aquello cien veces mientras me aproximaba a la mesa.

—Aún no ha llegado el capitán —volvió a hablar Viktor, de nuevo sin alejar la atención del libro—. Siéntate, Marshel.

Dudé sobre qué lugar ocupar. La mesa era rectangular, y Viktor ocupaba uno de los lados más largos. Entendía que el capitán presidiría la comida, así que decidí sentarme frente al doctor.

Me removí en la silla pasados un par de minutos, incómoda ante el silencio. Decidí finalmente sacar un tema que me intrigaba.

—¿Es necesario que mantengas las formalidades conmigo estando en presencia de otros?

Viktor levantó al fin la mirada. Su expresión era completamente opaca. No pude identificar ni una sola emoción.

—Sí. Es necesario.

—¿Por qué?

Cerró el libro y me dedicó toda la atención.

—Porque podría dar lugar a equivocación —respondió—. El tuteo entre un hombre y una mujer que solo comparten amistad o compañerismo no es correcto.

—Así que es una máscara para cumplir con las normas sociales.

—Sí.

—¿Y por qué no cumples las normas sociales en privado?

—Porque contigo, a solas, no necesito ninguna máscara.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué no?

—Porque no vas a malinterpretar mi trato. —Ladeó la cabeza—. ¿Tienes alguna otra pregunta?

—No.

—Bien.

Volvió a abrir el libro y retomó la lectura.

—Pero no lo entiendo.

Viktor resopló. Volvió a cerrar el libro y lo abandonó sobre la mesa. Después, entrelazó las manos y me miró.

—¿Dónde te has criado, Marshel?

Aquella pregunta me pilló desprevenida.

—En varios sitios.

—¿En qué ambiente? ¿Tenías institutriz? ¿Tutora? Me sorprende que te hagas esa clase de preguntas. La sociedad cumple con las normas sin cuestionarse nada.

—No. Nadie... nadie me enseñó.

Había despertado conociendo cada detalle del mundo, pero supongo que saberlo de forma innata no era lo mismo que haberlo aprendido desde la niñez, interiorizándolo desde muy temprano y, sobre todo, experimentándolo. Quizá aquella era la diferencia.

—Lo leí en un libro —añadí.

—¿Qué libro?

— Evelina . De Fanny Burney.

—Una crítica social. —Sonrió—. Eres una joven peculiar, Marshel.

—¿Eso es bueno?

Viktor suspiró.

—Sí. Desgraciadamente para mí.

Quise preguntar a qué se refería, pero el capitán apareció en ese momento. Con una actitud alegre y su pipa en la mano, tomó asiento y ordenó que trajeran la comida.

—Ya hemos salido de los muelles y estamos navegando por el Támesis hacia Southend-on-Sea, donde alcanzaremos el mar del Norte —nos informó—. Será una travesía tranquila hasta allí.

—¿No lo será por el mar? —pregunté.

—Oh, eso no lo sabremos hasta que nos adentremos en él.

Aquella respuesta hizo que me alterara. Viktor pareció darse cuenta porque enseguida me recordó que el navío estaba protegido.

El símbolo había convertido la madera y la tela de las velas en algo más robusto.

Ninguna tormenta podría romper un mástil o rasgar un tejido.

Había adquirido similitudes con el mar, habiendo tallado el símbolo con sus aguas, y por ello este trataría al Northwind como un igual.

Pero no era eso lo que me preocupaba. Las tormentas me aterrorizaban. Si una me sorprendía en cubierta, era capaz de quedarme paralizada y caer por la borda. Y no sabía nadar.

Había tantos contras dentro de ese barco que a punto estuve de pedir que dieran la vuelta para quedarme en tierra.

—Señorita Allen, no se apure —dijo el capitán—. Este trasto ha soportado todas las brutalidades que pueda imaginar.

Aquello no me tranquilizaba. Ni lo más mínimo.

Se me quitó el apetito de golpe. Aunque debo reconocer con vergüenza que regresó al instante cuando trajeron la comida de las cocinas.

Lentejas y carne salada. Mi estómago rugió, obligándome a coger la cuchara en cuanto me sirvieron el plato.

Quise comer con delicadeza, pero estaba tan hambrienta por no haber desayunado que apenas pude contener mis ansias.

Devoré las lentejas y devoré mi trozo de carne mientras bebía de cuando en cuando la sidra diluida que me habían servido en una copa de vidrio grueso.

Terminé de comer mucho antes que ellos. Con una servilleta me limpié los labios y me disculpé. La respuesta del capitán fue una sonora carcajada.

—¡Cualquiera diría que no es humana!

Me quedé pálida y miré a Viktor. Él comía ignorándonos a ambos. Ni siquiera parecía haber prestado atención al comentario, para mi alivio. Me prometí a mí misma tener más cuidado a la hora de comportarme. Después, cogí con prudencia una pasa seca de la bandeja del centro de la mesa.

La comida continuó amena. El capitán nos habló de la ruta que seguiríamos, cercana a la costa, y aseguró que, como mucho, la travesía duraría cinco días antes de alcanzar el puerto de Hamburgo, ubicado en el río Elba. Uno de los más grandes que, decía, había tenido el gusto de pisar.

Las ganas de llegar a la ciudad se multiplicaron después de escucharlo hablar.

Cuando terminamos de comer, el capitán decidió quedarse en su despacho un rato. Viktor me propuso pasear por cubierta. Acepté demasiado rápido.

Abrí los ojos maravillada cuando pisamos el exterior y pude contemplar el colosal Támesis, abierto a nosotros sin barreras.

Me sentí libre, como una gaviota que surca los cielos.

Avanzábamos con lentitud, pero de forma casi majestuosa.

A ambos lados, edificios y fábricas perfilaban el camino.

El humo apenas nos alcanzaba, así que solo se percibía el olor del agua, salobre y terroso, y el del propio barco, a madera y cuero.

Me situé en proa y admiré las vistas. Viktor se colocó a mi lado, con las manos entrelazadas tras su espalda y el mentón alzado.

—Creo que esta es la única parte que me gusta —dijo—. El avance hacia la desembocadura y el primer contacto con el mar.

—¿Cree que a mí me gustará toda la travesía, doctor Frank?

Viktor me miró.

—Sí —dijo, tan serio como habituaba—. A menos que haya una tormenta.

—Si hay tormenta, me encerraré en mi camarote y me haré un ovillo bajo las mantas hasta que pase.

—No creo que las mantas la protejan del miedo, señorita Allen.

—¿No debería tratar de calmarme, en lugar de deshacerse así del único escudo que tengo?

Viktor sonrió y me miró entonces de una forma que nunca antes había visto. Por un momento, creí que iba a decir algo... Algo diferente o especial. Pero pronto corrigió su gesto y decidió marcharse. Antes de hacerlo, sin embargo, sus dedos rozaron con calidez los míos.