En el corazón del monstruo 16. HALLAR A LOS MONSTRUOS
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16. HALLAR A LOS MONSTRUOS

H ALLAR A LOS MONSTRUOS

El lunes amaneció tan oscuro que por un momento pensé que seguía siendo de noche.

Como cada día, fue el sonido de la ciudad el que me despertó, el bullicio, los carros y el ir y venir de la gente.

Cuando abrí los ojos, Emily seguía dormida, hasta que las campanas de la iglesia de St. Paul hicieron que se irguiera sobre los codos, como siempre.

Me levanté bostezando para poner la tetera a hervir. Lo que menos esperaba era que el cochero de Viktor llamara a la puerta tan temprano.

—Señorita Allen, vengo a recogerla —dijo.

Emily me miró. Yo parpadeé y me froté los ojos.

—E-eh... —balbuceé—. De acuerdo. Solo... Solo un momento.

—La espero aquí.

Cuando hubo silencio, me precipité hacia el biombo, donde había colgado el día anterior la ropa que me pondría para el viaje.

Me desnudé y me enjaboné de forma fugaz antes de empezar a vestirme.

Emily se levantó de la cama adormilada para ocupar mi lugar en el brasero y preparar el té.

Apenas me había abrochado el corpiño cuando el cochero volvió a llamar.

—¿Señorita? El doctor Frank está aguardando ya en el muelle.

—Ya. Ya voy.

Emily me contempló mientras yo me metía el vestido por los pies y tiraba de él hacia arriba, soltando sonidos quejumbrosos.

Cuando terminé de vestirme, me recogí el cabello con unas trenzas improvisadas.

Una horquilla se me cayó al suelo antes de poder sujetar el último mechón.

Emily se acercó al fin para ayudarme. Terminó de peinarme y me contempló.

—¿Has metido los elixires?

—Sí.

—Si el doctor Frank vuelve sin ti, haré de su vida un infierno —se despidió.

Después, se dirigió a la puerta y abrió. El cochero de Viktor, que se encontraba apoyado en la pared, aguardando, rectificó al instante su postura y preguntó por el baúl. Me dijo que fuera acomodándome en el carruaje mientras él se encargaba de subir mis pertenencias a la parte trasera.

Yo asentí, miré a Emily una última vez, y bajé las escaleras con una extraña emoción en el pecho.

¿Era aquello expectación? ¿Nervios? Jamás había experimentado nada parecido.

Y cuando el carruaje se puso al fin en marcha, aquella sensación se acrecentó.

Me asomé por la ventanilla para despedirme de Emily, que agitó la mano una vez desde la ventana, con Prometeo apoyado en su hombro, y traté de relajarme desde ese momento en adelante.

El trayecto hasta los London Docks me pareció rápido.

A pesar de durar cerca de una hora, el tiempo pasó volando.

Supe que nos aproximábamos ya a los muelles cuando el olor a tierra mojada dio paso a algo más denso, una mezcla de salitre y humo, y el bullicio de los vendedores y transeúntes se apagó, llenando el ambiente del ruido molesto de caballos y voces más graves y bastas.

Me asomé por la ventanilla. El ajetreo era totalmente diferente, más urgente. Había hombres con ropa sucia de trabajo cargando barriles y cajas, gritando, ordenando, y, más allá, el graznido constante de las gaviotas. Parecía que me hubiera transportado a otro mundo.

Cuando al fin nos detuvimos, me encontré de pronto con unos altos muros de ladrillo. Antes de que pudiera abrir la puerta, alguien lo hizo por mí. El rostro lúcido de Viktor me dio la bienvenida mientras me tendía su mano enguantada para ayudarme a bajar del carruaje.

—Tenga cuidado con el suelo, señorita Allen. Es resbaladizo. Alguien ha debido de derramar vino —dijo, y, seguidamente, se dirigió a su cochero para hablarle.

Yo me quedé quieta, contemplando todo a mi alrededor.

Unas verjas abiertas daban paso al interior del muelle, al otro lado de los grandes muros, de donde parecían venir los olores a alquitrán y pescado.

El movimiento era continuo, frenético. Me sentí completamente fuera de lugar.

Viktor, sin embargo, a pesar de su porte y elegancia, de alguna forma encajaba con aquella escena.

Sus gestos eran secos, igual que su voz.

Todo tan áspero como lo que nos rodeaba.

El cochero asintió a una orden y se dirigió a la parte trasera del carruaje para bajar mi baúl. Viktor se acercó a mí.

—Sígame —fue lo único que dijo antes de echar a andar.

Yo me recogí el vestido y miré hacia atrás una vez.

Habían subido mi baúl a un carro lleno de muchos otros.

Intuí que acercarían así los bultos al barco que nos trasladaría hasta Hamburgo.

Sin darle más vueltas, seguí a Viktor hacia la verja con cuidado de no caer.

El empedrado estaba sucio y húmedo, y no era llano del todo.

Pasamos entre bidones, cajas y maderas, hasta que finalmente alcanzamos los muelles.

Me quedé un momento detenida admirando el desastroso paisaje.

Estaba frente a una especie de cuadrado inmenso inundado por el agua del Támesis, que se abría paso a través de un pasillo por donde parecían entrar y salir los barcos.

Y, en ese extenso mantel de agua, descansaban todos ellos, grandes y pequeños, cada uno aguardando plácidamente junto a su muelle de piedra.

Los mástiles se alzaban imperiosos hasta el cielo, una imagen que me perturbó por un momento, reflejo del recuerdo de la noche en la que desperté.

El crujido de una grúa a mi espalda hizo que me sobresaltara.

—Marshel.

Viktor esperaba a varios pasos de mí con su reloj de bolsillo en la mano. Me disculpé y eché a andar de nuevo, esquivando como pude a cargadores y marineros, hasta alcanzarlo. Lejos de oídos curiosos, había dejado los formalismos atrás. Yo hice, por tanto, lo mismo.

—¿Cuál es el nuestro? —pregunté.

Él señaló dos muelles más allá. Un bergantín de tamaño mediano se mecía suavemente con el movimiento de las aguas.

La madera que lo vestía era oscura y el nombre (Northwind), pintado en letras plateadas en la proa, se mostraba ya desgastado.

Las velas estaban aún recogidas en sus dos mástiles, lo que me permitió ver un grabado en la madera que llamó mi atención.

—¿Es eso un símbolo alquímico?

Viktor siguió mi mirada. Asintió una vez y me invitó a caminar por delante de él para llegar de una vez por todas al muelle.

Nos recibió allí el encantador capitán. Se llamaba West, o al menos así lo llamaron todos durante el tiempo que pasé en su barco y en su compañía.

Era un hombre de unos cuarenta años, tosco, pero de trato amable y alegre.

Su cuerpo era grueso y parecía costarle hablar de forma muy seguida, quizá por el tabaco, que fumaba en ese momento en pipa.

—Bienvenido al Northwind, doctor Frank. —Me miró—. Usted debe de ser la señorita Marshel Allen, pasajera de última hora. —Respiró y dio una calada a la pipa. Después, sonrió—. Quiero que sepa que es un placer conocer a una amiga del doctor.

—Soy... soy su estudiante.

Él agitó la mano.

—Nimiedades. Vamos, acomódense, que pronto zarpamos.

Viktor me cedió el paso, dirigiéndole un breve agradecimiento al capitán, y me ayudó a subir al barco, donde nos esperaba un tripulante para guiarnos a nuestros camarotes.

El camino era fácil de recordar: unas estrechas escaleras bajaban al interior desde cubierta e iban a parar a un pasillo angosto donde el techo bajo obligaba a Viktor a caminar con la cabeza agachada.

A ambos lados del pasillo había puertas de madera marcadas con números pintados a mano.

Después de que nos indicara cuáles nos habían asignado, el tripulante se marchó.

Antes de entrar al que sería mi aposento durante los tres o cuatro días que duraría el viaje hasta Hamburgo, me volví hacia Viktor.

—Quiero que me digas por qué han dibujado ese símbolo en el barco —susurré.

Él suspiró con cansancio.

—Acomódate, Marshel —respondió—. Pasaré a buscarte antes de zarpar y te contaré todo lo que quieras saber.

Se marchó. Entré al camarote y cerré la puerta a mi espalda.

El lugar era sumamente pequeño, apenas cabía una cama estrecha.

Ni siquiera estaba segura de que fuera a entrar bien mi baúl una vez lo subieran a bordo.

Y, de entrar, me obligaría a sortearlo continuamente mientras me moviera por el espacio.

Sin embargo, no me quejé: habían colocado un espejo a un lado y tenía a mi disposición una pequeña ventana por la que podría contemplar todo el mar del Norte. Sonreí sin poder evitarlo.

Me senté, sin nada que hacer, y aguardé. Tal como había prometido, Viktor llamó a mi puerta cinco minutos después. Sus ojos parecían sumamente amargados. Fruncí el ceño.

—¿Te arrepientes de haberme invitado? —dije sin salir al pasillo.

—¿Cómo dices?

—Estás resentido por algo.

Viktor se apretó el tabique nasal.

—¿Y por qué iba a ser contigo? —Agitó la cabeza—. Ven, hablaremos en el despacho del capitán.

El lugar en cuestión se encontraba en popa, junto al camarote de West, bajo la zona del timón.

Era un espacio pequeño, con un escritorio modesto, alguna silla y un sillón que parecía incómodo.

El escritorio estaba ocupado por toda clase de artilugios de navegación y un mapa detallado con las rutas marítimas del mar del Norte.

—¿Podemos entrar aquí sin más?

—Siéntate, Marshel.

Me senté. Él ocupó seguidamente otro asiento frente a mí. Miró el reloj una vez antes de guardarlo en su bolsillo. Me di cuenta entonces de que se había quitado el frac y los guantes.

—El símbolo que has visto —dijo— se talló con el agua del mar del Norte. El agua se congeló para crear un cono y poder dibujar con la punta. La mayoría de los barcos que verás tienen símbolos parecidos para protegerlos en las travesías. —Entrelazó las manos en su regazo—. Dime, ¿recuerdas cómo era?

—Sí.

—¿Sabrías decirme contra qué protege?

Evoqué el dibujo en mi mente. Se trataba de un círculo abierto que contenía el símbolo elemental del agua, con un tridente invertido en el centro y un ojo cerrado sobre él. Entre las puntas del círculo abierto había un sol y una luna escudando a un reloj de arena.

—¿Contra las tormentas del mar del Norte?

—Me aclaré la garganta—. El tridente representa a Poseidón, invertido sugiere dominio sobre el mar, y el ojo cerrado tal vez sirva para invisibilizar el barco contra su fuerza.

El reloj de arena indica el tiempo que dura la protección.

—Me tomé un momento para pensar—. Como hay un sol y una luna, entre las puntas del círculo, intuyo que el tiempo se aplica desde el inicio de la travesía hasta el fin.

Viktor sonrió.

—Has estado estudiando.

Me alisé el vestido.

—No me cuesta descifrar —respondí—, sino crear. De haber tenido que idear yo la protección, no lo habría hecho utilizando a Poseidón. Me habría complicado más.

Viktor se acarició la barbilla.

—Una vez te dije que la alquimia se trataba de prueba y error.

—Se inclinó hacia delante y colocó los antebrazos en sus rodillas—.

En ocasiones, eso no es posible. Es necesario saber con certeza que algo funcionará, igual que sabes sin ninguna duda que el símbolo del fuego encenderá las astillas de una hoguera.

—Pero...

—Ese conocimiento se adquiere con el tiempo. —Entrelazó las manos—. Dime, ¿has navegado antes? —dijo, dirigiendo la mirada hacia la ventana.

—No. No he salido nunca de los alrededores de Londres.

Él asintió, distraído.

—Es posible que lo odies profundamente. Pero también es posible que te enamores. No suele resultar indiferente a nadie.

—¿Tú lo odias?

Me miró.

—No me gusta. Me resulta desagradable. El movimiento, el ruido, los gritos y las noches. No descanso bien a bordo.

—¿Y por qué has querido ir a Hamburgo?

—No habría aceptado la invitación de no ser necesario. Pero hay una persona a la que quiero visitar, y sé que la encontraré en el congreso.

—¿Y qué tiene esa persona de interés?

—La certeza de un símbolo que necesito.

Fruncí el ceño.

—¿Un símbolo? —pregunté, confusa—. ¿Tan importante es como para realizar un viaje así?

Viktor respiró hondo y guardó silencio un instante, como si dudara entre sincerarse o no.

—Es un símbolo de hallazgo para los monstruos —respondió finalmente—.

Los que he empleado hasta el momento no han sido exactos y me han proporcionado localizaciones difusas.

Sabía que uno estaba en Londres. Pero fui incapaz de hallar el lugar concreto donde se escondía.

Sé que hay otros dos cerca. Estoy cansado de probar.

Con cada palabra me sentí palidecer cada vez más.

Traté por todos los medios de no parecer repentinamente aterrada y agradecí en silencio que Viktor volviera a mirar por la ventana para perderse en sus recuerdos.

Empecé a respirar con dificultad. Iba a conseguir un símbolo de hallazgo certero y preciso.

Y yo iba a estar a su lado en cuanto él lo probara.

Tragué saliva y envolví con fuerza una mano con la otra. No sabía quién era esa persona que le facilitaría el símbolo, pero sí tenía clara una cosa: tenía que hacer lo imposible por que nunca se encontraran en los días que durara el congreso.