15. UNA ROSA HECHA DE SANGRE
U NA ROSA HECHA DE SANGRE
Apenas vi a Emily el fin de semana. Parecía tener oficialmente un noviazgo con Edward, y eso me asombró y alegró más de lo que esperaba.
Edward había pasado más de un mes y medio tratando de alcanzar su corazón y, finalmente, había conseguido algo parecido.
El amor entre ellos apenas comenzaba a caldearse, como un hogar lleno de musgo seco encendido y preparado para hacer arder la leña.
Pero ahí estaba, en el brillo de los ojos de Emily, algo que no había visto hasta entonces.
El domingo me invitó a comer con ellos en un pícnic al aire libre, en una de las propiedades de Edward. El cielo estaba encapotado, pero aún no había roto a llover desde el viernes. La hierba estaría seca y el frío, aunque molesto, no sería un problema si nos abrigábamos en condiciones.
El carruaje de Edward pasó a recogernos a primera hora para llevarnos hasta Mayfair y reunirnos allí con él, pues tenía que hacer antes algunos recados.
Después, nos trasladaría a todos cerca de Cobham, en el condado de Surrey, a Rosewood Manor, una de sus casas de campo. El trayecto duraría unas horas.
—Me alegra que te hayas animado a venir, Marshel —me dijo Edward cuando nos pusimos en marcha.
Lo cierto era que arruinar su intimidad no me hacía gracia, pero creí que el campo me vendría bien para pensar en Viktor y en Hamburgo. Aún estaba a tiempo de enviar a un mensajero para rechazar su ofrecimiento, y quería estar segura de poder afrontar el riesgo.
El camino hacia Surrey, aunque largo, fue ameno.
Mientras Edward y Emily charlaban sobre la mitología japonesa (algo que, por la forma de hablar, intuía que ya habían tratado con anterioridad), yo me regocijé en los paisajes que se iban abriendo a nuestro alrededor.
Nos habíamos alejado del corazón de Londres poco a poco, de las calles adoquinadas y las hileras de casas apretadas, para adentrarnos por caminos más anchos y salpicados de árboles, y el bullicio de la ciudad se había ido apagando para cederle el paso al murmullo constante del viento entre los campos abiertos.
Estos se extendían hasta donde alcanzaba la vista, tan verdes que parecían irreales, punteados en ocasiones de flores silvestres.
A lo lejos, algunas granjas dispersas emitían suaves hilos de humo cuyo olor traía de vez en cuando la brisa para mezclarse con el aroma a tierra húmeda.
En un momento del trayecto, Edward se dirigió a mí.
—¿Qué tal las clases con el doctor Frank? ¿Te trata de forma agradable? —se interesó.
—Supongo.
—¿Está más hablador?
Sonreí.
—No. En absoluto. Sigue siendo una estatua inerte sentada en una silla.
Edward sonrió con cierta lástima.
—Ya veo.
Extendió el brazo por el asiento, por detrás de la cabeza de Emily, que se limitó a seguir el movimiento en silencio.
Cuando pareció segura de que Edward no la envolvería en un abrazo, se atrevió a apoyar la cabeza en él.
Edward se inclinó para darle un beso fugaz en la frente.
Algo a lo que Emily reaccionó con un alzamiento de ceja.
—¿No hay nadie en tu casa? —pregunté pasado un rato.
—No. Mis padres no están y mi hermano nunca pasa tiempo en el campo.
Lo miré.
—No sabía que tuvieras un hermano.
Edward sonrió con cierto reparo, quizá culpa.
—Porque es como si no lo tuviera.
La cabeza de Emily rodó de pronto hasta su hombro. Nos dimos cuenta entonces de que se había quedado traspuesta. Él se quedó contemplándola como si fuera un objeto sumamente valioso, y yo no pude evitar preguntarme si alguna vez me vería alguien de la misma forma, como un cristal único.
Suspiré y miré al cielo. Entre las nubes había retazos de un azul brillante. Me pregunté qué estaría haciendo Viktor, si ya tendría preparado el equipaje, si recordaba siquiera que me había invitado a acompañarlo.
—Tú que llevas más tiempo en la escuela —le dije a Edward—, ¿qué has escuchado sobre el doctor Frank? Debe de haber rumores o anécdotas que se cuenten por los pasillos.
Él se rio y se frotó el pelo de la nuca.
—Sí... —dijo con algo de reparo—. Se habla mucho de él.
Me incliné hacia delante, interesada.
—¿Y qué dicen?
El carruaje se balanceó de forma brusca al pasar por un desnivel. Emily soltó un quejido perezoso y, sin abrir los ojos, se acomodó más aún en el regazo de Edward.
—Cosas absurdas —dijo, bajando la voz, supongo que para no molestarla—.
Que es huraño porque una mujer lo traicionó, que es viudo, que lleva una vida paralela como alguacil.
—Suspiró—. Absurdeces. —Se quedó pensando—.
Lo que sí que es cierto es que jamás había tenido a un alumno o alumna en tutoría. Tú eres la primera.
—¿En serio?
—Sí. El doctor Frank es bastante práctico. Supongo que no le gusta perder el tiempo, y dar una hora de su vida a una persona no debe de hacerle mucha gracia. —Sonrió—. Tienes algo, Marshel, que a él le aporta en lugar de restarle.
—Pero solo soy... —Me froté la frente—. Solo soy una chica cualquiera.
—Todas las personas son alguien cualquiera para otros y alguien especial para solo unos pocos.
—Miró a Emily—. Ella puede no tener valor para nadie, Marshel.
Pero para mí y, sobre todo, para ti, es única y especial.
—Volvió a mirarme—. El doctor Frank ha visto algo en ti.
Quizá sea eficiencia, inteligencia, agudeza.
Aptitudes destacables para él. —Sonrió y recostó la cabeza sobre la de Emily—. Solo... aprovéchalo.
Asentí y me eché hacia atrás. Tenía razón.
¿Por qué no aprovecharlo? La alquimia me resultaba fascinante, no solo por ser el motivo por el que estaba viva, sino por la materia en sí.
Me gustaba investigar, exprimir mi mente con lo complejo, y la placentera sensación de dar con la solución a un problema que me llevaba tiempo resolver.
La alquimia requería creatividad y experimentación.
Era casi como un arte. Ir al Congreso de Alquimia de Hamburgo de la mano de alguien como Viktor Frank sería un sueño para cualquier estudiante. Y él me había escogido a mí.
—Gracias —le dije a Edward. Y, a partir de ese momento, me permití disfrutar sin pensar más en mi decisión.
Al final del camino de grava, tras unos grandes muros de un blanco inmaculado, se alzaba la casa de campo de Edward.
Rosewood Manor era colosal. Esa fue la única palabra que pudo encontrar mi cerebro para reflejar lo que mis ojos vieron al apearme del carruaje.
La casa tenía una fachada tan sobria como majestuosa, y estaba adornada con columnas clásicas que sostenían un pequeño frontón.
Las altas ventanas de guillotina reflejaban los rayos de sol que lograban escaparse de vez en cuando entre las nubes.
Alrededor, un amplio jardín estaba delimitado por setos recortados con precisión y caminos de flores ordenadas.
A ambos lados de la entrada principal, dos figuras de mármol extendían sus brazos de forma protectora.
El olor a rosas flotaba en el aire. Comprendí el nombre del lugar en cuanto inhalé el aroma.
—Qué bonito —dijo Emily.
Yo miré hacia atrás para comprobar que Edward siguiera hablando con el cochero.
—¿Por qué has querido que venga? —susurré—. Podrías haber disfrutado de esto con él sin mí.
Emily se aclaró la garganta.
—No quería que estuvieras sola en Londres.
Edward llegó entonces y nos interrumpió.
Nos invitó a entrar a la casa con el rostro iluminado por una amplia sonrisa.
Emily y yo lo seguimos hasta la entrada.
Las altas figuras parecían observarnos a medida que avanzábamos, como si quisieran asegurarse de que no suponíamos para el anfitrión ningún peligro.
Temí por un momento que se lanzaran a por mí, pero nada de eso sucedió.
Las dos figuras continuaron siendo lo que eran: piezas de mármol sin vida, aunque talladas de forma exquisita.
Atravesamos la casa sin reparar mucho en ella.
Apenas tuve tiempo de atisbar una sala adornada con tapices y una hilera de puertas a un lado y a otro mientras nuestros zapatos reproducían un eco sobre el suelo de mármol.
Había cuadros que cubrían las paredes de las escaleras, retratos quizá de antepasados, pero no pude ver ninguno con claridad.
En el exterior, nos aguardaban dos mujeres de la servidumbre.
Habían preparado una mesa en el amplio porche, protegida bajo una carpa de lino blanco atada a postes de madera por si nos sorprendía de pronto la lluvia.
Sobre el mantel, aguardaban platos, vasos y cestas de mimbre llenas de fruta.
A un lado, un carrito guardaba la comida, servida en bandejas sencillas: empanada de carne, queso Stilton, lonchas de jamón y bizcocho.
Tras admirar lo que sería la comida, desvié la mirada hacia el horizonte.
Tres escalones separaban el porche de una amplia pradera verde que no parecía tener fin.
A un lado había una arboleda espesa de robles y fresnos, y, al otro, un pequeño jardín lleno de rosales en flor de colores diversos.
Rojos, blancos, rosas. Di un paso hacia allí, intrigada, deseando pasear entre el olor que emanaba de ellos, pero Emily me detuvo antes de que pudiera alcanzar el primer escalón.
—Vamos a empezar a comer. —Miró hacia el jardín—. ¿Adónde ibas?
—Quería... oler las rosas.
Miró hacia Edward, que hablaba en ese momento con el servicio, y después, a los rosales.
—Yo también quiero olerlas.
Comprendí demasiado tarde que lo que quería era quedarse a solas conmigo. En cuanto pisamos el camino de grava que serpenteaba entre los rosales, empezó a soltarme un eterno soliloquio. Acostumbrada a escuchar de ella únicamente frases escuetas, no pude evitar prestarle atención plena.
—Te he metido el cuchillo de la cocina en el baúl —dijo tranquilamente—.
Duerme con él debajo de la almohada. Y si ves que el doctor empieza a comportarse de forma extraña, sube al primer barco que vaya a Londres.
Te he metido también un saco con dinero de sobra.
Edward está siendo extremadamente atento, y más de una vez ha pagado por mí la comida en Covent Garden, así que tenemos más peniques de los que esperábamos.
—Se quedó pensando—. Supongo que el doctor Frank no permitirá que pagues nada, pero te pueden servir para escapar en caso necesario.
—Se inclinó para tomar entre las manos una de las flores e inhalar su aroma—.
Las rosas florecen en primavera y verano —dijo.
Después, miró alrededor, en busca de algo.
Se agachó finalmente para contemplar unos tallos secos de caléndula y pensamiento.
Me agaché junto a ella.
—Las alimentan todo el año con alquimia, robándole vida a otras que florecen en otoño e invierno —comprendí.
—Sí. —Se levantó y miró al cielo—. Me apetece un Chelsea bun —murmuró.
Después, se dio la vuelta y caminó de regreso a la carpa.
Yo me quedé allí un momento más, rodeada de aquella belleza arrebatada. Los rosales se erguían hermosos en la superficie, pero, si te aproximabas, si te fijabas con atención, podías ver la muerte que los acompañaba.
Tragué saliva y reculé, sintiéndome de pronto una rosa más llena de espinas. Pero a mis pies no había flores secas, sino sangre.