14. SÉ CUÁL ES EL RIESGO
S É CUÁL ES EL RIESGO
Pasaron los días y la dinámica no parecía cambiar.
Viktor seguía siendo austero la mayor parte del tiempo, estricto con sus lecciones y antipático de forma natural.
Sin embargo, era paciente, atento y mostraba verdadero interés en mis avances.
Aunque casi todas las horas las pasaba sentado a su escritorio leyendo, al concluir mis experimentos y recibir de él correcciones o felicitaciones por el trabajo, me daba cuenta de que me había estado prestando atención todo el tiempo.
Emily me preguntaba cada noche al llegar si algo había cambiado y me recordaba que él era el cazador y yo, su presa. A mí se me ponían los pelos de punta, hasta que entraba al laboratorio con Viktor y nos quedábamos a solas. Entonces era incapaz de ver el peligro.
Al llegar a mitad de trimestre, las lecciones particulares, para mi desgracia, se interrumpieron de golpe.
—Me marcharé al Congreso de Alquimia de Hamburgo durante dos semanas —me dijo mientras guardaba sus pertenencias en su maletín. Era la primera vez que recogía al mismo tiempo que yo—. Retomaremos las lecciones después.
Cerró el maletín y se dirigió a la puerta sin mirarme. Me permitió salir en primer lugar y, después, echó a caminar hacia la salida principal de la escuela. Iba a acompañarme a casa.
—¿Qué se hace en los congresos de alquimia? —pregunté con una marcada curiosidad mientras nos aproximamos al carruaje.
Él me ayudó a subir y, cuando ambos estuvimos acomodados, respondió:
—Los alquimistas reconocidos presentan sus experimentos recientes. También hay demostraciones prácticas, exposiciones con material histórico, debates y eventos sociales.
El cochero se puso en marcha y yo me incliné hacia Viktor, más intrigada. Corregí la postura de inmediato en cuanto fui consciente de la cercanía.
—¿Y tú vas a presentar algo? —dije.
—No.
No volvió a hablar en todo el trayecto. Yo suspiré y miré por la ventana.
Drury Lane a esas horas seguía viva debido a una función en el teatro.
Supuse que, al haber remitido la lluvia por primera vez en tres días, la gente había decidido aprovechar la oportunidad para salir de sus casas el mayor tiempo posible.
La puerta del teatro estaba atestada, en las tabernas de alrededor también había movimiento, y los faroles iluminaban rostros risueños por todas partes. Hasta que entramos en Russel.
Me aclaré la garganta y me levanté del asiento cuando el cochero abrió la puerta.
—Buenas noches, doctor Frank —dije.
Él me deseó lo mismo de forma distraída y yo salté al suelo adoquinado.
El frío hizo que me envolviera en la capa mientras comenzaba a formarse en mi interior una sensación extraña.
Sentía que dejaba atrás algo de valor y una incipiente y absurda necesidad de darme la vuelta empezaba a hacerse con el control de mis pisadas.
En dos semanas no vería a Viktor ni una sola vez.
Agité la cabeza y me obligué a caminar más rápido, a llegar a casa cuanto antes para no hacer ninguna ridiculez. Pero antes de poder descansar a salvo en el rellano del edificio, alguien interrumpió el movimiento natural de la puerta, que estaba a punto de cerrarse para guardar así mis espaldas.
Me volví con un repentino pánico y lancé el morral a quienquiera que fuera el intruso. Descubrí a Viktor mirando el objeto que yacía a una distancia decepcionante de él, a varios pasos.
—Quizá, entre lección y lección, podríamos arreglar también eso —dijo, refiriéndose indudablemente a mi puntería.
Respiré con profundo alivio. Por un momento había temido que fuera otro monstruo. Corrí hasta el morral y lo recogí entre los brazos.
—¿Qué haces aquí?
—Quiero invitarte al congreso.
La penumbra del rellano no me permitió ver con claridad su expresión. Apenas entraba la luz de los faroles del exterior, y la lámpara de las escaleras estaba apagada. No supe discernir por ello si quería realmente que lo acompañara o era algún tipo de atención obligada.
—¿Por qué? —pregunté.
Viktor se acercó.
—No esperaba esa respuesta.
—No sé qué podría aportar yo allí.
—No asistirías para aportar, Marshel, sino para aprender.
—¿Y no molestaría?
Se aproximó un poco más.
—¿Por qué ibas a molestar?
—Tendrás que estar pendiente de mí.
Viktor inspiró profundamente y espiró.
—Eso no es una molestia. —Después, se dio la vuelta para marcharse—. Si solo tienes ese inconveniente, pasaré a recogerte el lunes por la mañana. Ten el baúl preparado.
No me dio tiempo a replicar. Salió a la calle y cerró la puerta.
Yo me quedé prácticamente a oscuras, dudando entre perseguirle para negarme a hacer algo así o subir a casa y contarle a Emily los nuevos planes.
La primera opción no era para mí siquiera una opción, pero la segunda me daba reparo.
Sabía cuáles serían las palabras que saldrían de su boca.
Suspiré y comencé a subir agarrada al pasamanos. La lámpara de nuestra planta estaba prendida como cada noche, cosa de Emily. Cuando entré, me miró sobre las cubiertas del libro que estaba leyendo. Se encontraba sentada en la cama, apoyada en la pared.
—Estás colorada.
—¿Qué?
Dejé la capa y el morral en mi cama. Prometeo estaba apoyado en el biombo. Emily volvió a hundir su rostro en el libro.
—Tus mejillas están rosas. ¿Estabas con el doctor Frank?
Apreté los labios.
—Me ha pedido que lo acompañe al Congreso de Alquimia de Hamburgo.
Emily volvió a mirarme. Dejó el libro a un lado y se inclinó hacia delante.
—¿Hamburgo? —repitió.
—Solo serán dos semanas.
—Te puede dar un ataque de dolor. Y el doctor Frank puede encontrar los elixires —dijo sin comprender.
Me dejé caer en la cama.
—Sé cuál es el riesgo —respondí.
—¿Y por qué vas a ir?
—Quizá averigüe cosas. Tal vez en alguna exposición haya algún libro sobre el Azoth. Podría ser una oportunidad.
Emily alzó una ceja.
—No creo que el Azoth sea la razón prioritaria.
—¿Qué?
Volvió a coger el libro. Por primera vez desde que la conocía parecía realmente enfadada.
—He visto cómo miras al doctor Frank en clase.
Fruncí el ceño.
—¿A qué te refieres?
Abrió el libro y fingió leer. Sus dedos temblaban, igual que su voz.
—El doctor Frank es atractivo. Puedes sentirte atraída por él. No hay nada de malo en eso. Excepto porque te quiere muerta —dijo. Volvió a dejar el libro sobre la cama con más fuerza de la necesaria—. No deberías ir a Hamburgo.
Iba a responder que en absoluto me sentía atraída por él, pero lo cierto era que me gustaba su compañía, me agradaba su atención, y hacía arder cada parte de mi piel que tocaba, aunque solo fuera un roce.
Sí, tal vez Emily tenía razón. Tal vez sentía atracción, tal vez me gustaba.
Y aquella realidad hizo que me sintiera por primera vez como una joven corriente.
Era la primera vez que experimentaba atracción, y en cierta forma resultaba placentero.
¿Tan malo era dejar que esa emoción agitara sus alas en mi vientre con precaución?
—De acuerdo, haré una cosa —dije—: si me doy cuenta de que corro algún peligro, dejaré las lecciones al volver a Londres, incluso la escuela de ser necesario.
Emily me miró fijamente.
—Si sucede cualquier cosa, nos iremos de Londres el mismo día que sospeches que algo va mal. Prométemelo.
Tragué saliva y asentí.
—Te lo prometo.