En el corazón del monstruo 13. IGUAL DE MONSTRUO QUE ELLOS
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13. IGUAL DE MONSTRUO QUE ELLOS

I GUAL DE MONSTRUO QUE ELLOS

Salí del laboratorio frustrada, enfadada y confusa.

Había conseguido que la galena mantuviera su tinte durante media hora exacta, pero no había siquiera intentado tantear al doctor sobre las reversiones de algunas fórmulas.

Después de aquel interrogatorio y de su rotundidad al afirmar que no me cortejaba, dándome a entender, además, que jamás lo haría, me había dejado un regusto amargo que no me había permitido pensar en nada más que en él.

Quizá no quería que sus breves acercamientos y atenciones hacia mí me hicieran pensar algo que no era. No tenía ese tipo de interés y jamás lo tendría. ¿Por qué me afectaba tanto aquello?

El enfado se me fue de golpe al ver a su cochero aguardándome a las puertas. Sabía que me aguardaba a mí porque no me dio siquiera tiempo a pensar. Cuando mi cerebro quiso reaccionar, el cochero ya estaba abriéndome la puerta del carruaje e invitándome a subir.

Dudé.

—Señorita Allen —insistió el hombre.

Podría haberme negado a aceptar su favor de acercarme a casa, pero la lógica me hizo mover los pies hacia el carruaje.

Viktor no quería que tuviera otro encontronazo con un monstruo, y yo tampoco.

Subí por los estribos y me acomodé en el interior.

En cuanto el cochero se instaló en el pescante, se puso en marcha enseguida.

Suspiré y me abracé al morral. Supuse que el carruaje regresaría después a por Viktor.

No quise pensar que su ausencia tenía que ver conmigo.

Quise creer que había preferido hacer tarde en su despacho para trabajar en algo o estudiar algún libro.

Fracasé estrepitosamente. Cuando llegué a casa, estaba convencida de que había preferido no acompañarme a propósito.

Emily se encontraba junto al brasero cuando entré. Giró la cabeza al escuchar la puerta.

—Estás viva.

—Claro que estoy viva.

Volvió a atender al guiso.

—Y también enfadada.

No respondí. Tiré el morral a la cama, me quité las botas y empecé a desvestirme. Ella se limpió las manos en un trapo y se dirigió al armario donde guardaba los frascos de elixir.

—He terminado —dijo—. Ha dado para cuatro frascos.

Alcé las cejas con sorpresa y culpa.

—Oh, Dios, había olvidado... —Resoplé con alivio y cogí uno de los frascos—. No sabía que habías continuado con él. Lo había olvidado por completo. Yo...

—Has estado ocupada tratando de sobrevivir. —Cerró el armario—. No te preocupes. Ahora, dime, ¿por qué hueles a chamusquina?

Resoplé y me despojé del vestido.

—Deben de ser las mangas. He trabajado con un mechero de alcohol.

Lo eché al rincón de la ropa sucia. Continué después con las enaguas finas, las medias molestas y el corpiño asfixiante mientras Emily regresaba a la cazuela y removía el contenido. Olía deliciosamente a puerro y patata.

Me acerqué, cubierta con la camisola, la única prenda que aún tenía encima, e inhalé el aroma que liberaba la sopa.

Quise probar, pero Emily me apartó y me dijo que, si no me daba prisa, el agua para el baño se enfriaría.

La idea de volver a zambullir una parte de mi cuerpo en agua fría me hizo olvidar al momento la comida y dirigirme al barreño para asearme. La encontré templada.

Mientras me restregaba con ahínco la pastilla de jabón por el cuerpo tras el estrecho biombo, no pude evitar volver a pensar en Viktor.

Tampoco durante la cena, ni durante el sueño.

Permaneció en mis pensamientos a cada minuto que se asentaba un silencio entre Emily y yo.

Quise contarle lo que me había dicho él en el despacho, pero me vi de pronto callando, como si solo la palabra cortejo fuera tan escandalosa como un pecado carnal.

No descansé bien.

Al día siguiente, cuando regresé con el doctor al laboratorio tras la clase del profesor Stone, él me miró como si me hubiera crecido un cuerno en la frente.

—No ha descansado en absoluto —dijo desde su escritorio.

—Estoy bien.

—No. No lo está —respondió, cortante—. Si quiere dar conmigo una lección, le recomiendo que venga habiendo tenido un sueño reparador. —Señaló la puerta—. Por favor, regrese mañana con todos los sentidos en su lugar.

Me quedé pasmada.

—¿Cómo dice?

—Le estoy pidiendo que se marche, señorita Allen. No va a tocar mi laboratorio en ese estado.

—Le he dicho que estoy bien.

Su expresión se ensombreció. Se levantó de su asiento y se acercó a mí, como si fuera de pronto un depredador. Me sentí un ratón arrinconado.

—Y yo le digo que sus pasos son torpes, su mirada está ausente y el movimiento de sus manos resulta impreciso. Hoy me hará perder el tiempo.

Parpadeé, confusa e intimidada por su repentina cercanía.

Yo era tan pequeña que a él no le costaba en absoluto ocupar casi por completo mi espacio personal por encima de mi cabeza.

Me pregunté por primera vez si acaso había diseñado a sus monstruos de menor altura precisamente para encontrarse él siempre en ventaja. Aquello me irritó.

—No me amenace —dije, molesta, y me dirigí a la salida.

Tiré del picaporte para marcharme, pero la puerta se cerró de golpe en cuanto se abrió un palmo. Creí que había sido por alguna corriente de aire. Luego descubrí la mano del doctor sobre ella, sobre mi cabeza.

Me di la vuelta y me crucé de brazos.

Él se apretaba el tabique nasal con la otra mano, con los ojos cerrados con fuerza.

—¿Cómo se te ocurre que te pueda amenazar, Marshel?

—Estabas prácticamente encima de mí.

Abrió los ojos y se apartó.

—No era mi intención. No soy consciente de mi envergadura y mucho menos de lo que puedo provocar con ella.

Aquellas palabras me hicieron dudar entre salir o quedarme, pero su voz se deshizo al instante de mi titubeo:

—De acuerdo —dijo mientras apartaba una silla de un puesto para acercarla a su escritorio—, me disculpo por mi genio. —Tomó asiento en su silla y me invitó a mí a ocupar la otra que había movido—. Por favor, siéntate. No vas a tocar mi laboratorio, pero podemos aclarar dudas de forma teórica.

Aquellas palabras me alentaron al instante a aceptar su invitación. Estaba dispuesto a responder preguntas. Yo estaba dispuesta a formular todas las que se me pasaran por la cabeza.

Cuando tomé asiento, sin embargo, dudé un momento.

Hacía días que no me atormentaba el dolor y temí por un momento que fuera a regresar de golpe durante aquella charla.

Pero la mirada del doctor, extrañamente receptiva, hizo que dejara de darle vueltas a ese posible escenario.

Me aclaré la garganta y fui directa a ese tema en particular, al que más me atormentaba.

—¿Recuerdas que te hablé del dolor de una persona cercana a mí?

—Sí.

—Te dije que quería ayudarle a prevenirlo.

Él asintió con el gesto repentinamente ensombrecido.

—Lo recuerdo. Y también recuerdo que no sabías qué enfermedad era la que provocaba aquel dolor.

—Dijiste que eso no importaba.

—Dije que no importaban los síntomas. Pero sí es crucial saber algo: si la enfermedad es terminal, no hay nada que pueda hacerse.

—Se inclinó suavemente sobre la mesa y entrelazó las manos—.

Te conté que mi madre sufría. ¿No crees que, si hubiera habido un remedio, habría evitado su dolor y su muerte?

—Oh. —Me incliné hacia delante yo también—. ¿Por qué depende del resultado de la enfermedad?

—Si el dolor tiene un final, también debe tener un principio. La alquimia se trata de compensar la naturaleza. —Relajó de nuevo la espalda en el respaldo—. Conseguir algo tan grande conlleva un sacrificio del mismo peso.

Asentí lentamente.

—Entonces...

Viktor suspiró.

—Entonces, si quieres prevenir el dolor de esa persona de forma permanente, deberás pasarle ese dolor a otro ser vivo. Y dudo que quieras hacerle eso siquiera a un ratón. A menos que esa persona sea tan importante para ti como para pasar por encima de todos tus principios.

Exhalé con amargura.

—No —confesé—. No es tan importante.

Por supuesto que no lo era. ¿Cómo iba a cederle un dolor así a un pequeño roedor o a cualquier otro animal? Aunque, quizá a un criminal desalmado y cruel... Tragué saliva.

—Pero —dije— en el hipotético caso de que deseara hacerlo, ¿cuál sería el ritual?

—Con el Azoth de Vitalidad, por supuesto. Serviría para transmutar el dolor a algo material, ya que lo captaría como una distorsión energética, y, de esta forma, poder entregarlo a otro ser vivo.

Me deprimí más si cabía ante aquella revelación. El Azoth. ¿Cómo iba yo a emplear el Azoth si era incapaz de hacerme siquiera con él? Lo había visto decenas de veces, pero ni una sola había sido capaz de capturarlo.

—Eso es...

—¿Complejo? —Entrelazó las manos—. Sí, así es. La naturaleza es sabia, Marshel. Cualquier loco puede teñir una galena, pero solo alguien inteligente y cualificado puede alcanzar algo tan puro. Normalmente, ese tipo de personas suelen tener dos dedos de frente, ¿no te parece?

Me quedé un instante callada y pensé que él no había tenido dos dedos de frente al crear a todos sus monstruos.

—Normalmente —terminé respondiendo—. Sí.

El doctor dibujó una discreta sonrisa y giró la silla para acercarla a la mía. Sus rodillas rozaron mi falda.

—Una respuesta cruel. Jamás lo habría esperado de ti.

—Yo no he dicho...

—Lo has pensado. Has pensado en mis actos del pasado y en mi locura al jugar a ser Dios.

Alcé el mentón.

—Está bien —le concedí—. Sí, lo he pensado. Lamento el tormento que te causaron tus decisiones, pero no he podido evitarlo. De hecho, creo que tú mismo has querido buscar mi reacción con tus palabras sobre tener dos dedos de frente.

Clavó la mirada en mí durante tanto tiempo que por poco hizo que me encogiera.

—Cuando me sinceré contigo —dijo al fin—, te comportaste como una dama comprensiva. —Se acarició la barbilla—. Admito que sentía curiosidad por saber lo que pensabas realmente, lejos de aquel momento en el que me derrumbé y tú supiste sostenerme con rigidez.

—Bien, pues ahora ya lo sabes.

—¿Crees que soy igual de monstruo que ellos?

Se me formó un nudo en la garganta cuando escuché aquella pregunta.

No pude evitar por ello mirarlo fijamente a los ojos, bucear en ellos hasta encontrar de nuevo aquella oscuridad que lo consumía por dentro, de la que en aquel momento no parecía haber ni un ápice.

Pero ahí estaba, oculta tras capas de otras emociones que no sabía discernir.

—No —respondí, por tanto—, no creo que seas un monstruo. Creo que el dolor de la pérdida puede trastornar a cualquiera.

Sus hombros, que parecían haberse tensado durante mi silencio, se relajaron al instante, y su mano, con cuidado, me acarició suavemente los dedos de forma tan fugaz que creí haberlo imaginado.

—Gracias, Marshel —susurró. Después, se levantó de forma brusca y retiró su silla para devolverla al escritorio—. Te veré mañana, que descanses.

Estaba tan aturdida por su reciente contacto que tardé un momento en percatarme de que me estaba echando. Esta vez, sin embargo, sus palabras, aunque rotundas, fueron más amables. Así que le deseé lo mismo y salí de allí con mejor humor que el día anterior.