En el corazón del monstruo 12. MENTIRAS
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12. MENTIRAS

M ENTIRAS

Di un paso atrás, completamente trastornada ante aquella revelación.

El sacrificio de su madre me había dado la vida.

Nos la había dado a todos. Su madre. Había matado a su madre.

Tras otro paso atrás, eché a correr de forma instintiva.

Pero el doctor Frank era más grande y rápido, y me atrapó enseguida.

Me cogió en volandas mientras yo pataleaba y trataba de deshacerme de sus manos, algo que me resultó imposible.

Iba a morir, en ese lugar y en ese momento. Iba a morir.

—¡Suéltame!

Chillé pidiendo ayuda, pero nadie acudió. Me tapó la boca con la mano.

—Tranquilízate, Marshel, no es lo que crees —dijo. Me seguí revolviendo, le mordí la mano, pero él no me soltó—. Mi madre ya estaba prácticamente muerta. Una enfermedad estaba a punto de llevársela. Sus dolores eran insoportables, sufría cada día, cada hora. Me rogó que terminara.

—¡¿Y decidiste acuchillarla?! —grité.

—Por extraño que parezca, no me gusta la sangre.

—Sus labios en mi mejilla, mientras me hablaba, comenzaron a tranquilizarme—.

La dormí, y, poco a poco, fui drenando su cuerpo hasta que murió.

No pretendí jamás usar su sangre para ningún experimento.

Pero el miedo de perder todo cuanto quería empezó a enloquecerme.

Había desechado su sangre el mismo día que había fallecido, pero algo en mi interior, algo oscuro, hizo que conservara un frasco.

Una esperanza, quizá. —Sus manos fueron liberándome, dejándome de nuevo en el suelo, pero se mantuvieron en torno a mi cintura, sobre la cicatriz que escondía bajo la ropa, y sus labios, sobre mi oído—.

Fue entonces cuando decidí llevar a cabo el mayor experimento de mi carrera.

La creación de los siete monstruos con forma humana.

—Un breve silencio—. He pasado casi tres años tratando de acabar con cada uno de ellos, tratando de resarcir mi error.

—Hundió su frente en mi cuello—. Vivo en un tormento, ahogado en una culpabilidad eterna.

Siete familias destrozadas por siete muertes que llevan mi nombre.

No podré descansar hasta que no termine con el crimen que cometí.

Tragué saliva.

—Tú no tienes la culpa —susurré. «Yo no soy como ellos —quise decir—. Tú no creaste monstruos, ellos se crearon a sí mismos».

Sus brazos abrazaron más mi cuerpo.

—Mis alquimistas seguirían vivos de no ser por mí.

Tuve que ahogar mis palabras para no sincerarme.

Me quemaron como ácido en la garganta, pero el instinto de supervivencia las retuvo a pesar de ello.

Si hablaba, estaría muerta. En aquel mismo instante.

Así que lo único que hice fue respirar hondo y quedarme quieta, ofrecerle mi cuerpo como soporte mientras el tormento que sufría trataba de tragárselo.

¿Cuánto tiempo había permanecido silenciando aquella culpa, guardándola para sí mismo?

Su aliento poco a poco se fue dulcificando y aliviando, hasta que recuperó la serenidad habitual. Entonces, como si se hubiera despertado súbitamente de un trance, se apartó de mí de golpe.

—Lo lamento —dijo mientras me giraba para mirarlo—. No debí abrazarte. No ha sido correcto. —Miró hacia el suelo y se aclaró la garganta, llevando las manos a su espalda y recuperando su estado estoico—. Tu amiga es hábil rastreando —dijo, y alzó los ojos para observar algo a mi espalda.

Yo me di la vuelta, confusa, y descubrí a Emily tras el tronco de un árbol, tratando de ocultar su identidad de forma patética bajo un amplio sombrero y un pañuelo atado a la nuca que le cubría parte del rostro.

Puse los ojos en blanco. Había llegado tarde para salvarme cuando el doctor me había atrapado en mi intento de huida, pero a tiempo de interrumpir lo que fuera que acabara de pasar entre él y yo.

Me descubrí lamentando la súbita lejanía de su cuerpo sobre el mío.

Cuando volví a mirarlo, ignorando la presencia de Emily, descubrí que se había recuperado ya por completo.

—Regresa a la escuela —me pidió—. Retomaremos las lecciones particulares.

Y, dicho eso, inclinó la cabeza y se marchó, sin esperar una respuesta. Supongo que creyó que, una vez explicada su violenta actuación con el monstruo, ya no tendría miedo de él, de pisar su clase ni de su compañía.

Lo vi alejarse con la elegancia y serenidad que lo caracterizaban mientras los pasos de Emily se aproximaban a mí desde el otro lado.

—Te estaba abrazando —observó, quitándose el pañuelo. Lo enredó en su muñeca y se levantó el sombrero. Le pesaba tanto en la cabeza que se escurría por su frente una y otra vez. Terminó por quitárselo también—. Le has dejado acercarse demasiado.

Yo respiré hondo y me froté los ojos.

—Estaba... triste —dije—. Creo que ya sé de dónde vienen los dolores, Emily —añadí.

Eché a caminar en dirección a casa mientras le contaba todo lo que me había narrado el doctor. La sangre que me había dado la vida provenía de una persona enferma llena de dolores. Si el dolor que sufríamos se debía a eso, tal vez podría revertirse el error.

—Así que quieres regresar a la escuela para tantearlo —dijo al llegar a casa.

—No tiene forma de saber quién soy.

—Solo tiene que mirarte la nuca para encajar las piezas. Con tu vestido de cuello bajo se puede ver el comienzo.

Me llevé allí la mano de forma inconsciente.

—En todo el tiempo que llevamos conviviendo, jamás te habías dado cuenta de la existencia de la cicatriz. —Me dejé caer en una silla—. Me parece que soy perfectamente capaz de ocultarla —dije—. Además, con ese vestido siempre llevo el pelo suelto.

Llegado el lunes, creí que, durante la clase de laboratorio, el doctor Frank me dirigiría alguna mirada de complicidad por lo sucedido junto al Támesis, pero nada más lejos de la realidad.

Si yo pensaba que habíamos compartido algún tipo de intimidad, él, con su actitud fría y distante, parecía querer dejar claro que lamentarse de un error en el hombro de una alumna no era nada del otro mundo.

Cuando nos quedamos solos, sin embargo, sus ojos mostraron un brillo más cálido.

—Prepare los utensilios, señorita Allen —dijo—. Vamos a hacer pigmentación usando un símbolo temporal. El tinte que aplique a la galena deberá desvanecerse en media hora.

Asentí, tomé el mineral, el frasco con el tinte azul, y la campana de cristal donde realizaría la mezcla e incluiría el símbolo de alquimia. El doctor Frank me acercó entonces la tiza y me pidió que pintara antes el símbolo que iba a dibujar.

Me acerqué a la pizarra, dubitativa, y tracé el símbolo temporal que conocía, adaptado al tiempo que el doctor había indicado: un reloj de arena partido en dos por una línea horizontal.

El reloj simbolizaba comúnmente una duración de una hora.

Incluyendo la partición, el tiempo se reducía a la mitad. Teóricamente.

Él dibujó una breve sonrisa antes de borrar el símbolo con la manga de su bata. Después, me miró.

—Vuelva a intentarlo.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué este no sirve?

—Le habría dejado averiguarlo si tuviéramos por delante varias horas, pero la lección dura una y no quiero malgastarla. —Llevó las manos a su espalda—. Piense, señorita Allen.

Miré la pizarra y coloqué la tiza sobre ella, a la espera de hallar una respuesta clara. ¿Qué problema había con el símbolo temporal universal? Me quebré los sesos durante al menos cinco minutos antes de caer en el error. Por supuesto.

—No he tenido en cuenta el material a pigmentar.

—No. No lo ha tenido. —Se acercó a mí—. El símbolo es correcto, pero le falta el trazo ligado al mineral que vamos a emplear. Sin él, no hay exactitud. No puede usar un símbolo universal sin ningún tipo de especificación.

—Lo siento.

—No se disculpe y rectifique.

—Sí.

Me apresuré a dibujar el nuevo símbolo. Cuando me dio el visto bueno, tomé la galena y, con otro trozo del mismo mineral, tracé el dibujo en la superficie a teñir con el pigmento del frasco.

Después, eché la galena a la campana de cristal, la rellené de agua y encendí el mechero de alcohol sobre el que se encontraba suspendida.

Una suave llama acarició la superficie del cristal.

Aguardé en silencio a que la galena comenzara a adquirir el color deseado y se le restara dicha tonalidad al otro trozo.

Mientras, el doctor Frank se dedicaba a leer y a escribir en su escritorio.

Suspiré y me dejé caer en una silla. Cinco minutos después, el mineral tomó al fin un tono azulado.

Me precipité a coger con un trapo la campana y a volcar el contenido en una pila.

Apagué la llama del mechero y dejé la galena sobre la mesa.

Miré el reloj: las seis y veinte. El color debería desaparecer a las siete menos diez.

Volví a tomar asiento y fijé los ojos en el mineral, atenta a cualquier cambio que pudiera indicarme que había cometido algún error.

Pronto noté la presencia del doctor junto a mí.

Cuando alcé la mirada, descubrí que no estaba prestando atención en absoluto a mi trabajo, sino a mis dedos, que se encontraban en ese momento acunando mi barbilla con aburrimiento.

Me enderecé y me miré las manos.

—¿Qué pasa?

—No ha usado guantes, ¿verdad?

—Eh...

El doctor resopló y me cogió de la muñeca con delicadeza para invitarme a levantar de la silla. Después, me acercó un cubo de una mesa y me obligó a meter las manos en un agua más fría que el hielo. Emití un grito ridículo y las saqué al instante, pero él volvió a introducirlas.

—Déjelas ahí cinco minutos o tendré que amputarle los dedos —dijo, regresando a su escritorio.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Ha entrado en contacto con un tinte modificado con alquimia. Es tóxico y puede producir gangrena. —Cogió el libro que estaba leyendo y lo abrió—. El efecto alquímico se corta con frío.

Tomó asiento y retomó la lectura como si no acabara de decirme que por poco había perdido las manos. Lo miré, aturdida ante la falta de gravedad en su tono.

—¿Qué mira, señorita Allen? —me preguntó sin apartar los ojos del libro.

—¿No tiene sangre en las venas, doctor Frank?

Alzó la mirada.

—Tengo sangre en las venas —respondió—, pero probablemente no circule de forma tan frenética como la suya.

Suspiré. Me contemplé las manos hundidas en el agua y las moví vagamente para despertarlas del entumecimiento. Después, hablé casi sin ser consciente.

—¿Por qué me contó todo eso el viernes?

El doctor Frank volvió a mirarme. Esta vez, guardó silencio un momento. Me satisfizo ver que al menos aquella pregunta le había provocado cierta sorpresa. Lo había pillado desprevenido.

—No lo sé —respondió. Se levantó de la silla y se dirigió a mí—. Supongo que me transmite cierta calma y confianza, señorita Allen. Usted me permite liberarme de alguna forma que soy incapaz de dominar.

—¿Quién conoce la historia, doctor Frank?

—Nadie más que usted, los monstruos y yo.

—¿Tanta confianza le aporta una mujer que apenas conoce como para confiarle algo que nadie sabe?

Se posicionó a mi espalda, muy cerca, pero sin llegar a tocarme. Me sentí ridícula con las manos metidas en agua y me entró la incipiente necesidad de darme la vuelta. Pero no tenía nada que ver con la cicatriz, que tenía bien resguardada bajo mi larga cabellera. Era algo diferente, como un imán.

—Llevo haciéndome esa pregunta desde la primera vez que chocaste conmigo en el Lion, Marshel —susurró en mi oído—.

Tus enormes ojos contemplan el mundo de forma diferente.

Brillan con curiosidad e impaciencia, como si todo a tu alrededor pudiera desvanecerse en cualquier momento y necesitaras por ello descubrir cada particularidad que te rodea.

Tragué saliva.

—Me gusta... vivir.

Me arrepentí al momento de decir semejante estupidez extraña, pero él no pareció tomarlo como una rareza. Escuché junto a mi oreja el débil sonido de una risa fugaz y el aliento que arrastró consigo. Se me erizó la piel del cuello.

—Ya puede sacar las manos, señorita Allen.

Lo hice al instante. El doctor prendió entonces el mechero de alcohol más cercano y me lo aproximó para que me caldeara los dedos.

—Gracias.

Tomó asiento en su escritorio de nuevo.

—Dígame, señorita Allen, ¿por qué nos siguió el viernes su amiga, la señorita Abbott?

Me quedé por un instante muda.

—Quería... Quería saber qué ocurría —terminé diciendo.

Él dibujó una breve sonrisa en su rostro que fui incapaz de descifrar. Relajó la espalda en el respaldo de la silla y entrelazó las manos.

—¿Y qué podría haber ocurrido?

«Que me mataras».

—Eso se lo tendrá que preguntar a ella —dije, evitando la pregunta.

Se inclinó un poco hacia delante en su asiento.

—¿Por qué? —dijo—. Creo que usted lo sabe o se lo imagina. La señorita Abbott sabía que iba a verse conmigo. Entiendo que usted sospechará las razones que le llevaron a comportarse así.

Volví a quedarme muda. ¿Qué demonios quería que le dijera?

—Le interesaba el motivo de su visita —respondí, confusa.

Él volvió a sonreír de esa forma que resultaba una incógnita para mí.

—¿A qué conclusiones llegó su amiga, señorita Allen?

«A que debía alejarme de ti lo más pronto posible».

—A que se había acercado demasiado a mí. —Retiré las manos del fuego, repentinamente acalorada—. Le vio abrazándome, doctor Frank.

—¿Qué excusa le dio?

Mi corazón empezó a palpitar frenéticamente. Si continuaba con aquel dichoso interrogatorio, se me agotaría el ingenio para esquivar las preguntas con medias verdades.

—Que estaba triste. —Enderecé la espalda—. ¿Por qué este cuestionario? ¿Adónde quiere llegar? —pregunté, decidida a acabar con ello.

Él guardó silencio. Después, volvió a recostarse en la silla y cogió el libro que estaba leyendo. Antes de regresar su atención a él, me respondió con voz monótona:

—Quería saber si pensó que le cortejaba —dijo—. Puede asegurarle que no.

Después, retomó la lectura y no volvió a pronunciar una palabra.