11. UNA VIDA POR UNA MUERTE
U NA VIDA POR UNA MUERTE
Me encerré en casa y no salí en toda la semana.
Emily opinaba que tal vez debíamos mudarnos a otro lugar, ya que el doctor Frank sabría dónde hallarme si fuera necesario.
Accedió a seguir yendo a la escuela, aunque yo la abandonara, al menos unas semanas más.
Ella se encargó a partir de ese momento de salir a comprar al mercado para evitar que me encontrara de nuevo con él por alguna caprichosa casualidad del destino, y empezó a hablar allí con mujeres para enterarse de cualquier habitación o apartamento que pudiera estar disponible.
Entraríamos a servir en una casa de ser necesario.
En todos aquellos días yo me limité a realizar las tareas domésticas que antes hacía Emily.
Bajaba al patio a llenar jarras y cubos de agua en la bomba manual para beber y para el aseo diario, y cargaba con la ropa sucia hasta el lavadero común para frotarla y colgarla después en las cuerdas del patio si encontraba un hueco.
Descubrí que debía madrugar para asegurarme de que fuera así y para evitar las colas, y también que el jabón del lavadero estaba asqueroso.
Decidí, al quinto día, preparar el mío propio.
Con ceniza de madera dura en un barril y agua caliente, hice la lejía para mezclarla después con grasa animal derretida en una olla grande.
Añadí después lavanda para darle algo de aroma y removí hasta que los brazos se me adormecieron.
Me senté a esperar.
Entonces, un movimiento en la ventana atrajo mi atención.
Cuando me asomé, vi a Prometeo agitando sus alas antes de ocupar un rincón en el alféizar.
Abrí el cristal y acerqué la silla para sentarme de nuevo y recostar la cabeza a su lado.
El pájaro me miró y abrió y cerró el pico un par de veces.
Después, caminó de lado hacia mí y apoyó su cuerpo en mi mejilla.
Cerré los ojos y, por un instante, me sentí en paz con mi condición.
Prometeo no era un monstruo, y yo tampoco, comprendí.
En ese momento llegó Emily del mercado. Giré la cabeza, apartándome así de Prometeo, que emitió un sonido quejumbroso, y miré la hora en el antiguo reloj de la mesilla.
Arrugué el ceño al ver que había estado fuera una hora más de lo habitual.
Antes de que preguntara nada, las mejillas coloradas de Emily y su mirada evasiva revelaron la respuesta.
Dejó la cesta con la compra del mercado en la mesa y carraspeó mientras empezaba a sacar una cantidad desorbitada de productos que no podíamos permitirnos.
Me levanté de la silla y me acerqué con curiosidad.
Mermelada de moras, membrillo, queso Stilton, huevos, pan blanco, brioches , mantequilla fresca, uvas, castañas asadas y un pastel de carne medio envuelto en papel de estraza que aún liberaba una hilera de vapor delicioso.
También había algo envuelto en papel basto cerrado con una fina cuerda.
Por su olor, podría asegurar que se trataba de una pieza de tocino.
Sonreí.
—Ha sido Edward, ¿eh?
Emily carraspeó mientras colocaba cada producto en los estantes de forma ordenada, perfectamente alineada y por categorías.
—Me lo encontré en el mercado —dijo—. No sé qué hacía en Covent Garden alguien como él.
—Se encogió de hombros—. Si hubiera sido una joya, la habría rechazado.
Pero no nos viene mal la comida. Hay pastel.
—Señaló el bulto envuelto en papel de estraza—.
Me sorprendió que quisiera consentirme con eso en lugar de comprarme algo ostentoso y que no me serviría para nada.
—Se dio unos toquecitos en la barbilla mientras buscaba hueco para el membrillo—. Creo que me conoce un poco.
—Emily —me reí—, te presta una atención desmedida. Claro que te conoce. Almacena en su cerebro toda la información que sueltas por la boca como si fuera un saco gigantesco.
—Es posible. —Cambió de sitio el queso y lo colocó junto a los huevos—.
Me descubrió haciendo cola en un carro de panes y decidió acompañarme en mi ruta por todos los puestos después de pagar al vendedor por un pan blanco y dos brioches .
—Cogió los tres productos y los miró—. Los iba a rechazar.
—Los acercó a su nariz y respiró hondo—. Pero huelen bien.
—¿No los rechazaste por el olor?
—Sí. —Colocó el pan y los bollos sobre una tela en la mesa y dio un pellizco a uno de los brioches para llevárselo a la boca—. Me dijo que también era para ti, que seguro que te haría feliz comer mejor por unos días. Me pareció bien.
Sonreí y di yo también un pellizco al bollo. Entonces Emily dirigió la mirada a la ventana y alzó una ceja.
—¿Ese es Prometeo?
Me giré. El ave estaba asomada al apartamento, con una patita dentro y otra aún en el alféizar. Un segundo después echó a volar para acomodarse en el respaldo de una silla. Su cuerpo se hizo una bola y su cabeza se hundió para descansar.
—Sí.
De pronto, llamaron a la puerta. Por un momento, pensé que se trataría de Edward, que había seguido a Emily hasta allí para darle algún otro regalo comestible. Pero fue la voz del doctor Frank quien habló tras dos golpes precisos en la madera.
—Señorita Allen —dijo—. Me gustaría hablar con usted.
—Marshel no está, doctor Frank —respondió Emily al instante sin alterarse lo más mínimo mientras se acomodaba en la silla y daba otro pellizco al brioche .
Una larga inhalación resonó al otro lado de la puerta.
—Señorita Abbott, he escuchado dos voces ahí dentro.
A menos que esté ensayando alguna obra de teatro, dándose respuesta a usted misma, lo cual dudo, hay alguien más con usted, y no creo que me equivoque si aseguro que se trata de su compañera de apartamento.
—Una pausa—. Le espero abajo, señorita Allen.
Después, silencio. Igual de sigiloso que había venido, se fue. Ni siquiera escuchamos sus pasos alejarse.
Emily me miró.
—No deberías hacerlo —dijo.
—Volverá a subir si no bajo.
—No sabes lo que quiere. Quizá ya ha descubierto lo que eres y, en cuanto bajes, acabarás hecha trizas como ese monstruo, con una jeringa en el cuello.
La perspectiva de que aquello pudiera ser una opción casi hizo que me encogiera.
—Eso no va a suceder. Al menos, no hoy. —Me dirigí a la cómoda y abrí el cajón para sacar un vestido—. Solo será un minuto. Lo echaré de aquí en cuanto lo vea.
—Puedes echarlo desde la ventana —propuso.
Yo negué con la cabeza y tiré de la primera tela que encontré.
Lino verde musgo. Me quité de encima el vestido desgastado con el que me había ocupado de las tareas domésticas y, usando la misma ropa interior, me vestí con la nueva prenda.
Me calcé las botas, cogí la capa y me dirigí a la puerta con la mirada resignada de Emily puesta en mí.
—Estaré vigilándote desde la ventana —dijo.
Yo resoplé y bajé las escaleras corriendo.
Pero me detuve en el rellano antes de alcanzar la puerta que daba al exterior.
El recuerdo del doctor deshaciéndose del Sexto Monstruo como quien se quita de encima una mota de polvo me hizo dudar.
Sus estudios me habían dado la vida, y sus estudios me la podían quitar de una forma horripilante. ¿De verdad iba a arriesgarme?
Abrí sin pensar y salí, chocando de lleno con su pecho.
—Marshel —dijo.
Su brazo rodeó mi cadera, pero pareció ser un acto inconsciente ante el impacto, porque lo retiró bruscamente un segundo después. Se alejó de mí un paso y me dirigió un breve saludo inclinando la cabeza.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
Su gesto era serio y distante. Pero algo en sus ojos contenía vida y una extraña emoción que no pude identificar.
—No has asistido a clase en toda la semana.
—Estoy enferma —me apresuré a decir. En cierta manera, así era.
El doctor estudió mi rostro y complexión con detenimiento.
—No. No lo estás. —Se acercó. Yo temí que Emily lanzara algo pesado por la ventana, directo a su cabeza—. No debes temer a la alquimia por lo sucedido el sábado.
—Yo no temo a la alquimia.
Parpadeó, confuso. Yo me encontré de pronto extrañamente perdida. Estaba distinguiendo en él, en ese breve encuentro que apenas alcanzaba los dos minutos, más emociones que en las pocas semanas que hacía que le conocía.
—He estado tratando de procesar lo que vi —terminé diciendo.
El doctor llevó la vista al cielo y resopló, de pronto hastiado. Después, sin previo aviso, me tomó de la mano.
—Demos un paseo —dijo, y tiró suavemente de mí para que lo acompañara—. Te iluminaré entonces con lo que necesites.
No parecía en absoluto contento ni cómodo con su actuación, como si no estuviera acostumbrado a hacer ese tipo de cosas, como si fuera más un sacrificio para él que lo que suele ser una atención corriente para el resto del mundo.
Pero sí parecía decidido. Aquello hizo que me dejara llevar sin queja, abandonando así la vigilancia de Emily.
Dirigí la mirada a la ventana para instarle tranquilidad. Ella torció el gesto y cerró.
Para mi sorpresa, en lugar de dirigirnos a Drury Lane, la calle más abierta, el doctor Frank me llevó hacia el sur por Brydges y viró después hacia Exeter.
No me soltó la mano en todo el camino, a pesar de que estaba claramente dispuesta a acompañarlo.
Aflojó los dedos, pero los mantuvo ahí, rodeando los míos como si temiera que de pronto decidiera irme corriendo.
—¿Qué quieres saber? —dijo con sequedad, en contraste con su delicado tacto, una vez cruzamos The Strand para dirigirnos a las orillas del Támesis.
No sabía si molestarme por su tono de fastidio o deleitarme en sus dedos desnudos y cálidos abrazando los míos. Terminé agitando la cabeza para aclararme.
—No eres un alquimista corriente —musité—. Los científicos no actúan como tú lo hiciste anoche, no están preparados para ningún tipo de acción. Y, sin embargo, abatiste a aquel hombre como si estuvieras habituado a hacer cosas así.
—Eso no era un hombre. Era un monstruo —respondió.
Sentí una punzada en el corazón ante el tono despectivo—.
Estuve en el ejército. Mi padre y yo luchamos en las guerras napoleónicas.
Él murió en el campo de batalla, a mi lado, un mes antes de que se firmara el tratado de paz —continuó, y, a pesar de la dureza de lo que me iba narrando, su tono resultaba neutro, vacío de emoción, como si estuviera hablando del aspecto de la nieve en invierno, en lugar de la muerte—. Yo tenía diecisiete años.
Su mano, por un momento, pareció apretar la mía. No me atreví a devolverle el apretón, creyendo haberlo imaginado.
—Lo siento mucho —dije, sin embargo.
Él me miró. En sus ojos pasó fugaz un brillo de agradecimiento.
Devolvió después su mirada al frente y repasó en silencio la extensión del río.
Habíamos alcanzado una zona vacía, lejos de puertos y pasos peatonales.
Teníamos ambos las botas hundidas en el fango.
El dobladillo de mi falda había empezado a teñirse de motitas marrones, fruto de nuestros pasos, que salpicaban barro en todas direcciones.
Se detuvo en un área más seca y respiró el aire húmedo que llegaba del río.
Era desagradable y pastoso, como si el lodo de la zona baja se colara por la nariz y se pegara al paladar.
Hedía a descompuestos industriales. Lo cierto es que era repugnante.
Y, sin embargo, a ninguno de los dos nos importó.
En aquel lugar, lejos del ruido pesado de Londres, se estaba extrañamente en paz.
—¿Qué estaba diciendo? —preguntó, distante.
—Tenías diecisiete años cuando la guerra terminó.
—Ah. Sí. El monstruo. —Hizo una pausa—. Cuando regresé con mi madre a la casa familiar, todo me resultó vacío y doloroso —continuó—.
Me empecé a obsesionar con la idea de que, de haber conocido bien la materia, podría haber salvado la vida de mi padre con la alquimia.
Era joven e ingenuo, y creí sin duda alguna que la alquimia no podía tener límites.
Estudié durante muchos años, Marshel, experimenté con cosas que en su momento escandalizaron a los alquimistas más brillantes.
Pero mis descubrimientos empezaron a llamar la atención.
Y alcancé el reconocimiento absoluto con el experimento de Prometeo.
—El pájaro al que diste vida.
Asintió.
—Si demostraba que podía dar vida a algo, demostraría que había alguna forma de evitar la muerte.
Era, en mi opinión, más complejo otorgar vida que mantenerla.
—Contempló nuestras manos unidas un momento—.
Pero las leyes de la naturaleza son algo curioso.
Puedes dar una vida que se ha acabado. Pero ¿qué puedes dar a cambio de algo constante como evitar la muerte cada día?
No hay nada constante en esta vida, Marshel.
De eso, lamentablemente, me di cuenta cuando fue demasiado tarde.
—Me miró—. Prometeo nació de aves que yo mismo había cazado, un símbolo trazado con su sangre. El monstruo que te atacó...
Tragué saliva.
—¿Qué mataste, Viktor? —pregunté, temerosa—. ¿De quién era la sangre que usaste para crearlo?
Él me soltó la mano y dio un paso hacia el Támesis, dándome así la espalda.
—De mi madre.