10. LAS CICATRICES #2
La calidez de sus brazos rodeando mi cuerpo me caldeó el pecho. Me acurruqué en su regazo y lloré en silencio.
«Emily —quise decirle—, yo soy el Séptimo Monstruo de Viktor Frank».
Pero las palabras no me salieron, y poco después, allí, en ese pequeño rincón a salvo del mundo, me quedé plácidamente dormida.
Tomé un sorbo de la manzanilla que me había preparado Emily. Ella se sentó a un lado de mi cama y me apoyó la mano sobre la pierna, que aún se encontraba extendida debajo de las sábanas.
Me había despertado hacía media hora. Recordaba vagamente cómo Emily me había ayudado a ponerme el camisón y me había acompañado a la cama para recostarme en ella.
Me había arropado y se había echado a mi lado para acompañarme toda la noche.
Había amanecido renovada. Pero sabía que debía explicaciones, y no tardé en contarle a Emily todo cuanto había vivido desde que despertara en la fría sala de operaciones de Viktor Frank hasta el día de ayer.
Trasladarme a aquella noche fue tan doloroso como liberador.
—Cuando abrí los ojos —dije—, lo primero que vi fue la luz de un relámpago.
El techo de aquel lugar tenía una ventana abierta, y dejaba pasar una corriente gélida.
Recuerdo que había una estructura de hierro en el centro de la enorme sala circular, y que su punta afilada atravesaba la ventana con la intención de alcanzar las nubes.
Del bajo de la estructura, nacían siete hilos de metal que recorrían los suelos como raíces hasta alcanzar cada una de las camillas que se repartían en el espacio como si fueran los rayos de un sol dibujado en el suelo.
—Di un sorbo a la manzanilla y cerré los ojos—.
Fue extraño. Acababa de nacer y, sin embargo, en mi cabeza, estaba almacenada toda la información necesaria para comprender cada detalle del exterior.
Sabía que olía a óxido quemado, que lo que me hacía tiritar era el frío, y que deseaba, por todos los medios, cubrir mi cuerpo desnudo con una sábana.
—Abrí los ojos y parpadeé—. Pero de todo eso me percaté después.
Junto a la luz del relámpago, sentí el rayo que cayó sobre nuestras cabezas y un ardiente fuego que hizo hervir mis sienes.
Tenía enredado entre el cabello alambres que llegaban de aquellas enredaderas conectadas a la estructura que había absorbido el impacto del rayo.
Me deshice de aquel aparato y me erguí sobre los codos.
Lo que vi inmediatamente después fue sangre y muerte.
A mi alrededor, seis hombres desnudos, llenos de suturas, atacaban sin contemplaciones a siete personas diferentes.
Cuatro mujeres y tres hombres. Tres de las primeras estaban tendidas en el suelo, con los ojos abiertos y la mirada perdida, sobre enormes charcos de sangre.
Temblé. La mano de Emily me apretó la pierna de forma reconfortante.
—No tienes por qué contármelo todo hoy.
Yo negué con la cabeza y continué.
—Los mataron —dije—. A todos. —Suspiré y me hundí en la cama—.
Los monstruos acabaron con ellos entre chillidos de dolor, de unos y de otros.
No comprendía por qué ellos gritaban hasta que el dolor me sacudió a mí también.
Me atravesó primero la nuca y, como si fuera un puñal, descendió por mi espalda hasta clavarse en los riñones.
No pude evitar chillar también. Entonces los monstruos se dieron la vuelta y me descubrieron en la camilla, abrazándome a mí misma, rompiendo a llorar.
—Bajé la mirada hacia la manzanilla—. Yo no comprendía nada de lo que había pasado.
Ellos me recogieron, nos pusieron a salvo lejos de allí y me lo contaron todo.
Cómo se había despertado el Primer Monstruo, cómo le habían explicado los alquimistas su situación y le habían hablado del milagro de Viktor Frank, y cómo un repentino dolor le había hecho perder el control.
Nos habían creado para sufrir, dijeron. —Miré a Emily y abracé su mano con la mía—.
Emily —dije—, no sé de dónde viene el terrible dolor que experimentamos, pero estoy segura de que el doctor Frank no quería eso. Algo debió de salir mal.
—Yo tampoco lo creo —respondió—. ¿Qué pasó después?
—Querían venganza. Querían que él sufriera tanto como ellos —respondí—.
No buscaron ningún remedio para el dolor, así recordarían lo que él les había hecho.
Yo, en cambio, me sentía agradecida. Lejos de aquella tormenta y de aquel lugar, me encontré deseando conocer más.
Quería encontrar algo para remediar mi dolor y vivir después la vida que me habían regalado.
Quería descubrir el mundo, los sabores dulces, los olores de las rosas, la suavidad del terciopelo, el afecto de una amistad, pero también los sabores ácidos, el hedor a estiércol, la aspereza del yute, la ira y el miedo.
—Respiré hondo—. Me escapé una noche de su lado y busqué mi propio camino.
Parte de esa vida ya la conoces, por eso empecé a estudiar alquimia, por eso sentía curiosidad hacia el doctor Frank, por eso ansiaba conocerlo.
Emily asintió.
—¿Todos sus monstruos son como tú? —quiso saber.
Yo negué con la cabeza, abrazándome más a la taza cálida. Recordé vagamente los diferentes bocetos y anotaciones de algunos de los pergaminos que nos habíamos llevado de aquella sala.
—El doctor Frank dio libertad a sus alquimistas para que nos diseñaran como desearan —respondí—.
Algunos solo se preocuparon por la funcionalidad y no por el aspecto, que tuvieran órganos para vivir y extremidades para moverse.
Buscaron entre decenas de cadáveres las mejores partes, y con ellas los crearon.
—Me miré los dedos sosteniendo la manzanilla—.
Otros se implicaron más en la apariencia, empleando apenas un par de cuerpos para armonizar la estructura.
—Me limpié una lágrima de la mejilla—. Supongo que tuve suerte.
Emily retiró de mi regazo la taza de manzanilla y la dejó sobre la mesita.
—Está bien por hoy —dijo, dándome dos palmaditas en la cabeza.
Yo sorbí por la nariz.
—¿Crees que soy un monstruo?
Ella arrugó el ceño.
—No —respondió—. No importa dónde, cuándo y cómo hayas nacido, Marshel.
Eres igual de humana que yo, con sentimientos nobles.
Eres buena y cariñosa. —Torció el gesto—.
Los monstruos son ellos. Cualquier ser humano sería un monstruo si fuera capaz de hacer lo que ellos hicieron. —Hizo una pausa—. ¿Qué pasó anoche?
Le expliqué todo, y también le hablé del doctor Frank, de los encuentros que habíamos tenido y del extraño calor que me inundaba por dentro cada vez que estaba con él. Le conté que me había salvado, que había matado al monstruo sin remordimientos.
La mirada de Emily se perdió por un instante.
—Tienes que dejar la escuela —dijo finalmente—. Y alejarte del doctor Frank. —Me miró—. Si descubre lo que eres, Marshel, no dudará en matarte a ti también.