10. LAS CICATRICES
L AS CICATRICES
Tardé minutos en procesar todo lo que acababa de pasar y lo que estaba sucediendo en ese mismo instante delante de mí.
Olía a pólvora, notaba cierto regusto a sangre en la lengua, y aún me estaba recuperando del intento de asfixia del monstruo que yacía ahora mismo a mis pies, definitivamente muerto.
Tras la inyección, sus cicatrices se habían abierto, como si se hubiesen descosido desde dentro, todo su cuerpo se descomponía, poco a poco, y yo no podía dejar de mirarlo.
Antes era un todo, ahora solo era las partes que lo habían conformado una vez.
Trozos sin vida, desligándose uno a uno.
El doctor Frank me recogió la mejilla y me obligó a apartar la mirada de aquella imagen repugnante. Pasó su dedo pulgar por mi labio. Decía algo sobre la sangre del monstruo, me había salpicado. Pero yo me encontraba en un estado mezcla de confusión y pánico. No escuchaba. Solo podía ver muerte.
—Marshel. Mírame.
Parpadeé. Muerto. Estaba muerto. El doctor lo había matado.
—Marshel.
Alcé los ojos hacia los suyos, encontrando en su mirada una extraña preocupación. Me di cuenta entonces de que estaba aferrada a su chaleco, rígida, de que había decenas de personas congregadas alrededor, de que Emily no estaba en casa, porque si no, habría bajado la primera al escuchar el disparo.
Me llevé los dedos a la boca y me limpié la sangre. Pero no pude hacer desaparecer el olor a pólvora.
—Ven. Te acompañaré arriba.
Me colocó la mano en la espalda, instándome a caminar.
Yo moví los pies por inercia hacia la puerta, abrí y subí los escalones hasta el apartamento.
El doctor Frank me acompañaba sin alejarse de mí un palmo, como si temiera que fuera a desfallecer en algún momento.
Cuando entré en casa y me senté en la cama, dejándome caer como un peso muerto, él volvió a hablar.
—Quédate aquí —dijo, quitándome la capa. Me liberó también del morral con suavidad y lo dejó en un rincón—. Voy a hablar con los vigilantes nocturnos, con los gritos han llegado dos. —Dudó—. Volveré a subir.
Y desapareció.
Yo me quedé mirando al suelo, ausente. No sabía cómo pretendía explicarle lo sucedido a las fuerzas de la ley, pero aquel era el menor de los problemas.
La escena del cuerpo del Sexto Monstruo descomponiéndose giraba a mi alrededor, mostrándome cada vez más detalles.
El color de la piel se había tornado gris, el cabello se había ido desligando poco a poco de la cabeza partida por la mitad, y, por extraño que parezca, no había habido gran cantidad de sangre en todo aquel conjunto de carne descuartizada.
El hedor a putrefacción, sin embargo, había sido horrible.
Una vez devuelto a su forma original, todas aquellas partes que conformaban al monstruo se habían convertido en lo que eran: trozos de cadáveres.
Me incliné hacia delante y vomité.
Una lágrima descendió por mi mejilla mientras volcaba el poco contenido del estómago.
Y, después, me quedé allí, doblada, con el rostro hundido entre las manos.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que el doctor Frank volvió a aparecer en mi puerta.
Sentí sus pasos apresurarse hasta la cama y una mano amable acariciarme la cabeza.
—Marshel, siento que hayas tenido que ver eso. —Me agarró con delicadeza por las axilas y me ayudó a levantarme para llevarme a una silla, lejos del vómito, al que pareció preferir no prestar atención. Yo me sentía mareada y exhausta, así que me dejé guiar sin resistirme—. Ven, deja que te limpie.
Lo miré mientras se movía por mi apartamento con seguridad, como si fuese un cirujano a punto de abrir en canal a una persona, confiado en lo que tenía entre manos y lo que debía hacer con ello, cada corte, cada extracción, cada sutura.
Cogió el paño de la cocina y lo humedeció un poco con el agua de una jarra.
Se acuclilló después frente a mí y me lo pasó por la mejilla, me perfiló la mandíbula y me acarició, por último, los labios con suavidad.
Me sirvió seguidamente un vaso de agua que bebí con apenas dos tragos largos.
—¿Sabes por qué te ha atacado? —me preguntó con la voz llena de una gentileza que no había percibido en él hasta ahora—. ¿Te ha dicho algo, Marshel?
«Muerta no podrás prevenirle».
Podría habérselo contado en aquel momento, todo. Pero corría el riesgo de que indagara más. Y no podía permitirlo.
Giré el vaso entre las manos, que aún tenía entumecidas. La última gota de agua que quedaba fue deslizándose por los bordes del fondo en sentido contrario.
—Ese era uno de los errores que perseguías, ¿verdad? —musité, en lugar de responder a sus preguntas. Levanté la mirada a tiempo de ver la suya oscurecerse a un palmo de mí.
—Sí —dijo—. Es uno de los resultados de un experimento que jamás se debió llevar a cabo.
—Se levantó—. Pero hace tres años mi única aspiración era romper los límites de la alquimia.
Había conseguido dar vida a Prometeo. ¿Por qué no intentarlo con algo más grande?
—Su rostro acogió la expresión atormentada que acostumbraba—.
Formé un equipo de alquimistas reconocidos.
Siete, para ser exactos. Diseñamos la composición de cada uno de los monstruos que construirían y, después, aplicaríamos las mismas fórmulas de alquimia que yo había empleado para dar vida a Prometeo.
—Se perdió un instante en sus recuerdos, y habló después como si se hubiera transportado a ese momento—.
No fui partícipe de la creación. Ya había pasado por ello con Prometeo y no deseaba presenciar el proceso.
Lo único que hice, cuando el jefe de equipo me mandó un mensajero para avisarme de la culminación del trabajo, fue visitar la casa donde estaba teniendo lugar el experimento para aplicar el último paso que daría vida a los monstruos que se encontraban en la sala de operaciones, un secreto que no quise compartir siquiera con ellos.
Terminada mi tarea, fui a ver el resultado.
—Se apoyó en la mesa y se presionó los ojos con el pulgar y el índice de su mano derecha—.
Todos los alquimistas estaban muertos. Los monstruos habían desaparecido.
Se me encogió el pecho. Viktor emitió una larga exhalación.
Parpadeó y dirigió los ojos hacia la ventana, pero no miró hacia abajo, sino hacia el cielo.
Podría haber pensado que evitaba revivir así sus actos contra el monstruo cuyos restos quizá yacían aún en la calle, pero su expresión no mostraba ningún remordimiento por ello.
Parecía satisfecho, liberado quizá de parte de aquel tormento que lo mortificaba.
Iba a acabar con todos. Estaba dispuesto a hacerlo, aunque tuviera que llevarle toda la vida. No descansaría hasta corregir su error.
—Gracias por ayudarme —dije.
Él regresó al dormitorio desde cualquiera que fuera el lugar donde lo había transportado su mente. Estudió mi aspecto, recuperado de la conmoción, y asintió al verme de nuevo lúcida.
—No vuelvas a caminar sola de noche sin compañía, Marshel. Ya sabes cuál es el peligro.
El peligro... Me di cuenta entonces de que Viktor debía de haberme seguido a la salida de la taberna. Si no, no habría podido salvarme la vida a tiempo. ¿Por qué habría hecho algo así? ¿Quizá quería alcanzarme para decirme lo que yo me había negado a escuchar en el Lion?
Abrí la boca para preguntar, pero él pareció decidir que ya era hora de marcharse. No sé si acaso intuyó lo que yo iba a decir y prefirió evitarlo o si de verdad tenía prisa por algún motivo. Fuera lo que fuese, logró hablar antes que yo:
—Debo irme. —Miró a su alrededor—. Si los vecinos descubren que estoy aquí contigo, empezará a haber rumores sobre nosotros. No quiero perjudicarte. —Inclinó la cabeza de forma breve y se alejó hacia la puerta—. Buenas noches, Marshel.
Después, se marchó.
Mis manos cayeron, rendidas, a ambos lados del cuerpo.
Me quedé mirando la puerta lo que me pareció una eternidad, hasta que me di cuenta de que el suelo seguía manchado de vómito.
Cogí la fregona y la humedecí, la pasé por el suelo una y otra vez, incluso después de que no quedara ya ni una gota de suciedad.
La pasé y la pasé. Y me encontré de pronto llorando.
Me dejé caer al suelo, junto a la cama, y hundí el rostro entre la colcha, aún con el palo de la fregona entre las manos.
Cuando logré secar en parte las lágrimas, alcé los ojos hacia el espejo de pie que descansaba en la esquina.
Descubrí en él mi figura ovillada. Solté la fregona y gateé hasta allí sin apartar la mirada de aquellos ojos rojos que me contemplaban.
Mi pelo era una maraña deshecha, mi vestido estaba sucio.
Llevé los dedos a la chemisette y, casi sin ser apenas consciente de lo que hacía, tiré de ella un poco, después un poco más, y seguí tirando cada vez con más fuerza, más furiosa, rompiendo a llorar de nuevo con mayor energía, hasta que conseguí arrancarla de mi cuerpo.
Me deshice del resto de las telas con violencia y rabia y, desnuda, me observé.
Todo estaba en su lugar, todo era corriente, casi aburrido, todo excepto las dos largas cicatrices que partían en dos mi espalda y mi cuerpo, una desde la parte baja de la nuca hasta las nalgas; otra, envolviendo mi cintura, pasando por debajo de las costillas y por encima del ombligo.
—¿Marshel?
Cogí el vestido y me cubrí al instante ante la confundida voz de Emily, pero no fui lo suficientemente rápida.
En sus ojos vi con claridad cómo procesaba lentamente lo que acababa de ver hasta llegar a la única conclusión que cabía.
Pensé que gritaría, que palidecería o incluso que se desmayaría de la conmoción.
Pero, para mi sorpresa, Emily cerró rápidamente la puerta del apartamento, cogió una manta y se apresuró a colocármela sobre los hombros.
Después, me enjugó las lágrimas y me abrazó con fuerza.