En el corazón del monstruo 9. MUERTA NO ERES UN PROBLEMA #2
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9. MUERTA NO ERES UN PROBLEMA #2

Yo regresé tras mis pasos para internarme de nuevo en la escuela, pero no pasé allí mucho tiempo.

En un intento de encontrar la valentía para encarar al doctor Frank y su extraño comportamiento, visité la pequeña biblioteca de alquimia, paseé por sus pasillos, rebusqué entre los libros, y ojeé los artículos científicos.

Al verme sumida finalmente en la misma o mayor cobardía que al inicio, decidí alejarme del despacho del doctor y perderme entre la muchedumbre del Lion otro viernes más.

Había algo placentero en ver y escuchar las vidas de personas desconocidas.

Había ego por todas partes, intereses amorosos, cortejos y, en ocasiones, si estaba atenta, podía encontrar algo de humildad entre tantas voces.

Ocupé la misma mesa del fondo y pedí el mismo vino que solía pedir. Medio penique. Aquel sería mi capricho de la semana.

Lamenté la decisión tres minutos después. El doctor Frank apareció para ocupar la silla contigua a la mía sin preguntar, con un vaso de oporto en la mano. Me sobresalté al sentir su presencia. Después, parpadeé, completamente aturdida.

—Marshel —fue lo único que dijo mientras se sentaba, haciendo parpadear la llama de la vela que descansaba sobre la mesa. En su defensa, diré que parecía esforzarse por encontrar otras palabras más allá de mi nombre.

No las encontró.

Fijé la mirada en el reflejo de la llama sobre mi vaso, con los hombros tensos.

—Doctor Frank —terminé respondiendo, a cambio.

Después, al ver que no decía nada más, decidí que, en realidad, no me apetecía en absoluto escucharlo. Me encontré navegando de pronto en una emoción que pocas veces me había inundado: la rabia. Me terminé de beber por ello lo que me quedaba de vino y me levanté de la mesa.

Su mano envolvió mi muñeca antes de que pudiera alejarme siquiera un palmo.

—Por favor, siéntate —dijo.

El sonido de su voz era como un hilo a punto de romperse.

Lo que fuera que pendiera de él parecía estar a unos segundos de hacerse trizas contra el suelo.

¿Qué sería? ¿Su paciencia? ¿Contención? Su aspecto resultaba melancólico y apagado.

Lo miré a los ojos, él me invitó a sentarme de nuevo con los suyos.

Me dejé caer en la silla, desinflándome de golpe por la indignación y convirtiéndome en una masa inquieta y confusa.

No me había prestado atención en toda la semana, ni siquiera me había mirado.

Y ahora se encontraba allí, a mi lado, pidiéndome que me quedara.

Me removí en el asiento y me alisé la falda.

Tuve la amarga sensación de que ocurría algo, lo que me hizo sentir más inestable. Presioné el suelo con los pies.

—No suelo dar explicaciones sobre nada de lo que hago —dijo de pronto—. Normalmente. Pero me temo que no sería justo interrumpir las clases particulares de forma repentina y sin ninguna razón.

Se detuvo un momento. Yo miré hacia la ventana, que alcanzaba a ver en parte entre el gentío repartido por el Lion. El cristal, empañado, devolvía ya una imagen nocturna de Bloomsbury Square.

Tragué saliva. Se me había hecho tarde.

—No es necesario que me dé una razón, doctor Frank —dije de pronto, sin pensar.

Una pequeña arruga en su entrecejo, casi imperceptible, fue lo único que señaló el desconcierto que sintió al escucharme regresar a las formalidades—.

Tiene derecho a retractarse. —Me levanté de nuevo y cogí la capa del respaldo de la silla.

Por poco se me cae al suelo antes de conseguir echármela a los hombros—. Tengo que irme.

Me di la vuelta y me alejé. El doctor no volvió a detenerme.

Zigzagueé entre la multitud para alcanzar la barra y dejé el medio penique como pago por la copa de vino.

El tabernero me devolvió la moneda y me dijo que ya lo había pagado el doctor Frank.

Me sentí de pronto indecisa. Valoré la idea de regresar tras mis pasos para darle las gracias, pero cuando la puerta se abrió, arrastrando consigo un viento helado que apagó las velas de tres mesas cercanas, aparté la idea de mi mente y me envolví en la capa.

Antes de salir del Lion, miré al doctor Frank una última vez. Una sombra cruzaba su mirada mientras daba un trago a la copa.

Agité la cabeza y salí.

Comencé a caminar hacia casa con paso rápido, iluminada solo por los faroles de la calle.

Aquella noche, en Drury Lane, había varios apagados.

Encontré al farolero subido a una escalera, estudiando el mecanismo de uno de ellos.

Aquello me intrigó. Los faroleros salían al atardecer para abrir el gas de los faroles y encenderlos y regresaban al amanecer para apagarlos.

Si aquel pobre hombre continuaba allí significaba que llevaba al menos una hora tratando de solucionar el problema.

Cuando me acerqué a preguntar con curiosidad, me dijo que alguien había roto la llave del gas de todos ellos.

Tragué saliva y me alejé con un mal presentimiento.

Apresuré el paso para llegar cuanto antes al apartamento, pero, en cuanto alcancé mi puerta de Russel Street, alguien me agarró de la capa y me obligó a darme la vuelta.

Cerré los ojos instintivamente y levanté los brazos para defenderme.

Escuché la voz del Sexto Monstruo contra la nariz.

—Te dije que te alejaras —rugió, llevándome contra la pared. Me agarró violentamente del brazo, haciendo que se me entumeciera—. ¿Qué le has dicho? ¿Qué habéis hablado?

La garganta se me cerró. Me agité para tratar de liberarme, pero eso solo provocó que me sujetara más fuerte.

—Nada —dije—. Lo prometo. No he dicho nada. Solo hablamos de alquimia.

Él tiró de mí hasta estamparme contra su pecho. Sus labios me hablaron con furia tan cerca que por un momento sentí la punta de mi nariz internarse en su boca.

—Vas a arruinarlo todo.

—Por favor —le pedí, gimiendo—. Suéltame. Me estás haciendo daño.

Pero él, en lugar de soltarme, llevó su otra mano a mi garganta.

—Te compadeces de él —dijo con la mandíbula apretada. Hundió sus dedos en mi tráquea—. Te estás compadeciendo.

—Por favor...

Él apretó más.

—Muerta no podrás prevenirle. Muerta no serás un problema.

Sentí los dedos hundirse aún más hasta que se me empezó a nublar la visión. Quise pedir ayuda, pero no tenía voz. Golpeé su brazo, lo arañé, me revolví todo lo que pude. Se me comenzó a adormecer el cuerpo, me sentí débil, las fuerzas me fallaron, las piernas se me doblaron.

Y, entonces, un disparo iluminó la noche.

Los dedos del monstruo se aflojaron, llenándome de nuevo los pulmones de aire, la fuerza regresó a piernas y brazos.

Busqué al tirador, con las manos en el pecho, tratando de controlar la agitación, pero apenas me dio tiempo a identificarlo cuando ya guardaba la pistola y se lanzaba hacia el enorme cuerpo que acababa de caer al suelo como un saco lleno de plomo.

El doctor Frank sacó una jeringa y se la inyectó en el cuello.