9. MUERTA NO ERES UN PROBLEMA
M UERTA NO ERES UN PROBLEMA
La semana siguiente fue particularmente extraña.
El doctor Frank me había enviado un mensaje la mañana del sábado para comunicarme que se anulaban las clases particulares y, tras aquello, había decidido obviarme en cada laboratorio.
No volvió a dirigirme la palabra. Me atreví a acercarme una vez, intrigada por su cambio, recibiendo por su parte una respuesta fría y seca que no daba pie a más, algo que me desalentó por completo a repetir mi atrevimiento.
Llovió todos los días; en dos de ellos, la niebla recorrió las calles por la mañana como una serpiente, envolviendo mi falda en cada paseo a Covent Garden para la compra del día. No había habido signos de que los monstruos se hubieran acercado de nuevo a los alrededores de la Golstadt.
Con la intención de evitar pensar en el doctor, alargué los paseos por el Támesis, aunque, en lugar de disfrutar del ambiente y el ejercicio, me descubrí buscándolo con la mirada en más de una ocasión.
Los paseos se acabaron convirtiendo, por tanto, en una esperanza de encontrármelo, en lugar de ser un placer personal.
No volvió a darme, por suerte, ningún otro ataque de dolor.
Emily había conseguido adquirir de la escuela los ingredientes para la fórmula de mi elixir, y, junto con mi sangre seca, que guardábamos envuelta en un papel basto, habíamos empezado a trabajar en ella en los tiempos libres, que solían coincidir con los periodos después de las comidas y tras las clases.
Bajo unos tablones del suelo guardábamos nuestros utensilios de alquimia.
Frascos, campanas de cristal, tubos y un microscopio antiguo que habíamos sustraído del museo antes de marcharnos.
Cuando Emily estaba en casa y no desaparecía misteriosamente por horas, trabajábamos con ellos en el elixir.
Cuando ella se marchaba, yo estudiaba el líquido del frasco del doctor Frank.
No había averiguado mucho. Estaba segura de que uno de los ingredientes era azogue, mercurio. El otro... parecía tener vida. Y aquello hizo que confirmara mi sospecha con más seguridad. Si iba a inyectar una sustancia con vida, el Símbolo del Retorno estaba ahí para arrebatarle la vida a otro.
Emily entró por la puerta justo en el momento en el que había hecho aquel descubrimiento. Era jueves por la tarde, seguramente cerca de las ocho. No me había preocupado por su tardanza porque esos días estaba siempre llegando a la misma hora.
—¿Te encuentras bien? —dijo, quitándose de encima la capa y dejándola caer en su cama.
No, definitivamente no estaba bien. El doctor Frank pretendía atentar contra los monstruos. Contra todos. No tenía ni idea de dónde se estaba metiendo. Me llevé la mano al pecho y me senté en una silla como un peso muerto, haciendo que la estructura crujiera.
Emily miró al microscopio y, después, a mí.
—¿Ha salido mal el elixir? —preguntó.
—No... No es... —Tragué saliva y respiré hondo—. Te voy a contar algo.
Emily se sentó en la otra silla.
—De acuerdo —dijo, colocando las manos sobre la falda.
Me tomé un momento para pensar en la mejor manera de narrar algunas verdades.
Prefería que Emily supiera lo menos posible acerca de todo aquello, pero también me vi de pronto superada por la situación.
Los monstruos acechaban la Golstadt, amenazando mi vida, mientras el doctor Frank trataba de darles caza.
Y yo me había visto de pronto nadando entre aquellas aguas agitadas. Necesitaba a Emily. La necesitaba.
—El doctor Frank logró crear siete monstruos en el experimento Demiurgo, Emily —dije con un hilo de voz—. Hizo el estudio, formuló las mezclas y dibujó los símbolos. Siete alquimistas trabajaron en diseñar los siete cuerpos y formarlos. Él lideró el proyecto.
Emily parpadeó, confusa.
—¿Has vuelto a entrar en su despacho para robarle los papeles?
Agité la cabeza.
—No —respondí—. Los he visto, Emily. —Me levanté y empecé a pasear por el apartamento, agitada—. Por eso empecé a estudiar alquimia. —Me froté las sienes—. ¿Cómo pudo conseguirlo? —dije—. Esa pregunta lleva rondándome por la cabeza desde entonces, como una mosca.
—¿Qué quieres decir con que los has visto?
Me detuve y la miré.
—A los monstruos. Estuve con ellos. Traté de ayudarlos. Y ahora el doctor Frank los está cazando para matarlos. —Me abracé a mí misma—. Pero él no tiene ni idea de lo que son capaces de hacer.
Emily ladeó la cabeza, intrigada.
—Marshel...
—Sé que suena a locura, pero te digo que es verdad, Emily.
—Te creo.
Parpadeé.
—¿Me crees?
—Sí. No entiendo nada, pero te creo. —Se encogió de hombros—. No sabes mentir. —Arrastró la silla para sentarse frente al microscopio y mirar por él—. ¿Qué estoy viendo?
Me quedé aturdida por un momento ante la sencillez de sus palabras. Después, me expliqué lo mejor que pude.
Le conté lo que había robado en el despacho y mis sospechas sobre aquella sustancia.
Le mostré el símbolo del frasco, y ella coincidió conmigo en el uso que podría darle.
Le resultó todo tan fascinante como a mí.
El doctor Frank había conseguido algo espectacular, aunque ahora quisiera dar marcha atrás.
—Algo debió de pasar en ese experimento —dijo Emily cuando abandonamos al fin el microscopio y las herramientas de alquimia.
Se acomodó en su cama con un pellizco de pan y miró al techo mientras balanceaba las piernas que le habían quedado medio colgando—.
El doctor Frank quiere matarlos y los monstruos vengarse de él.
La miré mientras le daba vueltas a aquellas cuestiones. Casi podía verlas enredarse frente a sus ojos al mismo tiempo que ella trataba de alcanzar las respuestas que pendían de los interrogantes. Mordisqueaba el pellizco de pan, ausente.
—¿Dónde has estado? —le pregunté con intención de escapar durante unos minutos de todo aquel asunto.
Ella tardó un momento en despejar su mente y, después, me miró.
—Con Edward.
Alcé las cejas con sorpresa. En realidad, debería habérmelo imaginado. Emily, al igual que yo, no tenía a nadie. ¿Y dónde iba a pasar las tardes si no era en compañía? La única persona con la que podía estar era la única persona con la que habíamos intercambiado alguna palabra.
Me acerqué y me senté en su cama.
—¿Qué está ocurriendo con él?
Emily enderezó la espalda y empezó a darse golpecitos en los muslos.
—El lunes, cuando me fui sola, Edward me alcanzó mientras caminaba de vuelta a casa.
Insistió en acompañarme, aunque yo le dije que no era necesario.
—Se quedó en silencio un momento—. Me dijo que el martes pasaría a por mí, quería enseñarme otra parte de la ciudad.
Me llevó por Mayfair, en compañía de una mujer de servicio, por supuesto.
A Hyde Park. —Arrugó la nariz—. Estaba lleno de aristócratas.
No me gustó. Pero me llamó la atención el comportamiento de Edward: no le importó que me vieran con él, con mi vestido antiguo y nada elegante.
—Se quedó pensativa—. Me dio la mano. —Caviló un momento—. No me desagradó.
Abrí mucho los ojos, sorprendida. A Emily no le gustaba el contacto físico. Apenas me había permitido abrazarla a lo largo de aquel tiempo, o tomarla siquiera del brazo.
Continuó hablando:
—Saludó de pasada a conocidos, pero no dejó de mirarme. —Detuvo las palmaditas—. Ayer me llevó de nuevo a pasear. El frac azul con el que se había vestido no le favorecía. Se lo quitó y lo lanzó al suelo.
Me llevé las manos a los ojos.
—Emily. No puedes decir esas cosas.
Ella parpadeó.
—¿Por qué?
—Es una falta de educación. —Me dejé caer en la cama y llevé la mano al colgante—. ¿Qué habéis hecho hoy?
—Me ha llevado a cenar. —Se levantó como si hubiera recordado algo de pronto. Yo me erguí sobre los codos para observarla. Se dirigió a su retículo y sacó algo envuelto en papel basto. Me lo dio—. Aún está caliente.
Lo abrí con cuidado. Se trataba de un panecillo dulce con azúcar caramelizado. Estaba relleno de pasas y nuez moscada, y olía a canela. No pude evitar darle un mordisco al momento.
—Edward me lo ha dado para ti —dijo simplemente. Después, se dirigió a la cómoda para quitarse la ropa y ponerse el camisón.
Si la semana había sucedido extraña, el viernes fue más extraño aún.
Ese día tocaba laboratorio, ya que la teoría y la práctica se intercalaban, habiendo tres días de Stone y dos de Frank una semana, y tres días de Frank y dos de Stone a la siguiente.
No me gustó en absoluto terminar aquella con la presencia distante del doctor.
Igual que los días anteriores, no me miró ni una sola vez.
E, igual que los días anteriores, se marchó sin decir nada a la clase como si fuera una hoja llevada por una ráfaga de viento helada. Una hoja seca.
Edward nos acompañó a Emily y a mí a la salida. Se frotó el mentón mientras miraba hacia atrás con los ojos teñidos de intriga y cierta... ¿preocupación?
—Frank está más antipático de lo habitual, ¿no? —dijo.
—Yo lo veo igual que siempre —respondió Emily, cortando de raíz aquel tema.
Cuando salimos, una fina lluvia nos dio la bienvenida al exterior. Yo me detuve en las escaleras.
—Creo que voy a quedarme un rato.
Emily se encogió de hombros.
—Como quieras.
Se abrochó la capa, se puso la capucha y bajó las escaleras. Aceleró el paso hacia Holborn acompañada de Edward.