8. UNA ILUSIÓN OSCURA #2
Por un momento, cuando el doctor me invitó a pasar, dudé.
Sentí la necesidad de repasar los alrededores con la mirada, de buscar entre las sombras y de iluminar cada una de ellas.
Si los monstruos estaban allí, si me estaban vigilando, su sospecha de que estaba en su contra y a favor del doctor Frank se confirmaría.
Quizá pensarían que le había puesto en preaviso de todo, que hablábamos confidencialmente de ellos, que tramábamos su búsqueda y captura y a saber qué más cosas.
—¿Marshel?
Parpadeé y di un paso al interior con la sensación de haber recibido la punzada de más de un par de ojos en la nuca.
La taberna a esas horas estaba ya casi vacía de estudiantes, a excepción de algunos que habían decidido alargar el tiempo que pasaban allí tras las clases.
Normalmente, se limitaban a charlar entre vinos y cervezas durante apenas media hora o cuarenta minutos para evitar que cayera la noche.
Por ello, en aquel momento, lo que imperaba allí eran hombres de mediana edad, tal vez faroleros, mozos o cocheros.
Nos sentamos a una de las mesas del fondo después de pedir oporto y vino.
Carraspeé, incómoda, cuando el doctor se deshizo del abrigo y se arremangó de nuevo la camisa. No pude evitar estudiar el cordón de su muñeca de forma descarada.
—Tiene su utilidad —dijo. Yo retiré la mirada al instante—. Si surge la ocasión, te lo enseñaré.
Entrelacé los dedos sobre la mesa mientras llevaba los ojos a cualquier parte menos a él.
—¿De qué quieres charlar? —pregunté cuando nos sirvieron y tuve al fin algo sobre lo que concentrarme.
Viktor reposó la espalda hacia atrás y giró un par de veces el vaso de oporto antes de dar un trago y volverlo a colocar en la mesa.
—Me dijiste que empezaste a estudiar alquimia por el interés hacia lo desconocido —dijo.
—Sí.
—¿Cuál fue tu primer experimento?
Levanté la mirada del vino. Su interés parecía sincero, a pesar de que el tono de su voz se asemejaba al arrastre inerte de un saco por el barro. Me mordí el carrillo por dentro y respondí mientras recordaba lo que estaba a punto de narrarle.
—Una vez se me cayó un libro a un charco —dije—.
Era un tomo antiguo que me había regalado Emily sobre creatividad.
Por aquel entonces no conocía nada acerca de los símbolos y me ayudó mucho a descifrarlos.
—Miré de nuevo el vino—. Emily me dijo que encontraría otro para mí, pero yo no quería perderlo.
Las hojas estaban arrugadas y apenas eran legibles.
—Llevé la mano a la mesa y dibujé distraída el símbolo que había empleado para recuperarlo—.
Nunca me había atrevido a usar la alquimia hasta ese momento.
El doctor Frank se inclinó hacia delante.
—El Símbolo del Retorno —dijo.
Detuve el trazo y devolví la mano al vaso.
Cuando alcé los ojos al doctor, lo descubrí mirándome los dedos como si fueran una ecuación difícil de descifrar.
—Tu primer experimento fue con uno de los símbolos más complejos de la alquimia —dijo. Y en el tono de su voz vibró entonces algo diferente, un hilo similar a la admiración.
Di un trago nervioso al vino y a punto estuve de bebérmelo de golpe. Carraspeé.
—¿Por qué te interesaste tú por la alquimia? —le pregunté.
El doctor Frank me contempló un momento más largo de lo necesario y, después, respondió como si hablara del color de la madera.
—Por mi madre.
—¿Tu madre es alquimista?
—Era.
Dio un sorbo al orujo y cambió de tema de forma radical.
Supuse que se trataba entonces de un asunto personal que prefería no abordar, así que no le cuestioné.
La mayor parte del tiempo hizo que le hablara de mí y de mi pasado.
Lo pasé francamente mal tratando de evadir sus preguntas con respuestas vagas, puesto que no podía hablarle de todo sin descubrir aquello que me unía a él.
Le hablé de mi etapa corta como institutriz, del cambio al museo y de la decisión que tomamos Emily y yo de estudiar para sacarnos un título como alquimistas. A él no logré sonsacarle absolutamente nada. Se limitó a asentir y a escuchar como si estuviera leyendo un libro que requería concentración.
No sé cuánto tiempo pasó y cuántas copas me tomé, pero lo cierto es que cuando el doctor Frank decidió que ya era hora de irnos, sentí que había sido escurrida como una bayeta y que no me habían soltado hasta liberar la última gota.
Me desequilibré al levantarme de la silla. El doctor Frank me tomó del codo para ayudarme y me colocó el morral al hombro antes de cubrirme con la capa.
—Le diré a mi cochero que te lleve —dijo mientras me acompañaba a la salida.
—Estoy bien —me quejé, arrastrando las palabras—. ¿Me has emborrachado a propósito?
El doctor abrió la puerta y me dejó salir primero sin soltarme el brazo. Trastabillé con un adoquín.
—Yo no he pedido el vino, Marshel —me recordó.
La puerta de la taberna se cerró entonces, arrebatándonos la luz que emitía desde el interior. Y, de pronto, sentí cómo se me helaba la sangre. Se me tensaron los músculos y me di la vuelta, completamente segura de que no estábamos solos.
—Súbete al carruaje —susurró el doctor Frank mientras me daba su maletín. Y supe, aun sin mirarle, que estaba sintiendo lo mismo que yo. Estaba segura de que tenía los ojos fijos entre las mismas sombras que yo seguía, como si pudiéramos ver entre ellas el peligro que guardaban.
En la negrura, como una ilusión oscura, se perfiló parte de un cuerpo. Pero fue tan fugaz que creí haberlo imaginado. El doctor, sin embargo, no cayó en esa incertidumbre. Cuando repitió que me subiera al carruaje, ya había dado un paso al frente, seguro de que allí había más que pared y suelo.
—Ahora —insistió sin dar lugar a réplica.
Me agarré la falda del vestido y corrí hacia el carruaje que ya se había aproximado al ver al doctor salir de la taberna.
Me quedé en los estribos, sin embargo, sin atreverme a subir.
Cuando miré hacia atrás lo vi echando la mano a la parte trasera del cinturón para buscar algo.
Al no encontrarlo, formó un puño frustrado.
—¿Viktor? —susurré.
Él dudó. Y, finalmente, se alejó de allí deprisa, subió al carruaje, y animó al cochero a arrancar.
No tardamos en llegar a Russel. Con el vino y el corazón desbocado, me costó enormemente levantarme del asiento y encontrar la portezuela.
El cochero abrió antes de que yo lo consiguiera.
El doctor Frank permaneció estoico durante todo ese tiempo.
Sabía que su mente se encontraba lejos, que sus pensamientos estaban todos girando en torno a aquellos que nos acechaban, pero, al final de todo aquel abismo que en aquel instante nos separaba, vi algo más, algo que tenía que ver conmigo y que no me dio tiempo a descifrar: el doctor Frank me despidió del carruaje de la forma más amarga posible y no me volvió a mirar.