En el corazón del monstruo 8. UNA ILUSIÓN OSCURA
19%

8. UNA ILUSIÓN OSCURA

U NA ILUSIÓN OSCURA

El doctor Frank me invitó a su laboratorio al día siguiente, tras las clases.

Emily había opinado que su propuesta estaba en consonancia con su persona: era un hombre peculiar, y sus actos debían ser, por tanto, igual de peculiares.

Me aconsejó que aprovechara su instrucción y no le diera vueltas a las cosas.

Me quedé en el pasillo, contemplando las líneas que se retorcían por el suelo de mármol, sin atreverme aún a entrar. Todo estaba ya prácticamente vacío y, por ello, era capaz de escuchar hasta el crepitar de las velas del techo.

Recordaba las palabras del monstruo, la amenaza clara.

No pude evitar mirar alrededor, encogida.

Tal vez estaban allí, en algún lugar. Fuera o dentro.

Aquellas criaturas habían aprendido a moverse por el mundo de forma tan silenciosa como letal.

Aprovechaban las sombras, la oscuridad de la noche y la niebla. Estaba tentando a mi suerte.

—Señorita Allen.

Di un respingo ante la voz del doctor Frank. Había abierto la puerta del laboratorio y se encontraba contemplándome con la ceja ligeramente levantada. Miró alrededor.

—¿Busca algo?

Negué con la cabeza. Que regresara a las formalidades después de haberme tuteado el día anterior me distrajo de mis angustiosos pensamientos. Comprendí que el contexto de la escuela requería ese trato, así que imité su comportamiento.

—No, doctor Frank.

—Entonces, entre de una vez.

Obedecí y me colé por el hueco que había dejado su cuerpo apoyado en el marco. Cuando estuve dentro, cerró la puerta.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunté.

El doctor Frank caminó entre las mesas hasta llegar al escritorio, donde descansaban varios artículos de revistas científicas.

Sin mirarme, me invitó a coger una tiza.

Yo dejé el morral apoyado en una mesa y me acerqué con prisa para obedecer.

Jugueteé con ella cuando la tuve en la mano, lo que hizo que los ojos del doctor se clavaran en mis dedos unos segundos.

Después, suspiró y volvió a fijar la mirada en el párrafo que estaba leyendo, cuyas líneas seguía con el dedo.

—Tiene varios tics nerviosos —dijo—. ¿Es usted consciente?

Aferré la tiza con una mano y detuve el movimiento.

—Sí.

—¿Me puede decir a qué se debe?

Pensé un momento.

—No me gusta la incertidumbre —terminé diciendo.

La comisura de sus labios se elevó brevemente. El gesto desapareció demasiado rápido.

—No le gusta la incertidumbre —repitió. Después, abandonó al fin la lectura y me prestó toda su atención—. ¿Estaría más cómoda si le entregase un pliego con las prácticas que realizaremos cada tarde?

Estuve a punto de volver a juguetear con la tiza.

—Creo que eso me crearía más incertidumbre aún.

El doctor Frank salió de detrás del escritorio y se apoyó en un lado para encararme. Descansó las manos sobre la superficie, a ambos lados de su cadera.

—Explíquese.

Di un innecesario paso atrás.

—No comprendería su... deferencia.

Se separó del escritorio y se acercó.

—Por eso no debe preocuparse —dijo—. La deferencia es a la eficiencia de la clase, no a usted.

No me gusta perder el tiempo. —Acortó toda la distancia que nos separaba y agarró la mano que aferraba la tiza.

Me la colocó en condiciones y la llevó a la pizarra—.

Dibuje los símbolos elementales. Y, por favor, deje de encogerse cada vez que me acerco. No voy a morderle.

Me soltó, dejando sobre mi piel una extraña calidez. Parpadeé para aclararme la mente.

—Pero esos ya los conozco —dije.

—Ya lo sé, señorita Allen.

Aguardó sin decir nada más. Yo contuve otra pregunta ante la mirada severa del doctor y procedí a dibujar los símbolos del fuego, el aire, el agua y la tierra. Lo miré de reojo al concluir el último trazo. El doctor Frank había vuelto a apoyarse en el escritorio con la misma postura.

—Me ha dicho que le cuesta formar símbolos más complejos.

—Sí.

Me aparté de la pizarra un poco para mirarlo.

—Pero sabe que todos los símbolos de transmutación se forman a partir de estos cuatro. —Asentí. Él los señaló con un casi imperceptible movimiento de cabeza—. Dígame, aun sin saber formar el símbolo completo, ¿cuál usaría como base para transmutar aceite en vino?

—Agua —dije sin pensar.

—¿Por qué?

Me mordí el carrillo por dentro.

—¿Porque es líquido?

—Bien. —Se separó del escritorio—. ¿Y para transmutar el tiempo y acelerar así un proceso?

—El fuego.

Se acercó.

—¿Y para los minerales?

—La tierra.

Se acercó un poco más, hasta que su sombra alcanzó la pizarra. Guardó silencio un momento mientras clavaba los ojos en los míos. Traté por todos los medios de no encogerme y de no toquetear la tiza. El doctor Frank ladeó la cabeza. Estaba segura de que podía advertir mi esfuerzo.

—¿Y para los estados del agua, señorita Allen?

Abrí la boca para responder, pero la cerré inmediatamente después.

—No...

—¿No?

Me froté la frente. Agua era la respuesta más coherente. Pero para pasarla a estado gaseoso, se requería calor. Tragué saliva y miré los símbolos, dubitativa. Aquella fue la primera vez que reparé en el olor que emanaba del doctor. Libros y madera. Inhalé sin poder evitarlo.

—¿Y bien? —insistió.

Casi di un respingo. Volví a frotarme la frente y empecé a respirar por la boca para evitar procesar su olor. Alcé los ojos para mirarlo.

—No lo sé —confesé.

—Sí lo sabe.

Miré los símbolos de nuevo. El agua era indudable. Y el fuego... tenía que emplearse para el estado gaseoso. ¿Y el aire frío para el sólido?

—Agua. —Dudé—. Fuego. Y aire.

Ante el silencio que siguió a mi respuesta, no pude evitar mirar al doctor. Una expresión cercana a la satisfacción cruzaba su rostro, una fina línea que se percibía pobremente entre el tejido estoico que lo cubría de pies a cabeza.

—Interesante caso el del agua, ¿verdad? —dijo.

Y, con cuidado, tomó la tiza de entre mis dedos, haciendo que me recorriera un escalofrío ante su tacto, y dibujó bajo los símbolos otros dos: el agua y el fuego cruzados, y el agua y el aire de la misma forma.

—De esta manera, señorita Allen —dijo, dejando la tiza en el soporte de la pizarra—, se comienza a diseñar un símbolo más complejo: el del material que se va a transmutar y el de la transmutación teniendo presente el resultado que se quiere obtener.

Ahora —se separó bruscamente de mí. Recuperé la respiración que no sabía que había perdido—, probemos su funcionalidad.

Y límpiese la frente: de tanto frotarla, se la ha llenado de tiza.

Me miré la mano, y la descubrí llena de polvo blanco.

Me la pasé por la falda y, después, me sacudí la frente con los dedos con tanto énfasis que la sentí arder.

Abochornada, me dirigí con la cabeza gacha a la mesa que quedaba frente al escritorio y seguí las indicaciones del doctor Frank en silencio.

Probé la funcionalidad de uno y otro durante el resto de la hora.

El doctor Frank se limitó a leer durante mi trabajo y a revisarlo una vez concluido.

Cuando el agua se evaporó en la última práctica, él dio por concluida la clase de aquella tarde y me despidió sin mayor atención que un seco «buenas noches».

La mayor parte de la semana sucedió de la misma forma.

Él me forzaba a pensar y yo resolvía fórmulas básicas que había visto en algún momento durante mi estudio pero que jamás me había parado a identificar.

El doctor Frank, tal y como me había dicho, me había proporcionado al día siguiente las prácticas previstas.

Se mostró paciente siempre y, aunque su trato variaba según su humor, parecía destacar en él un tono más amable que el primero.

Aunque siempre me despedía con la misma sequedad.

Sin embargo, el último día de la semana fue diferente.

Cuando guardaba los apuntes que había tomado en un pliego, el doctor Frank se acercó con su maletín cerrado. Se me crisparon los dedos ante su cercanía mientras cerraba el morral.

—Señorita Allen.

Lo miré. Había dejado la bata pulcramente doblada en la mesa del fondo y ahora mostraba un aspecto ordinario. Con la camisa arremangada y sin frac ni cravat , podría parecer un mozo si no fuera por su postura y sus modales. Tenía el abrigo en el brazo.

—Doctor Frank.

—¿Quiere acompañarme al Lion?

Dejé el morral a medio cerrar.

—¿Al Lion? ¿Para qué?

El doctor abandonó un momento el maletín y el abrigo sobre un asiento y me ayudó con el morral.

—Me gustaría conversar con usted —dijo mientras me lo colocaba sobre los hombros después de afianzar el cierre.

Me di la vuelta.

—¿Conversar sobre qué? ¿He hecho algo mal?

—¿Es usted siempre tan negativa?

Cogí la capa del respaldo de la silla donde estaba el morral y me arropé con ella. No supe qué responder, así que me quedé callada. El doctor suspiró y se puso el abrigo. Cuando cogió de nuevo el maletín, se dirigió a la puerta que daba al pasillo. La abrió y la sostuvo para mí.

—No ha hecho nada mal.

Acepté acompañarlo.

Descubrí, en el corto trayecto que distaba de la escuela a la taberna, que no estaba acostumbrado a caminar al mismo ritmo que otra persona.

Avanzaba a un paso que a mí me resultaba demasiado largo, y me vi obligada en alguna ocasión a dar varias zancadas precipitadas.

Solo miró hacia atrás una vez, cuando estábamos llegando.

Se detuvo tan bruscamente que a punto estuve de chocar con él debido a mi paso acelerado.

—Discúlpame, Marshel. No suelo...

—¿Ir acompañado? —lo interrumpí con la respiración agitada.

Arrugué el ceño sin poder evitarlo y lo adelanté. Sentí cómo me seguía con los ojos hasta la puerta y, después, sus pasos aproximándose antes de que pudiera abrir.