7. NO IMPORTA CÓMO #2
—¿Puedo tutearte, Marshel? —dijo mientras llamaba al tabernero.
—Eh...
—Me gustaría disculparme por mi humor —continuó, ignorando mi lamentable respuesta—, no sé bien cómo no sonar hosco cuando hablo.
—Incluso ahora parecía hosco—. No me gusta hablar, en general.
—El tabernero se acercó y él pidió «lo mismo de siempre».
De forma hosca—. ¿Qué dudas tienes sobre los símbolos?
Hosquedad y más hosquedad.
Torcí el gesto. Me di cuenta de que lo había hecho cuando el doctor me miró los labios. Corregí mi expresión al momento y volví a repasar la taberna con la mirada, totalmente cohibida.
—¿Es necesario que se siente aquí? —le susurré, inclinándome hacia delante.
Él pareció reparar entonces en mi postura, cada vez más amoldada a la mesa, como si quisiera formar parte de ella y fusionarme entre la madera.
No pestañeó. Solo cuando el tabernero le sirvió su vaso, que apestaba a oporto, se dignó a moverse, únicamente para apartarlo de mi cara, que ya casi rozaba la mesa.
—¿Qué estás haciendo, Marshel? —preguntó cuando el hombre desapareció entre el gentío.
Mi nombre en sus labios era como una melodía hipnótica. Parpadeé, tratando de aclararme la vista y las ideas.
—Nos están mirando.
El doctor repasó entonces la estancia con la mirada como si estuviera admirando pasto para las vacas. Cuando su atención regresó a mí, lo hizo con una calma irritante. Ignoró mi comentario, como si no tuviera sentido en ese contexto, y dio un lento sorbo al oporto.
—Tu duda —insistió.
Me froté la frente. Quizá si resolvía aquella cuestión, se retiraría.
Dudas, dudas. Pensé en todas aquellas que me habían ido surgiendo a lo largo del tiempo.
—Me cuesta encontrar los símbolos adecuados —dije, atropellando mis propias palabras unas con otras—. Los conozco de forma individual, pero no sé crear algo más complejo.
—¿Qué quieres conseguir?
«Algo que evite el tormentoso dolor que lleva persiguiéndome tanto tiempo».
—Una medicina preventiva.
—No se puede evitar la muerte con la alquimia —dijo de tal forma que no daba lugar a réplica.
—No quiero evitar la muerte.
El ceño del doctor Frank se frunció ligeramente. Su expresión, de opaca, pasó a mostrar vagamente algo parecido a la incomprensión.
—¿Qué quieres evitar?
Di un tímido sorbo a mi vaso. Permití que el vino amargo se quedara un momento balanceándose sobre la lengua y, después, tragué.
—El dolor —musité—. El dolor de la enfermedad de... —Apreté la mandíbula—. De alguien que conozco.
El doctor Frank me miró un largo rato mientras perfilaba con el dedo índice el contorno de su vaso.
El movimiento era tan constante y armonioso que empecé a relajarme.
También influyó que la gente dejara, por fin, de lanzarnos miradas tan fugaces como venenosas, estas últimas destinadas más bien a mi persona, por ser alguien de interés para un hombre admirado en todos los sentidos.
Debería haberme sentido halagada por que el doctor Viktor Frank decidiera sentarse conmigo, en lugar de desear salir corriendo de una vez de la taberna.
Pero la atención la gestionaba francamente mal.
Había aprendido hacía tiempo que mi supervivencia dependía de pasar desapercibida.
Y, aunque ahora eso ya no importaba, puesto que el peligro del que había huido tanto tiempo me había encontrado al fin, aquella necesidad había calado en mí.
—¿De qué enfermedad? —me preguntó finalmente.
—No lo sé.
—¿Cuáles son los síntomas?
—¿Eso importa para tratar el dolor?
—No. Era curiosidad.
—Solo sé que tiene dolor. —Agité la cabeza—. Está bien si no me quiere ayudar, doctor Frank. Entiendo que el tema medicinal puede crear controversia. No suelo estudiar ese tipo de casos, pero...
—Marshel —me interrumpió. Otra vez mi nombre. Otro escalofrío. Su mirada era tan penetrante que me sentí más pequeña todavía—. Puedo darte clases particulares en el laboratorio. Te ayudaré a entender lo que no comprendas.
Parpadeé.
—¿Por... por qué haría algo así?
Él sacó del bolsillo unos peniques y se levantó de la mesa.
—Vamos —dijo—. Te llevaré a casa.
«¿A casa?».
Se dio la vuelta para dirigirse a la salida.
Yo me levanté torpemente y lo seguí, tropezando con todo el mundo.
Vi cómo dejaba los peniques en la barra y, después, abrió la puerta para mí.
Pude sentir el peso de su mano sobre mi espalda a pesar de no llegar a tocarme.
Cuando pisamos el exterior, me abracé a mí misma inconscientemente ante el contraste de temperatura. En la calle hacía un frío invernal.
De pronto, sentí sobre mí el calor de otra ropa.
El doctor se había quitado el frac y me lo había colocado sobre los hombros.
Sin decir una palabra, me guio hacia su carruaje y me tendió la mano para ayudarme a subir.
Sus dedos, libres de guantes, estaban cálidos, aunque ásperos.
Pero no me resultó desagradable. El contacto duró apenas unos segundos, pero fue suficiente para erizarme la piel.
Era la primera vez que montaba en carruaje.
El interior estaba vagamente iluminado por una lámpara de gas que prometía balancearse con el trote de los dos caballos que arrastraban el vehículo, los asientos eran amplios y estaban tapizados con un material cálido y suave, de color caoba, y unas cortinillas del mismo tono caían con gracia desde el techo hasta la parte superior de la puerta, dando privacidad al interior.
Me acomodé en uno de los asientos, contraria al sentido de la marcha, con el morral en mi regazo, mientras el doctor subía después de mí y ocupaba el otro asiento. No pude evitar pasar la mano por el terciopelo y admirar el espacio en silencio.
—¿Adónde vamos, Marshel? —me preguntó el doctor.
—Oh, a Russel Street.
El cochero pareció escucharlo, porque arreó a los caballos inmediatamente después. Casi salgo disparada al regazo del doctor Frank, pero pude hacer fuerza con el pie a tiempo para librarme de ese bochorno.
El doctor descorrió la cortina de su lado derecho y extendió el brazo sobre el respaldo de su asiento.
Sus ojos se perdieron después en el exterior mientras avanzábamos por el suelo adoquinado.
Guardó silencio, bajo esa expresión casi mortificada que solía adornar siempre su rostro, como si llevara encima un peso candente constante.
Me pregunté si acaso tendría que ver con lo que había llamado «error», con el experimento que ahora lo perseguía para exterminarlo.
—Doctor Frank...
—Viktor.
Me aclaré la garganta.
—Viktor. —Me costó pronunciar su nombre como si se me hubiera pegado la lengua en el paladar—. ¿Por qué me está... estás llevando a casa? —no pude evitar preguntar.
—Porque, si no, te marcharías sola caminando —respondió sin mirarme.
—No sería la primera vez.
—Las calles de noche no son seguras.
Me miré las manos, aferradas al morral. Las relajé.
—¿Por qué quieres darme clases particulares?
—Tienes talento.
—No soy la única.
El doctor me miró al fin.
—La señorita Emily Abbott —dijo, sabiendo a quién me refería— medita cuando coge un frasco.
Tú lo echas directamente en la mezcla. Si te equivocas, lo devuelves a su estado original y rectificas.
Tu mente es ágil y basas los experimentos en pruebas.
Y de eso trata el estudio de la alquimia.
En prueba y error, hasta obtener el resultado deseado.
Arrugué el ceño.
—Porque soy imprudente e impaciente. Es algo negativo —respondí—. ¿Y si la mezcla resulta en una sustancia inflamable y salimos todos por los aires?
—Marshel, por eso los experimentos se realizan con grains , no con stones .
Torcí el morro y me callé. Descorrí la otra cortina y miré por ella, apoyando la barbilla en la mano. Resoplé y, entonces, justo cuando estábamos alcanzando ya Russel Street, lo vi. A Prometeo.
«Oh, no».
Corrí la cortina precipitadamente para que el doctor no lo viera, llamando así su atención. Se inclinó hacia mí.
—¿Te has mareado?
Tragué saliva.
—Es la primera vez que monto en carruaje —respondí de forma evasiva.
Él lo tomó como una afirmación a su pregunta porque cuando el cochero detuvo el carruaje y avisó de que ya habíamos llegado, el doctor se levantó de su asiento con intención de ayudarme a bajar.
—No es necesario —me precipité a interrumpirlo.
Prometeo. ¿Dónde estaba Prometeo?
El doctor me ignoró y abrió la puerta. Bajó el par de estribos y se detuvo entonces para extender su mano y que me apoyara en él.
Cuando me colgué el morral y me asomé a la calle, vi con horror cómo Prometeo agitaba sus alas posado en un farol a su espalda.
Tragué saliva. ¿Qué le haría si lo viera?
¿Lo cazaría también? ¿Pensaba que aquella ave era igualmente un error? Era un pajarillo inocente.
—¿Marshel?
El doctor hizo un amago de girarse para ver qué estaba mirando. Yo actué con rapidez, tomando su mano y pisando los estribos erróneamente para caerme a propósito, sin importar cómo. Pero el doctor fue rápido. Su cuerpo se movió y sus brazos me acogieron antes de que pudiera tocar el suelo.
Se me cortó la respiración al sentir la suya tan cerca.
Su aliento acarició mi mejilla, sus manos caldearon mi cintura, fui consciente de todas y cada una de las partes de su cuerpo que estaban en contacto con el mío.
Lo miré a los ojos y, por un segundo, me perdí en ellos.
No recordaba siquiera cómo había acabado allí.
—¿Estás bien? —susurró.
Estaba... Estaba...
Emociones, sensaciones, todo nuevo. Todo aquello era nuevo.
Los ojos del doctor brillaron por un instante.
Después, su luz se apagó y se apartó de mí como si quemara, devolviéndonos a ambos a la realidad de forma brusca.
Me sostuvo, sin embargo, con una mano un momento más hasta asegurarse de que no me caería.
—Estoy bien.
Y, tras esas dos simples palabras, el doctor recuperó su frac, inclinó la cabeza como despedida y se subió a su carruaje para perderse en la noche.