7. NO IMPORTA CÓMO
N O IMPORTA CÓMO
Cuando me senté en el laboratorio el lunes, me encontraba inquieta, casi frenética.
El viernes, cuando había visitado al doctor Frank en su despacho con el pretexto de cuestionarle sobre algunas dudas acerca de los símbolos de alquimia, él me había echado, básicamente.
Quería que lo que fuera a preguntar lo hiciera en clase el lunes.
Bien, había llegado el lunes y era hora de preguntar. Y yo no me encontraba la voz.
Ni siquiera saludé a Edward más que con un breve movimiento de mano cuando pasó por mi lado. A Emily, para mi sorpresa, se le tiñeron las mejillas de rojo y le dirigió una sonrisa discreta.
Me giré sobre el asiento.
—¿Qué ha sido eso? —pregunté.
Emily carraspeó.
—Me llevó en su carruaje, lo mínimo que puedo hacer es mostrar agradecimiento.
Me acerqué a ella para susurrarle.
—¿Qué pasó en el carruaje?
—Me dio una flor. Se la rechacé.
—¿Se la... rechazaste?
Emily tardó en hablar. Parecía necesitar organizar bien sus pensamientos antes de liberarlos, así que colocó el cuaderno, las piedras por tamaños, y los tubos de ensayo y, cuando terminó, respondió:
—No estoy acostumbrada a que me presten atención —dijo. Dio dos golpecitos con el dedo índice en el borde del cuaderno—. Le hizo gracia mi respuesta. —Otros dos golpecitos—. Se interesó por mí.
—¿Y qué le dijiste?
Emily levantó la mirada hacia la puerta y sonrió.
—Que me gustan los Chelsea buns .
Parpadeé.
—¿Y ya está? ¿Por qué le has sonreído cuando ha llegado?
Emily lo miró y, de nuevo sonrosada, fijó la mirada en el cuaderno.
—Hoy ha venido sin cravat —respondió.
—¿Y qué?
—Cuando me despedí, me di cuenta de que le hacía el cuello más corto.
—Por Dios, Emily, ¿le dijiste eso?
No respondió.
Miré hacia atrás y confirmé las palabras de Emily. Su cuello estaba al descubierto, dándole un aspecto casi desgarbado. Suerte que poseía elegancia y buen porte, otro en su lugar habría parecido un mendigo que le había robado la ropa a un duque.
En ese momento, entró el doctor Frank. Me recoloqué en el asiento instintivamente, y lo miré mientras ocupaba el escritorio y sacaba un cuaderno de su maletín.
Si los aires de Edward eran ligeros y serviciales, los del doctor resultaban fríos e inhóspitos, como si no hubiera dentro de esa piel nada y solo fuera un cuerpo vacío moviéndose por inercia, aunque de forma precisa y seca.
Cuando levantó la mirada, sus ojos se cruzaron con los míos, directos.
Mi corazón vibró. Después, el contacto visual se rompió y relajé los músculos.
—¿Realmente no te pilló? —dijo Emily.
—Claro que no. Es imposible que supiera que era yo.
Pero cuando pasó la clase, me tragué la seguridad de esa afirmación.
Después de que Emily y yo nos diéramos el lujo de ridiculizar los conocimientos del resto de los estudiantes, el doctor Frank pronunció mi nombre.
Estábamos recogiendo ya nuestras cosas cuando, de pronto, todo pareció detenerse a nuestro alrededor.
—Quédese —me pidió.
Emily vaciló entre irse o permanecer conmigo. Yo le insté a hacer lo primero.
—Si te denuncia, envía a alguien a buscarme —dijo.
—Vete ya.
Y se fue, igual que todos los demás. El laboratorio quedó entonces sumido en un extraño silencio punzante.
A pesar de estar concentrada en meter las cosas en el morral, sabía que él estaba aguardando a que levantara la mirada y lo enfrentara.
Tardé una eternidad en atreverme a hacerlo.
Lo encontré frente al escritorio, con las manos extendidas a ambos lados de un cuaderno, apoyado. Sus ojos estaban puestos en mí.
Me preparé.
—Creía que tenía dudas —dijo, para mi sorpresa. Casi se me escapó un suspiro de profundo alivio. No me había pedido que me quedara para acusarme de robo, sino por la conversación mantenida el viernes. Me recompuse enseguida.
—Ah. Sí.
—¿Le da vergüenza hablar en público?
Me atreví a aproximarme, colocándome el morral a la espalda.
—No me gusta llamar la atención.
El doctor Frank alzó una ceja.
—Está usted estudiando alquimia, señorita Allen. A menos que sea para jugar en su casa, supongo que querrá dedicar su tiempo a una profesión relacionada. No es un ámbito solitario.
—Usted está solo.
Me mordí la lengua al instante. El doctor se quedó un momento en silencio y, después, salió de detrás de la mesa y se aproximó.
Me miró con una intensidad que me puso los pelos de punta.
Quise encogerme, pero, de alguna forma, logré mantener la postura erguida.
Solo era su alumna, me recordé. No iba a hacerme daño. Él no era un monstruo.
—¿Cuál era su duda?
Tragué saliva cuando detuvo su avance, a un paso de mí. Ladeó la cabeza, a la espera.
—Era sobre... los símbolos.
—Esa es una pregunta muy genérica. Le pido que concrete.
Torcí el gesto ante su tono autoritario y seco.
Por primera vez en mi vida, me sentí confusa acerca de la personalidad de alguien.
Cada una de las personas que había conocido a lo largo de mi vida habían mostrado ciertas inclinaciones.
Había visto benevolencia, amabilidad, honestidad, empatía, y también arrogancia, egoísmo, hipocresía.
Cada una parecía destacar por algo en particular.
El doctor Frank, sin embargo, era un nido de incongruencias.
—No lo entiendo —no pude evitar decir, intrigada.
El doctor Frank apretó la mandíbula.
—Me está haciendo perder el tiempo, señorita Allen. ¿Qué es lo que no entiende?
—¿Por qué me regaló aquellos bollos?
Él guardó silencio un momento. Me miró, como si fuera algún tipo de animalillo extraño que se hubiera atrevido a cagarle en la comida.
Llevé las manos al colgante para toquetearlo, nerviosa, haciendo que la mirada del doctor se posara en él.
Sus pupilas se dilataron. Se aproximó un poco más.
Y, para mi sorpresa, suavizó su expresión.
—No tengo ni la menor idea, señorita Allen.
Parpadeé. Le miré los dedos, relajados en los bolsillos, a excepción de los pulgares, que descansaban por fuera.
Aquellas manos habían hecho posible el nacimiento de los monstruos, habían encontrado la forma de dar vida.
Y, sin embargo, ahí estaba él, de pie frente a mí como si no hubiera hecho nada de valor, como si fuera simplemente un profesor de la Golstadt, no un eminente doctor en alquimia.
Alcé la mirada hasta toparme con la suya y me atreví a estudiarlo unos segundos. Todo en él parecía medido, su postura, sus expresiones faciales, sus movimientos y el tono neutro de su voz.
—No tiene aspecto de hacer cosas sin pensar —musité.
—No. En absoluto. —Silencio—. La vi en la calle, sola, sin la compañía de la señorita Abbott y sin doncella.
No es algo que esté acostumbrado a ver en una joven soltera.
Me pregunté si necesitaría algo. —Ladeó la cabeza—.
Me sorprendió que me respondiera simplemente que quería comprar, sin necesidad de excusar su situación solitaria.
—No veo nada malo en ello.
—No está bien visto en sociedad. —Se aproximó un poco más. Sus pies casi rozaban el bajo de mi falda—. Ahora, haga el favor de formular su duda o salga de aquí. Tengo cosas que hacer.
Miré su escritorio y luego a él. Su expresión se había transformado. Ahora solo mostraba una desagradable ojeriza, en lugar de una atención impaciente.
Tragué saliva, repentinamente intimidada. No creo que hubiese podido encontrar entonces una pregunta coherente que expresar. Así que me aferré a las asas del morral y caminé con torpeza hacia la salida.
—No importa —dije.
Y antes de que pudiera responderme, le di la espalda y salí del laboratorio con prisa.
Abracé el vaso de vidrio que contenía la segunda ronda de vino que había pedido y lloriqueé sobre él en silencio por mi actuación de hacía ya una hora.
Había provocado al doctor Frank y prácticamente me había echado de la escuela.
Me lamenté también por los peniques malgastados.
Emily se había marchado ya a casa después de esperar en la puerta de la escuela a que llegaran los alguaciles locales para —había dicho— defender mi inocencia si era necesario.
Tras verme salir sola y agitada, había decidido darme espacio.
Yo había optado por perderme en un rincón de la taberna Lion mientras me arrepentía cada vez más de mi conversación con el doctor Frank.
¿Quién era yo para decirle qué aspecto tenía? ¿Por qué había cuestionado su regalo?
Pasada una hora, quería ahogarme en el vaso. Cerré los ojos y los hundí en las manos con tanta fuerza que si apretaba un poco más casi podía sentirlos enredarse en mi cerebro, aunque fuera físicamente imposible.
—Señorita Allen. ¿Puedo sentarme?
Me quedé petrificada ante la repentina voz, y me encogí instintivamente.
Poco a poco fui abriendo los ojos para contemplar la figura que me miraba con una mano sobre el respaldo de la silla del otro lado de la mesa.
Parpadeé, confusa. Quizá el vino aguado se me había subido a la cabeza y aquello era una alucinación cruel para atormentarme.
El doctor Frank se había cambiado de ropa.
En lugar de su vestimenta habitual de profesor, con su chaleco sencillo, su reloj de bolsillo y su bata de un blanco roto, ahora se mostraba como el caballero que era, con el mismo aspecto que tenía el sábado por la mañana, aunque todo el atuendo era ahora oscuro, incluida la camisa, el chaleco y los pantalones.
Repitió su pregunta, pero fue más bien algo simbólico, porque ya no esperó mi respuesta.
Retiró la silla y tomó asiento con el mismo aire atormentado que tenía la primera vez que lo vi.
Tez pálida y mirada perdida y fría. Miré a nuestro alrededor, consciente de que el bullicio había menguado repentinamente en cuanto el doctor se había acomodado en mi mesa.
Varios ojos estaban puestos en nosotros.
Yo me dejé resbalar por la silla para hacerme más pequeña.
Él, por el contrario, no parecía darse cuenta de lo mucho que había llamado la atención con aquel acto.