6. EL EXPERIMENTO DEMIURGO
E L EXPERIMENTO D EMIURGO
—Es a ti a quien está buscando —comprendí.
Él torció el gesto, haciendo que la larga cicatriz que partía verticalmente en dos su rostro se curvara.
—Oh, no, querida. Nos busca a todos.
Me acarició el pelo, haciendo que se me aflojaran las piernas.
Me sostuve en la pared para aguantar en pie y fijé la vista en su pecho, donde se apreciaba la continuación de la cicatriz de su rostro, que recorría su cuello hasta desaparecer bajo la camisa sucia y desgastada.
Sabía que tenía muchas más, por todo el cuerpo.
—Estáis todos aquí —musité con voz ronca.
—Sí, así es.
—Habéis venido a por él.
El monstruo me agarró del brazo bruscamente y me atrajo hacia él. Su aliento hedía a carne muerta. Quise chillar, pero me puso una mano en la boca y gruñó como advertencia.
—¿Te marchaste para advertirle? —exigió saber. Su voz era una mezcla entre graznido y hierro oxidado. Me erizó el vello de la nuca, haciendo que agitara la cabeza, negando con frenesí—. Entonces ¿qué haces aquí?
Me liberó con tanta brusquedad que por poco caí al suelo.
No pude evitar colocar los brazos entre el monstruo y yo como si pudieran defenderme de él. Me limpié una lágrima de la cara.
—Estoy... investigando.
—No necesitamos que investigues nada.
—Solo quiero saber cómo lo hizo.
El monstruo se acarició la cicatriz del rostro, tal vez rememorando el pasado.
—Eso no importa —dijo. Me agarró del cuello del abrigo y pegó su nariz a la mía—. Mantente alejada si no quieres morir con él.
—Pero... os ayudé.
El monstruo golpeó con fuerza la pared, resquebrajando la piedra como si fuera de juguete. Me sobresalté y me cubrí la cabeza. Sus cejas se fruncieron con una ira a punto de descontrolarse. Me señaló con un dedo grueso y amarillento.
—No te metas en esto —gruñó—. Todo es culpa suya, y vivirá un infierno por ello.
Me arrastró entonces hacia su derecha y me empujó para que abandonara el callejón.
En cuanto pisé la calle principal, no lo dudé: eché a correr y no paré hasta alcanzar Drury Lane.
Los recuerdos pasaban frente a mí como imágenes fugaces, la primera vez que vi a las seis creaciones de Viktor Frank, la sangre y la muerte a su alrededor, la incomprensión, el sol radiante de aquel día tan oscuro.
«Por sus consecuencias», recordé que había dicho el doctor aquella mañana.
Sí, las consecuencias de jugar a ser Dios en aquel experimento habían sido una desgracia.
Iba a pagar caro su error. Al menos, eso se proponían sus monstruos.
Lo que no me esperaba era que hubieran llegado tan lejos, que estuvieran en Londres, tan cerca de él.
¿Qué pretendían? ¿Matarlo? Aquello no era venganza.
No. Si lo mataban, no sufriría. Y ellos lo que anhelaban era que sufriera todo lo que ellos sufrían.
Me detuve en la esquina de Drury Lane junto a Long Acre, otra gran avenida, y respiré.
Me habían encontrado. Finalmente me habían encontrado.
Me pasé el reverso de la mano por la cara y sorbí por la nariz. Me dejé escurrir por la pared para sentarme en el suelo y abrazarme las piernas. La fría humedad de los adoquines me caló hasta los huesos.
Los monstruos vigilaban al doctor Frank, por eso me habían encontrado. Había sido una estúpida. Dos años y medio libre de ellos, de su sed de venganza, de su amenaza y de su ira. Y ahora que me habían localizado podrían encontrarme en cualquier parte, cuando quisieran.
Agité la cabeza y rebusqué en los bolsillos del abrigo para sacar la jeringa y el frasco que había sustraído del despacho del doctor Frank.
Pasé el pulgar por el círculo incompleto del Símbolo del Retorno, despacio, recorriendo la tinta blanca con un escalofrío.
El símbolo era inconfundible: dentro del círculo, un triángulo invertido parecía caer hacia el fondo; en el centro, había una línea ondulada que atravesaba horizontalmente el triángulo, semejante a un pulso detenido; y, rodeando el círculo, había pequeños puntos dispersos.
El círculo incompleto representaba la ruptura; el triángulo invertido (símbolo del agua), la caída en cascada; la línea ondulada horizontal, la vida detenida; y los puntos, la disolución.
El Símbolo del Retorno se empleaba para devolver una sustancia alquímica a su estado original.
Rompía la fórmula, descendía el efecto de su función hasta detenerse, y, finalmente, se disolvía toda la composición.
Me llevé el frasco y la jeringa al pecho con una incipiente sospecha. Si inyectaba ese líquido a una de sus creaciones, su final sería instantáneo.
Tragué saliva.
Viktor Frank no estaba solo buscando a sus monstruos. Estaba cazándolos.
El domingo amaneció lluvioso y con niebla. El día parecía haberse acondicionado a los sucesos de la noche, incluida la conversación que había mantenido con Emily cuando me había descubierto entrando en el apartamento a hurtadillas. Me había pedido explicaciones.
—No es la primera vez que sales de madrugada —había dicho.
Yo había interrumpido mi paso hacia la cómoda junto a la que pretendía quitarme toda la ropa de encima.
Había dudado entre contarle la verdad o escondérsela un poco más.
Sabía que tarde o temprano tendría que conocer mi historia.
Emily se había mostrado siempre paciente, jamás me había preguntado por el pasado, nunca por mi interés por la alquimia y por el doctor Viktor Frank.
Ella siempre había optado por permitirme hablar cuando quisiera y no por ahogarme a preguntas.
Pero esa noche, supongo, había traspasado un límite. Emily se había preocupado. Mucho.
—Lo siento —había respondido.
Ella se había sentado en su cama con la postura rígida.
—¿Te ves a escondidas con alguien?
—Claro que no.
Me había atrevido a dar un paso hacia la cómoda con los dedos toqueteando el colgante.
Sin darle la espalda, me había deshecho de todo y lo había dejado a un lado, preparado para llevarlo a lavar al día siguiente, antes de ponerme el camisón.
Emily no me había quitado los ojos de encima en ningún momento.
—¿Y bien? —había insistido cuando me había dejado caer al fin en la cama.
—¿Te lo puedo contar mañana?
Y ahí estábamos ahora, con dos cottage loaves que había adquirido Emily en el mercado de Covent Garden, mirándonos a la cara, sentadas a la mesa.
De tratarse de cualquier otra mañana, Emily ya se habría lanzado a por la pequeña onza de mantequilla que descansaba a nuestro lado para untar un poco en el pan y devorarlo.
Hoy, en cambio, el único movimiento que había era el del viento en el exterior y el de la lluvia golpeando el cristal de la ventana.
Carraspeé, tratando de rellenar el dichoso silencio.
Pero la tetera silbó de pronto sobre el pequeño brasero que teníamos dispuesto bajo la ventana.
El vapor opacó por un momento el olor a humo, llenando la estancia de un aroma a menta.
Me levanté apresuradamente y me dirigí al brasero para escapar de la mirada de Emily.
Cogí el pedazo de tela que habíamos reciclado de un viejo vestido y rodeé con él el asa de la tetera para llevarla a la mesa.
Entonces, el dolor me atravesó de pronto la nuca como un puñal hasta la garganta.
La tetera se me escurrió de la mano y cayó al suelo con un fuerte estrépito.
El hierro contra la madera liberó un ruido parecido al de una campana, acompañando una nueva ráfaga de dolor.
Sentí con horror como si alguien me tirara hacia atrás de la columna vertebral dispuesto a arrancarla de mi cuerpo. Me doblé sobre mí misma y chillé.
Emily se lanzó a sostenerme antes de que pudiera caer sobre la tetera hirviendo.
Me sentó a un lado y salió corriendo hacia el armario donde tenía los frascos de elixir. Sus manos se movían entre ellos como peces, buscando uno lleno. Cuando lo encontró, lo aferró con fuerza y, sin cerrar la puerta del armario, se lanzó de nuevo hacia mí, retiró el tapón y lo llevó a mis labios.
Tragué con desesperación.
Ella me acarició el cabello para calmarme y se dejó caer a mi lado, pálida como la leche. El dolor fue desapareciendo poco a poco hasta que solo quedó en mí la falta de aliento.
—Tenemos que fabricar más elixir —dijo—. Últimamente te están dando muchos ataques seguidos y...
—Me colé en el despacho del doctor Frank —la interrumpí.
Ella me miró durante un segundo que me resultó eterno.
—¿Te colaste con pantalones? —preguntó finalmente.
Hundí los hombros.
—¿En serio eso es lo que más te ha llamado la atención? —dije, casi decepcionada.
Emily se quedó pensando.
—¿Te han pillado?
—¿No quieres saber por qué lo hice?
—Querías coger algo del despacho. Algo personal del doctor Frank. —Se levantó del suelo y recogió la tetera—. Dudo que el doctor tenga algo material que te interese, así que supongo que se trata de algún pliego sobre algún ensayo no publicado.
Resoplé.
—No —dije, indignada—. No me han pillado.
Ella cogió un trapo para secar el té derramado por el suelo.
—¿Y bien? ¿Cuál era el ensayo?
Dejé caer la espalda y miré una mancha del techo.
—¿Has oído hablar del experimento Demiurgo?
—Sí.
—Prometeo fue una prueba pequeña para hacer después algo más grande.
—Así que crees que el doctor Frank creó vida humana.
La miré. Ella tenía los ojos clavados en el trapo, que absorbía el agua poco a poco mientras lo arrastraba por el suelo. Al mismo tiempo, se daba palmaditas en un muslo con la otra mano. Dos, una, dos, una.
Estuve a punto de contarle todo lo que sabía, todo lo que había visto, todo lo que había vivido.
Pero, por algún motivo, callé. Quizá porque la conocía, entendía su pasión por la alquimia, algo que había heredado de sus padres.
Y sabía que querría meter su pequeña nariz en aquella incógnita.
Si se enteraba de que el experimento había salido exitoso, desearía conocerlo todo tanto como yo. Y eso podría ponerla en peligro.
Así que me limité a encogerme de hombros.
Ella terminó de secar el suelo y regresó a la mesa.
Cogió su pan y empezó a untar la mantequilla con una cuchara.
Yo me acerqué con recato al abrigo que había dejado por la noche en el rincón.
Saqué de él la jeringa y el frasco y los escondí en mi cajón de la cómoda mientras ella estaba concentrada en su desayuno.
Seguidamente, me dirigí al armario abierto.
Solo quedaba un frasco de elixir lleno, y otro a la mitad en mi morral.
—Mañana cogeremos los ingredientes, a ver si esta vez podemos mejorar la fórmula —dijo Emily a mi espalda. Y calló lo que sabía que siempre callaba: si supiera qué me pasaba, sería más fácil dar con una sustancia más eficiente.
Aquel elixir era lo que me permitía vivir, respirar, cuando me daban los ataques. Si lográbamos formular algo más concreto que un poderoso calmante, todo sería diferente.
El problema era que ni siquiera yo conocía el origen del dolor.