En el corazón del monstruo 5. EL MONSTRUO #2
13%

5. EL MONSTRUO #2

Emily devoró tres de los cuatro bollos como si no hubiera comido en su vida, y me preguntó sobre la conversación con el doctor Frank al menos diez veces a lo largo de todo el sábado, cada cuestión más extraña que la anterior.

Solo llegada la noche, tras una breve cena de los restos del estofado que había hecho Emily para la comida —patata, cebolla, zanahoria y algo de carne que había conseguido en Covent Garden—, me pude sentar a leer al fin en silencio.

Esperaba que Emily se durmiera pronto para salir a hurtadillas.

Pero no fue hasta las doce cuando cerró al fin los ojos y cayó rendida.

Me levanté de la cama despacio, dejando el libro a un lado, y saqué de la cómoda unos pantalones y una camisa de hombre que guardaba bajo los camisones, prendas que me habían sido de utilidad mucho tiempo atrás.

Me cambié y salí de la casa con un abrigo de paño, botas y el cabello recogido torpemente con horquillas, tratando de no pensar en lo que iba a hacer.

La noche era tan oscura que temblé nada más pisar el exterior.

Intenté mantener la mente en blanco mientras avanzaba hacia Drury Lane, pero veía peligros en cada esquina.

El corazón empezó a bombear sangre como si mi vida estuviera pendiendo de un hilo.

Tragué saliva y corrí hasta alcanzar al fin Drury Lane, por donde empecé a caminar pegada a las paredes.

Esa calle, para mi tranquilidad, estaba animada alrededor de las puertas del teatro sobre el que se encontraba un gran cartel azul rodeado de luces.

No me topé con el silencio de nuevo hasta que atravesé Holborn y pisé Queen Street.

El olor a basura y descompuestos me dio la bienvenida en esa calle tan angosta y empinada.

Parecía que hubieran limpiado la vía principal para dejar los restos en aquella colindante más pequeña.

Cuando doblé la esquina hacia Hart Street, la encontré más limpia, a pesar de los charcos y el barro que aún perduraban de la tormenta de la noche anterior.

Aceleré, llevando la vista atrás, con la angustiosa sensación de estar siendo perseguida. Pero no hallé nada entre las sombras. Silencio y frío. Aquello era lo único que gobernaba aquel rincón de Londres en aquel momento.

Seguí avanzando por Hart hacia Bloomsbury Square. Antes de salir a la plaza, me detuve un instante y observé la escuela desde el resguardo de una pared.

No había en su interior ni una luz prendida, como era de esperar.

«Aún estás a tiempo de marcharte».

Pero no podía hacerlo. Debía encontrar la documentación del experimento Demiurgo; era de vital importancia.

Cuando salí de mi escondite y recorrí la plaza con paso rápido, continué diciéndome lo mismo.

De aquel experimento dependía mi bienestar.

Aquel experimento era lo que me había movido desde hacía casi tres años, por lo que había ansiado conocer a Viktor Frank, por lo que estaba estudiando alquimia.

No quería leer la documentación. Necesitaba leerla.

Necesitaba saber qué había propuesto el doctor en aquel experimento y cuál había sido exactamente el resultado esperado. De qué forma lo habían logrado.

Alcancé la esquina de la escuela y me moví hacia el lado que daba a la parte de atrás, donde se encontraba la ventana del despacho del doctor y la puerta que lo comunicaba con el exterior.

Me situé entre ambas y aguardé agazapada, con la espalda pegada en la pared, a que las piernas me dejaran de temblar.

Me llevé la mano al pecho y respiré hondo.

Tras un par de minutos de espera, viendo que no me iba a calmar de ninguna manera, decidí actuar. Saqué de los bolsillos del abrigo una ganzúa y empecé a trabajar en la cerradura de la puerta.

La primera vez que había hecho algo así había sido al principio de todo, después de huir de un destino que no quería, cuando me había visto obligada a sobrevivir en las calles sin dinero ni más posesión que el sucio vestido que llevaba puesto en aquel momento.

Había tardado tres días en decidirme, tres días sin comer, vagando por las afueras de Londres bajo la incertidumbre.

Al cuarto día, bajo una desesperación absoluta, había robado comida por primera vez a un mercader distraído.

Al décimo, me había hecho con un vestido en una tintorería.

Después de aquello, había seguido robando, mucho y muchas veces, hasta que había conseguido adquirir un aspecto respetable, lo suficiente como para poder optar a un puesto de trabajo y empezar a vivir con honestidad.

Nadie me había hablado del bien y del mal antes, por lo que me había movido siempre por emociones, lo que me desagradaba y lo que no.

Robar me hacía sentir desgraciada y culpable, trabajar honradamente, sin embargo, me satisfacía.

Lo que estaba haciendo ahora, por tanto, me estaba atormentando. Y cuando la puerta se abrió con un clic, me sentí tremendamente asqueada. Pero el miedo se tragó todas aquellas emociones en cuanto puse un pie en el interior.

Cerré tras de mí, quedándome en una penumbra inquietante.

La poca luz que había provenía de un farol del exterior y no era suficiente para iluminar bien la estancia.

Distinguía las estanterías y el escritorio, pero todo lo que caía más allá de las rodillas era negrura.

Caminé por ello con cuidado hacia el escritorio, dispuesta a abrir los cajones.

Dos veces tuve que esquivar una pila de libros que había en el suelo, y tropecé con la silla antes de poder alcanzar mi destino.

Me dejé caer finalmente en ella, agitada, y me permití respirar un segundo antes de abrir con prisa todos los cajones y volcar su contenido sobre el escritorio, bajo la luz del farol.

Cuadernos, pergaminos, diarios y una caja.

Revisé cada uno de los textos por encima hasta que encontré algo de interés: una fórmula de alquimia.

El Símbolo del Retorno aparecía como eje principal.

Cuando abrí la caja, lo encontré por todas partes.

Estaba llena de jeringas y de frascos que contenían algún tipo de líquido de un color neutro que era incapaz de distinguir en la oscuridad.

En todos ellos estaba dibujado ese símbolo.

«¿Qué pretende hacer con esto?».

Era un trabajo avanzado, no tenía nada que ver con la escuela. Era suyo. Pero ¿para qué? El Símbolo del Retorno...

Estaba a punto de alcanzar una idea cuando un repentino sonido en el pasillo de la escuela hizo que me tensara.

Tomé una jeringa y un frasco como acto reflejo, los metí en el bolsillo, y devolví todo rápidamente a los cajones.

Sin duda, el doctor Frank sabría que alguien había entrado en su despacho en cuanto se sentara a su escritorio.

Pero, si lograba salir de allí sin ser vista, no sería problema mío.

Me agaché y fui a gatas hacia la puerta por la que había entrado sin dejar de prestar atención a lo que sucedía en el pasillo. Parecían pasos, de más de una persona. Podían ser dos, como mucho, tres. Y se dirigían hacia mí. La voz del doctor me heló la sangre.

—Se encuentra en Londres —decía con el mismo tono plano que de costumbre. Si estaba exaltado, no se notaba—. Lo he visto, pero se me ha escapado.

Alcé la mano hacia el picaporte mientras él introducía la llave en la puerta interior. Abrí cuando él abrió. Y salí cuando él entró.

No miré hacia atrás cuando una voz familiar gritó «¡ladrón!».

Agradecí en silencio, mientras echaba a correr, haberme vestido de aquel modo. Los pantalones me permitían moverme con más ligereza, y ellos ignorarían que el asaltante había sido en verdad una mujer. Bajo esa oscuridad y habiendo salido tan rápido, era imposible que pensaran otra cosa.

Corrí y corrí sin detenerme. King Street. Holborn. Newton Street. Parkers Lane. Callejeé sin parar, deslizándome por el fango de cada esquina cada vez que doblaba una, saltando de un hedor a otro, de tierra a adoquín, hasta que una mano me agarró del brazo y tiró de mí hacia un callejón.

Pensé por un momento que me habían pillado, que me habían perseguido todo este tiempo sin que me hubiera percatado.

Pero cuando miré al enorme cuerpo que me había desviado del camino, el nudo en la garganta, en lugar de apretar un poco, me asfixió por completo.

Se me agarrotaron los músculos y me encogí sin poder evitarlo.

—Creo que tienes muchas cosas que explicar, muchachita —dijo, estampándome contra la pared.

Di con la nuca en la piedra y me tambaleé. Traté de quitarme sus manos de encima, pero él no parecía dispuesto a ceder. Me froté la frente y me quité de la cara con torpeza el hollín que había tragado con el golpe.

Después, me armé de un valor que no tenía, y encaré finalmente al monstruo del doctor Viktor Frank.