En el corazón del monstruo 5. EL MONSTRUO
12%

5. EL MONSTRUO

E L MONSTRUO

Medité durante toda la noche sobre cuál sería la mejor forma de asaltar la escuela al día siguiente, mientras Emily dormía boca abajo en su cama con la cara hundida en la almohada.

Al principio, cuando nos mudamos para vivir juntas, algunas noches había temido que se asfixiara.

Una vez incluso la había despertado, pensando que no respiraba.

Había tardado al menos una semana en poder dormir tranquila sin tener los ojos fijos en ella para vigilar si moría o no.

Me levanté temprano, casi a la salida del sol.

La luz ya entraba por la ventana, vaga y gris, pero en el cielo, cuando me asomé por ella, descubrí que había retazos azules entre el color ceniciento que siempre lo caracterizaba.

Eso me puso feliz. Miré a la calle, vacía aún, y decidí que, ya que mi noche estaba destinada a resultar angustiosa —aunque fuera por voluntad propia—, el día libre lo pasaría disfrutando de placeres mundanos.

Abrí la cómoda para buscar el vestido más viejo que tuviera, y, una vez embutida en aquella tela marrón y sin gracia, me calcé unas botas, cogí un par de monedas, y salí con cuidado de no dar un portazo.

Cuando pisé el exterior, Prometeo me sorprendió agitando sus alas en mis narices. Di un sobresalto y casi me caí de culo.

—Vete de aquí —dije, agitando la mano. Él soltó un graznido y se posó sobre un farol de gas que aún estaba prendido. Me miraba sin parpadear, ladeando el cuello a izquierda y derecha, como si esperara algo de mí—. Deberías irte de Londres —murmuré.

Después, me di la vuelta para dirigirme a Brydges Street, la calle perpendicular a Tavistock, para bajar hacia el sur, hacia el Támesis.

El recorrido a pie era corto, pero, tras la tormenta, se hacía pesado debido a la cantidad de agua estancada que dificultaba el paso en ocasiones.

Los carros y caballos, una vez alcanzada The Strand, una de las enormes arterias que cruzaba Londres, comenzaban a ocupar ya el centro de la calzada, obligándome a pasar pegada a las elegantes boutiques para que no me salpicaran.

Londres ya despertaba: había carreteros bostezando junto a sus carruajes, barrenderos que arrastraban somnolientos sus escobas, apartando el barro del paseo empedrado destinado a los peatones, las tiendas abrían sus escaparates, dejando al descubierto preciosos vestidos y trajes.

Cuando alcancé el paseo que daba al Támesis, cerca de Somerset House, todo estaba ya repleto de vida.

Me decidí a bordear el río mientras jugaba con los peniques, pasándolos de una mano a otra.

En realidad, no era un paseo agradable. El pavimento era irregular, con tierra apisonada a veces y adoquinado de forma tosca en otros tramos.

Tras la tormenta, había quedado el terreno en muchas partes fangoso y resbaladizo, por lo que me vi obligada en más de una ocasión a bordear ciertas zonas.

Cerca de los muelles, el suelo estaba cubierto de restos de carga.

Olía a lodo. Los edificios, aunque eran imponentes, de piedra, estaban ennegrecidos por el humo.

Y, aun así, era mi paseo favorito. Todo el mundo rechazaba lo desagradable, pero a mí me recordaba que estaba viva, que existía en una tierra donde había infinitas posibilidades.

Cuando me cansé de caminar, regresé tras mis pasos, dispuesta a acercarme a alguna carretilla de bollos que me encontrara en la vuelta a casa.

A Emily le gustaban los currant bun , rellenos de pasas de Corinto con nuez moscada.

A mí, por el contrario, me bastaba con un sencillo plain bun sin nada por encima.

Los bollos no eran un lujo que pudiéramos permitirnos, prefería dejar a Emily disfrutar de aquel placer nimio.

Cuando llegué a The Strand, busqué entre las carretillas y vendedores con cestas. Estaba a punto de dirigirme a uno cuando una voz a mi espalda me interrumpió. Dudé tanto en si darme la vuelta o hacerme la loca que al doctor Frank le dio tiempo a llegar a mi altura, a pesar de su lento paso.

—Señorita Allen —dijo, posicionándose junto a mí mientras contemplaba la vía.

Tenía las manos relajadamente entrelazadas a su espalda, donde sostenía un sombrero negro, y su expresión era lúcida, aunque cansada.

Estaba vestido con una fina camisa blanca cerrada con un cravat oscuro, oculta en parte por un sencillo chaleco sin adornos de color marfil y, sobre este, un frac del mismo tono oscuro que el cravat .

En la parte de abajo, pantalones marrones y botas altas de montar.

A su lado, yo parecía su criada. Me estiré el vestido en un ridículo intento de parecer más limpia.

—Doctor Frank —respondí tras un breve carraspeo, y me obligué a girarme hacia él. Me retorcí la falda del vestido con tanto nerviosismo que a punto estuvieron las monedas de caerse y rodar por el suelo.

—¿Qué hace aquí sola?

—Iba a... a comprar bollos.

Me miró al fin, y me percaté por primera vez de lo alto que era, con sus ojos contemplándome desde esa gran distancia.

Me sacaba por lo menos una cabeza y media, lo que me pareció, por algún motivo, irritante.

Sus ojos oscuros se dirigieron al dobladillo manchado de mi falda y, después, a mis manos, que detuvieron el jugueteo nervioso con el vestido.

Me pasé las monedas de una mano a la otra antes de llevarlas a la espalda.

—¿Va a comprar bollos con un penique y medio?

No había en su tono de voz nada que pudiera darme una pista sobre qué estaba pasando por su cabeza en ese momento.

Por su pregunta y por el repaso que había dado a la condición de mi vestido, lo único que pude hacer fue intuir que creía que era pobre.

Lo cual no era cierto, aunque se alejase poco de la realidad.

—No voy a comprar brioches —espeté. Con esas monedas me bastaba para lo que tenía en mente. No pretendía darme un banquete.

Él no respondió. En su lugar, me miró lo que me pareció una eternidad y levantó la mano para llamar a un vendedor sin separar de mí sus ojos. Casi me encogí pensando que la alzaba para pegarme.

—¿Señor? —dijo al llegar el pobre niño con una cesta cubierta con una tela.

—¿Tiene Chelsea buns ?

Al chico se le iluminó la mirada. Yo, en cambio, parpadeé, confusa.

—¿Qué hace? —le susurré al doctor—. No quiero esos bollos.

—¿No le gustan?

Volví a parpadear.

—Eso no importa.

El doctor Frank pareció dar aquella respuesta como afirmación, porque se giró hacia el niño, le pidió cuatro Chelsea buns y, una vez envueltos en papel basto, los pagó delante de mi cara ojiplática y me los tendió.

El vendedor se alejó felizmente con sus ocho peniques en el bolsillo.

Yo, en cambio, contemplé el regalo con desconfianza.

Después, acerqué la mano despacio, temiendo que se tratara de alguna trampa, y cogí los bollos con cuidado, recibiendo con gusto su peso, caliente y húmedo por el azúcar glaseado.

Miré las monedas de mi mano y se las tendí.

Un asomo de sonrisa apareció en los labios del doctor, emanando una luz que, lamentablemente, desapareció demasiado pronto.

—Quédeselas.

Tragué saliva y las guardé en el bolsillo del vestido.

—Gracias —musité.

—¿Es usted siempre tan desconfiada?

Me mordí el carrillo por dentro.

—Nadie me ha regalado nada nunca.

El doctor Frank me estudió. Sus ojos se me antojaron los colmillos de una serpiente que estaban a punto de clavarse en mi cuello. Aparté la mirada precipitadamente, tratando de serenarme. No tenía ningún motivo para hacerme daño. No iba a hacerme daño.

Miré alrededor. El bullicio de gente era cada vez mayor, pero por un momento me había parecido que estábamos solos. Cambié el peso de un pie a otro.

—¿Qué hace en The Strand? —pregunté en un vago intento de librarme de su escrutinio—. ¿Vive por aquí?

—No. —Miró por encima de mi cabeza—. Estaba persiguiendo algo.

—¿Algo?

—Un error. De hace tiempo.

Sus ojos, mientras miraba hacia algún lugar lejano, se oscurecieron más si es que eso era posible. Intenté no pensar en ellos y busqué con desesperación algún otro estímulo. Me concentré en el delicioso aroma a azúcar de los bollos que tenía en el regazo.

—¿Cómo se persigue un error? —pregunté.

Me atreví a abrir un poco el papel basto con disimulo mientras formulaba la pregunta. Metí los dedos entre el envoltorio y palpé el interior, tratando de pellizcar un cachito de alguno de los bollos. La distracción me evadía de todo lo que envolvía al doctor Frank.

—Esa es una buena cuestión, señorita Allen —respondió—. Sobre todo, si no sé identificarlo.

Me miró de nuevo justo cuando logré mi propósito. Me quedé con la mano dentro y con el trozo pegajoso entre los dedos, sin saber si sacarlo y llevármelo a la boca de una vez o mantenerme tontamente con el puño escondido entre el papel.

—Si no sabe identificarlo —dije tras un breve carraspeo, ignorando mi bochornosa condición—, ¿cómo sabe que es un error?

Él miró mi mano oculta y, después, dirigió sus ojos hacia el Támesis, que podía adivinarse entre los edificios a mi derecha.

Aproveché entonces para comerme el trozo de bollo apresuradamente.

Él tardó tanto en responder y volver a mirarme que, para entonces, ya había tragado el trozo y hasta me había dado tiempo a chuparme los dedos para retirar el azúcar pringoso.

Sospeché con sorpresa que lo había hecho a propósito para permitirme aquella maniobra.

—Por sus consecuencias —respondió al fin.

Después, bajó la cabeza con un breve saludo, se colocó el sombrero, y regresó tras sus pasos sin darme siquiera tiempo a despedirme. Lo vi subirse a un caballo que un muchacho tenía agarrado y, seguidamente, se alejó en dirección a Somerset House.