4. ENTRE LAS SOMBRAS
E NTRE LAS SOMbrAS
Lincoln’s Inn Fields era un lugar tranquilo.
Pasear por esos amplios jardines era uno de los placeres que más disfrutaba después de mucho tiempo tratando de averiguar quién era yo, en qué creía, qué deseaba, cuál era mi propósito y hacia dónde quería dirigir mi futuro.
Aquel lugar me había ayudado a responder a varias de esas preguntas.
Y por eso ahora me encontraba allí, buscando la respuesta a otra.
«¿Qué voy a hacer en el despacho de Viktor Frank?».
Había pensado en las dudas que me habían ido surgiendo a lo largo de los años sobre la alquimia.
Más específicamente, sobre los símbolos.
Me costaba trabajo comprenderlos, había detalles tan nimios como importantes para conseguir un resultado u otro después de emplearlos.
Por ejemplo, el símbolo de la sal y el de la tierra podían emplearse de forma similar, pero usar uno u otro podía provocar diferencias significativas.
Quizá esa era una buena base para comenzar a preguntarle.
Miré en dirección a la escuela. Hoy era viernes, teníamos clase a las cuatro con el profesor Stone.
La idea era salir corriendo en cuanto terminara para bajar al despacho del doctor Frank antes de que abandonara la escuela.
Edward había dicho que entraba a Golstadt por otra puerta, no por la principal.
Tenía esperanza de que fuera la de su despacho, que daba directamente a la parte de atrás de la escuela.
Cuando pensé en ello, casi temblé. Me froté las manos, esperando hallar en ellas un calor que no sentía. El frío de la voz y de la mirada del doctor Frank estaba impregnado en mí como un recordatorio. Si descubría quién era, estaba perdida.
Me senté en un banco y cerré los ojos ante el viento que se levantaba desde el norte.
El día volvía a ser gris. Solo había visto el sol en su plenitud veintisiete días desde que había pisado Londres, dos años y medio atrás.
Veintisiete días. Y más de la mitad habían transcurrido en compañía de Emily.
Me pregunté qué pensaría de mí si supiera quién era.
Un repentino trueno hizo que me encogiera. Se avecinaba una tormenta eléctrica. Me levanté, apremiada por un incipiente pánico, y corrí hacia casa. La tormenta estaba lejos aún, pero yo rezaba en silencio por que no cruzara el cielo de Londres.
Cuando entré por la puerta, Emily levantó la cabeza de su libro. Yo me acerqué temblando y huyendo de la ventana.
—Has tardado —dijo, levantando la manta que la arropaba y retomando la lectura. Me quité la capa y las botas y me metí dentro para ovillarme a su lado.
Recordaba con claridad cuál había sido el momento exacto en el que una tormenta se había convertido para mí en algo más que eso. El impacto de un rayo sobre el tejado me había hecho despertar en mitad de la madrugada.
—¿Quieres quedarte hoy en casa? —dijo.
Negué con la cabeza y me separé un poco.
—Estaré bien —aseguré. Siempre terminaba estándolo, más tarde o más temprano.
Aguardamos un poco, sin embargo, a que los estruendos se calmaran un poco.
Entonces, me levanté de la cama y recogí el morral.
Emily no trató de convencerme de permanecer en el apartamento.
Eso era lo que más agradecía de ella, que me permitiera luchar mis propias guerras a mi manera.
Me dirigí al armario y saqué un frasco nuevo de elixir para rellenar un poco el que casi había vaciado el día anterior.
—¿Te ha dado otro ataque? —Se asomó al armario. Solo quedaban dos frascos—. Tenemos que fabricar más. —Me dio la espalda y se sentó al borde de la cama para calzarse—. Ahora tenemos material de sobra a nuestra disposición.
Arrugué el ceño.
—No pueden cogerse para uso personal.
Otro trueno. Intenté mantener la postura erguida, pero no pude evitar encogerme de nuevo.
—Nadie sabe para qué vamos a usarlo —dijo, ignorando mi reacción para hacerme sentir cómoda—. Se pueden tomar prestados para ensayos.
Cogió un paraguas y salimos de casa. Cuando pisamos el exterior, nos vimos obligadas a cobijarnos bajo su resguardo: había empezado a llover con fuerza.
Tardamos por ello más tiempo de lo normal en alcanzar las puertas de la escuela que, a diferencia del día anterior, se encontraban vacías de estudiantes. Todos estaban ya aguardando dentro.
Cuando entramos, la mayor parte de los ojos se pusieron en los dobladillos de nuestras faldas. Estaban teñidos de marrón por el barro. Emily cerró el paraguas y no prestó atención en absoluto a las miradas juiciosas. Yo, sin embargo, me sentí sumamente cohibida.
Por suerte, Edward apareció para arroparnos bajo su aspecto sofisticado.
—Venís andando —dijo, sorprendido.
—Los carruajes son caros —respondió Emily mirando alrededor con el ceño fruncido.
Sus ojos fueron saltando de una lámpara de aceite a otra, hasta que terminaron en el techo.
Todo en el vestíbulo estaba prendido, a excepción de una vela en la lámpara de araña.
Su expresión se suavizó, como si hubiera resuelto un acertijo.
Volvió a mirar a Edward—. Tienes el pelo diferente.
Él alzó una ceja.
—Se me ha mojado con la lluvia.
Emily parpadeó.
—Te queda mejor así —dijo.
Después, se alejó hacia las escaleras, dejándonos a Edward y a mí atrás.
—¿Debería mojarme el pelo todos los días? —me dijo.
Sonreí.
—Creo que nunca le había escuchado decir algo así.
Edward se frotó el mentón. Después, salió detrás de Emily subiendo las escaleras de dos en dos.
Cinco minutos antes de que acabara la clase, le pedí a Emily que se fuera de nuevo sin mí, le dije que iba a visitar al doctor Frank y que quizá tardaría en salir. Edward se ofreció a llevarla a casa en su carruaje, lo que pareció crearle a Emily la curiosidad suficiente como para dejarse llevar.
Me dirigí entonces hacia la puerta contigua al laboratorio. Normalmente, los despachos solían tener junto a su entrada una chapa con el nombre del profesor. Este no tenía nada. Tragué saliva y acerqué los nudillos a la puerta. Tardé unos segundos en decidirme a golpearla.
La voz del doctor Frank me invitó a pasar con austeridad.
Me froté las manos y cogí el pomo de la puerta para empujarla hacia dentro. Casi me estampé contra ella. Tirar. Tenía que tirar. Me froté las manos de nuevo y abrí. Me quedé en la puerta, sin atreverme a pisar el interior, cuando descubrí allí al doctor Frank casi enterrado entre libros.
El despacho se podía recorrer en cuatro pasos tanto a lo largo como a lo ancho, los únicos muebles que había eran estanterías que cubrían las paredes, perfilando una pequeña ventana, la puerta que daba al exterior y la que daba a su laboratorio, y un escritorio, tras el que se encontraba en ese momento el doctor, que leía y escribía en un rollo de pergamino.
Todo estaba lleno de libros. Las estanterías estaban repletas, había tomos de pie, y otros tumbados encima de ellos.
Otras montañas estaban caóticamente ordenadas en las esquinas, y otras tantas en el escritorio.
Una única lámpara de gas daba luz al espacio, pegada al codo del doctor.
—Haga el favor de entrar de una vez y cerrar la puerta —dijo sin mirarme.
Yo obedecí al instante. Me sentí de pronto más pequeña y expuesta, como si tuviera frente a mí a una bestia y ninguna reja me protegiera de ella.
Me recoloqué el morral y, por algún motivo, en lugar de hablar, aguardé.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que al fin el doctor Frank dejó de escribir y, tras un largo suspiro, alzó los ojos para prestarme atención.
Recostó la espalda en el asiento y entrelazó las manos sobre su regazo.
Se había arremangado en algún momento, dejando al descubierto un cordón negro atado a su muñeca.
—¿Sabe? —dijo—. Creo que es usted la primera alumna que se atreve a molestarme desde que imparto clase en la escuela, señorita Allen.
No estaba molesto. O, al menos, no lo mostraba. En realidad, no mostraba nada. Lo único que hacía que supiera que seguía vivo era el lento movimiento de su pecho al respirar y la pequeña arruga de su ceño que parecía rugirme que hablara de una maldita vez.
—Lo siento.
—No se disculpe y dígame qué hace aquí.
Cambié el peso de un pie a otro y enderecé la postura, como si aquello pudiera insuflarme valor. No fue así.
—Quería preguntarle una duda.
El doctor Frank ladeó la cabeza. Yo enredé los dedos con fuerza en las asas del morral.
—Para eso está el laboratorio —dijo con sequedad—. Pregunte la duda el lunes.
Probablemente debería haber asentido y haberme dado la vuelta para salir de allí.
Al fin y al cabo, ya tenía lo que necesitaba: puntos de interés donde podían estar los informes del experimento Demiurgo, y tres vías de escape o de escondite, en caso de necesidad.
Pero, con aquellos ojos oscuros puestos en mí, me sentí incapaz de moverme.
Me estaban estudiando, casi podía sentir cada una de las partes del rostro que recorría con ellos, como si buscase algo.
¿Un fallo? ¿Una vulnerabilidad? ¿Una verdad?
Tragué saliva.
«Reacciona, Marshel. Reacciona».
Pero solo la repentina luz de un relámpago me sacó de aquel ensimismamiento.
El despacho se iluminó y un trueno rompió el silencio, haciendo que me encogiera y reculara hasta pegarme a la pared.
Teníamos la tormenta encima. Podía caer un rayo en cualquier momento.
Empecé a hiperventilar. No reparé en qué momento el doctor Frank se había levantado de la silla, ni cuándo había comenzado a caminar hacia mí.
Cuando me quise dar cuenta, lo tenía delante.
Sus ojos estaban clavados en mi garganta.
Pensé que se había percatado de quién era, que iba a cortarme el cuello y a desangrarme.
Pero, en lugar de eso, cuando otro trueno casi hizo temblar las paredes, colocó su mano en mi hombro. Arrugó el ceño al sentirme temblar.
—Tiene miedo sincero.
—¿Creía que estaba fingiendo? —casi grité.
—Sí.
Me encogí más sin poder evitarlo y me abracé a mí misma.
El doctor Frank emitió una breve exhalación que fui incapaz de traducir y se dirigió a su escritorio.
Cogió de él un frasco del tamaño de un dedo pulgar y me acercó la silla.
Me tomó del brazo y me obligó a sentarme.
Después, abrió el frasco y me lo tendió.
—Beba.
Parpadeé.
—¿Qué... qué es?
—La calmará.
—Quiero saber qué es.
El doctor ladeó la cabeza y me contempló. Un fugaz brillo de curiosidad atravesó su mirada antes de dejarla vacía de nuevo.
—Prefiere continuar temblando a beberse algo que le estoy asegurando que la calmará solo por no conocer el contenido. —No era una pregunta.
—Lo desconocido es en ocasiones peligroso, doctor Frank —recité, pero quise tragarme la lengua en cuanto concluí la frase que me había soltado él el día anterior.
El doctor se quedó callado unos segundos. Después, abrió el tapón.
—Sí. Lo es —respondió—. Pasiflora y lúpulo. Con limón.
Lo llevó a mis labios y yo dejé que el líquido se internara entre ellos y alcanzara la garganta.
El doctor no apartó los ojos de mí hasta que vacié el contenido.
Sentí cómo el corazón empezaba a serenarse casi al instante.
Parpadeé, confusa. Él dio un toque a un símbolo dibujado en el frasco, un triángulo con una espiral en su interior, antes de desecharlo en una papelera.
—Estoy estudiando cómo acelerar los efectos de tratamientos medicinales —me explicó. Dio un paso hacia atrás hasta tocar el escritorio y se quedó allí apoyado—. Por lo que veo, parece que he dado con un resultado positivo.
Volví a parpadear y me llevé una mano al pecho. A pesar de que los relámpagos seguían sucediendo en el exterior, no me sentía alterada. El miedo seguía presente, pero no afectaba a mi cuerpo. Era más bien como un cosquilleo.
—Me alegra haberle servido de ayuda —musité.
Él dirigió la mirada a la puerta, invitándome a salir.
—Adiós, señorita Allen.
Asentí, esta vez sí, y me levanté con torpeza para escabullirme del despacho, tirando sin querer un par de libros al suelo. Me disculpé, los coloqué, y salí precipitadamente de allí.
Encontré la escuela sumida en una penumbra silenciosa. Fuera estaba tan encapotado que apenas entraba luz por las ventanas. Y eso, unido al fuego voluble de las lámparas que colgaban de las paredes, pintaba sombras en movimiento por todas partes.
Antes de abandonar el vestíbulo, me detuve en la puerta, observándolas, y juraría que entre aquellas sombras había algo más que vacío. El miedo me vibró entonces en el pecho, un recordatorio de que aún estaba despierto.
No me quedé a comprobar si tenía razón.